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Salió
el sembrador a sembrar
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Lectura
del santo Evangelio según San Mateo. (Mt. 13,1-23)
EL CRISTIANO ACOGE PARA ESPARCIR: ES CAMPO Y SEMBRADO A LA VEZ
Un día, salió Jesús de casa y se sentó junto
al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a
una barca; se sentó y la gente se quedó en la orilla. Les
habló mucho rato en parábolas: «Salió el sembrador
a sembrar. Al sembrar un poco cayó al borde del camino; vinieron
los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso,
donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda, brotó
enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta
de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron
y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano; unos, ciento;
otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga».
Palabra del Señor. |
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Aplicación concreta de la parábola del sembrador
No haría falta entrar en la explicación de la parábola
del sembrador puesto que el mismo texto evangélico interpreta
magníficamente el significado de las cuatro clases de terreno en
que cae la semilla, "la palabra del Reino" (v.19): borde del camino,
terreno pedregoso, zarzas y tierra buena (vv.l8-23). Interpretación
que pertenece con toda probabilidad a la primitiva comunidad cristiana que
la explica alegóricamente rasgo por rasgo; dato que precedió
ya a la redacción de esta parábola por Mc (4,1-20) de quien
dependen los pasajes paralelos de Mt 13,lss y de Lc 8,4-15. Como apuntábamos
más arriba (l,b), la explicaci6n de la parábola tamiza su
impronta escatológica filtrándola a través de una exhortación
eclesial a la perseverancia y a la fructuosidad de los convertidos
al cristianismo. Según esto:
a) Lo sembrado al borde del camino y que comen los pájaros representa
al que escucha la palabra del Reino sin entenderla; viene el Maligno y roba
lo sembrado en su corazón endurecido y sin humus donde acoger la
semilla.
b) Lo sembrado en pedregal, que brota en seguida y se agosta por falta de
raíz, significa al que escucha y acepta la palabra con prontitud
y alegría; pero al carecer de sustrato no tiene constancia y aguante
en el momento de la dificultad y de la persecución a causa de la
palabra del Reino.
c) Lo sembrado entre zarzas y abrojos que al crecer asfixian la semilla,
refleja al que por los afanes de la vida y la seducción del dinero
y del consumismo ahoga y hace estéril la palabra que escucha.
d) Finalmente, lo sembrado en tierra buena significa al que entiende
y acepta con generoso corazón la palabra que escucha. Este da fruto
con perseverancia: treinta, sesenta y hasta ciento por uno.
Para concluir estas reflexiones no queda sino preguntarnos que clase de
terreno somos nosotros y soy yo en particular. La respuesta sincera la hemos
de dar cada uno personalmente en primer lugar y comunitariamente después.
UNA FUERZA OCULTA
Y dio grano...
La parábola del sembrador es una invitación a la esperanza.
La siembra del evangelio, muchas veces inútil por diversas contrariedades
y oposiciones, tiene una fuerza incontenible.
A pesar de todos los obstáculos y dificultades y aun con resultados
muy diversos, la siembra termina en cosecha fecunda que hace olvidar otros
fracasos y es superior a todas las expectativas.
Los creyentes no hemos de perder la alegría a causa de la aparente
impotencia del reino de Dios. Siempre parece que «la causa de Dios»
está en decadencia y que el evangelio es algo insignificante y
sin futuro. Y sin embargo, no es así.
El evangelio no es una moral ni una política, ni siquiera una religión
con mayor o menor porvenir. El evangelio es la fuerza salvadora de Dios
«sembrada» por Jesús en el corazón del mundo
y de la vida de los hombres.
Empujados por el sensacionalismo de los actuales medios de comunicación,
parece que sólo tenemos ojos para ver el mal. Y ya no sabemos adivinar
esa fuerza de vida que se halla oculta bajo las apariencias más
apagadas o descorazonadoras.
Si pudiéramos observar el interior de las vidas, nos maravillaríamos
ante tanta bondad, entrega, sacrificio, generosidad y amor verdadero.
Hay violencia y sangre entre nosotros. Pero está creciendo en muchos
hombres el anhelo de una verdadera paz. Se impone el consumismo egoísta
en nuestra sociedad, pero cada vez son más los que descubren el
gozo de la vida sencilla y del compartir. La indiferencia parece haber
apagado la religión, pero son muchos los corazones donde se despierta
la nostalgia de Dios y la necesidad de la plegaria.
La energía transformadora del evangelio está ahí
trabajando a la humanidad. La sed de justicia y de amor seguirá
creciendo. La siembra de Jesús no terminará en fracaso.
Lo que se nos pide es acoger la semilla. Dar la vuelta a nuestra vida
como una dura y difícil tierra que es preciso remover para que
reciba y haga fructificar la siembra de Dios. ¿No descubrimos en
nosotros mismos esa fuerza que no proviene de nosotros y que nos invita
sin cesar a crecer, a ser mas humanos, a transfigurar nuestra vida, a
edificar unas relaciones nuevas entre las personas, a vivir con mas transparencia,
a abrimos con mas verdad a Dios?
JOSE ANTONIO PAGOLA
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FELICES,
SANTAS Y REPARADORAS VACACIONES CON JESÚS,
CON MARÍA Y CON LA FAMILIA

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ORACIÓN
Alma de María, santifícame.
Cuerpo
de María, purifícame.
Corazón
de María, inflámame.
Dolores
de María, confórtame.
Llanto
de María, consuélame.
Oh,
Dulce María, atiéndeme.
Con
benignos ojos, mírame.
En
mis clamores, óyeme.
Por
tus santos pass, dirígeme.
A
tu Hijo Divino, ruega por mí.
El
perdón de mis culpas alcánzame.
Devoción
a tu sacro Rosario, infúndeme.
Amor
a Dios y al prójimo, concédeme.
No
permitas apartarme nunca de ti.
En
la hora de mi muerte, ampárame.
De
mis enemigos, defiéndeme.
Tras
el escudo de tu santo nombre, escóndeme.
Con
tu real manto, cúbreme.
En
el instante fatal de mi agonía, asísteme.
De
morir en pecado, líbrame.
En
manos de Jesús, entrégame.
A
la mansión eterna llévame, para que con los Ángeles
y
Santos te alabe por todos los siglos de los siglos.
Amén.
Con
licencia eclesiástica
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La
Eucaristía y María Santísima |
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(Año de la Eucaristía y de la Inmaculada)
El padre capuchino llamado Miguel de Cosenza, en el Siglo XVII, llamó
a María con el título "Nuestra Señora del Santísimo
Sacramento". Y dos siglos más tarde, San Julián Eymard,
fundador de los Sacramentinos y apóstol de la Eucaristía y
de María, dejaba a sus hijos el título y la devoción
a Nuestra Señora del Santísimo Sacramento.
