EUCARISTÍA

reflexiones entre amigos

Revista semanal elaborada por:

MOVIMIENTO DE ADORACION PERPETUA A.R.P.U.
PARROQUIA DE SANTA MARIA LA REAL DE LA CORTE. OVIEDO

Domingo 20 de junio de 2004
XII del Tiempo Ordinario
Sagrado Corazón de Jesús, Corazón de María
y San Juan Bautista



"Tú eres el Mesías de Dios.
El Hijo del hombre tiene que padecer mucho."

Lectura del santo Evangelio según San Lucas. (Lc 9,18-24.)

Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó: -¿Quién dice la gente que soy yo?
Ellos contestaron: -Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.
El les preguntó: -Y vosotros, ¿quién decís que soy?
Pedro tomó la palabra y dijo: -El Mesías de Dios.
El les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió: -El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacar dotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Y, dirigiéndose a todos, dijo: -El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará. Palabra de Dios


ORACIÓN RESPUESTA A JESÚS CON EL EVANGELIO DEL DÍA


“Jesús, Tú eres el más amante entre los más amables amigos. Nunca jamás hubo amigo como Tú, ni podrá haber jamás quien te iguale, porque no hay más que un Jesús en toda la amplitud del mundo y en la gran extensión del cielo, y ese dulce y amoroso amigo eres Tú, mi Jesús, mío solo y todo mío. ¡Oh Jesús, Jesús, Jesús!: ¿Quién no te amará, quien no dará toda su sangre por Ti? ¿Por qué no hacer de cada corazón un horno ardiente de amor a Ti, de suerte que el pecado sea algo imposible, el sacrificio un placer, y la virtud el anhelo de todos los corazones?”

   

Algunos Comentarios al Evangelio del día
LA PERSONA DE JESÚS SOLUCIONA LAS CRISIS DE FE
Nada logra iluminarnos por dentro, hemos abandonado la religión ingenua de otros tiempos pero no la hemos sustituido por nada mejor. Puede crecer entonces en nosotros una sensación extraña de culpabilidad: nos hemos quedado sin clave alguna para orientar nuestra vida. ¿Qué podemos hacer?
Lo primero es no ceder a la tristeza ni a la crispación: todo nos está llamando a vivir Dentro de ese malestar tan persistente hay algo de importancia suma: nuestro deseo de vivir algo más —grande y menos postizo, algo más digno y menos artificial. Lo que necesitamos es reorientar nuestra vida. No se trata de corregir un aspecto concreto de nuestra persona. Eso vendrá tal vez después. Ahora lo importante es ir a lo esencial, encontrar una fuente de vida y de salvación.
Es una suerte entonces encontrarse con la persona de Jesús de Nazaret. El nos puede ayudar a conocernos mejor, a ser nosotros mismos. a descubrir con más hondura lo mejor que hay en nosotros. Él nos puede conducir a lo esencial, pues nos obliga a hacernos las preguntas que nos acercan a lo importante de la existencia.
Él aporta un horizonte diferente a nuestra vida. En Él escucharnos una llamada a vivir la existencia desde su última raíz, que es un Dios «amigo de la vida». Él nos invita a reorientarlo todo hacia una vida más digna, dichosa y abundante, una vida eterna. Por eso es tan importante en cualquier momento de la vicia responder sinceramente a esa pregunta de Jesús: «¿ Quien decís que soy yo?» ¿Quién es Jesús para mí? ¿Qué podría aportar a mi vida?

¿QUÉ DIGO YO? ¿Quién decís que soy yo? Lc 9, 18-24 (José Antonio Pagola)

A veces es muy peligroso sentirse cristiano «de toda la vida». Porque se corre el riesgo de no revisar nunca nuestro cristianismo y no entender que, en definitiva, todo el vivir cristiano no es sino un continuo caminar desde la incredulidad hacia la fe en el Dios vivo de Jesucristo.Pocas veces nos detenemos los cristianos a responder a esa pregunta decisiva que se nos hace a cada uno de nosotros. La pregunta que Jesús dirige a sus discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”
La respuesta ha de ser personal. Nadie puede hablar en mi nombre. No puede haber una fe por procurador. Soy yo quien tengo gire responder. Se me pregunta qué digo yo de Jesucristo, no qué dicen los concilios, qué predican los Obispos y el Papa, qué explican los teólogos.
Un conjunto de circunstancias históricas ha podido embrollar mucho las cosas, pero no hemos de olvidar que la fe cristiana no es simplemente la adhesión a una fórmula o a un grupo religioso, sino mi adhesión personal y mi seguimiento a Jesucristo.
Para ser cristiano, no hasta decir: «Yo creo en lo que cree la Iglesia.» Es necesario que me pregunte si yo le creo a Jesucristo, si cuento con él, si apoyo en él mi existencia.
No se me pregunta qué pienso acerca de la doctrina moral que Jesús predicó, acerca de los ideales que proclamó o los gestos admirables que realizó. La pregunta es más honda: ¿Quiénes Jesucristo para mí? Es decir, ¿qué lugar ocupa en mi experiencia de la vida? ¿Qué relación mantengo con él? ¿Cómo me siento ante su persona? ¿Qué fuerza tiene en mi conducta diaria? ¿Qué espero de él?
No puedo contestar responsablemente a la pregunta que Jesús me dirige sin descubrirme a mí mismo quién soy yo y cómo vivo mi fe en Él. Precisamente, en eso consiste la responsabilidad: en ser capaz de responder por mí mismo.
Con frecuencia, no somos conscientes hasta qué punto vivimos nuestra fe por inercia, siguiendo actitudes y esquemas infantiles, sin crecer interiormente, sin llegar tal vez nunca a una decisión personal y adulta ante Dios.
De poco sirve hoy seguir confesando rutinariamente las diversas creencias cristianas si uno no conoce por experiencia qué es encontrarse personalmente con ese Dios revelado y encarnado en Jesucristo.
Nuestra fe cristiana crece y se robustece en la medida en que vamos descubriendo por experiencia personal que sólo Jesucristo puede responder de manera plena a las preguntas más vitales, los anhelos más hondos, las necesidades últimas que llevamos en nosotros. De alguna manera todo cristiano debería poder decir como San Pablo: «Yo sé bien en quién tengo puesta mi fe» (2 Tm 1, 12).

