
"Tú eres el Mesías de Dios.
El Hijo del hombre tiene que padecer mucho."
Lectura del santo Evangelio según San Lucas. (Lc 9,18-24.)
Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos,
les preguntó: -¿Quién dice la gente que soy yo?
Ellos contestaron: -Unos que Juan el Bautista, otros que Elías,
otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.
El les preguntó: -Y vosotros, ¿quién decís
que soy?
Pedro tomó la palabra y dijo: -El Mesías de Dios.
El les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió:
-El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos,
sumos sacar dotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Y, dirigiéndose a todos, dijo: -El que quiera seguirme, que se
niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga
conmigo. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero
el que pierda su vida por mi causa, la salvará. Palabra de Dios
| ORACIÓN
RESPUESTA A JESÚS CON EL EVANGELIO DEL DÍA |
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“Jesús, Tú eres el más amante entre
los más amables amigos. Nunca jamás hubo amigo
como Tú, ni podrá haber jamás quien te
iguale, porque no hay más que un Jesús en toda
la amplitud del mundo y en la gran extensión del cielo,
y ese dulce y amoroso amigo eres Tú, mi Jesús,
mío solo y todo mío. ¡Oh Jesús, Jesús,
Jesús!: ¿Quién no te amará, quien
no dará toda su sangre por Ti? ¿Por qué
no hacer de cada corazón un horno ardiente de amor a
Ti, de suerte que el pecado sea algo imposible, el sacrificio
un placer, y la virtud el anhelo de todos los corazones?”
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| Algunos
Comentarios al Evangelio del día |
LA PERSONA
DE JESÚS SOLUCIONA LAS CRISIS DE FE
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Nada logra iluminarnos por dentro, hemos
abandonado la religión ingenua de otros tiempos pero no la
hemos sustituido por nada mejor. Puede crecer entonces en nosotros
una sensación extraña de culpabilidad: nos hemos quedado
sin clave alguna para orientar nuestra vida. ¿Qué
podemos hacer?
Lo primero es no ceder a la tristeza ni a la crispación:
todo nos está llamando a vivir Dentro de ese malestar tan
persistente hay algo de importancia suma: nuestro deseo de vivir
algo más —grande y menos postizo, algo más digno
y menos artificial. Lo que necesitamos es reorientar nuestra vida.
No se trata de corregir un aspecto concreto de nuestra persona.
Eso vendrá tal vez después. Ahora lo importante es
ir a lo esencial, encontrar una fuente de vida y de salvación.
Es una suerte entonces encontrarse con la persona de Jesús
de Nazaret. El nos puede ayudar a conocernos mejor, a ser nosotros
mismos. a descubrir con más hondura lo mejor que hay en nosotros.
Él nos puede conducir a lo esencial, pues nos obliga a hacernos
las preguntas que nos acercan a lo importante de la existencia.
Él aporta un horizonte diferente a nuestra vida. En Él
escucharnos una llamada a vivir la existencia desde su última
raíz, que es un Dios «amigo de la vida». Él
nos invita a reorientarlo todo hacia una vida más digna,
dichosa y abundante, una vida eterna. Por eso es tan importante
en cualquier momento de la vicia responder sinceramente a esa pregunta
de Jesús: «¿ Quien decís que soy yo?»
¿Quién es Jesús para mí? ¿Qué
podría aportar a mi vida?
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¿QUÉ DIGO
YO? ¿Quién decís que soy yo? Lc 9, 18-24
(José Antonio Pagola)
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A veces es muy peligroso sentirse cristiano
«de toda la vida». Porque se corre el riesgo de
no revisar nunca nuestro cristianismo y no entender que, en
definitiva, todo el vivir cristiano no es sino un continuo caminar
desde la incredulidad hacia la fe en el Dios vivo de Jesucristo.Pocas
veces nos detenemos los cristianos a responder a esa pregunta
decisiva que se nos hace a cada uno de nosotros. La pregunta
que Jesús dirige a sus discípulos: “Y vosotros,
¿quién decís que soy yo?”
La respuesta ha de ser personal. Nadie puede hablar en mi nombre.
No puede haber una fe por procurador. Soy yo quien tengo gire
responder. Se me pregunta qué digo yo de Jesucristo,
no qué dicen los concilios, qué predican los Obispos
y el Papa, qué explican los teólogos.
Un conjunto de circunstancias históricas ha podido embrollar
mucho las cosas, pero no hemos de olvidar que la fe cristiana
no es simplemente la adhesión a una fórmula o
a un grupo religioso, sino mi adhesión personal y mi
seguimiento a Jesucristo.
Para ser cristiano, no hasta decir: «Yo creo en lo que
cree la Iglesia.» Es necesario que me pregunte si yo le
creo a Jesucristo, si cuento con él, si apoyo en él
mi existencia.
No se me pregunta qué pienso acerca de la doctrina moral
que Jesús predicó, acerca de los ideales que proclamó
o los gestos admirables que realizó. La pregunta es más
honda: ¿Quiénes Jesucristo para mí? Es
decir, ¿qué lugar ocupa en mi experiencia de la
vida? ¿Qué relación mantengo con él?
¿Cómo me siento ante su persona? ¿Qué
fuerza tiene en mi conducta diaria? ¿Qué espero
de él?