¿Qué relación hay, pues, entre Eucaristía y
María Santísima? ¿Podemos en justicia llamar a María
"Nuestra Señora del Santísimo Sacramento"?
María fue el primer Sagrario en el que Cristo puso su morada, recibiendo
de su madre la primera adoración como Hijo de Dios que asume la naturaleza
humana para redimir al hombre. Imaginémonos cómo trató
a Jesús en su seno, qué diálogos de amor con ese Dios
al que alimentaba y al mismo tiempo del que Ella misma se alimentaba día
y noche.
Imaginémonos la delicadeza para con ese Hijo, cuando iba y venía,
trabajaba o cocinaba. Pondría su mano sobre el vientre y sentiría
moverse a ese hijo suyo que era también, y sobre todo, Hijo de Dios.
María durante esos nueve meses fue viviendo las virtudes teologales.
Vivía la fe. Creía profundamente que ese Hijo que crecía
en sus entrañas era Dios Encarnado. Y ella le dio ese trozo de carne
y su latido humano. Vivía la esperanza; esa esperanza en el Mesías
prometido ya estaba por cumplirse y Ella era la portadora de esa esperanza
hecha ya realidad. Vivía el amor; un amor hecho entrega a su Hijo.
María entregaba su cuerpo a su Hijo y derramaba e infundía
su sangre a su Hijo. Si no hay sangre derramada, el amor es incompleto.
Sólo con sangre y sacrificio el amor se autentifica, se aquilata.
Cristo en la Eucaristía es su Cuerpo que se entrega y es su Sangre
que se derrama para alimento y salvación de todos los hombres. Pero,
¿quién dio a Jesús ese cuerpo humano y esa sangre humana?
¡María!
Por tanto, el mismo cuerpo que recibimos en la Comunión es la misma
carne que le dio María para que Jesús se encarnara y se hiciese
hombre. Gustemos, valoremos, disfrutemos en la Comunión no sólo
el Cuerpo de Cristo sino ese cuerpo que María le dio.
Por tanto, tiene todo el encanto, el sabor, la pureza del cuerpo de María.
Pero bajo las apariencias del pan y vino. ¡Es la fe, nuestra fe, que
ve más allá de ese pan!
María llevó toda su vida una vida eucaristizada, es decir,
vivía en continua acción de gracias a Dios por haber sido
elegida para ser la Madre de Dios, vivía intercediendo por nosotros,
los hijos de Eva, que vivíamos en el exilio, esperando la venida
del Mesías y la liberación verdadera. Y como se dijo en la
encíclica sobre la Eucaristía, María es mujer eucaristizada
porque vivió las actitudes de toda Eucaristía: es mujer de
fe, es mujer sacrificada y su presencia reconforta. ¿No es la Eucaristía
misterio de fe, sacrificio y presencia?
La Eucaristía que vivía María era misteriosa, espiritual,
pero real. Su vida fue marcada por la entrega a su Hijo y a los hombres.
La Eucaristía y María están estrechamente unidas. Cristo
en la Eucaristía es sacrificio, alimento, presencia, y María
en la Eucaristía experimenta:
El sacrificio de su Hijo una vez más, pues cada Misa es vivir el
Calvario, y María estuvo al pie del Calvario.
En la Eucaristía María nos vuelve a dar a su Hijo para alimentarnos.
En la Eucaristía, junto al Corazón de su Hijo, palpita el
corazón de la Madre. Por tanto en cada Misa experimentamos la presencia
de Cristo y de María.
No es ciertamente la presencia de María en la Eucaristía una
presencia como la de Cristo, real, sustancial. Es más bien una presencia
espiritual que sentimos en el alma. Es María quien nos ofrece el
Cuerpo de su Hijo, pues en cada Misa nace, muere y resucita su Hijo por
la salvación de los hombres y la glorificación de su Padre.
Tomado de la parroquia de Sta Teresita en Guayaquil (Ecuador)
"María ha practicado su fe eucarística
antes incluso de que ésta fuera instituida, por el hecho mismo
de haber ofrecido su seno virginal para la encarnación del Verbo
de Dios."
Si queremos descubrir en toda su riqueza la relación
íntima que une Iglesia y Eucaristía, no podemos olvidar
a María, Madre y modelo de la Iglesia. En la Carta apostólica
Rosarium Virginis Mariae, presentando a la Santísima Virgen como
Maestra en la contemplación del rostro de Cristo, he incluido entre
los misterios de la luz también la institución de la Eucaristía.102
Efectivamente, María puede guiarnos hacia este Santísimo
Sacramento porque tiene una relación profunda con él.
A primera vista, el Evangelio no habla de este tema. En el relato de la
institución, la tarde del Jueves Santo, no se menciona a María.
Se sabe, sin embargo, que estaba junto con los Apóstoles, «
concordes en la oración » (cf. Hch 1, 14), en la primera
comunidad reunida después de la Ascensión en espera de Pentecostés.
Esta presencia suya no pudo faltar ciertamente en las celebraciones eucarísticas
de los fieles de la primera generación cristiana, asiduos «
en la fracción del pan » (Hch 2, 42).
Pero, más allá de su participación en el Banquete
eucarístico, la relación de María con la Eucaristía
se puede delinear indirectamente a partir de su actitud interior. María
es mujer « eucarística » con toda su vida. La Iglesia,
tomando a María como modelo, ha de imitarla también en su
relación con este santísimo Misterio.
54. Mysterium fidei! Puesto que la Eucaristía es misterio de fe,
que supera de tal manera nuestro entendimiento que nos obliga al más
puro abandono a la palabra de Dios, nadie como María puede ser
apoyo y guía en una actitud como ésta. Repetir el gesto
de Cristo en la Última Cena, en cumplimiento de su mandato: «
¡Haced esto en conmemoración mía! », se convierte
al mismo tiempo en aceptación de la invitación de María
a obedecerle sin titubeos: « Haced lo que él os diga »
(Jn 2, 5). Con la solicitud materna que muestra en las bodas de Caná,
María parece decirnos: « no dudéis, fiaros de la Palabra
de mi Hijo. Él, que fue capaz de transformar el agua en vino, es
igualmente capaz de hacer del pan y del vino su cuerpo y su sangre, entregando
a los creyentes en este misterio la memoria viva de su Pascua, para hacerse
así “pan de vida” ».
55. En cierto sentido, María ha practicado su fe eucarística
antes incluso de que ésta fuera instituida, por el hecho mismo
de haber ofrecido su seno virginal para la encarnación del Verbo
de Dios. La Eucaristía, mientras remite a la pasión y la
resurrección, está al mismo tiempo en continuidad con la
Encarnación. María concibió en la anunciación
al Hijo divino, incluso en la realidad física de su cuerpo y su
sangre, anticipando en sí lo que en cierta medida se realiza sacramentalmente
en todo creyente que recibe, en las especies del pan y del vino, el cuerpo
y la sangre del Señor.