CONDICIONES PARA EL SEGUIMIENTO DE CRISTO

es decir, para asumir el proyecto de Jesús Según propone El mismo, son éstas:

  • - negarse a sí mismo,
  • - cargar con la cruz. cada día
  • - mantener una absoluta disponibilidad, incluso de la vida.

Solamente así podremos alcanzar la liberación total y la vida en plenitud. Esta sección, dirigida por Jesús a los discípulos y a toda la gente, viene a señalar la prolongación del camino de Cristo en la vida de la Iglesia y en la conducta de cuantos por la fe y "por el bautismo se han revestido de Cristo" (2ª lect.).
En el pasaje evangélico de hoy Lucas sigue, en términos generales, la línea de los Sinópticos, si bien con algunas variantes. Así, por ejemplo, no precisa el lugar de la escena, que Marcos y Mateo sitúan en la región de Cesarea de Filipo; también suprime el duro reproche de Jesús a Pedro, que se opone a la idea de un Mesías sufriente. Lucas está más próximo a Marcos 8,27ss (Dom.24,B) que a Mateo 16,13ss (Dom.21,A), quien menciona en solitario el primado de Pedro. En esos domingos citados desarrollamos con más detención la tercera y primera de las secciones respectivamente. Hoy centraremos nuestra reflexión y anuncio en la persona misma de Jesús y en su significado para nosotros hoy, como respuesta a su pregunta: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Una pregunta muy personal de Jesús: ¿Quién soy yo para ti?-Solamente a un amigo se le pregunta: ¿Tú qué piensas de mí? Esta es la pregunta que hoy nos hace personalmente Jesús a cada uno de nosotros. Para responderla hacen falta tres condiciones:

 

-1ª Ponerse en trance de oración, como apunta Lucas al principio del relato.
-2ª Conocer personalmente a Jesús, es decir, desde la experiencia de la fe. Y
-3ª Seguirlo amorosa y abnegadamente, como dice Jesús al final.

La pregunta sobre Jesús es insoslayable y fundamental,

porque es la pregunta sobre nuestra propia identidad cristiana. No es lo mismo saber de Jesús por la historia que conocerlo personalmente como a un amigo; solamente así se puede alcanzar el fondo de una persona. En un maestro de espíritu lo más importante es su doctrina; pero éste no es el caso de Jesús. Lo más atrayente, y al mismo tiempo lo más desconcertante, del misterio de su persona es que vive hoy como ayer, vive en cada época de la historia, vive en cada hombre, en el mundo, en la Iglesia, en el creyente, en mí.
Por eso la pregunta de Jesús no ha perdido actualidad: ¿Quién soy yo para ti en este momento de tu vida?

La figura del viviente Jesús es extraordinaria, fuera de lo común, compleja, rica, única y original por ser Dios-hombre u hombre,-Dios. Para no perdernos, ¿dónde centrar nuestra atención? Diversos son los caminos e intentos de aproximación a la persona de Cristo: la teología y en especial la cristología, la liturgia, la experiencia mística... La vía más completa es el Evangelio mismo, que nos da cuatro versiones coincidentes, aunque con matices complementarios, de su persona, vida, actitudes y enseñanza.

 

a) Cristo Jesús: la figura de un viviente

Jesucristo no es un recuerdo histórico.-Es muy importante percibir a Cristo como es en realidad: no una figura del pasado que vivió en Palestina hace veinte siglos, sino una persona de hoy día, viva, cercana a nosotros y amigo personal nuestro. El Jesús de nuestra fe es el Señor resucitado, centro de la historia humana y salvación de Dios para el hombre y el mundo actuales. Esta es la razón de nuestra fe y el fundamento de nuestra esperanza. Por eso lo ha seguido la auténtica aristocracia de la humanidad que fueron María su Madre, José, los Apóstoles, los mártires, los santos y tantos millones de hombres y mujeres creyentes que, peregrinos de Dios, buscan la verdad y tienen hambre y sed de justicia.

