Reflexiones entre amigos
Revista semanal elaborada por:
MOVIMIENTO DE ADORACION PERPETUA A.R.P.U.
PARROQUIA DE SANTA MARIA LA REAL DE LA CORTE
OVIEDO
17 de Julio de 2005
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DOMINGO XVI 2005
ANUNCIO DEL CONGRESO EUCARÍSTICO EN ASTURIAS

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Lectura del santo Evangelio según San Mateo 13,24-43.

En aquel tiempo, Jesús propuso está parábola a la gente:
-El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo:
-Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?
El les dijo:
-Un enemigo lo ha hecho.
Los criados le preguntaron:
-¿Quieres que vayamos a arrancarla?
Pero él les respondió:
  -No, que podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega, y cuando llegue la siega diré a los segadores:
-Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.
[Les propuso esta otra parábola:
El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas y vienen los pájaros a anidar en sus ramas. 
Les dijo otra parábola:
El Reino de los Cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina y basta para que todo fermente.
Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les exponía nada.
Así se cumplió el oráculo del profeta: «Abriré mi boca diciendo parábolas;
anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo.»
Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle:
-Acláranos la parábola de la cizaña en el campo.
El les contestó:
-El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles.
Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será el fin del tiempo: el Hijo del Hombre enviará a sus ángeles, y arrancarán de su Reino a todos los corruptores y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.]
Palabra del Señor
 
FERMENTO DE HUMANIDAD: Par: /Lc/13/20-21
 
Se parece a la levadura...

Sorprende ver con que frecuencia se dirige Jesús a sus discípulos para ponerlos en guardia contra una falsa "impaciencia mesiánica" que no sabe respetar el ritmo de la acción discreta pero vigorosa de Dios.

A los que esperan de él la puesta en marcha de un movimiento contundente y arrollador, capaz de expulsar del teatro de la vida otras corrientes y alternativas, Jesús les habla de una acción de Dios más humilde y respetuosa.

El mundo es un campo de siembras opuestas. Y el Reino de Dios crece ahí, en la densidad de esa vida a veces tan ambigua y compleja.

Ahí está Dios salvando al hombre. En esos comportamientos colectivos de la humanidad animados a veces por grandes ideales y otras por oscuros egoísmos. En esos mil gestos que hacemos los hombres cada día y donde se mezclan la generosidad con las mezquindades mas inconfesables.

A quienes esperan el despliegue de algo espectacular y poderoso, Jesús les habla de un reinado de Dios más sencillo y discreto. Algo que no está hecho para desencadenar movimientos grandiosos de masas.

El Reino de Dios está ya actuando pero como un grano de mostaza minúsculo y casi irrisorio que empuja hacia la vida, como un trozo imperceptible de levadura que se pierde en la masa fermentándola desde dentro.

Jesús no ha encontrado imágenes más apropiadas para evocar y explicar lo que él quiere poner en marcha en el mundo. Pero los cristianos seguimos sin querer entenderle. La salvación no vendrá de tal institución, de tal movimiento, de tal nación, de tal teología ni de tal iglesia, sólo porque nosotros pretendamos ver ahí el Reino de Dios. Al Reino de Dios no le abriremos camino lanzando excomuniones sobre otros grupos, partidos o ideologías ni condenando todo lo que no coincide con nuestro "dogma particular".

El Reino de Dios no lo implantaremos en la sociedad concentrando grandes masas en los estadios o logrando el aplauso pasajero de las muchedumbres.

El Reino de Dios es un "fermento de humanidad" y crece en cualquier rincón oscuro del mundo donde se ama al hombre y donde se lucha por una humanidad más digna. Al Reino de Dios le abriremos camino dejando que la fuerza del evangelio "fermente" nuestro estilo de vivir, de amar, trabajar, disfrutar, luchar y ser.

JOSE ANTONIO PAGOLA
 
LOS OBSTACULOS
PARA NO LLEGAR A DIOS (Javier Leoz)
 
XVI DOMINGO TIEMPO ORDINARIO


Seguimos, un domingo más, con estas pláticas (bien aleccionadoras) en forma de parábolas. Cizaña, mostaza y levadura son tres características de un mismo tríptico con el que Jesús nos invita a ver y valorar nuestra fe.

Cizaña. Lo que nos separa de Dios. Son los tropiezos de cada día. Es aquello que nos ahoga e impide crecer como cristianos y también, porqué no decirlo, como personas. Estamos tan habituados a vivir entre cizaña que, a duras penas, podemos distinguir  el bien y del mal, entre lo que es fruto y la simple hojarasca. Ciertamente, teniendo el evangelio en la mano, hay que ser paciente, no arrasar con aquello que nos puede parecer a simple vista negativo o contradictorio a nuestra fe. Pero, también es verdad, que habremos de luchar con todas nuestras fuerzas para no dejarnos teñir por los tentáculos de la maldad aunque venga disfrazada de falsos progresismos. ¿Cizaña? A todas horas y en muchos campos: en la conciencia, en el pensamiento, en el trabajo, en la iglesia, en los grupos, en la política.  Lo malo, no es que exista la cizaña, lo malo es acostumbramos a crecer (o decrecer) en medio de ella e ir cediendo terreno, queriendo o inconscientemente, en aquello que es esencial en el seguimiento a Jesús.