No puedo contestar responsablemente a la pregunta que Jesús
me dirige sin descubrirme a mí mismo quién soy
yo y cómo vivo mi fe en Él. Precisamente, en eso
consiste la responsabilidad: en ser capaz de responder por mí
mismo.
Con frecuencia, no somos conscientes hasta qué punto
vivimos nuestra fe por inercia, siguiendo actitudes y esquemas
infantiles, sin crecer interiormente, sin llegar tal vez nunca
a una decisión personal y adulta ante Dios.
De poco sirve hoy seguir confesando rutinariamente las diversas
creencias cristianas si uno no conoce por experiencia qué
es encontrarse personalmente con ese Dios revelado y encarnado
en Jesucristo.
Nuestra fe cristiana crece y se robustece en la medida en que
vamos descubriendo por experiencia personal que sólo
Jesucristo puede responder de manera plena a las preguntas más
vitales, los anhelos más hondos, las necesidades últimas
que llevamos en nosotros. De alguna manera todo cristiano debería
poder decir como San Pablo: «Yo sé bien en quién
tengo puesta mi fe» (2 Tm 1, 12).
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CONDICIONES PARA EL SEGUIMIENTO
DE CRISTO
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es decir, para asumir el
proyecto de Jesús Según propone El mismo, son
éstas:
- - negarse a sí mismo,
- - cargar con la cruz. cada
día
- - mantener una absoluta disponibilidad,
incluso de la vida.
Solamente así podremos
alcanzar la liberación total y la vida en plenitud. Esta
sección, dirigida por Jesús a los discípulos
y a toda la gente, viene a señalar la prolongación
del camino de Cristo en la vida de la Iglesia y en la conducta
de cuantos por la fe y "por el bautismo se han revestido
de Cristo" (2ª lect.).
En el pasaje evangélico de hoy Lucas sigue, en términos
generales, la línea de los Sinópticos, si bien
con algunas variantes. Así, por ejemplo, no precisa el
lugar de la escena, que Marcos y Mateo sitúan en la región
de Cesarea de Filipo; también suprime el duro reproche
de Jesús a Pedro, que se opone a la idea de un Mesías
sufriente. Lucas está más próximo a Marcos
8,27ss (Dom.24,B) que a Mateo 16,13ss (Dom.21,A), quien menciona
en solitario el primado de Pedro. En esos domingos citados desarrollamos
con más detención la tercera y primera de las
secciones respectivamente. Hoy centraremos nuestra reflexión
y anuncio en la persona misma de Jesús y en su significado
para nosotros hoy, como respuesta a su pregunta: Y vosotros,
¿quién decís que soy yo?
Una pregunta muy personal de Jesús: ¿Quién
soy yo para ti?-Solamente a un amigo se le pregunta: ¿Tú
qué piensas de mí? Esta es la pregunta que hoy
nos hace personalmente Jesús a cada uno de nosotros.
Para responderla hacen falta tres condiciones:
-1ª Ponerse en trance
de oración, como apunta Lucas al principio del relato.
-2ª Conocer personalmente a Jesús, es decir, desde
la experiencia de la fe. Y
-3ª Seguirlo amorosa y abnegadamente, como dice Jesús
al final.

La pregunta sobre
Jesús es insoslayable y fundamental,
porque es la pregunta sobre
nuestra propia identidad cristiana. No es lo mismo saber de
Jesús por la historia que conocerlo personalmente como
a un amigo; solamente así se puede alcanzar el fondo
de una persona. En un maestro de espíritu lo más
importante es su doctrina; pero éste no es el caso de
Jesús. Lo más atrayente, y al mismo tiempo lo
más desconcertante, del misterio de su persona es que
vive hoy como ayer, vive en cada época de la historia,
vive en cada hombre, en el mundo, en la Iglesia, en el creyente,
en mí.
Por eso la pregunta de Jesús no ha perdido actualidad:
¿Quién soy yo para ti en este momento de tu vida?
La figura del viviente Jesús
es extraordinaria, fuera de lo común, compleja, rica,
única y original por ser Dios-hombre u hombre,-Dios.
Para no perdernos, ¿dónde centrar nuestra atención?
Diversos son los caminos e intentos de aproximación a
la persona de Cristo: la teología y en especial la cristología,
la liturgia, la experiencia mística... La vía
más completa es el Evangelio mismo, que nos da cuatro
versiones coincidentes, aunque con matices complementarios,
de su persona, vida, actitudes y enseñanza.
a) Cristo Jesús:
la figura de un viviente
Jesucristo no es un recuerdo
histórico.-Es muy importante percibir a Cristo como es
en realidad: no una figura del pasado que vivió en Palestina
hace veinte siglos, sino una persona de hoy día, viva,
cercana a nosotros y amigo personal nuestro. El Jesús
de nuestra fe es el Señor resucitado, centro de la historia
humana y salvación de Dios para el hombre y el mundo
actuales. Esta es la razón de nuestra fe y el fundamento
de nuestra esperanza. Por eso lo ha seguido la auténtica
aristocracia de la humanidad que fueron María su Madre,
José, los Apóstoles, los mártires, los
santos y tantos millones de hombres y mujeres creyentes que,
peregrinos de Dios, buscan la verdad y tienen hambre y sed de
justicia.
