Reflexiones entre amigos
Revista semanal elaborada por:
MOVIMIENTO DE ADORACION PERPETUA A.R.P.U.
PARROQUIA DE SANTA MARIA LA REAL DE LA CORTE
OVIEDO
28 de Agosto de 2005
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DOMINGO XXII 2005
"El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo."

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Domingo XXII del Tiempo ordinario (Ciclo A)
Perder la vida por Cristo es ganarla

EVANGELIO 

Lectura del santo Evangelio según San Mateo.    Mt 16,21-27

    En aquel tiempo empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los senadores, sumos sacerdotes y letrados y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: -¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.
Jesús se volvió y dijo a Pedro: -Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.
    Entonces dijo a los discípulos: -El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida? ¿O qué podrá hacer para recobrarla? Porque el Hijo del Hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta. Palabra del Señor

"El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo..." (Mt 16, 24)

En tres ocasiones predice Jesús con claridad su pasión y su muerte. Sus discípulos nunca entendieron concretamente lo que les decía. En sus mentes no podía entrar que el Mesías, el rey de Israel tan deseado, hubiera de padecer y ser rechazado por las autoridades del pueblo elegido. Por eso Pedro no puede contenerse y salta, decidido a disuadir al Maestro de llegar a semejante final, aunque hablara también de la resurrección. Considera descabellado pensar en un triunfo después de la muerte. Por eso lo mejor es que no muera de aquella forma que predecía.

En el fondo lo que intentaba San Pedro es que el triunfo definitivo llegara por unos cauces más normales y más seguros y no pasando por aquel trance terrible que Jesús anunciaba. Pero la reacción del Maestro es clara y decidida. Pedro no se esperaba aquellas palabras dirigidas a él, y para colmo delante de todos los demás. Nunca el Maestro había llamado a nadie Satanás. Y en ese momento llama así a Pedro, que lo único que intenta es que el Maestro no pase por aquel mal trago... La respuesta de Jesucristo muestra cuánto deseaba Él cumplir con lo dispuesto por el Padre, beber el amargo cáliz de su pasión. Por eso rechaza con energía e indignación la propuesta de san Pedro, increpándole de aquella forma tan sorprendente y tan inhabitual en el Maestro.

Para llegar a la Redención sólo hay un camino, el señalado por Dios Padre. Este es así y no hay vuelta de hoja. Planes misteriosos de Dios que, en cierto modo, se repiten de una u otra forma, en cada uno de nosotros. Por ello, sólo si aceptamos la voluntad divina, sellada a menudo con la cruz, podremos alcanzar la vida eterna.

Jesús aprovecha la ocasión para hacer comprender a los suyos que los valores supremos no son los de la carne, ni los del dinero. De qué le sirve a uno ganar todo el mundo, si al final pierde su alma. Es preciso abrir los ojos, encender la fe, mirar las cosas con nuevas perspectivas. Así, aunque de momento pueda parecer que perdemos algo, incluso la vida misma, en definitiva saldremos ganando mucho más.
Evangelio: Mt 16,21-27

En el Evangelio del domingo anterior leíamos la confesión maravillosa y sublime de Pedro sobre la divinidad de Jesús. Hoy aparece el hombre Pedro, de carne y tierra, que trata de impedir el sacrificio redentor de Cristo. Jesús ve en sus palabras la imagen del Tentador que, desde el comienzo de su vida pública hasta en la cruz, intenta apartarle de la misión encomendada por el Padre.
La vida cristiana está cargada de cruces y cada uno hemos de tomar la nuestra...; en todas ellas se da, como denominador común, dolor, angustia, enfermedad y muerte. Dios conoce perfectamente la cruz que debemos llevar sobre nuestra espalda y nos concede su gracia para poder sobrellevarla con alegría en medio de temor y temblor.

Yo no se llevar la cruz-Yo no valgo, me da miedo(Laurentino)

Yo no se llevar la cruz,
yo no valgo, me da miedo;
he de llevarla en volandas,
y ni arrastrándola puedo;
pienso que mi cruz no es grande
y no le encuentro asidero.

En cruces crucificado
vengo ya desde pequeño,
aunque son cruces livianas,
las detesto y las ladeo.
Unas veces pienso en Dimas
aunque en un Gestas me quedo.
Hoy, en tu bimilenario


sirva de reparación
y de mi mejor obsequio,
toda la humilde lección
que enseña el tramo pequeño,
testigo del ¡ay! de Cristo
y de ofrenda al Padre Eterno.

Quiero encargarte una cruz
a ti Señor, Carpintero,
en el equilibrio humano
que marcan los Mandamientos:
quiero una cruz a medida
de mástil mirando al cielo,
su travesaño en abrazo
hacia aquellos que yo adoro
y hacia quienes menos quiero.

Quiero la cruz que tu quieras
o abrazarme a la que tengo.
Hazme una cruz adecuada
o cárgame con la tuya,
Jesús, dulce Carpintero.



SU MARTIRIO ES PALABRA DE DIOS

Emma-Margarita R. A.-Valdés
Del libro 
"Antes que la luz de la alborada, tú, María 
Arriba a ti la voz de sus discípulos
rogando por Jesús, que les revela
su muerte, su cercano sacrificio
para acatar la ley de las estrellas.
Les da su abecedario de cariño,
les habla de una verde primavera,
de la puerta que cierra el paraíso,
del trascendente fin de la tragedia.


No entienden su elevado veredicto,
no consiguen unir letra con letra,
y, porque en el misterio son novicios,
detestan que le humillen, que padezca.
Mas tú piensas, María, su martirio
es palabra de Dios por los profetas.


Y Pedro, el elegido, pide a gritos
que el Padre le libere de la afrenta,
el Rey omnipotente, el Infinito,
le exima de la muerte y la condena.
Pero Jesús le acusa de egoísmo,
de preferir tenerle en su apariencia,
de ser un ignorante y un mezquino,
no ver que sin semilla no hay cosecha,
si fructifica el grano desprendido
fue el invierno el que abrió la sementera,
sin la lluvia, la nieve y el rocío,
no florece el jazmín, la madreselva,
no brota la aceituna en el olivo
y se muere la vida en nuestra tierra.


Tú sabes, virgen-madre, que tu hijo
es carne de tu carne, arcilla vieja,
y aunque es Poder supremo, aunque es divino,
la tentación de Pedro le espolea
a abandonar el mundo a su albedrío,
a renunciar a su misión benéfica,
a dejarse llevar por lo terrígeno
y a gozar de una vida que le espera,
se alza el grito del hombre, y el suplicio
estremece el pilar de su materia,
y desea sumirse en un olvido
que silencie el clamor de su conciencia.
Mas, por ser hombre, entiende los desvíos
y concede el perdón a las tinieblas.

Domingo 22o. del Tiempo Ordinario
Fuente: Catholic.net Autor: P. Octavio Ortíz

Sagrada Escritura Primera: Jer 20,7-9 Salmo 62 Segunda: Rm 12, 1-2 Evangelio: Mt 16, 21-27
Nexo entre las lecturas


El camino de la propia vocación pasa necesariamente por la cruz. Quisiéramos proponer esta afirmación como el fulcro de las lecturas de este domingo vigésimo segundo del tiempo ordinario. Jeremías, en sus famosas confesiones, nos muestra hasta qué punto llega la experiencia dramática de la vocación, de la llamada de Dios para cumplir una tarea en la vida. Él sabe que ha sido llamado por Dios para una misión ardua y difícil.

Ha sido llamado para destruir y para construir. Sin embargo, en un momento determinado se siente traicionado por Dios: toda su vida no ha sido sino "destruir" y no se ve por ningún lado la promesa divina de la edificación del pueblo de Dios.

Se siente seducido y engañado. Si el mismo Jeremías no lo hubiese manifestado, nadie habría podido intuir la profundidad de su abatimiento y la prueba tan dolorosa que enfrentaba su fe (1L). La carta a los romanos nos expresa una verdad mucho más consoladora, pero no por ello menos exigente. Nos exhorta a presentar nuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios.

Es decir, nos exhorta al sacrificio. Nos invita a tomar la vida y la vocación como una ofrenda al Dios uno y Trino. Sin embargo, esta exhortación no llega sino después de que ha sido anunciado el "evangelio", es decir, el plan salvífico de Dios en Jesucristo. La gracia del don, precede a la petición de la ofrenda (2L). En el evangelio Cristo anuncia con claridad y exigencia que "es necesario" tomar el camino de la cruz para salvar a los hombres. Quien desee seguir a Cristo fielmente, deberá tomar su cruz y ponerse en marcha. El mensaje cristiano es un mensaje de gozo pascual, pero un mensaje que pasa por el camino de la cruz (EV).
Mensaje doctrinal

1. La vocación cristiana. La palabra "vocación" cualifica muy bien las relaciones que Dios entabla con cada ser humano en el amor. En realidad "cada vida es una vocación" como decía Pablo VI (Pablo VI, carta Enc. Populorum progressio, 15) porque es una llamada a desempeñar una tarea especial en la construcción del mundo y en la obra de la salvación. Al hablar de vocación cristiana, sin embargo, nos referimos a una llamada específica. Se trata de una llamada a "vivir en Cristo" y hacer que "Cristo sea todo en todos". La vida cristiana es vocación en el sentido de que Dios inicia con su creatura un diálogo de amor. La hace sentirse amada. Amada eternamente por un amor infinito, y, a la vez, la invita a tomar parte en ese mismo amor que se derrama en los corazones. Vocación cristiana es, pues, la invitación a pasar del terreno inicial del cumplimiento de los mandamientos, al terreno más elevado de la donación, a imitación de Cristo. Vocación-donación-amor que se ofrece, pueden ser tres sinónimos de una misma realidad profunda. Quien no entiende su vida como vocación y misión se condena a vivir en el tedio, en el pasatiempo banal, en el placer efímero.