Por mucho que ensalzáramos a Jesucristo, con pleno merecimiento, como la cumbre de la humanidad y la cima de los valores humanos, si El no viviera su recuerdo nos dejaría fríos como, por ejemplo, al turista que visita sin emoción el panteón de los reyes de España en El Escorial. Pero no, Cristo es actual, vive en medio de nosotros por su Espíritu, vive en la comunidad eclesial, vive en todo hombre que busca el rostro de Dios con sincero corazón (Pleg. eucar.IV).
Este es el motivo por el que la proyección de Jesús no se circunscribe al templo y a la práctica religiosa y cultual, sino qué penetra y transforma, desde la fe y la persona del que lo sigue, todos los sectores de la vida: el amor y la familia, el trabajo y la economía, la cultura y las relaciones sociales, para superar todas las situaciones de marginación, desamor y pobreza. Hemos de abrir bien los ojos para que no se verifique en nosotros el dicho del Bautista: En medio de vosotros vive uno que no conocéis, alguien que se identifica especialmente con los desvalidos y los que sufren.


b)La personalidad fascinante de Jesús,

dada su enorme riqueza polifacética, es modelo plural de identificación; algo que, hoy como ayer, destaca el Seguimiento cristiano. Así hay diversos acentos que, dentro del misterio global de Cristo, resaltan aspectos "parciales" que de hecho no lo son cuando se sabe enmarcarlos en el conjunto.
Por ejemplo, hay cristianos que valoran en la persona y estilo de Jesús, la espiritualidad del trabajo, de la oración y del desierto con base en su vida oculta y laboriosa de Nazaret y en su continua comunicación con el Padre.
Otros acentúan en su personalidad sublime los rasgos modélicos de su , actividad apostólica: anuncio del Reino de Dios, su doctrina, sus milagros, su opción por los pobres, su denuncia profética, el testimonio de su vida y su enfrentamiento "revolucionario" con las autoridades religioso-políticas de su tiempo, representantes de una religión farisaica y caduca. Todo lo cual le llevó a una dolorosa pasión y muerte, víctima del odio de sus enemigos.
Este último es un sector preferido de la religiosidad popular: la pasión del Señor. Visión "dolorosa" que ha de completarse con la imagen gloriosa de Cristo resucitado, pues su muerte y resurrección forman unidad indivisible. Por eso otros prefieren al Cristo glorioso y resucitado, presente en su Iglesia y actuando en el mundo de los hombres por su Espíritu.

Una visión totalizante y una perspectiva exacta de la persona de Jesucristo y del conjunto de su vida y obra sólo se adquiere desde cl final de su camino, es decir, desde su resurrección del sepulcro y su glorificación por el Padre. Por tanto, solamente desde la fe pascual que resume la confesión de Pedro: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo (Mt 13,16). A su categoría de Dios une la plenitud de los valores humanos: profundamente humano y sencillamente divino, sublime como hombre y adorable como Dios. Motivos más que suficientes para amar y seguir a Cristo apasionadamente.

El ideal supremo y vivo, sincero y valiente, que encarna Jesús de Nazaret es lo que mantiene en pie la esperanza de los pobres de Dios y la ilusión de tantos hombres y mujeres, jóvenes y adultos, que ven en Cristo un guía que no defrauda, un modelo válido de identificación, el único capaz de justificar la entrega incondicional a los demás, porque Él mismo es la prueba definitiva del amor de Dios que salva al hombre.

BROCHE FINAL

Las últimas palabras de Jesús en este Evangelio resumen la naturaleza pascual de la vida cristiana: morir a toda forma de egoísmo y mal, a fin de hacernos libres par vivir de acuerdo al amor de Dios y a nuestros hermanos y hermanas.
Todas las formas de abnegación y renuncia en nuestras vidas deben llevarnos a la libertad y al amor: “negarse a si mismo...tomar su cruz...perder su vida”, no tienen valor en sí mimos a no ser que nos vacíen de los apegos egoístas y abran nuestros corazones para ser llenados con un amor siempre mayor.

El amor mayor es el de la persona de Cristo, no hay amor mayor que este.

 
 

FIESTAS:
Sagrado Corazón de Jesús > viernes 18 de junio,
Corazón de María > sábado 19.

PRESENTACIÓN

Los temas aquí tratados no son meras consideraciones piadosas como a veces sucede en estas devociones, sino algo sólido fundamentado en las fuentes de la Revelación y en el Magisterio de la Iglesia. Sobretodo en la Sagrada Escritura, como prueban la multitud de citas. El trabajo está realizado por el especialista en espiritualidad Juan Esquerda Bifet, Catedrático de la Universidad Urbaniana de Roma y del que me honro por su amistad. Al final de cada tratado hago un breve comentario personal.