Por mucho que ensalzáramos
a Jesucristo, con pleno merecimiento, como la cumbre de la humanidad
y la cima de los valores humanos, si El no viviera su recuerdo
nos dejaría fríos como, por ejemplo, al turista
que visita sin emoción el panteón de los reyes
de España en El Escorial. Pero no, Cristo es actual,
vive en medio de nosotros por su Espíritu, vive en la
comunidad eclesial, vive en todo hombre que busca el rostro
de Dios con sincero corazón (Pleg. eucar.IV).
Este es el motivo por el que la proyección de Jesús
no se circunscribe al templo y a la práctica religiosa
y cultual, sino qué penetra y transforma, desde la fe
y la persona del que lo sigue, todos los sectores de la vida:
el amor y la familia, el trabajo y la economía, la cultura
y las relaciones sociales, para superar todas las situaciones
de marginación, desamor y pobreza. Hemos de abrir bien
los ojos para que no se verifique en nosotros el dicho del Bautista:
En medio de vosotros vive uno que no conocéis, alguien
que se identifica especialmente con los desvalidos y los que
sufren.

b)La personalidad fascinante de Jesús,
dada su enorme riqueza
polifacética, es modelo plural de identificación;
algo que, hoy como ayer, destaca el Seguimiento cristiano.
Así hay diversos acentos que, dentro del misterio
global de Cristo, resaltan aspectos "parciales"
que de hecho no lo son cuando se sabe enmarcarlos en el
conjunto.
Por ejemplo, hay cristianos que valoran en la persona y
estilo de Jesús, la espiritualidad del trabajo, de
la oración y del desierto con base en su vida oculta
y laboriosa de Nazaret y en su continua comunicación
con el Padre.
Otros acentúan en su personalidad sublime los rasgos
modélicos de su , actividad apostólica: anuncio
del Reino de Dios, su doctrina, sus milagros, su opción
por los pobres, su denuncia profética, el testimonio
de su vida y su enfrentamiento "revolucionario"
con las autoridades religioso-políticas de su tiempo,
representantes de una religión farisaica y caduca.
Todo lo cual le llevó a una dolorosa pasión
y muerte, víctima del odio de sus enemigos.
Este último es un sector preferido de la religiosidad
popular: la pasión del Señor. Visión
"dolorosa" que ha de completarse con la imagen
gloriosa de Cristo resucitado, pues su muerte y resurrección
forman unidad indivisible. Por eso otros prefieren al Cristo
glorioso y resucitado, presente en su Iglesia y actuando
en el mundo de los hombres por su Espíritu.
Una visión totalizante y una perspectiva
exacta de la persona de Jesucristo y del conjunto de su
vida y obra sólo se adquiere desde cl final de su
camino, es decir, desde su resurrección del sepulcro
y su glorificación por el Padre. Por tanto, solamente
desde la fe pascual que resume la confesión de Pedro:
Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo (Mt
13,16). A su categoría de Dios une la plenitud de
los valores humanos: profundamente humano y sencillamente
divino, sublime como hombre y adorable como Dios. Motivos
más que suficientes para amar y seguir a Cristo apasionadamente.
El ideal
supremo y vivo, sincero y valiente, que encarna Jesús
de Nazaret es lo que mantiene en pie la esperanza de los
pobres de Dios y la ilusión de tantos hombres y mujeres,
jóvenes y adultos, que ven en Cristo un guía
que no defrauda, un modelo válido de identificación,
el único capaz de justificar la entrega incondicional
a los demás, porque Él mismo es la prueba
definitiva del amor de Dios que salva al hombre.
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BROCHE FINAL
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Las últimas
palabras de Jesús en este Evangelio resumen la naturaleza
pascual de la vida cristiana: morir a toda forma de egoísmo
y mal, a fin de hacernos libres par vivir de acuerdo al amor
de Dios y a nuestros hermanos y hermanas.
Todas las formas de abnegación y renuncia en nuestras
vidas deben llevarnos a la libertad y al amor: “negarse
a si mismo...tomar su cruz...perder su vida”, no tienen
valor en sí mimos a no ser que nos vacíen de los
apegos egoístas y abran nuestros corazones para ser llenados
con un amor siempre mayor.
El amor
mayor es el de la persona de Cristo, no hay amor mayor que este. |
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| FIESTAS:
Sagrado Corazón de Jesús
> viernes 18 de junio,
Corazón de María
> sábado 19. |
PRESENTACIÓN
Los temas aquí tratados no son meras consideraciones
piadosas como a veces sucede en estas devociones, sino algo
sólido fundamentado en las fuentes de la Revelación
y en el Magisterio de la Iglesia. Sobretodo en la Sagrada Escritura,
como prueban la multitud de citas. El trabajo está realizado
por el especialista en espiritualidad Juan Esquerda Bifet, Catedrático
de la Universidad Urbaniana de Roma y del que me honro por su
amistad. Al final de cada tratado hago un breve comentario personal.
Laurentino,
Cura Párroco
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Letanía
del Sagrado Corazón de Jesús
Señor ten
misericordia de nosotros.
Cristo, ten misericordia de nosotros.
Señor ten misericordia de nosotros.
Cristo, óyenos...
Cristo, escúchanos...
Dios, Padre celestial, ten misericordia de nosotros...
Dios, Hijo Redentor del mundo...
Dios, Espíritu Santo...
Trinidad santa, que eres un solo Dios...
Corazón de Jesús, Hijo del Padre Eterno...