"La razón más profunda de la dignidad humana, (leemos en el documento conciliar Gaudium et spes), está en la vocación del hombre a la comunión de Dios. Ya desde su nacimiento es invitado el hombre al diálogo con Dios: pues, si existe, es porque, habiéndole creado Dios por amor, por amor le conserva siempre, y no vivirá plenamente conforme a la verdad, si no reconoce libremente este amor y si no se entrega a su Creador". (N° 19). Así pues, la llamada a la comunión con Dios es nuestra vocación esencial como hombres y como cristianos. Es preciso traer a nuestra mente y a nuestro corazón estas verdades tan fundamentales, a fin de que nuestra vida y nuestra misma existencia, no se pierdan en el aburrimiento o en la pérdida del tiempo. La comunión con Dios es nuestra meta final, pero es también una meta que ha ya iniciado de algún modo aquí sobre la tierra.

Ahora bien, esta vocación en Cristo es una llamada a participar en el misterio pascual. Es decir, a participar en la pasión, muerte y resurrección del Señor. El Señor, al llamarnos a la fe cristiana, no nos ha dejado como simples espectadores pasivos de la redención, sino que nos ha dicho "ven toma parte en la lucha del bien contra el mal, acoge esta singular llamada a redimir conmigo a la humanidad a través de tu propio sufrimiento, de los avatares de tu vida y de tu misma muerte". " Ven toma parte".

"No te avergüences -decía Pablo a Timoteo-, ni del testimonio que has de dar de nuestro Señor, ni de mí, su prisionero; al contrario, soporta conmigo los sufrimientos por el Evangelio, ayudado por la fuerza de Dios, que nos ha salvado y nos ha llamado con una vocación santa, no por nuestras obras, sino por su propia determinación y por su gracia que nos dio desde toda la eternidad en Cristo Jesús. El Señor nos ha llamado a una vocación santa desde toda la eternidad. El cristiano es un hombre convocado, un hombre llamado a vivir una "nueva vida", la vida en Cristo. Se trata de una llamada divina. No es una iniciativa personal, no es el producto de las obras o méritos personales. Es simplemente un don de Dios.

Y este don pasa por la cruz y el sufrimiento, como hemos visto en la vida del apóstol y como vemos en el dramático testimonio de Jeremías. Aquel hombre de temperamento manso y sosegado, debe pasar la vida combatiendo a su pueblo y anunciando calamidades. Se siente burlado y engañado por Dios mismo. Decide no acordarse más de su creador, pero no puede, es como una llama que quema sus entrañas. Sí, la vocación pasa por momentos de total oscuridad, de sufrimiento tan radical que parece que Dios ha abandonado a su "llamado". Pero no, Dios no olvida. Sus dones son sin arrepentimiento. Podrá una madre olvidarse del hijo de sus entrañas, que Dios no se olvida de sus criaturas.

Si así se mira la vocación cristiana, cambian muchas cosas en nuestra escala de valores. La cruz ya no será aquella triste realidad que hay que evadir a toda costa. No, la cruz será un camino de santificación. Por lo demás, todos tienen sus cruces y sus sufrimientos, pero mientras unos se rebelan contra su Hacedor, otros asumen humildemente la parte en la historia de la salvación que les corresponde. En el fondo, se trata de comprender el sentido de la cruz; de comprender su sentido salvífico; de comprender que el camino de la felicidad y paz interior pasa por el camino estrecho del calvario y de la aceptación gozosa de la cruz.

2. De la rebelión a la paz. En el profeta Jeremías encontramos una especie de enfrentamiento con Dios. De algún modo el profeta acusa a Yahvé de haberlo engañado, de no haber cumplido la promesa de su vocación. Algo así como una rebelión parece insinuarse en el alma del profeta. Poco después, sin embargo, vuelve a la esencia de su vocación: sabe que ha sido llamado, sabe que un fuego corre por sus venas y en sus huesos, sabe que no puede venir a menos en su compromiso.

La rebelión es una grande tentación para los seres humanos. De frente a los incomprensibles y numerosos sufrimientos de la vida, especialmente los sufrimientos de los inocentes, el corazón humano parece pedir explicaciones y encararse, como Job, con Dios que permite aquella prueba. La rebelión tiene en su origen una tentación del demonio, que es rebelde y homicida por naturaleza. Donde hay rebelión, no hay paz. Donde hay rebelión no puede estar Dios. Donde hay rebelión se ha oscurecido el corazón humano y ha dejado caer la confianza en su Creador. Por eso, debemos procurar superar la rebelión.

Superar ese estado en el que el alma desea constituirse señora y dueña de sí misma, sin percibir su condición creatural y sin percibir, cosa que es aún más dramática, el inmenso amor con el que Dios la ama. Los ángeles malos se rebelaron contra Dios y cayeron en desgracia. Se olvidaron del amor y su decisión fue irrevocable. Para ellos no hay sino desamor y dolor. No es ése el camino del cristiano. El cristiano es aquel que sabe sufrir como Cristo, aquel que desechando toda tentación de rebelión, se deja llevar por los misteriosos caminos de Dios.

El Card. Newman expresaba esta conformidad con el actuar divino y este dejarse conducir por Dios de modo muy poético y profundo:

Guíame, luz bondadosa,
en medio de las tinieblas
que me rodean,
guíame adelante.
La noche es oscura,
me encuentro lejos del hogar,
guíame adelante.
Protégeme al caminar,
no te pido ver en lontananza,
me basta asegurar el paso siguiente.
No siempre fue así.
En el pasado yo no rezaba para que tú me guiases por el camino.
Amaba elegir y ver mi sendero,
pero ahora guíame Tú.
Amaba el tiempo soberbio y vanidoso y, a pesar de temores,
el orgullo y rebelión dominaban mi voluntad: no recuerdes más los años pasados.
Durante tanto tiempo me ha bendecido tu poder que,
sin duda, me seguirá guiando adelante todavía.
Me guiará en medio del brezal
y del pantano.
Me guiará por encima del peñasco
y del raudal
hasta que pase la noche.
Al amanecer sonreirán aquellos rostros angélicos
que he amado desde hace tanto tiempo, y que por breve tiempo he perdido.

Sugerencias pastorales

1. La paciencia en el cumplimiento de la propia vocación. Hay momentos en la vida en que parece que uno ya no es capaz de ser fiel a la vocación y a la palabra prometida. Esposos que ya no sienten las fuerzas para permanecer fieles a sus compromisos; padres que no saben cómo educar a sus hijos; personas consagradas que pasan por momentos tan oscuros en la vida, que sienten la tentación del abandono, de la incertidumbre, del desaliento.

Situaciones del mundo, de la Iglesia, de la propia nación, de la propia familia... y uno se pregunta ¿quién pondrá concierto a tamaña tempestad? ¿Cómo puedo yo permanecer fiel a mis compromisos contraídos en juventud? ¿No habrá sido todo una ilusión, una quimera, un impulso insensato de juventud? ¿No será ilusión mi entrega, mi donación a los demás, a mi familia, a mis hijos? ¿Todo estará destinado a derrumbarse con el paso del tiempo y la fragilidad humana?

En estos momentos es cuando más debe acrecentarse la virtud de la esperanza, y cuando más fiel hay que ser a Dios y a la propia vocación. Como Jeremías, sepamos enfrentar el momento de la prueba. Esa inexplicable ausencia de Dios. Ese misterioso ocultamiento de la luz. Seamos pacientes. No dejemos el camino emprendido. No huyamos al primer golpe. No tiremos la vocación, la misión por la ventana. Sepamos esperar, puesto que los golpes de Dios son siempre golpes de amor, y, tarde o temprano, saldrá a flote la razón de tanta pena y tanto sufrimiento. No perdamos la confianza en aquel que nos ha llamado a una vocación santa.

Que nada nos turbe y que nada nos espante, pues todo se pasa. Dios no se muda y la paciencia todo lo alcanza, decía Santa Teresa, quien se entendía bien de estos momentos de oscuridad.

2. No os ajustéis a este mundo. La exhortación del apóstol es verdaderamente actual. El mundo tiene criterios muy distintos a los criterios de Cristo. El mundo tiene un modo de pensar ajeno al amor, a la misericordia, a las bienaventuranzas. El mundo promueve el placer pasajero, la mentira, el aprovechamiento injusto del prójimo. El mundo proclama dichoso a quien triunfa independientemente de los medios que usa para ello. No es así, el modo de ser cristiano. El cristiano se transforma día a día por la renovación de su mente. Por una metanoia, es decir por un modo de pensar que va más allá de los simples criterios humanos, para adoptar los criterios sobrenaturales. En el fondo de este mundo sobrenatural está una verdad: la verdad del amor. La verdad del amor de Dios que nos ha amado hasta darnos a su Hijo unigénito y la verdad del hombre. El hombre es capaz de Dios, es capaz de conocer su amor, de descubrir su bondad y experimentar su cercanía. No nos ajustemos a los modos de ser del mundo vivamos en plenitud y valientemente nuestra cristiana condición, dando a los demás una razón para vivir.