Una vez conscientes de la verdad que llevamos entre manos. Del esfuerzo que supone “pelear” con la fuerza pequeña e invisible del evangelio, nos daremos cuenta qué conlleva el ser levadura cristiana en el mundo. La semilla de Dios puede que sea pequeña. Que a veces nos parezca del todo utópica o inservible. La mostaza, es ese gran regalo que recibimos en el día de nuestro Bautismo. Puede que, al paladar egoísta y pragmático, nos parezca inexistente o que, incluso, todo lo que rezamos y celebramos, realizamos o ayudamos nos resulte aparentemente estéril. Esa es la grandeza de Dios: sin saberlo nosotros, El va haciendo de las suyas. Qué sugerente aquel diálogo entre Santo Domingo de Guzmán y la Virgen María: “Domingo; siembras mucho pero riegas poco”.

Hasta hace cuatro días, nuestra sociedad occidental, estaba totalmente impregnada (por lo menos exteriormente) del aroma del Evangelio. En la actualidad, y por diversas razones que todos conocemos, urge y se nos presenta una nueva evangelización. Ésta sólo será posible, si cada cristiano (seamos muchos o pocos) nos ponemos como objetivo, en  nuestro paso por el mundo, el deseo de ser levadura. De iniciar a muchos desde cero en su práctica cristiana. Ser levadura, acostumbrados a ser masa, es difícil. Pero el Señor, por si lo hemos olvidado, nos da la seguridad de que en medio de la noche oscura, dificultades, persecuciones, falta de vocaciones, etc., el Espíritu Santo sigue actuando. Me gusta aquello del viejo poeta: “no seamos salero, seamos luz; no seamos sol, seamos estrellas; no seamos océano, seamos gotas de agua, no pensemos en ser bosque que cada uno sea un árbol”.

No es bueno plegarse de brazos, por supuesto que no, pero tampoco es positivo el que lleguemos a pensar que “esta empresa” es tan nuestra, que no dejemos a Dios la suficiente libertad para actuar en ella o seamos tan desconfiados que creamos que, el presente y el futuro de la fe, depende exclusivamente de nuestros esfuerzos y empeños pastorales.
 
 
 
Señor;
Porque tu siembra fue buena en mí,
dale constante crecimiento
Porque tu siembra puede malograrse,
vela por ella hasta el final
Porque tu siembra es pequeña,
haz que –aún siendo invisible- se haga grande
Porque tu siembra puede ser asolada,
cobíjame a la luz de tu Espíritu
Porque tu siembra puede ser robada,
asegúrame con la llave de la oración
Porque tu siembra puede ser asfixiada,
aparta de mí aquello que la aprisiona
Porque tu siembra puede quedar en nada,
hazla fructificar con el abono de tu gracia
Amén
 
 
  El mal siempre ha sido una pregunta fundamental de la Filosofía y Teología. Las respuestas a este tema han sido varias a lo largo de la historia de la filosofía y  de la religión: Desde el admitir dos co-principios, el del bien y el del mal, igualmente originarios y poderosos hasta creer que el mal siempre supone, siguiendo a Platón, un conocimiento inadecuado por parte del hombre.

Los cristianos ante la existencia trágica del mal nos comportamos, a menudo, como Juan y Santiago. “Señor, manda fuego sobre esta ciudad”. La postura de Cristo es, siguiendo la tradición de primera lectura, la de dejar que el bien (trigo) y el mal (cizaña) crezcan juntos por el momento, pues el exterminio repentino y obsesivo del mal puede conllevar la destrucción, en parte, del bien.

La historia es fiel reflejo de lo expresado por Cristo... ¡tantas veces hemos cometido injusticias espantosas por salir a luchar por los pretendidos fueros de Dios y de su Iglesia!. Olvidamos, a menudo, las palabras radicales de Jesús: “no juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados”. Hasta el final de la vida ¿quién es bueno? y ¿quién malo?... Nadie podemos presumir mientras vivimos. Cuando haya caído la tarde el Padre separará el trigo y la cizaña de nuestras vidas.  
 
Ser trigo y no cizaña
 
"El Reino de los cielos se parece a un hombre que sembró..." (Mt 13, 24)

  Las palabras de Jesucristo conservan aún su lozanía y su sencillez. Sus metáforas e imágenes son universales, válidas después de tantos siglos; tienen la misma fuerza expresiva, la misma carga doctrinal. El campo de la siembra, nos dice hoy, es el mundo. En ese terreno ancho, un campo abierto, sembró Dios siempre. Sin descanso alguno. Ya al principio su semilla cayó generosa. Sin embargo, la tierra no siempre respondió. El Señor quiso al hombre libre, capaz de optar por el bien o por el mal. Y el hombre optó por el mal. Por eso, junto al buen trigo, creció la sucia cizaña, la mala hierba.

Dios puede escardar ya a fondo y limpiar del todo su sementera. Pero no quiere hacerlo, para no correr el riesgo de arrancar el trigo con la cizaña. Quiere dar ocasión a la mala hierba, para que se cambie en buena. Pensó que el hombre, al ser todavía libre, podría recapacitar y convertirse de su mala vida. De hecho, muchos así lo hicieron y descubrieron a tiempo la desgracia que implica el vivir lejos de Dios, y se volvieron a él, avergonzados y arrepentidos. Ahora sigue el proceso de ese crecimiento conjunto del trigo y la cizaña. Dios espe­ra... Miremos hacia dentro y convirtamos lo malo en bueno, y lo bueno en mejor. No seamos cizaña que envenene el mundo, seamos buen trigo que sirva de alimento a los hombres y de satisfacción a Dios.