Laurentino, Cura Párroco

Letanía del Sagrado Corazón de Jesús

Señor ten misericordia de nosotros.
Cristo, ten misericordia de nosotros.
Señor ten misericordia de nosotros.
Cristo, óyenos...
Cristo, escúchanos...
Dios, Padre celestial, ten misericordia de nosotros...
Dios, Hijo Redentor del mundo...
Dios, Espíritu Santo...
Trinidad santa, que eres un solo Dios...
Corazón de Jesús, Hijo del Padre Eterno...
Corazón de Jesús, formado por el Espíritu Santo en el seno de la Virgen Madre...
Corazón de Jesús, unido sustancialmente al Verbo divino
Corazón de Jesús, de majestad infinita...
Corazón de Jesús, templo santo de Dios...
Corazón de Jesús, tabernáculo del Altísimo, ...
Corazón de Jesús, Casa de Dios y puerta del cielo...
Corazón de Jesus, horno ardiente de caridad. ..
Corazón de Jesús, receptáculo de justicia y amor...
Corazón de Jesus, lleno de bondad y amor. ..
Corazón de Jesus, abismo de todas las virtudes...
Corazón de Jesús dignísimo de toda alabanza...
Corazón de Jesus, Rey y centro de todos los corazones...
Corazón de Jesus, en quien están todos los tesoros de sabiduría y ciencia...
Corazón de Jesús, en quien habita toda la plenitud de la Divinidad...
Corazon de Jesús en quien el Padre se ha complacido...
Corazón de Jesús, de cuya plenitud todos hemos recibido...
Corazón de Jesús, deseo de los collados eternos.
Corazon de Jesús, paciente y de mucha misericordia.
Corazón de Jesús, rico para todos los que Te invocan...
Corazón de Jesús, fuente de vida y santidad....
Corazón de Jesús, propiciación por nuestros pecados...
Corazón de Jesús, saturado de oprobios...
Corazón de Jesús, oprimido por nuestras maldades...
Corazón de Jesús, hecho obediente hasta la muerte.
Corazón de Jesús, traspasado por la lanza.
Corazón de Jesús, fuente de todo consuelo...
Corazón de Jesús, vida y resurrección nuestra...
Corazón de Jesús, paz y reconciliación nuestra...
Corazón de Jesús, victima de los pecadores...
Corazón de Jesus, salud de los que esperan en Ti...
Corazón de Jesús, esperanza en los que en Ti mueren...
Corazón de Jesús, delicia de todos los santos.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, perdónanos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, óyenos, Señor.
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, ten misericordia de nosotros.
Jesús, manso y humilde de corazón,
haz nuestro corazón semejante al tuyo.

Oremos
Dios todopoderoso y sempiterno, mira al Corazón de tu amadísimo Hijo, y las alabanzas y satisfacciones que Te tributa en nombre de los pecadores; y concede benigno el perdón a los que imploran tu misericordia. Te lo pedimos en nombre del mismo Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina, en unión del Espíritu Santo, Dios por los siglos de los siglos,
Amen.

CORAZÓN
En la Sagrada Escritura, “corazón” significa la interioridad del hombre, donde tienen lugar sus pensamientos, sentimientos, afectos, motivaciones, actitudes... De ahí proceden sus palabras y sus obras (Mt 15,18). Es, pues, como el centro y 1a sede de todas las facultades espirituales (intelectivas y afectivas). De un corazón “Convertido” o abierto a Dios, brota la adoración, confianza, fidelidad, generosidad.
Sólo Dios conoce el corazón (1 Sam 16,7; Sal 44,22). Y es el mismo Dios quien lo escruta, prueba, purifica y renueva (Sal 7,10; 51,12; Ez 36,26), para escribir en é su ley (J 31,33) y exigir un amor de totalidad (Dt 4,29). El corazón está sano cuando sabe escuchar la Palabra de Dios (Os 2,16; cf. Lc 2,19.51).
En la tradición cristiana, se ha ido acentuando una doble evidencia: una más intelectiva (teológico reflexiva) y otra más afectiva (mística y teológico intuitiva-admirativa). Ambas tendencias se pueden constatar en los escritos espirituales y teológicos de Oriente y Occidente. En el Oriente prevalece la tendencia afectiva-mística.
Dios quiere transformar el corazón de piedra en un corazón nuevo (Ez 18,36; 36,26), para que todos se vuelvan a ÉI “con todo el corazón” (Jl 2,12). En este corazón unificado por el amor, “habita Cristo por la fe” (Ef 3,17) y el Espíritu Santo comunicado por el Padre (Rom 5,5). Entonces la comunidad eclesial puede llegar a ser un solo corazón y, una sola alma (Hech 4,32; cf. Ez 11,1 9)
CORAZON DE CRISTO
Actitudes y sentimientos de Cristo Jesús habla de su corazón para resumir sus actitudes internas manifestadas en su actuación externa: “aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29). Los sentimientos de Cristo se van expresando de diversas maneras: compasión (Mt 15,32), admiración (Mt 8,10), gozo y agradecimiento (Lc 10,21), queja por incredulidad (Mt 15,8-9), tristeza (Mt 26,37-39), amistad (Jn 15,13-16), invitación a creer (Jn 20,27-29).