Condiciones del seguimiento

La misma suerte que el Mesías deben correr sus discípulos. Discípulos de un hombre que murió colgado de una cruz. Es lo que intenta decirnos Jesús en la segunda parte de este texto, en el que nos expone claramente las condiciones del seguimiento. Jesús había llamado a sus discípulos a seguirle, habían formado un grupo que recorría las aldeas anunciando el reino de Dios. Este seguimiento exterior de ir con él debe convertirse en seguimiento interior. Un seguimiento que requiere otras condiciones distintas del abandono de casa, profesión y familia. Sólo entonces el seguimiento será verdadero. "El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga". Estas son las condiciones que nos pone Jesús para que sea realidad ese seguimiento interior. Es evidente que Jesús no era ningún líder político, porque ¿qué político se atrevería a hacer una propaganda tan impopular?, ¿quién es capaz de hablar así a las masas, siempre deseosas de facilidades? Sin embargo, Jesús no hace más que remitirnos a nuestra propia experiencia, descubrirnos qué es ser hombre, cuál es su meta y sus posibilidades. ¿No hemos comprobado alguna vez que, cuando nos hemos arriesgado a poner en práctica algo de su mensaje, nuestra vida adquiría sentido y plenitud?

"El que quiera..." Se es discípulo de Jesús después de un acto libre y consciente. Lo que supone que analicemos el problema, que estudiemos el evangelio, que comprendamos las palabras de Jesús y las comparemos con otras teorías y religiones. Y después, decidirnos. No podemos seguir defendiendo un cristianismo sociológico y masivo, que nada tiene que ver con las exigencias marcadas por Jesús. El discípulo debe elegir libremente el mismo estilo de vida que el Maestro si no quiere ser un esclavo cristiano. Las condiciones del seguimiento son dos: "renegar de sí mismo" y "cargar con la propia cruz"; renuncia y entrega.


"Que se niegue a sí mismo". Una frase que debemos entender bien, porque si significara anularse a sí mismo como persona, ser incapaz de tomar una decisión, esperar que otro piense y decida por nosotros, someternos incondicionalmente a la autoridad religiosa, indiferencia y cansancio de la vida u otras cosas por el estilo, es evidente que ningún hombre digno podría aceptarla. Jesús quiere que vivamos en libertad, como personas y como comunidades; que tomemos las riendas de nuestra propia vida.

Negarse a sí mismo significa renunciar a toda ambición personal y es una nueva formulación de la primera bienaventuranza: elegir ser pobre (Mt 5,3); significa no ponerse a sí mismo como centro de la propia existencia. La vida cristiana exige la superación del egoísmo y del hedonismo -que considera el placer como el único fin de la vida-, dominarse, esforzarse, valorar a Jesús como la mejor ganancia; leer la historia y la vida humana desde él. Es aceptar el proyecto mesiánico de Jesús, invirtiendo la imagen de Dios que nos hemos construido. Es una conversión que llega hasta la misma raíz del hombre y alcanza el centro de la propia mentalidad, desconcertando constantemente los criterios que tenemos por indiscutibles y las propias valoraciones.

Jesús ha rechazado como venida de Satanás toda forma de religión que sea signo de poder entre los hombres, porque el poder acaba alienando hasta al mismo que lo ejerce. Lo mismo "el dinero" (Mt 6,24). ¿No tenemos la ilusión de ser más en la medida que tenemos más? Es como una trampa sutil que nos incapacita para ser verdaderamente hombres, como un enemigo que está dentro de nosotros y se hace pasar por nosotros mismos. Toda tentación externa tiene su aliado en algo que está dentro del hombre. Es insuficiente la liberación exterior de la persona -de un régimen dictatorial, por ejemplo-, si no culmina en una liberación interior. Es en el interior de cada uno donde se logra la verdadera libertad. Desde esta perspectiva, "negarse a sí mismo" significa que aceptar la liberación que trae Jesús obliga a luchar por liberarse en el propio interior de todas las fuerzas internas que nos aprisionan: mentiras, orgullo, comodidad, afán de lucro y de poder... No nos queda otra alternativa: o negarnos a nosotros mismos viviendo para los demás, como hizo Jesús, o vivir para nosotros mismos rechazando la fe y el camino del Mesías. Nuestra personalidad está en la capacidad de entregarnos a los demás renunciando a ese "sí mismo" que intenta oprimirnos y oprimir a los otros.

"Que cargue con su cruz". Es la segunda condición, que complementa la anterior. Los maestros judíos nunca proponían tal cosa a sus discípulos. Algunos jefes zelotes sí lo pedían a los suyos, pues sabían que ése sería su final si eran apresados. La cruz era el destino final de todos los que no bailaban al ritmo del poder establecido y simultáneamente hacían de él una fuerte crítica. Jesús prevé la cruz, como resultado de su misión profética, para él y para los suyos. La crucifixión era el terrible suplicio que el poder romano reservaba a los guerrilleros y a los esclavos rebeldes. Un suplicio que nunca se aplicaba a un ciudadano romano, como fue el caso de Pablo de Tarso. Invitar a "cargar la cruz" era invitar a una actitud de subversión directa y activa, arriesgada al máximo, aunque no en la línea de los zelotes.

Muchos parecen pensar -siempre entre los que viven una vida más o menos acomodada- que cargar con la cruz consiste en aguantar resignadamente todo lo que nos venga encima -sobre todo si cae encima de los demás-, nunca luchar para que las cosas cambien -sería peligroso para sus intereses, rezar un poco más, ir a misa, celebrar unas fiestas religiosas...-. Son gente que se sirven de la fe sin importarles el hambre del mundo, el paro... Han llegado hasta el cinismo de imponer su falsa visión del Dios de Jesús. Pero Jesús no está haciendo apología de paciente resignación.
Pensar y predicar que "cargar con la cruz" significaba resignarse a la injusticia que hallamos en el mundo... hizo posible que Carlos Marx pudiera escribir -y mucha gente de antes y de ahora pensará que tenía razón- que "la religión es el opio del pueblo", una "dormidera" para facilitar los planes de los poderosos. Y es la causa de que actualmente muchos estén convencidos de que el cristianismo no sirve para mejorar realmente la sociedad.

Si Jesús fue perseguido, condenado a muerte y clavado en la cruz, fue porque luchó hasta el final, siguiendo el camino que el Padre le había trazado: el camino de la lucha por la libertad, el amor, la justicia, la paz... Si se hubiera limitado a una predicación conformista que dejara las cosas como estaban, sin querer cambiar aquello que también entonces llamaban "orden", habría muerto de viejo, bien considerado, respetado, merecedor de alguna medalla. Si lo clavaron en la cruz, fue porque estorbaba; y si estorbó, fue porque luchó por un mundo distinto.

Cargar con la propia cruz significa aceptar ser perseguido y condenado a muerte por la sociedad establecida. Es vivir la última bienaventuranza: vivir perseguidos por ser fieles a la causa de Jesús, que es la causa del pueblo oprimido (Mt 5,10-12). Es amar sin limitaciones, vivir abiertos al misterio de Dios, aceptar dar la vida por Jesús y su evangelio, ir gastándola en favor de los demás. Es soportar las incomprensiones a causa de la fe, aceptar el dolor y las limitaciones de los propios pecados. Es preguntarse cada día: ¿En qué puedo servir a los que me rodean?, ¿cómo puedo dar vida al que la necesita?... Es la renuncia al propio futuro, a la propia seguridad, para seguir a Jesús. Es, en definitiva, compartir el mismo destino de Jesús, tratar de hacer en cada momento lo que él haría y colocar este ideal por encima de todo interés personal. La cruz es un modo de afrontar la vida que debe ser aceptado desde el corazón.

Lucas dice "cada día" para indicarnos que tomar la cruz es una opción que debemos realizar diariamente. Nos indica su profunda reflexión sobre la cruz del discípulo. Normalmente, llevar la cruz era avanzar por el camino del último suplicio. Lucas quiere clarificar más: no se va a la muerte cada día, pero sí cada día pasamos angustias, dificultades... que nos hacen experimentar una especie de muerte. La cruz de cada día es menos decisiva, pero no supone menor fidelidad y tenacidad en seguir a Jesús, sino quizá más, porque es mucho más fácil dar de golpe la vida -nos puede encontrar en un momento de exaltación- que entregarla día a día, instante a instante.

El que cumple esas dos condiciones -negarse a sí mismo y cargar con su cruz- es el verdadero seguidor de Jesús. Porque seguirle no significa un mero acompañarle exteriormente o hablar mucho de él, sino adherirse interiormente a su persona, tomar parte en su destino histórico, comulgar con su vida, apuntarse a la procesión de los crucificados por los poderes de todos los tiempos... No es predisponerse para obtener un cargo en el nuevo Israel liberado de la ocupación romana.

Estas palabras son las únicas sensatas

Jesús nos propone ahora tres argumentos para probarnos que sus condiciones, aparentemente tan duras, son las únicas sensatas: perder la vida por él es asegurarla para siempre, no compensa ganar el mundo entero si es al precio de malograr la vida, al final habrá una retribución para los que sean fieles.

El primer argumento parece un juego de palabras: "Si uno quiere salvar la vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará". No se trata de renunciar a la vida terrena para ganar la celestial, sino de cambiar el proyecto de esta vida; ni a los valores materiales por los espirituales. Jesús afirma que la vida entera, material y espiritual, se posee únicamente en la entrega de sí mismo. No se trata de una renuncia a la vida, sino de un proyecto de la misma en la línea del amor; de proyectar la existencia en términos de entrega, no de posesión. Porque hay un modo falso y otro auténtico de vivir. El primero se funda en el egoísmo; el hombre se hace centro de sí mismo y termina por autodestruirse. El segundo encuentra el sentido de la vida en la entrega a los demás; da y pierde de sí mismo para que otros tengan vida. Pero es una pérdida aparente, porque quien da con amor vive en plenitud. Son los dos caminos del sermón de la montaña (Mt 7,13-14).