Porque al final tendrá lugar la siega. Entonces el trigo será reunido en los graneros luminosos de una eternidad feliz, mientras que la mala hierba será quemada para siempre en los tenebrosos parajes del infierno. Dios espera paciente, hemos dicho y lo repetimos, pero no indefinidamente. Hay un plazo, cuya extensión ignoramos. Puede ser largo, o puede no serlo. En realidad siempre, al final lo entenderemos, es un plazo corto pues el tiempo, por su misma naturaleza, es fugaz y efímero.
 
SATANAS
 
Satanás, el Diablo, el jefe de los demonios, el maligno, Belial, Belcebú (literalmente "Señor del estiércol"), el enemigo, la antigua serpiente, el Príncipe de este mundo, son nombres que sirven para personificar las fuerzas del mal.

Al ser misterioso que interviene ante Eva para incitarla al pecado se le llama serpiente, "el más taimado de los animales" (Génesis 3, l). Pero esta serpiente es presentada como dotada de una inteligencia y habilidad que superan las del hombre. Seductora y envidiosa de la felicidad del hombre, se sirve del engaño y de la mentira.

No obstante, siempre está dominada por Dios. En la Biblia aparecen el espíritu del Bien y el espíritu del Mal y siempre en condiciones de desigualdad.

A este "adversario", más perverso que los hombres, recurren algunos para explicar algunos comportamientos especialmente odiosos y maléficos de la humanidad.

Los evangelistas presentan la vida


pública de Jesús como un combate contra Satanás, primero en el desierto (las tres tentaciones), después con los enfermos y los posesos, considerados como atados por Satanás.

La liberación de estos desgraciados es una prueba de que "llega el Reino de Dios" (Mateo 3, 22). En la Pasión, diríase que triunfa Satanás, pero es vencido (Juan 12, 31) y no tiene poder alguno sobre Cristo.

La existencia del mal en el mundo es un misterio inexplicable. Hoy más que nunca hay que combatir contra el mal. La fe y la oración deben conseguir que no crezca Satanás, que no sea el dueño del mundo, que nadie lo ignore ni se deje seducir por su tentación...
 
La Cizaña (José Antonio Pagola)
 
La cizaña es una palabra que abarca a todas las plantas que dañan la agricultura. Según el libro de los Proverbios, crece a cuenta de la pereza: “pasé cercano al campo de los perezosos y todo eran ortigas y cardos cubriendo la tierra”.(24,31). Según Oseas (9,6) o Isaías (34,13), tales plantas dañinas son un castigo divino contra los pecados de los hombres.

La cizaña, de la que habla Jesús en la parábola es, sin duda la “cizaña engañosa”, cuyas espigas se parecen a las de trigo. En griego se dice Zizanion”, y cuando decimos la expresión “sembrar la cizaña” nos referimos a la siembra hecha por el demonio.

Y, así como se queman las malas hierbas, así también todo lo que procede del maligno será echado al fuego.
Pero los comentaristas de estas parábolas ha subrayado, sobre todo, la paciencia divina durante nuestra vida en este mundo.
 
Dejadlos crecer juntos
Mt 13, 24-43
 
Sin tolerancia no es posible progresar en los intrincados pro­blemas del mundo moderno. Sin más tolerancia nunca conoce­remos los hombres la paz. Ciertamente, la tolerancia no es la solución para ningún conflicto. Pero es condición básica para acercarnos a algún tipo de solución. El clima necesario e indis­pensable para que gentes de ideologías o posturas políticas dife­rentes puedan buscar fórmulas de convivencia pacífica.

La tolerancia no tiene como punto de partida el consenso, sino justamente lo contrario. La tolerancia consiste en aceptar el disenso que nace del pluralismo de posturas para lograr entre todos aquello que mejor puede responder al bien común.

Para la persona que se enfrenta a los problemas con espíritu tolerante, las diferencias no tienen por qué ser necesariamente un obstáculo para el mutuo entendimiento. Al contrario, nos podrían llevar a una convivencia más rica y estimulante. La diferencia de posturas no debería ser una amenaza, sino un reto para avanzar.

El mayor enemigo de la tolerancia es el fanatismo. Esa postura ciega e intransigente de quien se cree en posesión absoluta de la verdad o la justicia, y, por lo tanto, excluye a todo aquel que se le oponga. Desde el fanatismo es imposible el diálogo y la convivencia pacífica. Sólo impera la fuerza y la imposición.

La tolerancia, por el contrario, capacita para “aceptar” al otro, no para destruirlo o eliminarlo. Pero sería una equivocación pensar que se trata sólo de una actitud pasiva, de “soportar” que el otro piense o actúe de forma diferente a la mía. Al contrario, la tolerancia es activa y operante. Busca el asentamiento de una convivencia siempre más justa y siempre menos violenta.

Por eso, precisamente, hay algo “intolerable”, y es el atentado contra la dignidad y el valor inalienable de la persona humana. No se puede invocar ninguna ideología, patria o religión para justificar la agresión, el desprecio o la destrucción de la persona. Cuando está en juego la dignidad o la vida de un ser humano, es un deber ser intolerante frente al mal. Así fue la actuación de Jesús que no permitió que nada, ni siquiera la religión, se utilizara contra el hombre.

Por eso nos enseñó en la parábola del trigo y la cizaña a respetar siempre la dignidad del otro. Nadie ha de “arrancar” la vida de ningún ser humano sólo por considerarla cizaña, mientras uno se autoproclama “trigo limpio”.
 