Hay, pues, una analogía profunda entre el fiat pronunciado por
María a las palabras del Ángel y el amén que cada
fiel pronuncia cuando recibe el cuerpo del Señor. A María
se le pidió creer que quien concibió « por obra del
Espíritu Santo » era el « Hijo de Dios » (cf.
Lc 1, 30.35). En continuidad con la fe de la Virgen, en el Misterio eucarístico
se nos pide creer que el mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María,
se hace presente con todo su ser humano-divino en las especies del pan
y del vino.
« Feliz la que ha creído » (Lc 1, 45): María
ha anticipado también en el misterio de la Encarnación la
fe eucarística de la Iglesia. Cuando, en la Visitación,
lleva en su seno el Verbo hecho carne, se convierte de algún modo
en « tabernáculo » –el primer « tabernáculo
» de la historia– donde el Hijo de Dios, todavía invisible
a los ojos de los hombres, se ofrece a la adoración de Isabel,
como « irradiando » su luz a través de los ojos y la
voz de María. Y la mirada embelesada de María al contemplar
el rostro de Cristo recién nacido y al estrecharlo en sus brazos,
¿no es acaso el inigualable modelo de amor en el que ha de inspirarse
cada comunión eucarística?
56. María, con toda su vida junto a Cristo y no solamente en el
Calvario, hizo suya la dimensión sacrificial de la Eucaristía.
Cuando llevó al niño Jesús al templo de Jerusalén
« para presentarle al Señor » (Lc 2, 22), oyó
anunciar al anciano Simeón que aquel niño sería «
señal de contradicción » y también que una
« espada » traspasaría su propia alma (cf. Lc 2, 34.35).
Se preanunciaba así el drama del Hijo crucificado y, en cierto
modo, se prefiguraba el « stabat Mater » de la Virgen al pie
de la Cruz. Preparándose día a día para el Calvario,
María vive una especie de « Eucaristía anticipada
» se podría decir, una « comunión espiritual
» de deseo y ofrecimiento, que culminará en la unión
con el Hijo en la pasión y se manifestará después,
en el período postpascual, en su participación en la celebración
eucarística, presidida por los Apóstoles, como « memorial
» de la pasión.
¿Cómo imaginar los sentimientos de María
al escuchar de la boca de Pedro, Juan, Santiago y los otros Apóstoles,
las palabras de la Última Cena: « Éste es mi cuerpo
que es entregado por vosotros » (Lc 22, 19)? Aquel cuerpo entregado
como sacrificio y presente en los signos sacramentales, ¡era el
mismo cuerpo concebido en su seno! Recibir la Eucaristía debía
significar para María como si acogiera de nuevo en su seno el corazón
que había latido al unísono con el suyo y revivir lo que
había experimentado en primera persona al pie de la Cruz.
57. « Haced esto en recuerdo mío » (Lc 22, 19). En
el « memorial » del Calvario está presente todo lo
que Cristo ha llevado a cabo en su pasión y muerte. Por tanto,
no falta lo que Cristo ha realizado también con su Madre para beneficio
nuestro. En efecto, le confía al discípulo predilecto y,
en él, le entrega a cada uno de nosotros: « !He aquí
a tu hijo¡ ». Igualmente dice también a todos nosotros:
« ¡He aquí a tu madre! » (cf. Jn 19, 26.27).
Vivir en la Eucaristía el memorial de la muerte de Cristo implica
también recibir continuamente este don. Significa tomar con nosotros
–a ejemplo de Juan– a quien una vez nos fue entregada como
Madre. Significa asumir, al mismo tiempo, el compromiso de conformarnos
a Cristo, aprendiendo de su Madre y dejándonos acompañar
por ella. María está presente con la Iglesia, y como Madre
de la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas. Así
como Iglesia y Eucaristía son un binomio inseparable, lo mismo
se puede decir del binomio María y Eucaristía. Por eso,
el recuerdo de María en el celebración eucarística
es unánime, ya desde la antigüedad, en las Iglesias de Oriente
y Occidente.
58. En la Eucaristía, la Iglesia se une plenamente a Cristo y a
su sacrificio, haciendo suyo el espíritu de María. Es una
verdad que se puede profundizar releyendo el Magnificat en perspectiva
eucarística. La Eucaristía, en efecto, como el canto de
María, es ante todo alabanza y acción de gracias. Cuando
María exclama « mi alma engrandece al Señor, mi espíritu
exulta en Dios, mi Salvador », lleva a Jesús en su seno.
Alaba al Padre « por » Jesús, pero también lo
alaba « en » Jesús y « con » Jesús.
Esto es precisamente la verdadera « actitud eucarística ».
Al mismo tiempo, María rememora las maravillas que Dios ha hecho
en la historia de la salvación, según la promesa hecha a
nuestros padres (cf. Lc 1, 55), anunciando la que supera a todas ellas,
la encarnación redentora. En el Magnificat, en fin, está
presente la tensión escatológica de la Eucaristía.
Cada vez que el Hijo de Dios se presenta bajo la « pobreza »
de las especies sacramentales, pan y vino, se pone en el mundo el germen
de la nueva historia, en la que se « derriba del trono a los poderosos
» y se « enaltece a los humildes » (cf. Lc 1, 52). María
canta el « cielo nuevo » y la « tierra nueva »
que se anticipan en la Eucaristía y, en cierto sentido, deja entrever
su 'diseño' programático. Puesto que el Magnificat expresa
la espiritualidad de María, nada nos ayuda a vivir mejor el Misterio
eucarístico que esta espiritualidad. ¡La Eucaristía
se nos ha dado para que nuestra vida sea, como la de María, toda
ella un Magnificat!
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Llegar
a Roma este 8 de abril
(al poeta pontífice desde el avión) |
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Tres ataúdes para su cuerpo de viento.
Tres cajas para la siembra
Estuario del Tíber en Roma.
Cuatro millones de pies polacos.
Ciprés, cinc, nogal: tres ataúdes.
Y cuatro millones de otro pies,
de otros huérfanos viajeros.
Ciprés tras el invierno.
Cinc mudo (sólo hablan los orantes).
Nogal crecido en Wadowice,
a treinta y tres kilómetros de Auschwitz.
Karol vuela. Karol canta.
Karol besa los aeropuertos
como altares.
Consagra ojos y lenguas.
Karol reina. Karol rema.
Karol cae como pelícano
atravesado por la lanza en altamar.
Llama Karol: “Conducid mar adentro.
No temáis, remeros libres,
abrid la barca al Dios Resucitado,
abridla como los huérfanos
desvelan rendijas
entre sus lágrimas y sus águilas,
abrid vuestros portones
como dos labios de María.
Sed bienaventurados. Yo lo soy.
Magnifica mi alma al Señor. Amén.”