Las palabras de Jesús se pueden traducir de la siguiente forma: se gana lo que se ofrece a los demás, lo que se sacrifica en bien del otro; se pierde lo que se retiene para uno mismo. Y esto se puede aplicar a los bienes materiales, al empleo del tiempo, a los propios ideales y talentos... Siempre será realidad que lo que dé es lo que tengo, lo que guarde es lo que pierdo. Resucita lo que ha muerto en bien del otro. La resurrección de Jesús fue la consecuencia de su entrega. Hace falta amar mucho la vida para darla de esa forma. A los muertos que mueren "vivos" no hay quien los mate. El valor supremo del hombre -la vida- sólo se asegura si uno está dispuesto a perderla por causa de Jesús.

"Salvar la vida" es gastarla en el juego de unos pocos años buscando el propio interés; "perderla por Jesús" es arriesgarla en bien de los demás. "Salvar la vida" es abandonar el grupo de Jesús, considerado demasiado revolucionario, para ponerla a cubierto; "perderla por Jesús" es arriesgarla manteniéndose unido al grupo. Un riesgo que sólo puede correrse a base de una total solidaridad con la persona de Jesús. El primero acaba por perderla; el segundo la conserva para siempre. El argumento opone lo efímero del primer resultado a la permanencia del segundo.

Ya hemos visto los resultados de esta actitud en el mismo Jesús: llegar a ser plenamente hombre y a ser resucitado por el Padre, recobrando la vida que había entregado sin ninguna limitación. Resultados que vemos también, de algún modo, en los hombres que se entregan al servicio de los demás: acumulan la vida, se les nota la adultez en el amor, aman más y mejor que los niños...

"¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si malogra su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla?"
Es el segundo argumento de Jesús para convencernos de lo necesario que es para el hombre seguir su camino.

La vida es el supremo valor. Debe ser la vida la que condiciona y determina el valor de las cosas. Luchar por ellas no tiene sentido si peligra la vida misma; ¿para qué servirán después? El hombre con vocación de almacenista no tiene valor ni sentido a los ojos de Dios (Lc 12,16-21). Toda ganancia, por cuantiosa que sea -aunque sea "el mundo entero"-, es un mal negocio si el hombre se autodestruye con ella. En el momento último, cuando el hombre se enfrente con el "Hijo del hombre", no contará lo que tiene o tuvo, sino lo que es e hizo. Las obras siguen al hombre como prolongación suya que son. Los bienes quedan atrás, como adherencias que fueron. La entrega de la vida únicamente puede justificarse por la vida en plenitud y para siempre. ¿De qué le sirve al hombre ganarlo todo, ser el más importante..., si al final se alejó de la última y más importante felicidad, la que dan los valores de Dios?

Los valores de Jesús no son los que el mundo pretende meternos en la cabeza para alimentar la inmensa espiral del negocio. Basta recordar las bienaventuranzas para convencernos de ello. Los principios del triunfo a costa de lo que sea, del tener prestigio y desear ser el dueño del mundo, están en la raíz última del pecado original, que nunca llegaremos a sacarnos del todo de encima.

Son otras las cosas que valen la pena: el amor, la amistad, la ayuda mutua, la justicia, la paz, la solidaridad..., todo lo que sea trabajar por la felicidad de todos, porque eso es lo que da tranquilidad por dentro. ¿De qué sirve acumular dinero y más dinero, cosas y más cosas..., si no podemos lograr nunca la felicidad de la amistad desinteresada, la alegría del esfuerzo por los demás...?

"El Hijo del hombre vendrá... y pagará a cada uno según su conducta", dice Mateo. Marcos y Lucas afirman que "el Hijo del hombre se avergonzará" del que se avergüence ahora de él y de sus palabras. La idea es la misma: cada uno se encontrará al final con aquello que sembró ahora. Es el tercer argumento.

A todos nos gustaría un cristianismo fácil, cómodo, más compaginarle con la sociedad; algo así como el que nos hemos "montado". Pero no es eso lo que nos dicen los evangelistas.

Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará" Lo que salva o condena no es el hecho de pertenecer a un grupo, sino, básicamente, la respuesta sincera a la propia conciencia que en nosotros está, además, enriquecida e iluminada por la fe.

Y he aquí la gran paradoja anunciada y vivida por Jesús: la Vida es fruto de la muerte; no solamente en el último día, sino cada día. Por eso es preciso perderla para encontrarla -de nuevo- purificada; es preciso pasarla por dentro de Jesús y de su Evangelio, para nos sea devuelta con olor de eternidad. Porque "la vida nos es dada y la merecemos dándola". ¡Porqué perder es ganar! Con otras palabras: Jesús nos dice que amar es dejarse vencer por el amor; dejarse vencer por el otro. Por eso, concretando, los esposos que nunca se dejan vencer el uno por el otro, se quedarán sin matrimonio; los amigos, sin amistad; los miembros de una familia, sin hogar... y el cristiano que no se deja vencer nunca por Jesús y su Evangelio, se quedarán sin Jesús y sin Evangelio... Solo y sin fe.

Celebrar la Eucaristía es fortalecer nuestra capacidad de entenderlo y de vivirlo. ¡Es aprender a perder para ganar!

PERE VIVO
ESTROPEAR LA VIDA JOSE ANTONIO PAGOLA BUENAS NOTICIAS
¿De qué le sirve ganar el mundo entero...?


Casi sin darnos cuenta, hemos construido una sociedad donde lo importante es «obtenerlo todo y ahora mismo».

Una educación excesivamente permisiva, una falta casi total de autodisciplina, un ambiente social lleno de estímulos que nos empujan sólo a ganar, gozar, gastar y disfrutar, el miedo a no vivir intensamente, el temor a aparecer como fracasados y reprimidos... nos está llevando a un estilo de vida donde la renuncia no tiene ya lugar alguno.

Pero comenzamos a constatar que no es ése el camino acertado para vivir en plenitud. Cuando, sistemáticamente, vamos satisfaciendo nuestros deseos de manera inmediata, no crecemos como hombres. No acertamos a saborear con gozo la satisfacción obtenida. Nuestro espíritu no se aquieta. Siempre surge un nuevo deseo más apremiante y excitante que el anterior.

Y comenzamos a vivir en tensión, sin saber ya cómo saciar nuestros deseos e insatisfacciones cada vez más voraces. Y la existencia se nos convierte en una carrera alocada donde lo único que nos llena es tener siempre más y disfrutar con mayor intensidad.

Y tras la satisfacción lograda, de nuevo el vacío, el decaimiento, la tristeza y el hastío. Y de nuevo, vuelta a empezar, atrapados en una trampa que no tiene salida hacia la verdadera libertad.

Quizás esta experiencia nos puede ayudar a entender mejor las palabras de Jesús: "¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla?".

Lo queramos o no, el hombre madura y crece, cuando sabe renunciar a la satisfacción inmediata y caprichosa de todos sus deseos en aras de una libertad, unos valores y una plenitud de vida más noble, digna y enriquecedora.

Todavía más. Si uno quiere obtenerlo todo ahora, inmediatamente, a cualquier precio y de cualquier manera, sin abrirse a una vida futura, eterna y definitiva, corre el riesgo de perderse definitivamente.

¿No hemos de introducir en nuestras vidas una dosis mayor de renuncia, sana austeridad y simplicidad en el vivir?

El que quiere seguir a Jesús hasta la plenitud de la resurrección ha de saber vivir de manera crucificada.

 

Página del humor y curiosidades
Frases célebres y citas literarias famosas

Epigrama de Antonio Ruiz Aguilera
Muchos a ver comedias
van al teatro.
Yo me voy al del mundo,
que es más barato.
y en él observo
que están representadas
con más acierto
­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­
Lo que dice Lope de Vega de Oviedo:
“Oviedo
nuevo Noé en el diluvio
del africano soberbio”.

_____________________
Dice Palacio Valdés en la
“Novela de un novelista”:
En ninguna otra región de España,
ni aún en Andalucía,
tierra clásica de la gracia,
se hallará una población
más regocijada y burlona.
Su agudeza no es ligera,
aparatosa, espumeante
como la de Sevilla y Málaga.
Pero hay más profundidad
en su ingenio,
su malicia es más espiritual,
más penetrante y, también,
hay que confesarlo,
más despiadada.
_______________________
La virtud es:
La virtud es la modestia
negándose a recibir aplauso
______________________
Entre buenos es fuerza,
que valga la virtud
más que el dinero
....................................
No hay virtud más eminente
que el hacer sencillamente
lo que tenemos que hacer
_____________________
El merito de la continencia
está en proporción de los
deseos que sofoca.

Filósofo de la religión certifica la muerte «de la muerte de Dios»
José Antonio Marina en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo


SANTANDER, 27 agosto 2002 (ZENIT.org).- El pensador y ensayista español José Antonio Marina sentenció este martes la muerte «de la muerte de Dios» y constató que en la actualidad «hay un resurgir de las religiones, pero de una manera confusa».

Para el filósofo la religión «no sólo no ha desaparecido, sino que tiene cada vez más presencia en el mundo actual» y por ello consideró que la difusión del «acta de defunción de las religiones a mediados del siglo pasado fue un acto precipitado».

Por lo que se refiere a la relación entre religión y ciencia, apuntó que no se han cumplido los augurios de que el conocimiento científico desplazaría a la religión de «la cabeza y de los corazones de los hombres» y que, al contrario, «se han creado dos ciudadelas separadas que se observan con recelo».
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Las exequias del hermano Roger presentan el ecumenismo de la santidad
Presididas por el cardenal Walter Kasper


TAIZÉ, martes, 23 agosto 2005 (ZENIT.org).- En una Iglesia de la Reconciliación llena de jóvenes y con la participación de representantes de las diferentes Iglesias y comunidades cristianas, se celebraron este martes las exequias del hermano Roger Schutz, fundador de la Comunidad de Taizé.

Unas doce mil personas de los cinco continentes han venido a la pequeña localidad de Borgoña para orar por el religioso que fue asesinado a los noventa años de edad, el 16 de agosto pasado, por una mujer rumana, de 36 años, aparentemente desequilibrada.