R E F L E X I O N E S
INTOLERANCIA-IMPACIENCIA
 
La prensa se ha hecho eco y con tintes alarmistas. Crece y se exaspera la intolerancia. Primero fue la condena a muerte contra el escondido autor de "Versos satánicos". Luego los problemas étnicos en algunas repúblicas soviéticas o yugoslavas. Ahora se habla del resurgir de grupos reaccionarios, del recrudecimiento racista en EE.UU., de brotes de xenofobia contra colectivos inmigrantes, de profanación de tumbas judías, de intentos de linchamiento contra tal o cual inculpado -¡presuntamente inculpado!-. Y eso no son más que las puntas emergentes de los grandes icebergs que flotan en las aparentemente tranquilas aguas de nuestro mundo plural. Plural, sí; no pluralista, que todavía falta mucho para aprender un respeto a los distintos.

Pero hay también otros síntomas, menos periodísticos tal vez, pero más frecuentes y arraigados, que pueden dar al traste con el pluralismo y fragmentar el mundo en mil reinos taifas, sin orden ni concierto, lo que sería la vuelta al caos. Me refiero a la intolerancia -¡de intolerancia se trata!- que bulle en caldo de cultivo en toda esa sarta de improperios, descalificaciones, insultos y palabras gruesas con que rechazamos a los otros.

Con frecuencia, con tanta frecuencia como precipitación, juzgamos a los demás, no por lo que son, sino por lo que fueron, colgándoles a la espalda su pasado y sin permitirles un cambio, una mejoría o ruta distinta. Así les colgamos el sambenito "de lo que sea" y los ejecutamos simbólica y aun realmente, negándoles en adelante el pan y la sal. Y eso es malo. Porque poner etiquetas a la gente no es más que echarles en cara nuestros prejuicios y denunciar en los otros lo que nos corroe a nosotros por dentro. El intolerante jamás tolera en los demás lo que él no aguanta, pero no puede evitar, en sí mismo.

La intolerancia nace de una visión maniquea del mundo. La humanidad se divide en buenos y malos (blancos y negros, hombres y mujeres, etc.). Los míos y yo pertenecemos a los buenos, tú y todos los demás os contáis entre los malos. Y así, sin más razón que ese prejuicio insensato del fanático, no se escucha a los otros, ni se les mira, ni se les dirige la palabra. No vale la pena. La intolerancia es como una especie de daltonismo social, que no sabe distinguir los colores ni sus matices. Todo resulta blanco o negro. Y no se cae en la cuenta de que todos estamos en la zona gris. Pues aunque es verdad que hay trigo y cizaña, lo cierto es que nadie es trigo limpio.

Nada más útil para aprender la intolerancia y mejorar su práctica que darse una vuelta por el propio campo para ver cómo crecen juntos trigo y cizaña. Porque es ahí, en la conciencia de nuestros propios yerros, donde podemos empezar a comprender los yerros de los otros. Y comprender, o tratar de hacerlo, ya es una manera de prepararse para ser tolerantes. La intolerancia, en efecto, es paciencia, o sea, capacidad de encajar las dificultades que me ocasionan los otros, por ser otros (y no como yo, claro). Dificultades que, por lo general, no suelen ser mayores que las que yo les ocasiono con mis diferencias.

La tolerancia es también humildad, pero en el sentido genuino de saber valorar lo que somos y valemos y, en consecuencia, lo que no somos y para lo que no valemos. Ahí podemos empezar a calibrar que también los otros pueden tener razón, siquiera en aquello en lo que nosotros no la tenemos. Es más cómodo creer en las propias razones, pero así es muy fácil engañarse con apariencias o "sinrazones".
 
CHISTE MALO
 
 

Hay quien ve la brizna en el ojo ajeno y no ve la viga en el suyo.
¡Que no sean bizcos y miren panorámicamente para los dos lados

   
No a la intransigencia
   

La parábola del trigo y la cizaña descalifica, especialmente, la intransigencia, tan usual entre quienes detentan autoridades y poderes, pero también entre los "de a pie". La intolerancia ha llegado a ser vivida como una virtud a lo largo de muchas épocas históricas y en la mayoría -por no decir en la totalidad- de las culturas y religiones que han existido y existen. Lefebvre, el Islam, el Sionismo... son algunos dolorosos ejemplos de nuestros días. Las guerras santas (de la edad media y del siglo XX no son otra cosa que la expresión más radical y violenta de la intransigencia. Las dictaduras, la represión, los estados policiales, los regímenes de partido único... son otro tanto.

Pues bien, la intransigencia nunca ha sido muestra de integridad en el intransigente, sino de desconocimiento de sí mismo o de proyección en el prójimo de los propios defectos. Esto no lo podemos olvidar. Quien no es capaz de aceptar sus propios elementos negativos y reconciliarse con ellos, sea porque los ignora por completo, sea porque se niega a aceptarlos, se hace incapaz de admitir comprensivamente esos mismos fallos en los demás, y ahí surge la intransigencia, la intolerancia. El encuentro, la reconciliación, la comprensión hacia los fallos del prójimo sólo se dan cuando el hombre es capaz de reconciliarse consigo mismo.

Y toda forma de intransigencia, aunque se justifique con argumentos racionales y morales, es señal manifiesta de que la persona intolerante, o no se conoce, o busca condenar en el otro lo que de ninguna manera desea aceptar para sí. Y al revés: en la medida en que somos conscientes de nuestra pobreza y limitación
encontraremos en todo hombre, por muy corrupto que sea, un hermano que participa y comulga de nuestra propia realidad.

La condena de los "herejes" puede ayudar a combatir la propias dudas de fe, el desprecio por prostitutas u homosexuales puede ser un modo sutil de no reconocer ciertos deseos nunca explicitados, el enemigo político puede resultar muy útil para lanzar contra él la inseguridad nacional, las acusaciones contra la juventud pueden compensar una inconfesada envidia por quienes viven la vida con otro aire...