 

Costado o corazón abierto en la cruz
En su costado abierto (como termino análogo de su corazón), el discípulo amado (que había reclinado su cabeza sobre su pecho: Jn 13,23-25) quiere resumir el símbolo de su amor sacrificial, al que hay que mirar con fe (Jn 19,34-37), para descubrir allí la fuente del “agua viva” (Jn 7,37-39). “Sangre” indica una vida donada en sacrificio; “agua” es el símbolo de a vida nueva en el Espíritu (cf. Jn 3,5; 7,39). Jesús resucitado, al aparecer a sus discípulos, comunicó el Espíritu Santo mostrando sus manos y su costado abierto (cf. Jn 20,20-22.27). “Del costado de Cristo, muerto en cruz, nació el sacramento admirable de la Iglesia entera” (SC 5).
En la vida y enseñanza de la Iglesia La Iglesia ha ido viviendo y experimentando que el amor de Cristo excede todo conocimiento (Ef 3,19). Los Padres presentaban ese amor con el símbolo de su corazón. Desde la Edad Media, se fue generalizando la devoción al Corazón herido de Jesús, como término de un camino espiritual:,por sus pies (purificación) y sus manos (iluminación), entrar en su Corazón (unión). Desde las revelaciones privadas a Sta Margarita María de Alacoque (1647-1690), se hizo más popular esta devoción.
El magisterio pontificio (e.g. enc. Haurietis aquas, de Pío XII, 1956) ha ido presentando a la comunidad eclesial algunos aspectos de esta devoción: naturaleza, objetivos, medios. Se ha hecho hincapié en el amor de Cristo simbolizado por su Corazón (en lenguaje bíblico), se ha descrito su amor (en armonía y, unidad: divino, humano, espiritual y sensible), se ha invitado a la respuesta de amor, confianza, reparación. El Corazón de Cristo es “la síntesis de todo el misterio de nuestra redención”, porque “a nuestro divino Redentor le clavó en la cruz la fuerza de su amor” (Pío XII, Haurietis aquas).
El celo apostólico inspirado en el Corazón de Cristo En el campo apostólico, se ha instado a vivir el amor de Cristo al estilo de San Pablo: “El amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron. Y murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (1 Cor 5,14-15). Ordinariamente se ha unido ese anhelo apostólico al tema de la “sed” de Cristo (Jn 19,28).
Referencias: Afectividad, corazón, Corazón de María, Cruz, Dios Amor, Jesucristo, pasión, sangre. Lectura de documentos: SC 5; GS 22; CEC 478, 2669; "Haurietis aquas" (Pío XII).
COMENTARIO
Hablar del corazón de Jesús es tanto como hablar del amor de Dios y ello nos propicia unas reflexiones:
? Dios es amor, dice San Juan en su Evangelio.
? El fin principal de Jesús es darnos a conocer al Padre. El Padre y Él son una misma cosa y quien le ve a Él ve al padre.
? Jesús nos revela al Padre como alguien amoroso en una trato de intimidad cariñosa. Le llama algo así como “padrecito” o “Padre querido”
? Frente a la imagen de un Dios justiciero y distante, Jesús nos manifiesta a un Dios Padre, al Hijo como hermano amoroso que manda amar al enemigo y dar la vida por los demás y al Espíritu Santo con don de amor del Padre y del Hijo y como inspirador y realizador de amor.
? Jesús instaura en el mundo el mandamiento nuevo del amor y quiso traer “fuego” a la tierra para que arda de amor. Inaugura la “civilización del amor “de que tanto nos habla el Santo Padre Juan Pablo II.
 
Corazón de María: su interioridad contemplativa

En el corazón de la Madre de Jesús encontraron acogida las palabras del Señor: las palabras del ángel (Lc 1,29), el mensaje de Belén (Lc 2,19), la profecía de Simeón (Lc 2,33), las palabras de Jesús niño (Lc 2,51)... Todo lo contemplaba en su corazón (Lc 2,19.51). La actitud de “contemplar” tiene el sentido de “confrontar” lo que está oyendo, o viendo, con otros datos de la Palabra de Dios, para comprender mejor su significado salvífico. Es la actitud sapiencial de los pobres de Yahvé. De esta contemplación en el corazón derivaban todas las actitudes, palabras y acciones de María.
María es Virgen no sólo en su cuerpo, sino también y principalmente en toda su interioridad “corazón”), abierta a la declaración de amor por parte del Dios de la Alianza, sellada por la sangre de Cristo Esposo. En el corazón y en todo el ser de María entra plenamente la “palabra” de la nueva Alianza (Lc 1,38). Esa actitud es modelo de la respuesta que debe dar la Iglesia esposa: “Haced lo que lo os diga” (Jn 2,5; Ex 24,7).