P. Joaquín Allende Luco,
de la Academia Chilena de la Lengua.

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Tema
del día : “La Palabra de Dios, bendición sobre el
hombre”
Hablar de Dios es germen de vida.
Las referencias que la propia Palabra de Dios tiene respecto a su naturaleza
viva y eficaz (Hb 4, 12) son múltiples a través de sus páginas,
y muy variadas de expresión. Con todo, la idea que en ellas se
transmite es siempre similar: el hablar de Dios es germen de vida. Y esto,
porque es palabra «de» Dios, es decir, el Dios vivo (Dt 4,
33) y Señor Omnipotente (Jdt 4, 13), por lo que su decir se corresponde
plenamente a su obrar, coincidiendo e implicándose mutuamente.
La expresión hallada en Ezequiel: Yo, Yahvé, lo digo y lo
hago (Ez 36, 36), es eco y traducción profética de aquel
estribillo que jalona todo el relato de la creación: Dijo Dios...
Y así fue.
Pero no sólo se muestra aquí la soberanía y el poder
eficaz de su Palabra, sino también su «bien querer»
eterno, de forma que, llamando a la vida, comunica vida, dejando en ella
el sello de su bondad y su amor. De ahí que el hablar de Dios es
un auténtico y absoluto «bien decir»: Su bendición
se ha desbordado como un río, como un diluvio ha inundado la tierra
(Si 39, 22). Ciertamente «desbordante», pues ése es
el ser y el actuar de Dios; tal como se refleja en el plástico
lenguaje poético, lleno de gráficas imágenes: Tú
cuidas de la tierra, la riegas y enriqueces sin medida; la acequia de
Dios va llena de agua (Salmo). Y un agua tan fecunda que coronas el año
con tus bienes, tus carriles rezuman abundancia (Salmo).
Pero toda la fertilidad de esta abundante agua no servirá de nada
si el corazón del hombre no se abre a su acción fecunda.
Aun cuando la Palabra esté llena de poder y sea «activa»
(cf. 1 Ts 2, 13), ¿de que sirve, si el hombre se cierra a ella?
Cuando el corazón del hombre está embotado, endurecidos
sus oídos y cerrados sus ojos (Evangelio), la Palabra resulta entonces
estéril e inútil. Una vez más estamos aquí
ante el misterio –tremendo– de la libertad del hombre, que
puede dar la espalda a la palabra de vida y de salvación, para
no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con
el corazón, ni convertirse para que yo los cure (Evangelio)
Alegoría del sembrador y fuerza de la Palabra.
El evangelio de hoy invita al oyente a meditar la alegoría del
sembrador, interpretada por la Iglesia primitiva como “una amonestación
a los convertidos, que deben examinar el estado de su corazón y
juzgar de la seriedad de su conversión” (J. Jeremías).
Cada uno tendrá que examinar, por consiguiente, cómo es
«recibida» la siembra de la Palabra, y de qué forma,
penetrando luego hasta el corazón, es allí «acogida».
Es decir, tendrá que ver cómo escucha esta palabra, cómo
la «obedece» (recuérdese que el verbo obaudire, de
donde deriva obediencia, significa escuchar). La respuesta vendrá
dada al constatar el fruto, porque no hay árbol bueno que dé
fruto malo (Lc 6, 43). Si acaso lo fuera, o no hubiera fruto, entonces
habrá que buscar la causa en el propio corazón, que ha actuado
como borde del camino, terreno pedregoso o zarzal. Lo que ninguno podrá
hacer jamás será achacar a la Palabra la falta de fruto:
ella, porque es viva y eficaz, no puede por menos que fructificar; lo
que sí requiere es un terreno adecuado para hacerlo.
“¿Cómo respondo al encargo? Lo quiero, llevo tu instrucción
en las entrañas. El encargo viene de fuera, es un escrito externo
a mí. Tengo que asimilarlo, transformarlo en cosa propia, de tal
modo que, al ejecutarlo, me salga de dentro y no se me imponga desde fuera.
Lo hago mío, cosa entrañable. Cumpliendo la voluntad de
Dios, cumplo la mía, porque se han identificado”
(Luis A. Schökel).
Asimilarlo, transformarlo... Así, sí puede fructificar,
y con fruto abundante, pues la Palabra de Dios habrá alimentado“en
el corazón los pensamientos de Dios, de forma que la fe, como respuesta
a la Palabra, se convierte en el nuevo criterio de juicio y valoración
de los hombres y de las cosas, de los acontecimientos y problemas”.
(PDV 47). Esa Verdad que desciende como agua fecunda, como bendición
eficaz sobre la tierra (el hombre –’âdam– viene
del suelo –’adâmah–), y tiene como destino que
el discípulo, por medio de la familiaridad con la Palabra de Dios,
llegue a adquirir la mente de Cristo (1 Co 2, 16) y que en su corazón
surjan los mismos sentimientos de Cristo (Flp 2, 5), de forma que, en
el Hijo, se transforme en hijo amado del Padre. Tan grande e insólita
bendición debe convertirse entonces para el creyente no en una
imposición dolorosa, sino en una gozosa exigencia: si la única
expectativa de vida es Cristo, se desprende la necesidad forzosa de aprender
a Cristo, el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14, 6). Y si uno se pregunta
dónde aprenderlo, ya el Concilio Vaticano II respondió:
“Asimismo el Santo Sínodo exhorta vehemente y particularmente
a todos los fieles cristianos, en especial a los miembros religiosos,
para que, por medio de la frecuente lectio de las divinas Escrituras,
aprendan de memoria la suprema ciencia de Cristo Jesús (Flp 3,
8)” (DV 25).
¿Qué clase de tierra soy yo? ¿Por
qué la Palabra se hace infecunda en mí?
El evangelista conoce todo esto: está, pues, seguro de que
la semilla, símbolo de la Palabra, es capaz de dar frutos abundantes.
No hay más que un solo motivo que pueda explicar la esterilidad
de una semilla echada en la tierra o la ineficacia de la Palabra predicada
a los judíos: la pobreza del suelo que recibe el grano, o en otras
palabras, las malas disposiciones de los oyentes.
En cuanto a estas malas disposiciones, Mateo dice varias cosas. En primer
lugar, las nombra: inconstancia, afanes de este mundo, seducción
de la riqueza. Ve en ello, además, el efecto de la actividad disimulada
del Maligno (una causa entre otras).
Porque advierte sobre todo que la Palabra se halla en el centro de un
conflicto. Hay persecuciones que hacen vacilar a los oyentes inconstantes
y que son provocados por la Palabra. Esta tiene, asimismo, adversarios
que luchan encarnizadamente contra ella, en un conflicto permanente. Y
es que el fracaso que Jesús conoció, mal recibido por los
judíos incrédulos, lo experimenta la Iglesia a su vez; pero
el profeta Isaías había ya pasado por esa dolorosa experiencia
(v. 14/15). El combate de la Palabra y de la incredulidad viene desde
los más remotos tiempos de la historia del pueblo de Dios y parece
que ha de durar tanto como esa historia.