Pero ninguna persona que sea más o menos consciente de su verdad, que haya llegado a ese grado de madurez de conocer y reconocer sus cualidades y sus defectos, sus virtudes y sus fallos, podrá condenar con intransigencia ninguna conducta humana. Todo integrismo radical puede encontrar aquí su explicación y, si está dispuesto, su cura.

-Nota final

A lo largo de esta reflexión hemos utilizado repetidas veces los términos "bueno" y "malo". Sobre esto hacemos las siguientes aclaraciones:

-Hemos usado los términos en el sentido popular y coloquial en que suelen ser usados, no por aceptación de los mismos, sino por acomodación a la forma corriente de expresarse. -En reiteradas ocasiones hemos dejado claro que la bondad no es meta del cristiano, sino de todo hombre, pues la bondad pertenece al terreno de la conciencia, y ésta es patrimonio de todo ser humano.

-En todo caso, lo más importante para el cristiano no es "ser bueno", sino tener una conducta madura y autónoma que traduzca en hechos nuestra convicción de ser la fuerza transformadora del medio ambiente en el que vivimos.

 
ORACIÓN RECOMENDADA POR LA VIRGEN DE  FÁTIMA
 

"Dios mío creo y espero; os adoro y os amo. Os pido perdón por los que no creen y no esperan; por los que no os adoran y no os aman. (tres veces).
 
El trigo y la cizaña(Laurentino)
 
Dios, dueño de la alquería
llena de trigo y cizaña,
aquí en esta alegoría
manifiesta su esperanza.

Crecen juntos bien y mal,
no se permite la siega,
aquel que se crea especial
que examine su cosecha.

En verdad produce enojo
aquel que se cree sin tacha;

no ve la viga en su ojo
y ve del otro la paja.

¿Quién se cree poder juzgar
quién es bueno y quién es malo?
si paro a considerar
tengo cizaña y buen grano.

Quien caiga en la intolerancia
de juzgar siempre lo malo,
que abandone su ignorancia
y procure sembrar grano.

 
ORACIÓN DE LOS ESPOSOS
 


Señor:


Haz de nuestro hogar un sitio de tu amor.
Que no haya injuria porque Tú nos das comprensión.
Que no haya amargura porque Tu nos bendices
Que no haya egoísmo porque Tú nos alientas.
Que no haya rencor porque Tú nos das el perdón.
Que no haya abandono porque Tú estás con nosotros.
Que sepamos marchar hacia ti en nuestro diario vivir.
Que cada mañana amanezca un día más de entrega y sacrificio.
Que cada noche nos encuentre con más amor de esposos.
Haz Señor de nuestras vidas que quisiste unir,
una página llena de ti.
Haz Señor de nuestros hijos lo que Tú anhelas,
ayúdanos a educar, a orientar por tu camino.
Que nos esforcemos en el consuelo mutuo.
Que hagamos del amor un motivo para amarte más.
Que demos lo mejor de nosotros para ser felices en el hogar.
Y que cuando amanezca el gran día de ir a tu encuentro
nos concedas el hallarnos unidos para siempre en ti.

Amen

 
Sugerencias pastorales
 
1. La fortaleza del cristiano.
El inicio del cristianismo nació como una semilla pequeña rodeada por numerosos peligros. Después de la Ascensión a los cielos, los apóstoles debían enfrentar una situación bastante compleja. Más tarde las primeras comunidades cristianas se vieron asechadas por los judíos y por la persecución romana. La pequeña semilla se abría paso en medio de ingentes dificultades. A primera vista la semilla estaba destinada a perecer. Sin embargo, en esta circunstancia se manifestó la grande fortaleza del alma cristiana. Ellos supieron sufrir las adversidades, supieron distinguir el mal de aquellos que lo cometían. Informaron su corazón con la misericordia que nacía del corazón de Jesucristo y no sólo perdonaban a sus verdugos, sino hacían todo por convertirlos a la misma fe. Las palabras de san Agustín son un espléndido testimonio de lo que obra el Espíritu Santo en el alma de los fieles: Si pedimos que el criminal no sea castigado, no es porque nos agrade el crimen, sino porque detestamos el cimen o el vicio en el hombre; cuanto más el vicio nos desagrada, tanto más deseamos que el culpable no muera antes de enmendarse. Es muy fácil, y es una inclinación de nuestra naturaleza, odiar a los malvados porque son malvados; pero es mejor amarlos porque son hombres, de modo que reprendamos la culpa y, simultáneamente, reconozcamos la bondad de la naturaleza en la misma persona. Sin duda muchos abusan de la indulgencia y de la bondad divina,,, Pero por el hecho que los malvados perseveren en su iniquidad, no deberá Dios perseverar en su paciencia? San Agustín, Cartas, Lett, 153; 1,3-2,4. PL 33, 654-655

2. Vencer el mal con el bien. Ciertamente nos toca vivir una época en la que, por los medios de comunicación, tenemos inmediato conocimiento del mal en el mundo. No pocas veces este conocimiento oprime el corazón. En ocasiones ya no deseamos ver las noticias en la televisión o leer el periódico pues cada día nos aguarda una nueva serie de muertes e injusticias. ¿Qué hacer ante esta situación? La tentación es la de hacer caso omiso al mal o dejarse aprisionar por él cayendo en el cinismo o en la depresión y desesperación. El mensaje cristiano es diverso: cuanto mayor sean las sombras que cubren el mundo, tanto mayor debe ser la presencia de los ciudadanos del Reino, de la buena semilla que embellece los campos. El mundo entero está en espera de la plena manifestación de los hijos de Dios. Así pues, no nos dejemos aherrojar por las cadenas del mal, sino que venzamos al mal con el bien. Sepamos oponer al mal una acción concreta en favor del bien. Si cada cristiano toma en serio su misión de sembrador, si advierte que la semilla de la Palabra de Dios tiene virtualidad propia para convertirse en árbol frondoso, si entiende que la gracia de Dios es una levadura capaz de fermentar toda la masa, no se quedará ausente en la construcción de este mundo sino hará cuanto esté en su mano para abrir surcos de esperanza a las nuevas generaciones.
 