Las exequias fueron presididas por el cardenal Walter Kasper, presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, quien celebró la eucaristía junto a cuatro sacerdotes que pertenecen a esta comunidad ecuménica, y leyó un mensaje de Benedicto XVI.

En el texto, transmitido por el cardenal Angelo Sodano, el pontífice constata que en Taizé numerosas generaciones de cristianos, respetando sus propias confesiones, han realizado «una auténtica experiencia de fe, en el encuentro con Cristo, gracias a la oración y al amor fraterno».

Al inicio de la celebración, el hermano Alois, su sucesor como prior de la comunidad, confío al perdón de Dios a Luminita Solcan, quien «con un acto enfermizo puso fin a la vida de nuestro hermano Roger».

Y como Cristo en la cruz, el monje se dirigió a Dios para implorar: «Perdónala, porque no sabe lo que ha hecho».

El hermano Alois, católico alemán, recordó que el hermano Roger repetía con frecuencia estas palabras: «Dios está unido a cada ser humano, sin excepción».

«Esta confianza guiaba y guiará la vocación ecuménica de nuestra pequeña comunidad. Con toda la Iglesia, queremos creer en esta realidad y hacer todo lo posible para expresarla con nuestra vida», afirmó.

Por su parte, el cardenal Kasper constató en el mensaje de saludo que dirigió al inicio que «más que un guía o un maestro espiritual, el hermano Roger ha sido para muchos como un padre, como un reflejo del Padre eterno y de la universalidad de su amor».

Recordando el sufrimiento experimentado por el hermano Roger a causa de la división entre los cristianos, explicó que «quería vivir la fe de la Iglesia sin división, sin romper con nade, en una gran fraternidad».
«Ante todo, creía en el ecumenismo de la santidad, esa santidad que cambia el fondo del alma y que es la única que lleva hacia la comunión plena», aclaró.

En la celebración estuvieron presentes el arzobispo Fortunato Baldelli, nuncio apostólico en Francia, el pastor Arnold de Clermont, presidente de la Federación Protestante de Francia y presidente de la Conferencia de las Iglesias Europeas, así como Geneviève Jacques, secretaria general ad interim del Consejo Mundial de las Iglesias.

Estuvo también presente el cardenal Philippe Barbarin, arzobispo de Lyón; el arzobispo Jean-Pierre Ricard, presidente de la Conferencia Episcopal de Francia; y obispos católicos de numerosos países.

El arcipreste Mijail Gundiaev representó al patriarcado ortodoxo de Moscú, mientras que el doctor Nigel McCulloch, representó al arzobispo de Canterbury, primado de la Iglesia anglicana.

Había también representantes del patriarcado ortodoxo de Rumanía, de la iglesia episcopaliana de los Estados Unidos, de la Iglesia evangélica reformada de Suiza y Alemania y de otras confesiones cristianas.
Entre los representantes políticos, se encontraba Horst Köhler, presidente de la República Federal Alemana; el ministro del Interior francés, Nicolas Sarkozy; y Adrian Lameni, secretario de Estado para los Cultos de Rumania, quien trajo un mensaje de su primer ministro.

Los cantos meditativos típicos de la Comunidad de Taizé crearon el ambiente de recogimiento que dominó el encuentro.

Los restos mortales del hermano Roger fueron inhumados, tras la celebración, en presencia únicamente de los hermanos de la comunidad, en el pequeño cementerio que rodea la iglesia románica del pueblo de Taizé, en donde descansan su madre y varios hermanos.
Eucaristía y apostolado
Fuente: Catholic.net Autor: P. Antonio Rivero LC


¿Cómo iban creciendo los primeros cristianos? A través de la fracción del pan y la predicación.
No sé si todos nosotros sentimos el mismo aguijón de San Pablo: “Ay de mí, si no evangelizo . . .” (1 Cor. 9,16). Urge el apostolado. El Papa en la encíclica sobre “La misión del Redentor” nos dice: “La misión de Cristo Redentor, confiada a la Iglesia, está aún lejos de cumplirse. A finales del segundo milenio después de su venida, una mirada global a la humanidad demuestra que esta misión se halla todavía en los comienzos y que debemos comprometernos con todas nuestras energías en su servicio” (n.1).

¿Qué es el apostolado?


El apostolado es precisamente ese comprometernos con todas nuestras energías a llevar el mensaje de Cristo por todos los continentes. Jesús al irse al cielo no nos dijo: “Id y rezad”; sino que dijo clarísimamente: “Id y anunciad”.

Esto es el apostolado: anunciar a Cristo.

Para san Juan , el apostolado es dar a los demás lo contemplado, escuchado, vivido, comido, experimentado con Jesús. Eso es el apostolado. Apostolado es llevar el buen olor de Cristo (2 Cor. 2,15). Es llevar la sangre de Cristo, y esa sangre se derrama en cada eucaristía. Es llevar el mensaje de Cristo, y ese mensaje se proclama en cada eucaristía. Es salvar las almas, y esas almas son redimidas en cada eucaristía.

¿Para qué hacemos apostolado? Para que Cristo sea anunciado, conocido, amado, imitado y predicado. En la eucaristía hemos escuchado, comido y contemplado a Jesús.

¿Dónde hacer apostolado? En la familia, la calle, la profesión, los medios de comunicación social, la facultad. En todas partes encontramos púlpitos, auditorios, escenarios, estrados y areópagos desde donde predicar a Cristo, con valentía y sin miedo.

¿Cómo hacer apostolado? Con humildad, ilusión, alegría, voluntad, ánimo, caridad. La caridad es el alma de todo apostolado y nos urge. No imponemos con la fuerza, sólo proponemos con el bálsamo del amor y del respeto.

El apostolado es, pues, llevar el mensaje de Cristo a nuestro alrededor, dando razón de nuestra fe. En cada eucaristía Jesús nos entrega su mensaje, vivo en la Liturgia de la Palabra y en la Comunión. Es el derramamiento al exterior de nuestra vida espiritual e interior. En cada eucaristía Jesús nos llena de su gracia y amor y vamos al apostolado a dar de beber esas gracias a todos los sedientos. Es poner a las personas delante de Jesús para que él las ilumine, las cure, las consuele, como hicieron aquellos con el paralítico que llevaron en una camilla. El encuentro con Jesús en la eucaristía nos debería comprometer a ir trayendo a las personas a este encuentro con Jesús.

La misa acaba con este imperativo latino: “ite, missa est”. Es una invitación al apostolado. Missus quiere decir “enviado”. El apostolado debe ser el fruto de la eucaristía, el fruto de la liturgia. Es como si se dijera: “id, sois enviados, vuestra misión comienza”.

El apostolado debe brotar de la misa y a ella debe retornar. Es decir, debemos salir de cada eucaristía con ansias de proclamar lo que hemos visto, oído, sentido, experimentado, para que quienes nos vean y escuchen estén en comunión con nosotros y ellos se acerquen a la eucaristía. Y al mismo tiempo debemos volver después a la eucaristía para hablar a Dios, traer aquí todas las alegrías y gozos, angustias, problemas y preocupaciones de todas aquellas gentes que hemos misionado.

Todos sabemos que el fin último del apostolado es la glorificación de Dios y la santificación de los hombres. Este fin es el mismo que el fin de la liturgia y de la eucaristía o misa, que es el sol y el corazón de la liturgia.
Si esto es así, la misa nunca termina, sino que se prolonga ininterrumpidamente. El apostolado hace que la misa se prolongue. Porque en todas partes, durante las 24 horas del día se está celebrando una misa. Ese Sol de la eucaristía nunca experimenta el ocaso. Ese Corazón de la eucaristía nunca duerme, siempre está vigilando y palpita de amor por todos nosotros.

¿Cómo vivir entonces cada eucaristía?

Con muchas ansias de alimentarnos para tener fuerza para el camino de nuestro apostolado; con mucha atención para escuchar el mensaje de Dios a través de la lectura, para después comunicarlo en el apostolado; con espíritu apostólico, pues cada misa debe traernos, si no en persona, al menos espiritualmente a nuestro lado, a todos aquellos que vamos encontrando en nuestro camino.

Por tanto, ya en cada misa estamos haciendo apostolado. Colocamos a esas personas en la patena del sacerdote, las encomendamos en la Consagración y pedimos por ellas en la Comunión. A ellas, Cristo les hará llegar los frutos de su Redención eterna.

Pidamos la misma pasión por la almas de san Pablo, de san Francisco Javier, que no nos deje tranquilos hasta ver a todos los hombres conquistados para Cristo, y valoremos la misa como medio para salvar almas y prepararnos para el apostolado e incendiar este mundo. ¡Incendiemos no sólo el Oriente, sino también el Occidente, el Norte y el Sur, el Este y el Oeste!
Pensar como Dios, no como los hombres José Cristo Rey García Paredes


El tiempo se llena de significados y no hemos de perder la ocasión propicia para descifrarlos.

Hace unos días era sacrificado en el altar de la oración, en la Iglesia de la Reconciliación un gran profeta de nuestro tiempo, el Hermano Roger Schutz. Nos habíamos acostumbrado a su imagen pacífica, silenciosa, trascendente, a su sonrisa, a su humilde atractivo. Nos habíamos acostumbrado a verlo envuelto en la juventud inquieta de nuestro tiempo y acompañado de niños que con él se acercaban al Misterio. Nos habíamos acostumbrado a vivir con él lo histórico, lo conflictivo, lo dramático, desde la perspectiva y el horizonte de lo trascendente. Y mira por donde, una mujer, dominada por su enfermedad, le siega la vida ya madura y fructuosa.