Corazón de Jesús, formado por el Espíritu
Santo en el seno de la Virgen Madre...
Corazón de Jesús, unido sustancialmente al Verbo
divino
Corazón de Jesús, de majestad infinita...
Corazón de Jesús, templo santo de Dios...
Corazón de Jesús, tabernáculo del Altísimo,
...
Corazón de Jesús, Casa de Dios y puerta del cielo...
Corazón de Jesus, horno ardiente de caridad. ..
Corazón de Jesús, receptáculo de justicia
y amor...
Corazón de Jesus, lleno de bondad y amor. ..
Corazón de Jesus, abismo de todas las virtudes...
Corazón de Jesús dignísimo de toda alabanza...
Corazón de Jesus, Rey y centro de todos los corazones...
Corazón de Jesus, en quien están todos los tesoros
de sabiduría y ciencia...
Corazón de Jesús, en quien habita toda la plenitud
de la Divinidad...
Corazon de Jesús en quien el Padre se ha complacido...
Corazón de Jesús, de cuya plenitud todos hemos recibido...
Corazón de Jesús, deseo de los collados eternos.
Corazon de Jesús, paciente y de mucha misericordia.
Corazón de Jesús, rico para todos los que Te invocan...
Corazón de Jesús, fuente de vida y santidad....
Corazón de Jesús, propiciación por nuestros
pecados...
Corazón de Jesús, saturado de oprobios...
Corazón de Jesús, oprimido por nuestras maldades...
Corazón de Jesús, hecho obediente hasta la muerte.
Corazón de Jesús, traspasado por la lanza.
Corazón de Jesús, fuente de todo consuelo...
Corazón de Jesús, vida y resurrección nuestra...
Corazón de Jesús, paz y reconciliación nuestra...
Corazón de Jesús, victima de los pecadores...
Corazón de Jesus, salud de los que esperan en Ti...
Corazón de Jesús, esperanza en los que en Ti mueren...
Corazón de Jesús, delicia de todos los santos.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, perdónanos,
Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, óyenos,
Señor.
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, ten misericordia
de nosotros.
Jesús, manso y humilde de corazón,
haz nuestro corazón semejante al tuyo.
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| Oremos
Dios todopoderoso y sempiterno, mira al Corazón de
tu amadísimo Hijo, y las alabanzas y satisfacciones que
Te tributa en nombre de los pecadores; y concede benigno el perdón
a los que imploran tu misericordia. Te lo pedimos en nombre del
mismo Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina, en unión
del Espíritu Santo, Dios por los siglos de los siglos,
Amen.
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| CORAZÓN
En la Sagrada Escritura, “corazón”
significa la interioridad del hombre, donde tienen lugar sus pensamientos,
sentimientos, afectos, motivaciones, actitudes... De ahí
proceden sus palabras y sus obras (Mt 15,18). Es, pues, como el
centro y 1a sede de todas las facultades espirituales (intelectivas
y afectivas). De un corazón “Convertido” o abierto
a Dios, brota la adoración, confianza, fidelidad, generosidad.
Sólo Dios conoce el corazón (1 Sam 16,7; Sal 44,22).
Y es el mismo Dios quien lo escruta, prueba, purifica y renueva
(Sal 7,10; 51,12; Ez 36,26), para escribir en é su ley (J
31,33) y exigir un amor de totalidad (Dt 4,29). El corazón
está sano cuando sabe escuchar la Palabra de Dios (Os 2,16;
cf. Lc 2,19.51).
En la tradición cristiana, se ha ido acentuando una doble
evidencia: una más intelectiva (teológico reflexiva)
y otra más afectiva (mística y teológico intuitiva-admirativa).
Ambas tendencias se pueden constatar en los escritos espirituales
y teológicos de Oriente y Occidente. En el Oriente prevalece
la tendencia afectiva-mística.
Dios quiere transformar el corazón de piedra en un corazón
nuevo (Ez 18,36; 36,26), para que todos se vuelvan a ÉI “con
todo el corazón” (Jl 2,12). En este corazón
unificado por el amor, “habita Cristo por la fe” (Ef
3,17) y el Espíritu Santo comunicado por el Padre (Rom 5,5).
Entonces la comunidad eclesial puede llegar a ser un solo corazón
y, una sola alma (Hech 4,32; cf. Ez 11,1 9)
|
| CORAZON
DE CRISTO |
| Actitudes y
sentimientos de Cristo |
Jesús habla
de su corazón para resumir sus actitudes internas manifestadas
en su actuación externa: “aprended de mí, que
soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29). Los sentimientos
de Cristo se van expresando de diversas maneras: compasión
(Mt 15,32), admiración (Mt 8,10), gozo y agradecimiento (Lc
10,21), queja por incredulidad (Mt 15,8-9), tristeza (Mt 26,37-39),
amistad (Jn 15,13-16), invitación a creer (Jn 20,27-29). |
|
Costado o corazón
abierto en la cruz |
En su costado
abierto (como termino análogo de su corazón), el
discípulo amado (que había reclinado su cabeza sobre
su pecho: Jn 13,23-25) quiere resumir el símbolo de su
amor sacrificial, al que hay que mirar con fe (Jn 19,34-37), para
descubrir allí la fuente del “agua viva” (Jn
7,37-39). “Sangre” indica una vida donada en sacrificio;
“agua” es el símbolo de a vida nueva en el
Espíritu (cf. Jn 3,5; 7,39). Jesús resucitado, al
aparecer a sus discípulos, comunicó el Espíritu
Santo mostrando sus manos y su costado abierto (cf. Jn 20,20-22.27).