Eucaristía y generosidad
 

Fuente: Catholic.net
Autor: P. Antonio Rivero LC


La generosidad es la virtud de las almas grandes, que encuentran la satisfacción y la alegría en el dar más que en el recibir. La persona generosa sabe dar ayuda material con cariño y comprensión, y no busca a cambio que la quieran, la comprendan y la ayuden. Da y se olvida que ha dado.

El dar ensancha el corazón y lo hace más joven, con mayor capacidad de amar. Cuanto más damos, más nos enriquecemos interiormente.
¿Con quién tenemos que ser generosos? Con todos. Con Dios. Con los demás, sobre todo con los más necesitados.

Manifestaciones de una persona generosa.
· Sabe olvidar con prontitud los pequeños agravios.
· Tiene comprensión y no juzga a los demás.
· Se adelanta a los servicios menos agradables del trabajo y de la convivencia.
· Perdona con prontitud todo y siempre.
· Acepta a los demás como son.
· Da, sin mirar a quién.
· Da hasta que duela.
· Da sin esperar.

Hagamos ahora la relación eucaristía y generosidad.

Generosidad, primero, por parte de Dios.

Generoso es Dios que nos ofrece este banquete de la eucaristía y nos sirve, no cualquier alimento, sino el mejor alimento: su propio Hijo. Generoso es Dios porque no se reserva nada para Él.

Generoso es Dios en su misericordia al inicio de la misa, que nos recibe a todos arrepentidos y con el alma necesitada. Generoso es Dios cuando nos ofrece su mensaje en la liturgia y lo va haciendo a lo largo del ciclo litúrgico.

Generoso es Dios cuando considera fruto de nuestro trabajo lo que en realidad nos ha dado Él; pan, vino, productos de nuestro esfuerzo. Generoso es Dios cuando no mira la pequeñez y mezquindad de nuestro corazón al entregarle esa poca cosa, y Él la ennoblece y diviniza convirtiéndola en el cuerpo y la sangre de su querido Hijo.

Generoso es Dios que nos manda el Espíritu Santo para que realice ese milagro portentoso. El Espíritu Santo es el don de los dones. Generoso es Dios cuando acoge y recibe todas nuestras intenciones, sin pedir pago ni recompensa. Generoso es Dios cuando nos ofrece su paz, sin nosotros merecerla.

Generoso es Dios cuando se ofrece en la Comunión a los pobres y ricos, cultos e ignorantes, pequeños, jóvenes, adultos y ancianos. Y se ofrece a todos en el Sagrario como fuente de gracia.

Generoso es Dios, que va al lecho de ese enfermo como viático o como Comunión, para consolarlo y fortalecerlo. Generoso es Dios que está día y noche en el Sagrario, velando, cuidándonos, sin importarle nuestra indiferencia, nuestras disposiciones, nuestra falta de amor.
Generoso es Dios que se reparte y se comparte en esos trozos de Hostia y podemos partirlo para que alcance a cuántos vienen a comulgar. Es todo el símbolo de darse sin medida, sin cuenta, y en cada trozo está todo Él entero. Generoso es Dios que no se reserva nada en la eucaristía.

Y en todas partes, latitudes, continentes, países, ciudades, pueblos, villas que se esté celebrando una misa, Él, omnipotente, se da a todos y todo Él. Y no por ser un pequeño pueblito escondido en las sierras deja de darse completamente. ¿Puede haber alguien más generoso que Dios?

Segundo, generosidad por parte de nosotros.


Aquí, a la Eucaristía, hemos venido trayendo también nuestra vida, con todo lo que tiene de luces y sombras, y se la queremos dar toda entera a Dios. Le hemos dado nuestro tiempo, nuestro cansancio, nuestro amor, nuestros cinco panes y dos pescados, como el niño del evangelio. Es poco, pero es lo que somos y tenemos.

Hemos venido con espíritu generoso para dar, en el momento de las lecturas, toda nuestra atención, reverencia, docilidad, obediencia, respeto. En el momento del ofertorio hemos puesto en esa patena todas nuestras ilusiones, sueños, alegrías, problemas, tristezas. En el momento de la colecta se nos ofrece una oportunidad para ser generosos. En el momento de la paz se nos ofrece una oportunidad para saludar a quien tal vez está a nuestro lado y hace tiempo que no saludamos. Salimos con las manos llenas para repartir estos dones de la eucaristía.

En fin, la Eucaristía es el sacramento de la máxima generosidad de Dios, que nos llama e invita a nuestra generosidad con Él y con el prójimo. Jesús eucaristía, abre nuestro corazón a la generosidad.

 
CÓMO VA EL AÑO EUCARÍSTICO?
Algunos interrogantes
 
¿Renovamos nuestra fe en la Eucaristía centro de nuestra vida cristiana?
 