¿Cuál es su final? Este combate lleva a fracasos repetidos
que preocupan al evangelista. Pero al autor le interesa más otra
cosa: el éxito maravilloso que, en último término,
obtiene la proclamación de la Palabra.
Porque el
Evangelio, rechazado, perseguido, combatido ya ha "triunfado".
En el seno de un mundo incrédulo, existe hoy una comunidad de discípulos.
El inmediato entorno de Jesús era, en un principio, el signo modesto
de un cierto éxito de la palabra de Jesús; pero a partir
de entonces, todos aquellos que en todos los tiempos, especialmente hoy,
se tienen por discípulos de Jesús, son signos de que la
Palabra da sus frutos. Tras el "vosotros" (v.11), se oculta,
en efecto, toda la Iglesia, se oculta incluso el auditorio que escucha
hoy nuestro comentario del Evangelio. Más que en los adversarios
obstinados, Mateo se fija con entusiasta atención en los discípulos
de Jesús; los ve vivir en medio de un mundo (v.38) incrédulo:
"aquellos que..." (v.12). Los ve, sin embargo, colmados: "A
vosotros es dado". Y puesto que en ellos el "don" se ha
demostrado eficaz, se les da cada vez más: "A quien tenga
se le dará". Este don pródigamente concedido es el
de un conocimiento supremo: "conocer los misterios del Reino de Dios".
Este conocimiento ilumina toda la vida; gracias a él, sabrán
los discípulos hacer las opciones que se imponen y participar como
conviene en el combate de la Palabra. Y es cierto que tras la explicación
de las vicisitudes que atraviese el Reino al implantarse en el mundo,
se oculta un mensaje decisivo: el mensaje pascual. Porque la aventura
de la Palabra, constantemente desdeñada, perseguida pero siempre
viva y eficaz, semejante al grano de trigo que debe "morir"
para dar fruto (/Jn/12/24), ¿no es el misterio de Pascua? El conocimiento
de tales misterios es un privilegio del que los discípulos deben
ser conscientes. Lo que los cristianos oyen en la proclamación
del Evangelio, lo que ven en la experiencia cristiana, hay muchos hombres
que no pueden verlo ni oírlo. Aun los Profetas, esos privilegiados
del A.T. y con ellos, por lo tanto, todo el pueblo de la Antigua Alianza,
no pudieron, a pesar de sus deseos, obtener semejante revelación
de los "caminos" de Dios, de los secretos de su Reino.
Esta parábola, al igual que muchas otras parábolas de Mateo,
tiene algo de doloroso, de dramático incluso: ¡tanta semilla
perdida, tanta palabra rechazada! Pero no percibir los sonidos alegres
con que resuena, sería entenderla mal. Aunque no esté permitido
permanecer insensibles a esa tragedia que constituye la evangelización
y a sus "fracasos", cuyos perdedores son los hombres, ¿sería
lícito no dejar resonar nunca en nosotros -acogidas con una profunda
humildad- estas palabras de esperanza.
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El
Santo de la Semana: San Benito, patrono de Europa |
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Primer
Fundador de Religiosos Año 517 |
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Benito significa: "Bendecido".
En 1980 el Santo Padre Juan Pablo II nombró a San Benito como patrono
de toda Europa, en el XV Centenario de su nacimiento, porque ha sido el
santo que más in- fluencia ha tenido quizás en ese continente,
por medio de la Comunidad religiosa que fundó, y por medio de sus
maravillosos escritos y sabias enseñanzas.
SU VIDA Y OBRA
San Benito nació en Nursia (Italia, cerca de Roma) en el año
480. De padres acomodados, fue enviado a Roma a estudiar filosofía
y letras, y se nota que aprendió muy bien el idioma nacional (que
era el latín) porque sus escritos están redactados en muy
buen estilo.
Todos los datos de su biografía los tomamos de la Vida de San Benito,
escrita por San Gregorio Magno, que fue monje de su comunidad benedictina.
Su primera huida. La ciudad de Roma estaba habitada por
una mezcla de cristianos fervorosos, cristianos relajados, paganos, ateos,
bárbaros y toda clase de gentes de diversos países y de variadas
creencias, y el ambiente, especialmente el de la juventud, era espantosamente
relajado. Así que Benito se dio cuenta de que si permanecía
allá en medio de esa sociedad tan dañada, iba a llegar a ser
un tremendo corrompido. Y sabía muy bien que en la lucha contra el
pecado y la corrupción resultan vencedores los que en apariencia
son "cobardes", o sea, los que huyen de las ocasiones y se alejan
de las personas malvadas. Por eso huyó de la ciudad y se fue a un
pueblecito alejado, a rezar, meditar y hacer penitencia.
Pequeño percance. Segunda huida. Pero sucedió
que en el pueblo a donde llegó, obtuvo un milagro sin quererlo. Vio
a una pobre mujer llorando porque se le había partido un precioso
jarrón que era ajeno. Benito rezó y le dio la bendición,
y el jarrón volvió a quedar como si nada le hubiera pasado.
Esto conmovió mucho a las gentes del pueblo y empezaron a venerarlo
como un santo. Entonces tuvo que salir huyendo hacia más lejos.
Subiaco. Principios heroicos. Se fue hacia una región
totalmente deshabitada y en un sitio llamado "Subiaco"(que significa:
debajo del lago, porque había allí cuevas debajo del agua)
se retiró a vivir en una roca, rodeada de malezas y de espinos, y
a donde era dificilísimo subir. Un monje que vivía por los
alrededores lo instruyó acerca de cómo ser un buen religioso
y le llevaba un pan cada día, el cual amarraba a un cable, que Benito
tiraba desde arriba. Su barba y su cabellera crecieron de tal manera y su
piel se volvió tan morena en aquella roca, que un día unos
pastores que buscaban unas cabras, al encontrarlo, creyeron que era una
fiera. Más luego al oírle hablar, se quedaron maravillados
de los buenos consejos que sabía dar. Contaron la noticia y mucha
gente empezó a visitarlo para pedirle que les aconsejara y enseñara.
Superior contra su voluntad. Y sucedió que otros
hombres, cansados de la corrupción de la ciudad, se fueron a estos
sitios deshabitados a rezar y a hacer penitencia, y al darse cuenta de la
gran santidad de Benito, aunque él era más joven que los otros,
le rogaron que se hiciera superior de todos ellos. El santo no quería
porque sabía que varios de ellos eran gente difícil de gobernar
y porque personalmente era muy exigente con los que querían llegar
a la santidad y sospechaba que no le iban a hacer caso. Pero tanto le rogaron
que al fin aceptó el cargo de superior. Con todos ellos fundó
allí 12 pequeños conventos de religiosos, cada uno con un
superior o abad. El tenía la dirección general de todo.