“Del costado de Cristo, muerto en cruz, nació el
sacramento admirable de la Iglesia entera” (SC 5). |
| En la vida
y enseñanza de la Iglesia |
La Iglesia ha ido viviendo y
experimentando que el amor de Cristo excede todo conocimiento (Ef
3,19). Los Padres presentaban ese amor con el símbolo de
su corazón. Desde la Edad Media, se fue generalizando la
devoción al Corazón herido de Jesús, como término
de un camino espiritual:,por sus pies (purificación) y sus
manos (iluminación), entrar en su Corazón (unión).
Desde las revelaciones privadas a Sta Margarita María de
Alacoque (1647-1690), se hizo más popular esta devoción.
El magisterio pontificio (e.g. enc. Haurietis aquas, de Pío
XII, 1956) ha ido presentando a la comunidad eclesial algunos aspectos
de esta devoción: naturaleza, objetivos, medios. Se ha hecho
hincapié en el amor de Cristo simbolizado por su Corazón
(en lenguaje bíblico), se ha descrito su amor (en armonía
y, unidad: divino, humano, espiritual y sensible), se ha invitado
a la respuesta de amor, confianza, reparación. El Corazón
de Cristo es “la síntesis de todo el misterio de nuestra
redención”, porque “a nuestro divino Redentor
le clavó en la cruz la fuerza de su amor” (Pío
XII, Haurietis aquas). |
| El
celo apostólico inspirado en el Corazón de Cristo |
En el campo
apostólico, se ha instado a vivir el amor de Cristo al estilo
de San Pablo: “El amor de Cristo nos apremia al pensar que,
si uno murió por todos, todos por tanto murieron. Y murió
por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino
para aquel que murió y resucitó por ellos” (1
Cor 5,14-15). Ordinariamente se ha unido ese anhelo apostólico
al tema de la “sed” de Cristo (Jn 19,28). |
| Referencias: Afectividad,
corazón, Corazón de María, Cruz, Dios Amor,
Jesucristo, pasión, sangre. |
Lectura de documentos:
SC 5; GS 22; CEC 478, 2669; "Haurietis aquas" (Pío
XII). |
COMENTARIO |
Hablar del
corazón de Jesús es tanto como hablar del amor de
Dios y ello nos propicia unas reflexiones:
? Dios es amor, dice San Juan en su Evangelio.
? El fin principal de Jesús es darnos a conocer al Padre.
El Padre y Él son una misma cosa y quien le ve a Él
ve al padre.
? Jesús nos revela al Padre como alguien amoroso en una trato
de intimidad cariñosa. Le llama algo así como “padrecito”
o “Padre querido”
? Frente a la imagen de un Dios justiciero y distante, Jesús
nos manifiesta a un Dios Padre, al Hijo como hermano amoroso que
manda amar al enemigo y dar la vida por los demás y al Espíritu
Santo con don de amor del Padre y del Hijo y como inspirador y realizador
de amor.
? Jesús instaura en el mundo el mandamiento nuevo del amor
y quiso traer “fuego” a la tierra para que arda de amor.
Inaugura la “civilización del amor “de que tanto
nos habla el Santo Padre Juan Pablo II.
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| Corazón
de María: su interioridad contemplativa |
En el corazón de la Madre de Jesús
encontraron acogida las palabras del Señor: las palabras
del ángel (Lc 1,29), el mensaje de Belén (Lc 2,19),
la profecía de Simeón (Lc 2,33), las palabras
de Jesús niño (Lc 2,51)... Todo lo contemplaba
en su corazón (Lc 2,19.51). La actitud de “contemplar”
tiene el sentido de “confrontar” lo que está
oyendo, o viendo, con otros datos de la Palabra de Dios, para
comprender mejor su significado salvífico. Es la actitud
sapiencial de los pobres de Yahvé. De esta contemplación
en el corazón derivaban todas las actitudes, palabras
y acciones de María.
María es Virgen no sólo en su cuerpo, sino también
y principalmente en toda su interioridad “corazón”),
abierta a la declaración de amor por parte del Dios de
la Alianza, sellada por la sangre de Cristo Esposo. En el corazón
y en todo el ser de María entra plenamente la “palabra”
de la nueva Alianza (Lc 1,38). Esa actitud es modelo de la respuesta
que debe dar la Iglesia esposa: “Haced lo que lo os diga”
(Jn 2,5; Ex 24,7).
|
La
“memoria” de la Iglesia |
En esta “memoria”
de María, la Iglesia (al estilo del evangelista San Lucas)
encuentra y actualiza no sólo los acontecimientos salvíficos
meditados por ella, sino también la verdadera actitud del
corazón nuevo, que se deja interpelar por la Palabra de Dios,
a modo de “espada” que atraviesa el “alma”
(Lc 2,35). Entonces la vida y las actitudes internas de María
(y de la Iglesia) se relacionan íntimamente con Cristo, hasta
compartir el “escándalo” de la cruz. La Iglesia
se siente “asociada” a la hora de Cristo como María.