La “memoria” de la Iglesia
En esta “memoria” de María, la Iglesia (al estilo del evangelista San Lucas) encuentra y actualiza no sólo los acontecimientos salvíficos meditados por ella, sino también la verdadera actitud del corazón nuevo, que se deja interpelar por la Palabra de Dios, a modo de “espada” que atraviesa el “alma” (Lc 2,35). Entonces la vida y las actitudes internas de María (y de la Iglesia) se relacionan íntimamente con Cristo, hasta compartir el “escándalo” de la cruz. La Iglesia se siente “asociada” a la hora de Cristo como María.
La Iglesia entra en sintonía con las actitudes del Corazón de María cuando medita, con ella y como ella, los misterios de Cristo. Por esto, María, “acogiendo v meditando en su corazón acontecimientos que no siempre puede comprender, se convierte en el modelo de todos aquellos que escuchan la palabra de Dios y la cumplen (cf. Lc 11,28)” (VS 120). El “corazón” evoca todas las actitudes de la persona de María, especialmente su donación total a la obra salvífica.
El Magnificat mariano se hace oración contemplativo de la Iglesia, donde “se vislumbra la experiencia personal de María, el éxtasis de su corazón” (RMa 36). Por esto, “la Iglesia acude al Corazón de María, a la profundidad de su fe expresada en las palabras del Magnificat” (RMa 37).
Los “hitos” del itinerario de su Corazón.
En el evangelio han quedado marcados los hitos de un itinerario contemplativo y misionero del Corazón de María. Son etapas de silencio meditativo (Le 1,29); de “sí” fiel a la palabra (Lc 1,38); de alabanza, agradecimiento, adoración (Lc 1,46ss); de servicio de caridad (Le 1,39); de instrumento del Espíritu Santo (Lc 1,41); de aceptación del misterio de Cristo (Lc 2,19.33.51); su asociación esponsal a Cristo para correr su n-misma suerte pascual (Lc 2,35; Jn 19,25-27). “María, con perfecta docilidad al Espíritu, experimenta la riqueza y universalidad del amor de Dios, que le dilata el corazón y la capacita para abrazar a todo el género humano” (VS 120).
Cuando se dice que María “meditaba estas cosas en su corazón (Lc 2,19.51), se describe la actitud relacional de volver a lo más hondo del propio corazón, guiada por la luz del rostro de Dios y por el Espíritu Santo. “María es la figura del orante, prototipo de la contemplación” (RMa 33). Ella ”conservaba todo esto en su corazón para meditarlo (cf. Lc 2,41.51)” (LG 57). Esta actitud contemplativa de María se convierte en oración de intercesión ante las necesidades de los hermanos, “cuando en las bodas de Caná de Galilea, movida a misericordia, suscitó con su intercesión el comienzo de los milagros de Jesús Mesías (cf. Jn 2,1 -1 1” (LG 58).
En el Corazón de María, “la mujer” que “estaba de pie junto a la cruz”(Jn 19,25ss), resonaron también las palabras de Jesús moribundo: el perdón (Lc 23,34), la promesa de salvación (Le 23,43), la sed (Jn 19,28), el abandono (Mt 27,46), la confianza total (Lc 23,46)... Con las palabras de Jesús, también entraron en su corazón los gestos redentores de su Hijo. Por esto, “guiada por el Espíritu, se consagró toda al ministerio de la redención de los hombres” (PO 18), “sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado” (LG 58).
El origen histórico de una devoción
Los Santos Padres hablan con frecuencia del corazón de Cristo y de su Madre, atravesados por la misma espada (Orígenes). María es templo del Espíritu Santo y sede de la Sabiduría (cf. Le 1,35). Algunos santos han hecho hincapié en este mismo tema para presentar las actitudes hondas de Jesús y María (San Juan Eudes, San Antonio Mª Claret, etc.). Se recalca especialmente el amor materno de María, cuyo corazón “es la fuente y el principio de todas las prerrogativas que la adornan” (San Juan Eudes).
La actitud devocional cristiana respecto al Corazón de María tuvo especial resonancia y divulgación después de las apariciones de la Virgen en Fátima (1917) y de la consagración del mundo y de la Iglesia al Corazón de María, en diversas ocasiones (a partir de 1942). Pío XII, al recordar esta consagración en la encíclica Haurietis aquas (sobre el Corazón de Jesús), afirma que “a la caridad y sufrimientos de Cristo estaban estrechamente asociados el amor y los dolores de su Madre”. La actitud devocional cristiana se expresa por medio de intimidad o relación de confianza filial, gratitud, reparación, colaboración...
La fiesta pasó al calendario universal (rito latino) en 1944. Actualmente se celebra el sábado de la tercera semana después de Pentecostés, inmediatamente después de la fiesta del Corazón de Jesús y en relación con ella. En los textos litúrgicos se recuerda que Dios ha preparado en el Corazón de la Virgen María una digna morada al Espíritu Santo” (colecta de la Misa). La relación con el “sábado” hace recordar el Cenáculo antes de Pentecostés (Hech 1,14) y, de modo especial, la “soledad” dolorosa (“espada”) de María antes de la resurrección del Señor.
La “memoria” de la Iglesia misionera y madre
Puesto que María “está en el corazón de la Iglesia” (Rma, 27), ésta depende de ella “el tacto singular de su corazón materno, su sensibilidad peculiar, su especial aptitud para llegar a todos aquellos que aceptan más fácilmente el amor misericordioso de parte de una madre” (DM 9). María es, para la Iglesia, “memoria” creyente, contemplativa, evangélica, pascual y materna.
El Corazón de María, como “memoria” de la Iglesia, recuerda la misión de anunciar y comunicar a todos el misterio de la redención. De hecho, este misterio “se ha formado bajo el corazón de la Virgen de Nazaret, cuando pronunció su "fiat". Desde aquel momento este corazón virginal y materno al mismo tiempo, bajo la acción particular del Espíritu Santo, sigue siempre la obra de su Hijo y va hacia todos aquellos que Cristo ha abrazado y abraza continuamente en su amor inextinguible” (JUAN PABLO II, RH 22).
Referencias: Asociación a Cristo, corazón, Corazón de Cristo, espiritualidad mariana, Magnificat, María memoria de la Iglesia, sábado.
COMENTARIO
No se puede divinizar a María, ella es una criatura de corazón humano.
Ella refleja con su vida la realización ideal del proyecto de Dios sobre todas las personas, es decir, ante todo, el proyecto de amor.
Ella es madre, espejo de madres: de la madre Iglesia y del resto de las madres, cuyo amor es algo misterioso por generosidad y medida, lo que trasciende al puro instinto. Ese amor es reflejo del amor de Dios.
Jesús pudo disfrutar desde su origen del calor y de la cercanía de esa madre amorosa.
Tampoco faltará la presencia amorosa de María en los primeros pasos de la comunidad Iglesia hasta bastantes años más tarde. Y su cercanía y amor siguen hoy acompañando a la Iglesia de la que es tipo, espejo, figura, modelo.
 