Primer atentado. Cuando algunos de aquellos hombres
se dieron cuenta de que Benito como superior era exigente y no permitía
"vivir prendiéndole un vela a Dios y otra al diablo", que
no permitía vivir en esa vida de retiro tan viciosamente como si
se viviera en el mundo, dispusieron deshacerse de él y matarlo. Y
echaron un fuerte veneno en la copa de vino que él se iba a tomar.
Pero el santo dio una bendición a la copa, y esta saltó por
los aires hecha mil pedazos. Entonces se dio cuenta de que su vida corría
peligro entre aquellos hombres, y renunció a su cargo, se alejó
de allí.
http://www.ewtn.com/art/saints/Benito_icono.jpg
Terribles Tentaciones. Al joven Benito le llegaron espantosas
tentaciones impuras. A su imaginación se le presentaban escenas más
corruptas y le llegaba el recuerdo de cierta mujer que él había
visto hacía tiempo y sentía toda la fuerza de la pasión.
Rezaba y pedía ayudas al cielo, y al fin cuando sintió que
ya iba a consentir, se lanzó contra un matorral lleno de punzantes
espinas y se revolcó allí hasta que todo su cuerpo quedó
herido y lastimado. Así, mediante esas heridas corporales logró
curar las heridas de su alma, y la tentación impura se alejó
de él
Su fundación más famosa. Con unos discípulos
que le habían sido siempre fieles (San Mauro, San Plácido
y otros) se dirigió hacia un monte escarpado, llamado Monte Casino.
Allá iba a fundar su famosísima Comunidad de Benedictinos.
Su monasterio de Monte Casino ha sido famoso durante muchos siglos.
En el año 530, después de ayunar y rezar por 40 días,
empezó la construcción del convento, en la cima del Monte.
En ese sitio había un templo pagano, dedicado a Apolo; lo hizo derribar
y en su lugar construyó una capilla católica. Luego con sus
discípulos fue evangelizando a todos los paganos que vivían
en los alrededores, y enseguida sí empezó a levantar el edificio,
del cual por tantos siglos han salido santos misioneros a llevar la santidad
a pueblos y naciones.
Milagros a montón. San Gregorio en su biografía
de San Benito, narra muchos hechos interesantes de entre los cuales vamos
a recordar algunos.
El muchacho que no sabía nadar. El joven Plácido
cayó en un profundo lago y se estaba ahogando. San Benito mandó
a su discípulo preferido Mauro: "Láncese al agua y sálvelo".
Mauro se lanzó enseguida y logró sacarlo sano y salvo hasta
la orilla. Y al salir del profundo lago se acordó de que había
logrado atravesar esas aguas sin saber nadar. La obediencia al santo le
había permitido hacer aquel salvamento milagroso.
Muertes anunciadas. Un día exclamó: "Se
murió mi amigo el obispo de Cápua, porque vi que subía
al cielo un bello globo luminoso". Al día siguiente vinieron
a traer la noticia de la muerte del obispo. Otro día vio que salía
volando hacia el cielo una blanquísima paloma y exclamó: "Seguramente
se murió mi hermana Escolástica". Los monjes fueron a
averiguar, y sí, en efecto acababa de morir tan santa mujer. El,
que había anunciado la muerte de otros, supo también que se
aproximaba su propia muerte y mandó a unos religiosos a excavar en
el suelo su sepultura. Duraron seis días haciéndola, y apenas
la terminaron, empezó él a sentir las altísimas fiebres,
y poco después murió.
Un día en la vida de San Benito. http://www.ewtn.com/art/saints/Benito_icono2.jpg
Se levantaba a las dos de la madrugada a rezar los salmos. Pasaba horas
y horas rezando y meditando. Jamás comía carne. Dedicaba bastantes
horas al trabajo manual, y logró que sus seguidores se convencieran
de que el trabajo no es un rebajarse, sino un ser útil para la sociedad
y un modo de imitar a Jesucristo que fue un gran trabajador, y hasta un
método muy bueno para alejar tentaciones. Ayunaba cada día,
y su desayuno lo tomaba en las horas de la tarde. La mañana la pasaba
sin comer ni beber. Atendía a todos los que le iban a hacer consultas
espirituales, que eran muchos, y de vez en cuando se iba por los pueblos
de los alrededores, con sus monjes a predicar y a tratar de convertir a
los pecadores. Su trato con todos era extremadamente amable y bien educado.
Su presencia era venerable.
Morir de pie, como los robles. El 21
de marzo del año 543, estaba el santo en la Ceremonia del Jueves
Santo, cuando se sintió morir. Se apoyó en los brazos de
dos de sus discípulos, y elevando sus ojos hacia el cielo cumplió
una vez más lo que tanto recomendaba a los que lo escuchaban: "Hay
que tener un deseo inmenso de ir al cielo", y lanzando un suspiro
como de quien obtiene aquello que tanto había anhelado, quedó
muerto.
Dos de sus monjes estaban lejos de allí rezando, y de pronto vieron
una luz esplendorosa que subía hacia los cielos y exclamaron: "Seguramente
es nuestro Padre Benito, que ha volado a la eternidad". Era el momento
preciso en el que moría el Santo.
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El
arte de ver y comprender(Por José Cristo Rey) |
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Mt 13, 1-23Cuando una persona no está dispuesta a ver, a comprender,
ni ve ni comprende. Cuando una persona está alerta, busca, se deja
llevar del corazón, ver y comprende incluso aquello que nunca se
imaginó. Quien nada espera, no vigila. Quien espera, intenta no
perderse la mínima señal. Jesús se quejaba de esto.
Había en su tiempo, entre su gente, personas que nada esperaban,
que no vigilaban... Para muchos de ellos y ellas, sus palabras no tenían
sentido. Sus parábolas no traían ningún mensaje:
"miran sin ver, escuchan sin oír y entender".
También
hoy, en nuestras sociedades, encontramos personas totalmente cerradas
a entender algo nuevo, algo diferente.
Jesús lo expresó de otra forma con la parábola de
la semilla. ¿Porqué la Palabra de Dios germina en unas personas
y no en otras? Porque hay cerrazón, hay corazones poco abiertos
a la novedad, cerebros enormemente cerrados al nuevo conocimiento.
Me he encontrado con algunas personas, que se llaman creyentes, pero que
están cerradas, no tienen nada nuevo que aprender, ningún
conocimiento con el que enriquecerse. Están cerradas "a causa
de sus dogmas" a la Verdad.
Jesús nos enseña hoy el arte de ver y comprender. Es buen
o dejarse fecundar por lo nuevo; tener una tierra en la que toda buena
semilla pueda germinar.