La Iglesia entra en sintonía con las actitudes del Corazón
de María cuando medita, con ella y como ella, los misterios
de Cristo. Por esto, María, “acogiendo v meditando
en su corazón acontecimientos que no siempre puede comprender,
se convierte en el modelo de todos aquellos que escuchan la palabra
de Dios y la cumplen (cf. Lc 11,28)” (VS 120). El “corazón”
evoca todas las actitudes de la persona de María, especialmente
su donación total a la obra salvífica.
El Magnificat mariano se hace oración contemplativo de la
Iglesia, donde “se vislumbra la experiencia personal de María,
el éxtasis de su corazón” (RMa 36). Por esto,
“la Iglesia acude al Corazón de María, a la
profundidad de su fe expresada en las palabras del Magnificat”
(RMa 37).
|
Los
“hitos” del itinerario de su Corazón. |
En el evangelio han quedado
marcados los hitos de un itinerario contemplativo y misionero del
Corazón de María. Son etapas de silencio meditativo
(Le 1,29); de “sí” fiel a la palabra (Lc 1,38);
de alabanza, agradecimiento, adoración (Lc 1,46ss); de servicio
de caridad (Le 1,39); de instrumento del Espíritu Santo (Lc
1,41); de aceptación del misterio de Cristo (Lc 2,19.33.51);
su asociación esponsal a Cristo para correr su n-misma suerte
pascual (Lc 2,35; Jn 19,25-27). “María, con perfecta
docilidad al Espíritu, experimenta la riqueza y universalidad
del amor de Dios, que le dilata el corazón y la capacita
para abrazar a todo el género humano” (VS 120).
Cuando se dice que María “meditaba estas cosas en su
corazón (Lc 2,19.51), se describe la actitud relacional de
volver a lo más hondo del propio corazón, guiada por
la luz del rostro de Dios y por el Espíritu Santo. “María
es la figura del orante, prototipo de la contemplación”
(RMa 33). Ella ”conservaba todo esto en su corazón
para meditarlo (cf. Lc 2,41.51)” (LG 57). Esta actitud contemplativa
de María se convierte en oración de intercesión
ante las necesidades de los hermanos, “cuando en las bodas
de Caná de Galilea, movida a misericordia, suscitó
con su intercesión el comienzo de los milagros de Jesús
Mesías (cf. Jn 2,1 -1 1” (LG 58).
En el Corazón de María, “la mujer” que
“estaba de pie junto a la cruz”(Jn 19,25ss), resonaron
también las palabras de Jesús moribundo: el perdón
(Lc 23,34), la promesa de salvación (Le 23,43), la sed (Jn
19,28), el abandono (Mt 27,46), la confianza total (Lc 23,46)...
Con las palabras de Jesús, también entraron en su
corazón los gestos redentores de su Hijo. Por esto, “guiada
por el Espíritu, se consagró toda al ministerio de
la redención de los hombres” (PO 18), “sufriendo
profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas
de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación
de la víctima que ella misma había engendrado”
(LG 58).
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El
origen histórico de una devoción |
Los Santos
Padres hablan con frecuencia del corazón de Cristo y de su
Madre, atravesados por la misma espada (Orígenes). María
es templo del Espíritu Santo y sede de la Sabiduría
(cf. Le 1,35). Algunos santos han hecho hincapié en este
mismo tema para presentar las actitudes hondas de Jesús y
María (San Juan Eudes, San Antonio Mª Claret, etc.).
Se recalca especialmente el amor materno de María, cuyo corazón
“es la fuente y el principio de todas las prerrogativas que
la adornan” (San Juan Eudes).
La actitud devocional cristiana respecto al Corazón de María
tuvo especial resonancia y divulgación después de
las apariciones de la Virgen en Fátima (1917) y de la consagración
del mundo y de la Iglesia al Corazón de María, en
diversas ocasiones (a partir de 1942). Pío XII, al recordar
esta consagración en la encíclica Haurietis aquas
(sobre el Corazón de Jesús), afirma que “a la
caridad y sufrimientos de Cristo estaban estrechamente asociados
el amor y los dolores de su Madre”. La actitud devocional
cristiana se expresa por medio de intimidad o relación de
confianza filial, gratitud, reparación, colaboración...
La fiesta pasó al calendario universal (rito latino) en 1944.
Actualmente se celebra el sábado de la tercera semana después
de Pentecostés, inmediatamente después de la fiesta
del Corazón de Jesús y en relación con ella.
En los textos litúrgicos se recuerda que Dios ha preparado
en el Corazón de la Virgen María una digna morada
al Espíritu Santo” (colecta de la Misa). La relación
con el “sábado” hace recordar el Cenáculo
antes de Pentecostés (Hech 1,14) y, de modo especial, la
“soledad” dolorosa (“espada”) de María
antes de la resurrección del Señor.
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La
“memoria” de la Iglesia misionera y madre |
Puesto que María “está
en el corazón de la Iglesia” (Rma, 27), ésta
depende de ella “el tacto singular de su corazón materno,
su sensibilidad peculiar, su especial aptitud para llegar a todos
aquellos que aceptan más fácilmente el amor misericordioso
de parte de una madre” (DM 9). María es, para la Iglesia,
“memoria” creyente, contemplativa, evangélica,
pascual y materna.