FIESTA DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
“En busca de la perdida”

Hoy es la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. La liturgia conduce nuestra mirada directamente a la fuente del Amor más grande, al Amor crucificado. Hoy es un hermoso día para contemplar, para saborear, para aprender cómo se ama. Porque los cristianos corremos el riesgo de sustituir al Dios del amor y de la misericordia por el dios del culto y de la ley, y hacer de éstos el criterio único de nuestro encuentro con Él. Desde la cátedra de la cruz y con la herida de su costado abierta, Él sigue atrayendo inexplicablemente a todos hacia Él para mostrarles la belleza del Dios-amor, el único que existe. Uno de los infinitos perfiles de este Dios-amor aparece en la primera de las tres parábolas del capítulo 15 de Lucas, que hoy leemos en la Eucaristía. Nos conviene escucharle a Él para no confundirnos. En concreto subraya, entre otras, tres rasgos del amor de Dios, del amor verdadero:
• Primero, el amor verdadero o es personal o no lo es. Porque no puede ser amor la leyenda de aquel cartel de Snoopy cuando decía con humor avinagrado: “Amo a la humanidad, pero no aguanto a la gente”. A Jesús le importa la gente concreta; más aún, le importa uno solo. Cada persona posee valor infinito. Uno vale más que todos. Es llamativo que en el evangelio no aparezca jamás una declaración de derechos humanos, sino la invitación a amar al próximo, que es una persona real y la tengo delante de mí. Nadie sobra. Todos son primeros. Incluso los que parecen no merecerlo porque “no hay nube por negra que sea que no tenga un borde plateado”.
• Segundo, el amor verdadero o es misericordioso o no lo es. Jesús lo deja todo por el que está perdido, por quien no es el mejor. La misericordia nace al adivinar las infinitas posibilidades que se esconden en el perdido. Ser misericordioso es, pues, un ejercicio de percepción; de ver al perdido como lo ve Jesús, sin confundir las apariencias con la realidad. Decía Maquiavelo que “pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos”. Y cuando se mira como Jesús miraba, se busca de verdad, arriesgando, exponiendo. A Él le costó la vida. Es el signo del amor eucarístico que transforma. Porque para cambiar a una persona, hay que amarla. Solamente influimos hasta donde llega nuestro amor. El perdón, aunque no cambia el pasado, siempre agranda el futuro.
Tercero y último, el amor verdadero o concluye en fiesta o no lo es. Por ello esta parábola parece ser una versión aplicada de las bienaventuranzas. El amor, aunque no comience con gozo, siempre desemboca en la verdadera alegría. “Bienaventurados los misericordiosos...” La misericordia enamorada produce como fruto la alegría bienaventurada. Se la reconoce por lo contagiosa que es. Hay que compartirla con otros. Y es que un asunto no está acabado si no está bien acabado.

Juan Carlos Martos

 

Inmaculado Corazón de María
19 de junio de 2004

• Is 61,10-11: "Desbordo de gozo con el Señor".
• Sal: 1Sam 2, 1. 4-8: "Mi corazón se regocija por el Seño, mi salvador".
• Lc 2,41-51: "Conservaba todo esto en su corazón".