Hace pocos días tenían lugar en Colonia las Jornadas Mundiales de la Juventud. Fueron días de una admirable ejemplaridad. Lo exterior delataba lo interior: la transformación que el Espíritu va realizando en nuestros jóvenes, atrayéndolos a la fe, lanzándolos a la misión. Fueron testigos a la intemperie. Nos hicieron ver que hay lenguajes nuevos para la Evangelización, nuevo ardor, nuevas expresiones, nuevos métodos. Y en ese contexto el nuevo papa Benedicto XVI apareció sin solideo, pues se lo arrebató el viento, vestido de una sonrisa humilde y permanente, sin retórica, sin prepotencia. Quiso ser siempre testigo de Jesús y no de sí mismo. Se mostró más Iglesia que Papa. Utilizaba el nosotros eclesial con la alegría de quien se muestra agradecido de formar parte de una gran selección.

En estos días hemos visto cómo la muerte nos sorprende en el aire y caen los aviones con sus pasajeros, o cómo el fuego arrasa nuestros campos, casas y amenaza a las ciudades, o cómo el agua se desborda y arrasa todo lo que encuentra a su paso.

Hoy Jesús nos habla de “sufrimiento” “ejecución” “muerte” y “resurrección”. Pedro no lo entiende. Él quisiera otras soluciones, otras alternativas; él quisiera -¡como también nosotros!- que Jesús y la humanidad escriban una historia diferente, en la que no haya que pasar por “ciertos trances”, por ciertas zonas de muerte, de sufrimiento, de pérdida. Jesús nos sorprende con esta frase: -«Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.»

¿Qué es esto de pensar como Dios? ¿Será que Dios quiere el sufrimiento, la muerte, la desgracia? También el profeta Jeremías, el joven y recién estrenado profeta, al hablar en nombre de Dios sólo anunciaba “destrucción”, “violencia”. ¿Será que es por ahí por donde Dios lleva la historia de la humanidad? ¿Cuál es la voluntad de Dios, lo que le agrada, lo perfecto?

La carta de Pablo a los Romanos nos dice que agrada a Dios un mundo diferente, una humanidad en la que los cuerpos se conviertan en ofrenda agradable, en sacrificio, en amor que no calcula las consecuencias.

Esa es la clave que hace que Jesús se aparte de Pedro y de la forma de pensar de los hombres. Dios no quiere el sufrimiento, pero no lo rehuye cuando el sufrimiento es manifestación de amor. Dios no quiere la desgracia, pero no permite que la desgracia impida su generosidad, su amor hasta el fin.

Jesús no quiso combatir violentamente contra sus enemigos. Dios Padre no declaró un estado de excepción para preservar a su hijo Jesús del mal, no suprimió los derechos de las personas a actuar según su voluntad, ni suspendió el ritmo de la naturaleza para evitar males.

Jesús y su Abbá nos muestran que Amor es más fuerte que Muerte. Amor es entregar la vida, no buscarse a sí mismo. El Amor supera hasta el instinto de conservación: quien se pierde se gana. Amar es sembrar para una cosecha que un día se recogerá admiradamente. Esas serán las obras que el Hijo del Hombre juzgará.

Ha sido segada la vida de nuestro Hermano Roger, han muerto tantos hermanos y hermanas en estos días. Sus muertes nos sitúan ante un horizonte alternativo: ¡están en las manos de Dios! ¡Nos preceden en el Misterio que a todos nos acoge! ¡Se atisba Amor y Misericordia en el horizonte. La muerte del Hermano Roger es ya momento de reconciliación y de cosecha.

El Papa Benedicto XVI no quiere caer en la tentación del triunfalismo, de aplauso fácil. También él sabe que la Iglesia del seguimiento se arriesga a tener que acabar en cualquier Calvario. Pronuncia las palabras de Dios para nuestro tiempo: reconciliación con judíos y musulmanes, reencuentro con los hermanos y hermanas separados, comunión en la Iglesia desde las diferencias acogidas.

Hay que morir a nuestros puntos de vista, a nuestros intereses de grupo, para vivir. Sí, hay que morir para vivir. ¡Eso es pensar como Dios y no como los hombres!

LA FOTO DEL DOMINGODomingo 22º del Tiempo Ordinario (A)

 
 
SEGUIR A JESÚS FIEL HASTA LA CRUZ

(Ofrecemos este comentario de Segundo Galilea, que nos puede ayudar a comprender mejor la invitación que Cristo nos hace para seguirle con la Cruz. En la foto queremos ver a un grupo de personas manos a la obra, con la Cruz al fondo. Trabajando y caminando a la sombra de la Cruz)«Llegó Jesús con ellos a una propiedad llamada Getsemaní. Dijo a sus discípulos: Siéntense aquí mientras yo voy más allá a orar... Y comenzó a sentir tristeza y angustia. Y les dijo: Siento una tristeza de muerte... Y tirándose en el suelo hasta tocar la tierra con su cara, hizo esta oración: Padre, si es posible, aleja de mí esta copa. Sin embargo, que se cumpla no lo que yo quiero, sino lo quequieres Tú...» (Mt 26,36-39).

La espiritualidad cristiana encuentra en Jesús no sólo un modelo de seguimiento, sino también un camino de fidelidad a la misión que el Padre le había entregado; libremente fiel (Jn 10,18); era «todo amor y fidelidad» (Jn 1,14). Seguir a Jesús en su fidelidad al Padre es la  cúspide del cristianismo.

La fidelidad de Jesús se desenvolvió en medio de una historia, de circunstancias concretas, en una sociedad y ante hombres como los de hoy, marcados por la mentira y el pecado. Por eso la fidelidad de Jesús es conflictiva y dolorosa: tuvo que llevar el peso del pecado y la fuerza del mal que se le oponían. Esta oposición fue tan tremenda, que lo llevó al fracaso aparente en su vida pública y lo precipitó en el martirio de la cruz. La cruz es la prueba de la fuerza, siempre imperante, del mal, del pecado, de la injusticia en el mundo. Es también la prueba suprema de la fidelidad de Jesús. Su cruz -y la nuestra- no tienen sentido sino al interior de la fidelidad a una misión. Por eso hemos  dicho que no existe propiamente una «espiritualidad de la cruz», sino una espiritualidad de la fidelidad y del seguimiento.

Esto nos lleva a entender la cruz cristiana a partir del seguimiento de Jesús y de su Causa. Crucificado, Jesús enseñó a sus discípulos y a todas las generaciones una nueva manera de sufrir y de morir, al interior de una fidelidad a una Causa.

El sentido liberador de la cruz

Pero la cruz tiene una significación particular para los sufrientes, los oprimidos y fatalmente resignados. Para ellos, el mensaje de la crucifixión consiste en que Jesús nos enseña a sufrir y a morir de una manera diferente, no a la manera del abatimiento, sino en la fidelidad a una causa llena de esperanza. «El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo» (/Lc/14/27), ha dicho Jesús. No basta cargar la cruz; la novedad cristiana es cargarla como Cristo (seguirlo). «Cargar la cruz» no es entonces una aceptación estoica, sino la actitud del que lleva hasta el extremo el compromiso. «Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por los amigos»... «Jesús, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo» (san Juan).

Esa es la nueva manera de cargar la cruz que Cristo nos enseña con su muerte: transformarla en un signo y fuente de amor y entrega, en vista de una liberación siempre incompleta, pero asegurada por la promesa.

La absoluta novedad del trágico destino histórico de Jesús es la promesa que encierra, promesa que encontrará toda su densidad en su resurrección y exaltación junto al Padre. Porque si la cruz es la  frustración aparente de una promesa, la suprema abyección de Jesús y el fracaso de su misión es paradójicamente, al mismo tiempo, el momento de arranque de su triunfo.

Los oprimidos y los sufrientes, de todas las categorías humanas y sociales, tenderán a proyectar en el crucificado su propia frustración. 

La cruz sería el fracaso de la causa de los justos, de los oprimidos y de los que luchan por la justicia; el fracaso de las bienaventuranzas; la cruz de Jesús es la de los abandonados; parece que los «pequeños» y débiles no pueden triunfar.

Pero si el martirio de Cristo es precisamente el momento en que el Padre asume su causa, dándole para siempre la plena libertad de su exaltación, y poniendo entre sus manos la libertad de todos los  hombres, entonces el fracaso de los abandonados de este mundo es sólo aparente.

En la cruz de Cristo, el Padre asume y reconcilia a los que sufren el abandono y la desesperación como forma suprema de la impotencia y de la opresión. Les concede el don de sufrir no como vencidos, sino  como actores comprometidos con una causa, que es la misma causa de Cristo. La identificación de los oprimidos con la cruz no es su identificación con el abatimiento de Cristo, sino con su energía resucitante que les llama a una tarea. No se trata de «superar la cruz», sino de hacer de la misma cruz energía para llevar a cabo las tareas que imponen la propia liberación y la de los demás.
Si el mensaje de la cruz es que podemos sufrir y aun morir de una manera nueva, es a causa de esta esperanza que nos comunica, pues hemos sido llevados a la crucifixión; tenemos, en el Dios crucificado, la promesa cierta de que la energía de la Resurrección no dejará definitivamente frustrada la tarea de los que sufren y mueren a causa de la justicia.

La cruz es el signo de que la causa de los justos y oprimidos, aparentemente fracasada, es ya aceptada por el Padre y que, por tanto, ellos ya no están abandonados, sino que deben entregarse con más fuerza a hacer reinar la justicia, tras las huellas de un Cristo crucificado, pero nunca decisivamente abatido.