El Corazón de María, como “memoria” de
la Iglesia, recuerda la misión de anunciar y comunicar a
todos el misterio de la redención. De hecho, este misterio
“se ha formado bajo el corazón de la Virgen de Nazaret,
cuando pronunció su "fiat". Desde aquel momento
este corazón virginal y materno al mismo tiempo, bajo la
acción particular del Espíritu Santo, sigue siempre
la obra de su Hijo y va hacia todos aquellos que Cristo ha abrazado
y abraza continuamente en su amor inextinguible” (JUAN PABLO
II, RH 22).
Referencias: Asociación a Cristo, corazón, Corazón
de Cristo, espiritualidad mariana, Magnificat, María memoria
de la Iglesia, sábado.
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COMENTARIO |
No se puede
divinizar a María, ella es una criatura de corazón
humano.
Ella refleja con su vida la realización ideal del proyecto
de Dios sobre todas las personas, es decir, ante todo, el proyecto
de amor.
Ella es madre, espejo de madres: de la madre Iglesia y del resto
de las madres, cuyo amor es algo misterioso por generosidad y medida,
lo que trasciende al puro instinto. Ese amor es reflejo del amor
de Dios.
Jesús pudo disfrutar desde su origen del calor y de la cercanía
de esa madre amorosa.
Tampoco faltará la presencia amorosa de María en los
primeros pasos de la comunidad Iglesia hasta bastantes años
más tarde. Y su cercanía y amor siguen hoy acompañando
a la Iglesia de la que es tipo, espejo, figura, modelo.
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| FIESTA
DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS |
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Hoy es la fiesta del Sagrado
Corazón de Jesús. La liturgia conduce nuestra
mirada directamente a la fuente del Amor más grande,
al Amor crucificado. Hoy es un hermoso día para contemplar,
para saborear, para aprender cómo se ama. Porque los
cristianos corremos el riesgo de sustituir al Dios del amor
y de la misericordia por el dios del culto y de la ley, y hacer
de éstos el criterio único de nuestro encuentro
con Él. Desde la cátedra de la cruz y con la herida
de su costado abierta, Él sigue atrayendo inexplicablemente
a todos hacia Él para mostrarles la belleza del Dios-amor,
el único que existe. Uno de los infinitos perfiles de
este Dios-amor aparece en la primera de las tres parábolas
del capítulo 15 de Lucas, que hoy leemos en la Eucaristía.
Nos conviene escucharle a Él para no confundirnos. En
concreto subraya, entre otras, tres rasgos del amor de Dios,
del amor verdadero:
• Primero, el amor verdadero o es personal o no lo es.
Porque no puede ser amor la leyenda de aquel cartel de Snoopy
cuando decía con humor avinagrado: “Amo a la humanidad,
pero no aguanto a la gente”. A Jesús le importa
la gente concreta; más aún, le importa uno solo.
Cada persona posee valor infinito. Uno vale más que todos.
Es llamativo que en el evangelio no aparezca jamás una
declaración de derechos humanos, sino la invitación
a amar al próximo, que es una persona real y la tengo
delante de mí. Nadie sobra. Todos son primeros. Incluso
los que parecen no merecerlo porque “no hay nube por negra
que sea que no tenga un borde plateado”.
• Segundo, el amor verdadero o es misericordioso o no
lo es. Jesús lo deja todo por el que está perdido,
por quien no es el mejor. La misericordia nace al adivinar las
infinitas posibilidades que se esconden en el perdido. Ser misericordioso
es, pues, un ejercicio de percepción; de ver al perdido
como lo ve Jesús, sin confundir las apariencias con la
realidad. Decía Maquiavelo que “pocos ven lo que
somos, pero todos ven lo que aparentamos”. Y cuando se
mira como Jesús miraba, se busca de verdad, arriesgando,
exponiendo. A Él le costó la vida. Es el signo
del amor eucarístico que transforma. Porque para cambiar
a una persona, hay que amarla. Solamente influimos hasta donde
llega nuestro amor. El perdón, aunque no cambia el pasado,
siempre agranda el futuro.
Tercero y último, el amor verdadero o concluye en fiesta
o no lo es. Por ello esta parábola parece ser una versión
aplicada de las bienaventuranzas. El amor, aunque no comience
con gozo, siempre desemboca en la verdadera alegría.
“Bienaventurados los misericordiosos...” La misericordia
enamorada produce como fruto la alegría bienaventurada.
Se la reconoce por lo contagiosa que es. Hay que compartirla
con otros. Y es que un asunto no está acabado si no está
bien acabado.
Juan
Carlos Martos
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| Inmaculado
Corazón de María
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19 de junio de 2004
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Is 61,10-11: "Desbordo de gozo con el Señor".
• Sal: 1Sam 2, 1. 4-8: "Mi corazón se regocija
por el Seño, mi salvador".
• Lc 2,41-51: "Conservaba todo esto en su corazón".
Todas las generaciones, sin interrupción
alguna, seguimos llamando a María bienaventurada. La celebración
de la fiesta del Inmaculado Corazón de María nos
hace volver los ojos, en silencio estremecido, hacia lo que ella
guardaba en su corazón. Repasemos su fe y su amor hasta
aprenderlas de memoria –un francés diría “par
coeur”, “a través del corazón”-.
Acerquémonos hoy a ese núcleo íntimo, que
tanto contiene y tanto expresa, al que, con lenguaje bíblico,
llamamos corazón. No cedamos a la inercia, al descuido
o a la superficialidad. Al colocarnos junto a María sentiremos
cómo ella a su vez nos pone junto a Jesús.