¿Conocemos cada momento de nuestra principal celebración?
 
¿Promovemos la renovación de la celebración eucarística dominical y valoramos el Domingo como el Día del Señor?

¿Oramos en torno a la presencia real de Cristo dando culto fuera de la Misa, especialmente en la adoración al Santísimo Sacramento?

¿Nos dejamos iluminar permanentemente por la Palabra de Dios, especialmente en la Eucaristía. Las lecturas constituyen una conversación que el Señor quiere tener con cada uno. Dejamos que su Palabra penetre profundamente en nuestro corazón?

¿Comulgamos cada domingo? Esto significa vivir la mayor experiencia de comunión con Jesús, y por medio de El, con nuestros hermanos. Es vivir en EI y El en nosotros.

¿Por qué nos cuesta tan poco arrodillarnos ante los "grandes" del mundo y, en cambio, nos cuesta arrodillarnos en el momento de la consagración?

¿Vinculamos la vida cotidiana a la Eucaristía? ¿Unimos fe y vida?

¿Contagiamos a otros nuestra vivencia de la fe? La Eucaristía no puede quedar como una mera experiencia personal. Hay que dar testimonio durante la semana, ser más solidarios con nuestros hermanos, especialmente con los más pobres y sufrientes. "Tuve hambre y me diste de comer..estuve enfermo..estuve preso..Lo que hiciste con el más pequeño conmigo lo hiciste.." (Mt 25)

¿Procuramos llegar un momento antes de la celebración para prepararnos interiormente?
Una vez finalizada la Eucaristía ¿somos conscientes de que, en silencio, hemos de dar gracias a Dios por el pan recibido?
 
ORACION

Tu, Señor, que hiciste de Dios el centro de tu vida:
Haz que la Eucaristía sea motor de nuestro caminar cristiano
Que seamos conscientes de los gestos que realizamos en cada celebración
Que el Domingo sea un día de referencia a Ti, y no un torbellino de actividad que nos desgasta
Que vayamos a la iglesia, además de para la Eucaristía, para adorarte
Que escuchemos con gusto y con puntualidad el mensaje de tu Palabra
Que, por la Eucaristía, estemos en comunión contigo y Tú con nosotros
Que, al arrodillarnos, sepamos reconocer tu poder y tu majestad
Que, después de cada Eucaristía, la empecemos a vivir con nuestra propia vida
Que, allá donde estemos, llevemos el aroma del trigo amasado y del racimo compartido
Que, con el silencio (antes y después de la Eucaristía) nos preparemos a tu presencia y te demos gracias por ella.

Amén
J.L.
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Frases famosas entre los cristianos de Norteamérica
 
Cuando llegas al final de toda tu inteligencia, descubres que Dios sonríe con amor un poco más allá.

No te quejes tanto de la Iglesia. Si fuera perfecta no tendrías lugar en ella.

El que sabe encender tu ira sabe cómo manejarte.

Hay un método buenísimo para tener un mejor párroco: orar por él.

Cuando Jesús habló de hacernos pescadores de hombres, se entiende que es él y sólo él quien puede lavarlos y limpiarlos.

Una coincidencia es cuando Dios quiere pasar anónimo.

Si Dios puso un punto final, no agregues tú un signo de interrogación.

Los frutos prohibidos vienen en diversas clases de mermeladas.

No esperes a que seis forzudos te lleven a la iglesia.

Dios no llama a los cualificados; cualifica a los llamados.

Dios dijo que habría un buen final, no un paseo perfecto.

¿Es Dios tu copiloto? ¡Cambien de sillas!

La voluntad de Dios no te llevará a donde la Gracia de Dios te desampare.

No hay que cambiar el Mensaje; es el Mensaje quien nos cambia a nosotros.

Para saber qué tan grande es alguien mira qué se necesita para desanimarlo.

El buen Dios nada creó sin un propósito, aunque los mosquitos lo ponen a uno a pensar.

Nuestras voces y textos bendicen el don de nuestra fe, que atraviesa todas las fronteras.

Fr. Nelson M.
 
Verano cristiano, descanso con sentido
 


Carta Pastoral a los que están y a los que llegan
12 de julio de 2005

Como en años anteriores, al llegar esta época de verano, me dirijo a todos los cristianos y hombres de buena voluntad. Son muchas las personas que en este tiempo llegan a Asturias y son muchos los asturianos que, viviendo aquí, se trasladan de un lugar a otro, bien para pasar unos días en su localidad de origen o para conocer mejor y detalladamente nuestra tierra.

Durante este período veraniego los cristianos que caminamos por Asturias tenemos una nueva oportunidad de anunciar a Jesucristo, de presentarlo creíble en medio del mundo. ¿Cómo hacerlo? A lo largo de nuestra existencia se nos presentan muchas posibilidades de encontrar nuevas formas de vivir. ¿Qué nos impide cambiar de marcha, tanto a quienes ya creemos, como a quienes dudan o no tienen fe?

San Pablo fue un hombre excepcional que vivió esta experiencia de cambio existencial en el camino de Damasco. Cuando Jesucristo se le presentó en aquél camino se dejó interpelar sin ningún miedo. La luz cegadora que le abatió de su montura, le ofrecía otras posibilidades bien distintas para andar los caminos de su propia existencia. Y él las aceptó, porque descubrió la vida con un sentido diferente y más hondo. ¿Por qué no podemos hoy nosotros recibir sin miedos la luz que viene de Jesucristo? Ciertamente, la experiencia enseña que quien se deja iluminar por esa luz, tiene una manera nueva de estar en la vida; ahí tenemos a los testigos de la fe, a los que en buen número hemos conocido porque eran de nuestra propia familia.
En este verano el Señor nos ofrece posibilidades nuevas, nos ofrece vivir realidades distintas que, sin duda, enriquecerán nuestra existencia.