En Jesús la cruz es su misma misión de liberación de los hombres hecha tragedia a causa del pecado de estos mismos hombres, pero habitada con la energía de recrear una vez más esta misión de una  manera transfigurada. La cruz de los oprimidos, de los sufrientes y abandonados se da al interior mismo de su propia situación injusta, y en el proceso consiguiente de su liberación, hecho fracaso aparente por el egoísmo y el pecado, pero con la fuerza de prolongarse hacia adelante de una manera siempre nueva.

La experiencia de la fidelidad de Jesús

La fidelidad de Jesús es el camino de nuestra propia fidelidad. La fidelidad de Jesús se dio en el tejido histórico de la experiencia humana de su entrega a la causa del Padre. Seguir a Jesús no es repetir las  formas históricas de su fidelidad (absolutamente irrepetibles), sino redimir la experiencia de nuestra propia fidelidad, incorporándonos a as experiencias de la fidelidad de Cristo por la fe y el amor. La misión profética de Jesús pasó por las contingencias y las pruebas de nuestra propia misión, y en la experiencia profética del Hijo de Dios encontramos la inspiración para nuestro profetismo: ser fieles a la causa del Padre en el tejido de nuestra historia. Para eso nos puede ayudar la contemplación del itinerario profético del Señor.

En los comienzos de su misión, Jesús conoció momentos de prestigio popular, de influencia social, aun de poder. Al comenzar su actividad «anunciando la Buena Nueva a los pobres, a los cautivos la  libertad, a los ciegos la luz, a los oprimidos la liberación y a todos la reconciliación» (Lc 4,18), Jesús responde a las expectativas mesiánicas del pueblo. Quiere manifestar con signos su poder liberador, y se entrega a sanar a los enfermos, los leprosos, los atormentados. Multiplica los panes, suministra vino en las fiestas. El pueblo lo busca, lo acosa; les basta con tocar su vestido para recuperar la salud (Mc 3,10). No le queda tiempo para comer (Mc 6,30), y para poder orar tiene que huir en las noches a lugares solitarios (Lc 4,42; Jn 6,15; etc.).

Es la época de sus grandes discursos a las multitudes. Para hacerse oír tiene que subir a los cerros (Mt 5,1) o a las barcas (Lc 5,3).

Lo siguen por decenas de miles (Mt 14,21). Su visibilidad y prestigio alcanzan su más alto grado: Jesús parece responder, como el mayor de los profetas, a las aspiraciones populares..., aunque «El no se fiaba de la gente, porque sabía lo que hay en el hombre» (Jn 2,25).

En este punto quieren hacerlo rey (Jn 6,15). Para El este momento es el retorno de la tentación del desierto, ya que el demonio se había alejado «para volver en el momento oportuno» (Lc 4,13). La tentación que vuelve una y otra vez durante la actividad de Jesús consiste básicamente en institucionalizar su prestigio terrenal a costa del modelo de fidelidad encomendado por el Padre. Jesús la rechaza (Jn 6,15), y al advertir la ambigüedad de la imagen que proyectaba su ministerio en el pueblo, decide deshacer el equívoco radicalizando las exigencias de su seguimiento, consciente de la crisis que esto significaría para el pueblo y para su misión. «Ustedes no me buscan por los signos que han visto, sino por el pan que comieron hasta saciarse.

Afánense no por la comida de un día, sino por otra comida que permanece y da vida eterna: es la que les dará el Hijo del Hombre» (Jn 6,26ss). Y les habla de la fe. Fe en su Palabra, y en su Cuerpo como alimento como condiciones para poder seguirlo y para llegar a la verdadera vida y a la verdadera liberación.

El pueblo no está preparado para esto. Sus expectativas eran otras: hay una masiva decepción. Jesús es criticado abiertamente (Jn 6,41), y se hace controversial y conflictivo (Jn 6,52). Aun entre sus más  cercanos, algunos se alejan (Jn 6,66-70). Y para Jesús, rodeado ahora de unos pocos, ha comenzado una nueva etapa. La etapa del «empobrecimiento».

Es discutido, incomprendido y ha perdido algo que a primera vista parecía necesario para su acción: la popularidad. Con esto comienza la experiencia más decisiva de su vida, la verdadera pobreza del «Siervo de Yahvé». Ya casi no hace milagros, y por mucho tiempo se margina de las multitudes. Su discurso cambia notoriamente con su nueva experiencia. Habla menos de las expectativas mesiánicas y del poder del Reino y más de su seguimiento y de la cruz que éste comporta. Anuncia su pasión, las persecuciones y su muerte, que  presiente cercana.

Para el Hijo de Dios esto no es sólo una «estrategia pastoral». Es el fruto de las experiencias del «empobrecimiento», del rechazo, de la persecución, que ha acumulado en el camino de su vida no sólo por la crisis provocada en el pueblo por las exigencias de su seguimiento, sino por su conflicto, ya manifiesto, con los poderes. «No quería volver a Judea porque los judíos estaban decididos a acabar con él» (Jn 7,1).

Jesús «se autoexilia», pues aún no había llegado su hora. Pero su suerte estaba echada. Desde el primer momento de su ministerio, en que fiel a la voluntad del Padre había anunciado al verdadero Dios y había puesto en cuestión el poder imperial y la teocracia religiosa judía, Jesús es subversivo para un poder que se quiere endiosado y blasfemo para una clase religiosa que propone un dios de la ley y la observancia.
El conflicto que ha creado Jesús es religioso fundamentalmente, aunque hay siempre latente una tensión con el poder civil. (La masacre de Herodes, en su infancia, que lo obliga al exilio en Egipto; la situación creada por la ejecución de Juan Bautista, etc. Esta tensión estallará en el curso de su última estancia en Jerusalén).

Sus perseguidores son principalmente los jefes de los sacerdotes y los maestros de la Ley.  Esta teocracia religiosa primero procura desprestigiarlo, más tarde deciden entregarlo alos«extranjeros», al poder romano, como única forma de eliminarlo (Mc 10,33). Desde entonces Jesús es un prófugo en su propia patria.

Incomprendido por muchos, rechazado y perseguido por la clase dirigente, esta experiencia es la que prepara a Jesús para la cruz. Son las señales con que el Padre le indica que su hora ha llegado. Jesús  vuelve entonces decididamente a Jerusalén, a la confrontación final. 

También los apóstoles presienten el desenlace (Jn 11,16) y tienen miedo (Mc 10,32).
En este momento, sin embargo, el pueblo se muestra solidario con él. Aunque no siempre capaces de ir en su seguimiento, reconocían en él al Santo de Dios, que había predicado un reino de fraternidad y de justicia, donde «los últimos serían los primeros» y los más abandonados eran los privilegiados. Sabían que ésa era la causa de su rechazo y persecución por parte de la ocasional alianza de las  clases dirigentes religiosas y políticas. De ahí que a su llegada a Jerusalén una gran multitud lo aclama y lo sigue, y la ciudad se alborota (Mt 21,8ss). Y los dirigentes temen al pueblo (Mc 12,12). Para  poder desprestigiarlo y condenarlo definitivamente ante las gentes, deciden acusarlo ante Pilato por motivos políticos.

La solidaridad del pueblo en torno a él revive en Jesús la tentación del desierto: la posibilidad de un mesianismo apoyado en el poder y no en la profecía. La tentación se presenta más fuerte y dramática que nunca. Agobiado por ella, Jesús, en su última noche, se aparta al huerto de los Olivos a orar al Padre y renovar su fidelidad a su voluntad. Al mismo tiempo, la experiencia angustiante de la persistencia del mal y de la fuerza del pecado, que en ese momento parecían haber triunfado,alcanzan toda su intensidad. La crisis es tan grave, que el Hijo de Dios entra en agonía y transpira sangre (Lc 22,39-46).

Después de esto, la experiencia crucial de la muerte en el abandono de la cruz. La fidelidad de Jesús ha llegado al extremo, y su resurrección es la prueba de que no fue vana: desde entonces los que lo siguen hasta el sacrificio de la cruz pueden transformar esa experiencia en fuente de liberación y santidad”.

 Juan García Inza

EL CAMINO DE JESUS NO ES CAMINO DE ROSAS
XXII DOMINGO TIEMPO ORDINARIO


Aquel Pedro que fue inspirado por el mismo Jesús para su profesión de fe “Tú eres el hijo de Dios” hoy es puesto sobre las cuerdas: tú no piensas como Dios, piensas como los hombres.

La fe es gracia y es regalo. Es un privilegio que Dios nos concede. Desde esa luz, que es la fe, podemos alumbrar todo lo que acontece en torno a nosotros e, incluso, nuestras mismas personas.

Como a Pedro, al mundo de hoy, no le seduce demasiado el sufrimiento. Preferimos una fe de bizcocho a una fe probada; una fe de gloria a una fe de calvario; una fe de sentimientos a una fe de conversión, una fe con camino llano más que aquella otra expresada en camino angosto o empedrado duro.

Pensar como Dios, exige optar por lo que el mundo nos oculta. Pensar como los hombres, puede llevarnos a perdernos en unos túneles sin salida, a caer en unos pozos sin fondo.

El camino que Jesús nos propone, no es el de los atajos que el discurso materialista nos vende machaconamente. No es aquel del escaparate del triunfo, sino aquel otro que se fragua en el escenario del servicio. No es el de la apariencia, sino el trabajar sin desmayo allá donde nadie oposita.

Para que brille el sol es necesario que el cielo esté limpio de nubes. Jesús, en el evangelio de este domingo veraniego, nos advierte que para que destelle Dios con toda su magnitud en nosotros, no hemos de ser obstáculo. El sufrimiento y la cruz, o dicho de otra manera, las contrariedades, oposición, zancadillas, sinsabores, incomprensiones, etc., lejos de rehusarlas hemos de aprender a valorarlas y encajarlas desde ese apostar por Jesús de Nazaret en un contexto social donde, a veces, se oyen más las voces de los enemigos de Dios que la labor transformadora de aquellos que creemos en El.