En el corazón de María encontramos, ante todo, dos
excesos: El exceso del amor loco de Dios que se vuelca hacia ella
con desmesura: “Bendita,... el Señor está
contigo”. Y el exceso de la confianza de María que
se rinde a Él por entero: “Se haga en mí tu
voluntad”. La confluencia de estos dos excesos hace de María
la Mujer por excelencia, la profecía de humanidad. Ser
hombre o mujer será siempre una forma deficiente de ser
como María. En la bellísima página evangélica
de hoy nos recuerda cómo ella une experiencia de la fe
y encuentro humano. La fe no se vive pensando o estudiando, sino
amando. Dos gestos concretos del corazón de María,
mística de la acción, lo retratan:
• El primero “salir” . Inmediatamente después
de la Anunciación, María deja Nazaret y va aprisa
a ayudar a Isabel. Su atrevido viaje está apremiado de
urgencias. No se recluye en el recinto estrecho de la singular
experiencia religiosa que acaba de tener. No permanece incurvada
relamiéndose las mieles místicas de Nazaret, sino
que vuela en ayuda de Isabel. Deja a Dios por amor y, así,
por amor también, recupera a Dios. El se esconde en aquella
que la necesita. A los que somos gente de poca fe, y que estamos
demasiado centrados en nosotros mismos y en nuestro reducido mundo,
la contemplación de esta escena puede tener efectos terapéuticos.
La salud de la fe pasa por el desasimiento. Un corazón
nos lo dice. Se trata de des-ligarse (del yo) para ob-ligarse
(con el tú). No debemos confundirnos.
• El segundo “celebrar” . Cuando ya los gestos
no son capaces de contener la verdad, entonces hablan los ojos
y los labios de María con el más bello canto que
haya podido hacer mujer alguna. Lucas pone la letra y María
la música. Nos dice cómo es Dios, cómo somos
los hombres, hacia dónde va la historia. Y en ese marco
reconoce con humildad lo grande que Dios ha sido con ella. Asombra
esta fe arrodillada y exultante. Eso es creer. Experimentar lo
que se anuncia. Y anunciar la experiencia. Y la única forma
de transmitirla es celebrando una fiesta. Porque es buena noticia,
anuncio del Dios fascinante y maravilloso que encandila y conmueve.
En nuestras sociedades contemporáneas centradas en el propio
yo de cada cual, los que tenemos a María por Madre y Maestra
deberíamos ser, en medio de tantas prisas ambiciosas y
egoístas, los últimos rebeldes. Y mantener así
en la tierra esa raza de personas que, como María, dejen
que Dios disponga de ellos y lo anuncien con la perfecta alegría.
Juan Carlos Martos
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| Última
hora
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| Sagrado
Corazón de Jesús, fiesta del amor de Dios; según
Juan Pablo II |
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Sagrado Corazón de Jesús,
fiesta del amor de Dios; según Juan Pablo II
Se celebrará el próximo viernes
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles,
16 junio 2004 (ZENIT.org).- Juan Pablo II considera que la solemnidad
del Sagrado Corazón de Jesús, que celebrará
la Iglesia el próximo viernes, recuerda el «misterio»
del amor de Dios por cada hombre y mujer.
Es el mensaje que dejó
antes de despedirse a los diez mil peregrinos que este miércoles
participaron en la audiencia general concedida en la plaza de
San Pedro del Vaticano bajo un intenso sol.
«Esta fiesta recuerda
el misterio del amor que Dios siente por los hombres de todo
tiempo», afirmó el Santo Padre recordando el mensaje
central que dejó Cristo al aparecerse a una religiosa
francesa de la Visitación, santa Margaría María
Alacoque (1647-1690).
«Queridos jóvenes,
os invito a prepararos, en la escuela del Corazón de
Cristo, para afrontar con confianza los compromisos que os esperan
en el transcurso de la vida», exhortó el Papa.
«Os doy las gracias, queridos
enfermos, por la especial ayuda que ofrecéis al pueblo
cristiano, aceptando el cumplimiento de la voluntad de Jesús
crucificado, en fecunda unión con su sacrificio salvífico»,
indicó hablando en italiano.
Luego el Papa se dirigió
a las parejas de recién casados, que habían venido
con su vestido de bodas, para desearles «la alegría
auténtica que surge de la cotidiana fidelidad a la caridad
de Dios, de la que vuestro amor conyugal debe ser un elocuente
testimonio».
Al dirigirse en polaco a sus
compatriotas presentes en el Vaticano, Juan Pablo II recordó
que en ese día, «encomendando al Corazón
divino las familias polacas, rezamos para que sean focos vivos
de amor».
Y añadió, «recemos
también para que haya santos sacerdotes, formados "según
el Sagrado Corazón de Cristo"».
El mismo Juan Pablo II ha establecido
que en esta solemnidad se celebre en la Iglesia la Jornada mundial
por la santificación de los sacerdotes (Cf. Zenit, 10
de junio de 2004).
En la primera de las apariciones
a santa Margaría María, el 27 de diciembre de
1673, Jesús le dejó este mensaje, según
lo refirió ella misma más tarde: «Mi Corazón
divino está tan apasionado de amor por los hombres, y
por ti en particular, que al no poder contener en sí
las llamas de su ardiente caridad, hay que transmitirlas con
todos los medios».
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