Todas las generaciones, sin interrupción alguna, seguimos llamando a María bienaventurada. La celebración de la fiesta del Inmaculado Corazón de María nos hace volver los ojos, en silencio estremecido, hacia lo que ella guardaba en su corazón. Repasemos su fe y su amor hasta aprenderlas de memoria –un francés diría “par coeur”, “a través del corazón”-. Acerquémonos hoy a ese núcleo íntimo, que tanto contiene y tanto expresa, al que, con lenguaje bíblico, llamamos corazón. No cedamos a la inercia, al descuido o a la superficialidad. Al colocarnos junto a María sentiremos cómo ella a su vez nos pone junto a Jesús.
En el corazón de María encontramos, ante todo, dos excesos: El exceso del amor loco de Dios que se vuelca hacia ella con desmesura: “Bendita,... el Señor está contigo”. Y el exceso de la confianza de María que se rinde a Él por entero: “Se haga en mí tu voluntad”. La confluencia de estos dos excesos hace de María la Mujer por excelencia, la profecía de humanidad. Ser hombre o mujer será siempre una forma deficiente de ser como María. En la bellísima página evangélica de hoy nos recuerda cómo ella une experiencia de la fe y encuentro humano. La fe no se vive pensando o estudiando, sino amando. Dos gestos concretos del corazón de María, mística de la acción, lo retratan:
• El primero “salir” . Inmediatamente después de la Anunciación, María deja Nazaret y va aprisa a ayudar a Isabel. Su atrevido viaje está apremiado de urgencias. No se recluye en el recinto estrecho de la singular experiencia religiosa que acaba de tener. No permanece incurvada relamiéndose las mieles místicas de Nazaret, sino que vuela en ayuda de Isabel. Deja a Dios por amor y, así, por amor también, recupera a Dios. El se esconde en aquella que la necesita. A los que somos gente de poca fe, y que estamos demasiado centrados en nosotros mismos y en nuestro reducido mundo, la contemplación de esta escena puede tener efectos terapéuticos. La salud de la fe pasa por el desasimiento. Un corazón nos lo dice. Se trata de des-ligarse (del yo) para ob-ligarse (con el tú). No debemos confundirnos.
• El segundo “celebrar” . Cuando ya los gestos no son capaces de contener la verdad, entonces hablan los ojos y los labios de María con el más bello canto que haya podido hacer mujer alguna. Lucas pone la letra y María la música. Nos dice cómo es Dios, cómo somos los hombres, hacia dónde va la historia. Y en ese marco reconoce con humildad lo grande que Dios ha sido con ella. Asombra esta fe arrodillada y exultante. Eso es creer. Experimentar lo que se anuncia. Y anunciar la experiencia. Y la única forma de transmitirla es celebrando una fiesta. Porque es buena noticia, anuncio del Dios fascinante y maravilloso que encandila y conmueve.
En nuestras sociedades contemporáneas centradas en el propio yo de cada cual, los que tenemos a María por Madre y Maestra deberíamos ser, en medio de tantas prisas ambiciosas y egoístas, los últimos rebeldes. Y mantener así en la tierra esa raza de personas que, como María, dejen que Dios disponga de ellos y lo anuncien con la perfecta alegría.

Juan Carlos Martos


Última hora
Sagrado Corazón de Jesús, fiesta del amor de Dios; según Juan Pablo II

 

Sagrado Corazón de Jesús, fiesta del amor de Dios; según Juan Pablo II
Se celebrará el próximo viernes

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 16 junio 2004 (ZENIT.org).- Juan Pablo II considera que la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, que celebrará la Iglesia el próximo viernes, recuerda el «misterio» del amor de Dios por cada hombre y mujer.

Es el mensaje que dejó antes de despedirse a los diez mil peregrinos que este miércoles participaron en la audiencia general concedida en la plaza de San Pedro del Vaticano bajo un intenso sol.

«Esta fiesta recuerda el misterio del amor que Dios siente por los hombres de todo tiempo», afirmó el Santo Padre recordando el mensaje central que dejó Cristo al aparecerse a una religiosa francesa de la Visitación, santa Margaría María Alacoque (1647-1690).

«Queridos jóvenes, os invito a prepararos, en la escuela del Corazón de Cristo, para afrontar con confianza los compromisos que os esperan en el transcurso de la vida», exhortó el Papa.

«Os doy las gracias, queridos enfermos, por la especial ayuda que ofrecéis al pueblo cristiano, aceptando el cumplimiento de la voluntad de Jesús crucificado, en fecunda unión con su sacrificio salvífico», indicó hablando en italiano.

Luego el Papa se dirigió a las parejas de recién casados, que habían venido con su vestido de bodas, para desearles «la alegría auténtica que surge de la cotidiana fidelidad a la caridad de Dios, de la que vuestro amor conyugal debe ser un elocuente testimonio».

Al dirigirse en polaco a sus compatriotas presentes en el Vaticano, Juan Pablo II recordó que en ese día, «encomendando al Corazón divino las familias polacas, rezamos para que sean focos vivos de amor».

Y añadió, «recemos también para que haya santos sacerdotes, formados "según el Sagrado Corazón de Cristo"».

El mismo Juan Pablo II ha establecido que en esta solemnidad se celebre en la Iglesia la Jornada mundial por la santificación de los sacerdotes (Cf. Zenit, 10 de junio de 2004).

En la primera de las apariciones a santa Margaría María, el 27 de diciembre de 1673, Jesús le dejó este mensaje, según lo refirió ella misma más tarde: «Mi Corazón divino está tan apasionado de amor por los hombres, y por ti en particular, que al no poder contener en sí las llamas de su ardiente caridad, hay que transmitirlas con todos los medios».


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