¿A quién le apetece un camino con espinas? Jesús nos lo adelanta. Y los primeros testigos del evangelio (apóstoles y mártires) lo vivieron en propia carne: ser de Cristo implica estar abierto a lo que pueda venir. Incluso dar la vida por El.
Frente al único pensamiento que algunos pretenden imponernos (que puede distar mucho del pensamiento que Dios tiene sobre el mundo) no cabe sino ser fuertes y abrazar la cruz cuando sea necesario.

Javier Leoz

INVITACIÓN PARA EL XIII CONGRESO–ENCUENTRO EUCARÍSTICO ASTURIAS 2005
Oviedo, 28 de Julio de 2005
Queridos hermanos / as:
Próxima ya la celebración del XIII Encuentro-Congreso Nacional promovido por el Movimiento de la Adoración Perpetua al Santísimo Sacramento A.R.P.U., consideramos oportuno escribiros para invitaros y solicitar vuestro apoyo.

Este Movimiento, aprobado por la Conferencia Episcopal, persigue que las personas visiten, al menos media hora a la semana, al Señor presente en los tabernáculos, sobre todo en los templos parroquiales, catedrales..., tendiendo a lograr una cadena de adoradores ininterrumpida para corresponder al gran amor de Jesús, que quiso quedarse entre nosotros de modo permanente en la Eucaristía, y encomendar con devoción las necesidades y objetivos de las parroquias y diócesis, las vocaciones de especial consagración (sacerdotes y religiosos) y laicos.

Cada año se celebra un Congreso Nacional Eucarístico en las distintas diócesis. Este año hemos escogido la Archidiócesis de Oviedo (Asturias). Os adjuntamos el correspondiente programa
Con ello pretendemos:

Propiciar una especie de toque de atención sobre la adoración al Señor, máxime, en este año dedicado a la Eucaristía.
Profundizar en el Misterio de la Eucaristía, “fuente y cumbre de la vida cristiana”.
Que sea una especie de “aperitivo” que “sensibilice y estimule el apetito eucarístico”.

Un agradecimiento al Señor por todas las Eucaristías recibidas, así como una respuesta en sintonía con los deseos insistentes y recientes de la Iglesia en lo referente a la adoración Eucarística.
Contamos con vuestra participación y vuestra presencia en todos o en alguno de los actos programados. Si ello no os fuera posible, confiamos en vuestra unión y respaldo en la oración eucarística.
¡Que Dios os bendiga!

Movimiento de Adoración Perpetua A.R.P.U.

¡A púntate para el Congreso!. ¡Si no tienes lápiz, ahí te va el mío!


LEMA:
“Si conocieras el don de Dios”
( Jn 4,10-11 )

Preside:
Excmo y Rdmo D. Carlos Osoro Sierra, Arzobispo de Oviedo

Organiza:
El Movimiento de Adoración Perpetua; A.R.P.U con la colaboración de grupos eucarísticos y de Oración, y de los seminaristas y varias entidades de la Archidiócesis.

Comisión organizadora:
Archidiócesis de Oviedo, presidida por el Señor Arzobispo de Oviedo.

Destinatarios e invitados:
PUBLICO EN GENERAL

Lunes 12 de septiembre

22:30 h. SANTA MISA en el Templo de Santa María Real de la Corte. ( C/ S. Vicente ).

Martes 13 de septiembre_

09: 00 h. LAUDES SOLEMNES ANTE EL SANTÍSIMO
Lugar: Parroquia de S. Francisco de Asís ( Plaza de la Gesta )

09:30 h. PRESENTACIÓN DEL CONGRESO
Rvdo. D. Laurentino Gómez Montes. Consiliario General de A.R.P.U.
Lugar: Auditorio Príncipe Felipe

10:00 h. SALUDO Y PONENCIA DEL SEÑOR ARZOBISPO DE OVIEDO, EXCMO. Y RVDMO. D. CARLOS OSORO SIERRA.

PONENCIA: “La Eucaristía, un don para comprender y acoger” .
Lugar: Auditorio Príncipe Felipe

12:00 h. PONENCIA: “La Eucaristía, un don para celebrar”.
Rvdo. José Antonio Sánchez Cabezas, profesor de Teología en el Seminario de Oviedo.
Lugar: Auditorio Príncipe Felipe

ORACIÓN ANTE EL SEPULCRO DEL EXCMO D. JUAN BAUTISTA LUIS PÉREZ, OBISPO DE OVIEDO Y COFUNDADOR DE ARPU

VISITA A LA CATEDRAL DE OVIEDO (CLAUSTRO, CRIPTA, CEMENTERIO DE PEREGRINOS... )

14:00 h. ALMUERZO EN EL GRAN HOTEL ESPAÑA ( C/ Jovellanos, 2)

16:30 h. Salida hacia Gijón ( autocares desde la Plaza Juan XXIII ).
VISITA A LA CIUDAD DE GIJÓN EN LOS AUTOCARES

18:30 h. ORACIÓN ANTE EL SEPULCRO DEL MÁRTIR D. JOSÉ LLES SEGARRA COFUNDADOR DE A.R.P.U (IGLESIA DE S. JOSÉ, GIJÓN).

19:30 h. SANTA MISA EN LA BASÍLICA DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
( presidida por Excmo. Rvdmo. D. Carlos Osoro Sierra )

21:30 h. CENA EN EL RESTAURANTE “LES CABAÑES” (Campa de Torres)

Miércoles 14 de septiembre

09:00 h. LAUDES SOLEMNES ANTE EL SANTÍSIMO
Lugar: Seminario Metropolitano de Oviedo.

10:00 h. PONENCIA: “La Eucaristía un don, recibido de María”.
Rvdo P. José Cristo Rey García-Paredes, teólogo.
Lugar: Auditorio Príncipe Felipe

12:00 h. PONENCIA: “La Eucaristía un don, para la misión”.
Excmo. y Rvdmo D. Cecilio Raúl Berzosa Martínez, Obispo Auxiliar
de Oviedo.

Lugar: Auditorio Príncipe Felipe

13:30 h. ALMUERZO EN EL GRAN HOTEL ESPAÑA ( C/ Jovellanos, 2)

15:00 h. Salida de autocares (Plaza Juan XXIII) para el Monte Naranco.

ORACIÓN ANTE LA IMAGEN DEL CORAZÓN DE JESÚS.

A continuación, visita a los monumentos prerrománicos de Santa María la Mayor y de S.
Miguel de Lillo. Seguidamente, salida para Covadonga.

18:30 h. SANTA MISA EN LA BASÍLICA DE COVADONGA.

PROCESIÓN CON EL SANTÍSIMO SACRAMENTO HASTA LA SANTA CUEVA

BENDICIÓN CON EL SANTÍSIMO SACRAMENTO (en la santa cueva).

21:00 h. CENA EN EL RESTAURANTE “Cenador de los canónigos”


Jueves 15 de septiembre

09:30 h. LAUDES ANTE EL SANTÍSIMO EXPUESTO
Lugar: Iglesia Parroquial de Santa María Real de la Corte ( C/ San Vicente )

10:00 h. PONENCIA:
“La Eucaristía, un don para adorar”.
Oviedo.
Lugar: Iglesia Parroquial de Santa María Real de la Corte ( C/ San Vicente ),

12:00 h. MISA DE CLAUSURA Y ENVÍO DE LOS ADORADORES. PRESIDE D. GABINO DÍAZ MERCHÁN ARZOBISPO EMERITO DE OVIEDO. Concesión de Indulgencia Plenaria

13:00 ORACIÓN PENITENCIAL ANTE EL SANTO SUDARIO EN LA CAMARA SANTA (Dos turnos) BENDICIÓN CON EL SANTÍSIMO

Lugar: Catedral de Oviedo.
14:00 h. ALMUERZO EN EL GRAN HOTEL ESPAÑA ( C/ Jovellanos, 2)


PARA INSCRIPCIONES, DIRIGIRSE A:

Laurentino Gómez Montes, Consiliario Nacional.
Parroquia de Santa María la Real de la Corte
C/ San Vicente, s/n.
33003 OVIEDO

Tlfno: 985 08 35 55 - 985 20 25 55.
Fax: 985 08 3 555 (Previo aviso)
E-maíl: adoracionarpu@telecable.es

PONENTES:
Excmo. y Rvdmo. D. Carlos Osoro Sierra, Arzobispo de Oviedo.
Excmo. y Rvdmo. D. Gabino Díaz Merchán, Arzobispo Emérito de Oviedo.
Excmo. y Rvdmo. D. Cecilio Raúl Berzosa Martínez, Obispo Auxiliar de Oviedo.
Rvdo. P. José Cristo Rey García Paredes, teólogo.
Rvdo. D. José Antonio Sánchez Cabezas, profesor del Seminario y párroco de Turón.
Rvdo. D. Laurentino Gómez Montes, párroco de Sta. María Real de la Corte.

DIVERSOS PARTICIPANTES:

Gaita y tambor.
Iris Uría Fernández, Diplomada en Turismo y en Arte.
Actuación de varios músicos y masas corales de Oviedo y Gijón.
Seminaristas de la Archidiócesis.

 

HEMOS RECIBIDO CON ALEGRÍA Y DEVOCIÓN

-Un rescripto con la Bendición del Santo Padre Benedicto XVI para los participantes y organizadores.
-Un decreto de la Penitenciaría Apostólica con la Concesión de Indulgencias:
-Parcial, para quien participe en alguno de los actos
-Total, para quines participen en el la Misa de la Clausura.

Agradecemos al Excmo. y Rdmo Señor Nuncio el interés en la tramitación de nuestra solicitud para estas importantes concesiones.

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