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Entorno
al Evangelio del día: Cuidados-esmeros-preparativos |
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Nadie pone más cuidado en sus haceres que el sembrador en las tareas
de la siembra. Si fundamental y decisivo es disponer el acopio de la buena
semilla, no lo es menos el realizar con el mayor esmero los preparativos
encaminados a la mejor disposición del campo que la va a acoger.
Sembrar es poner en marcha un proceso de nueva vida que requiere las más
exquisitas atenciones, puesto que en su camino, a veces largo, van a producirse
complejas mutaciones y están en juego esperanzas que penden de innúmeras
condiciones. El labrador sabe que en la siembra prometedora está
la raíz de la esperanza de su vivir. Con la semilla entrega lo mejor
que tiene para que ésta, transformada y renovada, vuelva a él
en los frutos acariciados y largamente soñados. Por eso, todos sus
esmeros se le antojan pocos, sabiendo que, al fin, todo dependerá
de la generosidad del campo elegido.
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La
fe de Brasil |
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Esta foto, que ha dado la vuelta al mundo, está tomada al concluir
el partido de la final del campeonato mundial de fútbol en Japón.
De rodillas sobre el césped, los jugadores, técnicos y directivos
del equipo brasileño dan gracias a Dios por el éxito deportivo
obtenido.
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7
OPCIONES PARA UN BUEN VERANO |
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Descanso
El tiempo, en sí mismo, no nos otorga la seguridad de conseguir el
equilibro y la paz interior que quisiéramos. En el fondo de nuestras
personas, en el hontanar de la conciencia es donde hemos de aprender a buscar,
sobre todo, la serenidad que el trasiego de los acontecimientos del año
nos impiden.
Cuando no se encuentra descanso en uno mismo, es inútil buscarlo
en otra parte.
François de la Rochefoucauld
Contemplación
Inmersos en el ruido o empujados por el mero activismo, pasamos de largo
de muchos aspectos que nos pueden aportar felicidad interna y externa. En
el horizonte, muchas veces, podemos encontrar respuestas.
Nada es imposible para el que practica la contemplación. Con la contemplación
se deviene dueño del universo.
Lao-Tsern
Lectura
Los acontecimientos pretéritos, presentes y futuros, pueden ser iluminados
desde la elección de un buen libro para la lectura.
La lectura de un buen libro es un diálogo incesante, en el que el
libro habla, y el alma contesta.
André Maurois
Convivencia
Convivir significa compartir experiencias o, simplemente, estar un poco
más con los demás.
Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces;
pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos.
Martin Luther King
Espiritualidad
La creación, en el verano, parece que se nos revela con una fuerza
extraordinariamente nueva.
El hombre es una infinitamente pequeña copia de Dios. Bastante gloria
es ésta para el hombre. A pesar de mi insignificancia, reconozco
que Dios está en mí.
Víctor Hugo
Alegría
La alegría no reside en la sonrisa, sino en la armonía que
uno posee en su corazón y que es capaz de desplegarla y hacerla visible
hacia los demás.
Ten buena conciencia y tendrás siempre alegría. Si alguna
alegría hay en el mundo la tiene seguramente el hombre de corazón
puro.
Kempis
Familia
Estar con los que uno más quiere es dejarse conocer e interesare
por los que, viviendo conmigo, pueden llegar a ser unos perfectos desconocidos.
De qué sirve brindar a los hijos todos los caprichos, si no les brindamos
una verdadera familia?. S. Biffi
J.Leoz |
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A
- Domingo 15o. del Tiempo Ordinario Fuente: Autor: P. Octavio Ortíz
Sagrada Escritura |
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Primera: Is 55,10-11 Salmo 64 Segunda: Rm 8, 18-23 Evangelio:
Mt 13, 1-23 Nexo entre las lecturas
La liturgia de este día se mueve como un péndulo entre dos
verdades importantes. De una parte se subraya la eficacia de la Palabra
de Dios. Todo aquello que Dios dice es verdadero y encontrará su
cumplimiento en el momento oportuno. Ella, la Palabra de Dios, desciende
desde el cielo como lluvia que empapa y fecunda la tierra (1L). Por otra
parte, aparece la necesidad de que el terreno esté bien preparado
para acoger la semilla y producir fruto. Aunque el sembrador siembra a
voleo y con auténtica generosidad y a pesar de que la semilla tiene
una virtualidad propia, se requiere que la tierra esté preparada
y bien dispuesta (EV).
El tema es de grande interés, se trata de la colaboración
entre la gracia de Dios y la aportación de la libertad humana.
Una comprensión exacta y profunda de la liturgia de este día,
nos conduce sin duda a una vida cristiana más auténtica
y más comprometida, fundada ciertamente en la eficacia de la Palabra
de Dios, pero al mismo tiempo responsable de los dones recibidos y de
la necesidad de producir fruto. Por su parte, el texto de la carta a los
romanos nos muestra que la creación entera está expectante
aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios.
Nos encontramos en una situación paradójica: el hombre ha
sido ya salvado y redimido por la obra de Cristo, pero aún le queda
peregrinar en la tierra hacia la posesión plena de Dios. “Ya,
pero todavía no”. La imagen de un parto que entraña
simultáneamente gozo y dolor, expresa adecuadamente la situación
del cristiano: posee las primicias del espíritu, pero gime hasta
llegar a la redención de su cuerpo (2L).
Mensaje doctrinal
1.-La Palabra de Dios es eficaz. La Palabra de Dios revela,
pero al mismo tiempo obra aquello que revela. Ella es verdadera y es eficaz.
Esta segunda característica es la que aparece más claramente
en el texto del deutero Isaías que hoy consideramos. La imagen,
tomada de la vida del campo, es particularmente sugestiva y penetrante:
la lluvia y la nieve caen del cielo, pero antes de tornar nuevamente allá,
fecundan la tierra y producen un fruto abundante. De igual modo la Palabra
de Dios desciende del cielo, pero no torna sin llevar un fruto.
Esta afirmación es altamente consoladora para quien tiene en suma
estima la Palabra de Dios y medita en ella “ día y noche”.
Podemos afirmar que toda la Biblia está penetrada de esta verdad.
En ella se funda la esperanza del pueblo, sobre todo en los momentos de
mayor angustia y adversidad, pues la Palabra de Dios no puede quedar incumplida.
El texto de Isaías se encuadra en la dura prueba del exilio, ante
ella Israel medita la promesa del Señor: Dios ha prometido la liberación
del exilio como un nuevo éxodo; no se puede dudar de que esto tendrá
lugar porque Dios cumple aquello que dice. Su palabra no es vana sino
eficaz. Esta Palabra posee además una dimensión creativa.
Produce una nueva realidad que no existía y hace nuevas todas las
cosas.
El salmo 32 explica esta verdad:
Por la palabra de Yahveh fueron hechos los cielos
por el soplo de su boca toda su compañía.
Pues él habló y fue así,
mandó él y se hizo. (Sal 33, 6,9)
Así
la Palabra de Dios es creadora. Creadora de la historia, especialmente
de la historia salvífica. En cada instante tiene el poder de crear,
de dar la vida, de ofrecer la salvación. En realidad esta Palabra
de Dios es su plan salvífico es la expresión de su amor
que se ha concretado en su alianza con Abraham (la promesa de una descendencia
numerosa - y la promesa de la tierra) con Moisés (la Alianza sinaítica
constituye el pueblo y hace presente la cercanía del Señor).
Esta alianza encuentra su máxima expresión en Jesucristo,
la Palabra de Dios encarnada. Él nos manifiesta el amor del Padre
y nos envía su Espíritu para llevar a cumplimiento el plan
de salvación en su cuerpo que es la Iglesia.
2. El sembrador y la esperanza. La experiencia humana
nos demuestra que junto con la siembra nace la esperanza del sembrador.
La siembra tiene su origen y raíz en la esperanza, pues nadie sembraría
si no tuviera la confianza de recoger un fruto; pero al mismo, la siembra
alimenta la esperanza. Al ponerse a trabajar el sembrador en la preparación
de la tierra y en el esparcimiento de la semilla, su espíritu se
llena de esperanza y de gozo al ver en el futuro realizada la promesa
de su trabajo. De este modo el sembrador tiene su mirada puesta, no tanto
en los trabajos presentes, llenos de fatiga y sudor, sino en el futuro
que promete una valiosa cosecha.
La fecundidad de la que nos habla la parábola del Señor
es simbólica. En realidad en los terrenos de Palestina la fertilidad
de la tierra arroja al máximo el diez por uno. Hablar por la tanto,
del treinta, sesenta y cien por uno, supone una fertilidad que supera
con mucho las posibilidades de la tierra misma y posee un carácter
simbólico. Ahora bien, el sembrador lanza su semilla a voleo y
sabe que parte de su semilla se pierde, cae en tierra infértil,
se queda al margen del camino, se la comen los pájaros, cae entre
piedras y espinos... Sin embargo, no por ello deja de sembrar; muy por
el contrario, cuanto mayor pueda ser el riesgo de que el terreno no produzca
todo lo deseado, tanto mayor será el cuidado de sembrar con la
mayor de las artes posibles. Mal sembrador sería el que guardase
la semilla en el saco por temor de los peligros. Debe enfrentar con entereza
de ánimo los riesgos del terreno y debe seguir sembrando, pues
únicamente con una siembra generosa se puede esperar una cosecha
ubérrima.
Lo espléndido de la parábola es que no obstante que el terreno
es irregular y no ofrece excesivas garantías, el sembrador lanza
su semilla y, algunos meses más tarde, la semilla empieza a producir
su fruto, en algunos casos treinta en otros sesenta y en el cien por uno.
Ello confirma que el sembrador tenía razón en sembrar con
generosidad y grande sacrificio. Era preciso no ahorrarse esfuerzo alguno
y aprovechar con inteligencia el tiempo disponible. Un sembrador que,
previendo que parte de su semilla quedase fuera del camino, renunciase
a sembrar y a intentar nuevos caminos, obraría insensatamente.
No manifestaría plena confianza en el poder de la semilla para
vencer los obstáculos y crecer, incluso en aquellos lugares donde
la tierra no asegura ni el treinta por uno. En realidad, el sembrador
no puede dejar de sembrar. Es aquí donde se revela la profundidad
de vida de esos hombres, los santos, que no se conceden descanso en su
labor apostólica. Nos sorprende ver cuántas y cuan valiosas
obras han puesto en pie en un arco relativamente corto de tiempo. Pensemos
en santo Tomás de Aquino y la Suma de Teología por ejemplo,
o en san Juan Bosco que en poco tiempo puso en pie innumerables instituciones
en favor de los jóvenes. El mundo está en espera de la manifestación
de los Hijos de Dios.
Sugerencias pastorales
1. Hay que vivir sembrando. Hay algunos que ante las
dificultades de los tiempos presentes se echan atrás, pierden el
sentido de su existencia, se dejan arrebatar por el miedo y la inhibición
en la práctica del bien. La liturgia de este día nos invita
más bien a lo contrario: a confiar en la eficacia de la palabra.
Espontáneamente viene a nuestra mente la exhortación del
apóstol de las gentes: Proclama la Palabra, insiste a tiempo y
a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina.
2 Tm 4,2. Proclama la Palabra, sé un buen sembrador, no te reserves
tiempo ni energías. En tu esfuerzo de hoy está tu esperanza
del mañana. En tu lucha cotidiana, está el descanso de una
vida eterna con Dios y una fecundidad espiritual que supera con mucho
las cualidades mismas del terreno. Insiste a tiempo y destiempo, es decir,
siembra a manos llenas.
Ten confianza en la semilla, prepara el terreno, aprovecha el día,
porque la vida es corta y la eternidad ya ha comenzado.
Ninguno de los sacerdotes prisioneros en Dachau durante el último
conflicto mundial imaginó ni siquiera de lejos que su testimonio
de vida, de amor a la eucaristía, de caridad cristiana, vencería
el odio del adversario, rompería las alambradas de espinas y los
campos de concentración y daría frutos en cientos de sacerdotes
que vienen detrás iluminados por su fidelidad y testimonio. La
semilla había caído en el surco y empezaba a fructificar.
2. Es necesario preparar el terreno. La parábola
del sembrador invita espontáneamente a hacer examen de la propia
vida. ¿Qué tipo de terreno soy yo? ¿Qué tipo
de terreno ofrezco a la semilla que Dios pone en mi alma? Sería
de desear que en este día entráramos al fondo del alma y
nos decidiésemos con sinceridad a ser buen terreno, a cultivar
nuestra alma, quitando piedras y espinos, es decir, pasiones desordenadas,
vicios y pecados.
La palabra de Dios suena en nuestra alma como campana que toca a rebato,
es decir, como invitación para reunir las fuerzas espirituales
de frente al enemigo de nuestra alma (el orgullo, el amor propio, el demonio,
el mundo) y preparemos el terreno con la gracia, la virtud.
Pero también es necesario preparar el terreno de las almas encomendadas.
Los padres deben preparar el terreno en el corazón de sus hijos
para acoger el amor de Dios. Los maestros educan no sólo las mentes,
sino primeramente el corazón y el alma de sus educandos. Todos
somos responsables del bien espiritual y material de nuestros hermanos.
Todos tenemos la obligación de preparar el terreno para la llegada
de Dios.
No nos cansemos de ser buenos agricultores de los surcos divinos, no nos
cansemos de preparar el camino para que Jesucristo halle una digna acogida
en el corazón de las personas.
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