Acoger a todos

Seamos capaces de suscitar este nuevo dinamismo que nace de la misma naturaleza humana y que hemos de contagiar a todos los que nos rodean. Esta actitud de vida, basada en recibir al otro, confiere la tensión de la búsqueda permanente que nos hace más humanos. Quien busca encuentra. Acogida es el afán permanente que Jesucristo nos enseña con su vida. Nadie se sintió extraño al lado del Señor, ni indiferente, pasando de todo. El Señor nunca se puso en contra del otro, sino que su acogida suscitaba situarse siempre ante uno mismo, pero a favor del otro. A este respecto, recordemos el encuentro de Jesús con Zaqueo. La acogida por parte del Señor, de su persona y de toda su familia, suscitó en Zaqueo la necesidad de situarse ante sí mismo y de desvelar el cambio que debía efectuar en su vida, colocándole en una perspectiva de estar siempre a favor de los otros (cf. Lc 19, 1-10).

Dejemos que el Señor suscite en nuestras vidas el dinamismo de la acogida, precisamente cuando en esta época de verano tetemos más tiempo para dedicar a nuestra familia o a los amigos y nos da ocasión de conocer nuevas personas. Experimentemos en nuestra existencia esta actitud de acogida, tal como Él la entendió. Hagamos que nuestra tierra sea lo que siempre fue, lugar de acogida y no de marginación y olvido; de distensión y aceptación del otro a quien recibimos no para nosotros, sino para sí. Acojamos para hacer de nuestra tierra casa de proximidad, semillero de fraternidad, escuela de solidaridad.

Acoger con sentido

Hemos de permitir que se potencie en nuestra vida y en nuestra tierra, el dinamismo de la acogida inteligente. Estamos en el mundo para hacer lo mismo que el Señor hace con nosotros cuando lo dejamos entrar en nuestra vida. Con su presencia abre nuestra mente, nos da una óptica distinta para contemplar las cosas y los acontecimientos, generando en nosotros una actitud que nos agranda y desatasca el corazón. A la larga todo esto ayuda a hacerse verdadero, que es lo mismo que aprender a vivir y tener un criterio de verdad. Un saber que no es el del ilustrado, que responde fríamente con palabras y puras razones a quien le pregunta, sino que nos hace entrar en la verdad por medio del amor.

Recuerdo el texto del ciego de Jericó que sentado junto al camino pedía limosna y sintió el paso y el amor del Señor y le gritó con fuerza: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!» Su petición fue recogida por el Señor inteligentemente: «¿Qué quieres que te haga?» Y el ciego fue contundente: «¡Señor, que vea!» Realmente la acogida que hace el Señor, posibilita al ciego ver con una profundidad especial y única; le permite entrar en la verdad; Cristo le regala su mismo amor y le hace vivir. Precisamente por eso, «el pueblo, al verlo, alabó a Dios».

Nos hallamos ante un nuevo verano, un tiempo donde podemos descubrir y desarrollar las mismas actitudes del Señor, pero para ello hemos de permitir que en nuestra vida, y en la de otros, acontezca la experiencia del ciego. Es necesario que otros vean lo que realmente hay que ver, es decir, tengan entrada en la verdad por el amor que el Señor derrama en sus vidas.

Acoger en Jesucristo

Queridos hermanos y hermanas que nos visitáis o que disfrutáis de un merecido descanso: seamos capaces de dejarnos acoger por Jesucristo. Nadie se hace grande sin la apertura a quien es realmente Grande, a quien es Camino, Verdad y Vida. La historia nos enseña que la falta de referencia a quien es Roca que sostiene, da seguridad, hace afrontar todo desde unas dimensiones absolutamente nuevas, tal y como nos ha sido revelado por Jesucristo, introduce al ser humano en un avasallamiento de su existencia que le empobrece, le rompe, altera su identidad y lo expulsa de la posibilidad de tener un desarrollo de vida en plenitud. La apertura a Jesucristo produce la conversión, actitud imprescindible para transformar nuestra vida y darle la identidad verdadera. Dejémonos acoger y seamos agradecidos de ser recibidos por Jesucristo. Él no tiene inconveniente en enseñarnos a querer, a saber más, a poder mucho más, a esperar siempre y a orar estableciendo un diálogo permanente con Él.

Estando en Asturias, necesariamente os invito a visitar Covadonga. Peregrinad hasta allí, donde nos encontraremos todos. En Covadonga la Santina reconstruye en auténtica fraternidad toda causa de separación y división que haya acontecido en nuestra vida. Junto a Ella experimentamos la acogida que da la Madre a sus hijos y percibimos el regalo que Ella entrega a quien hasta allí se acerca: Jesucristo mismo.

Ante la Reina de Nuestras Montañas, Santa María de Covadonga, percibe la novedad del dinamismo que aparece en la vida cuando eres acogido y recibido; disfruta de ese dinamismo que te abre más a la verdad y, por tanto, te posibilita la inteligencia que proviene de encontrarse con Jesucristo. Ábrete a Él. No tengas miedo de recibirlo y de palpar esta novedad en tu vida.

Con el deseo de que viváis un verano diferente, porque entráis en el dinamismo de la acogida, os bendice

 
LA FOTO DEL DOMINGODomingo 16º del Tiempo Ordinario (A)
 
EL TRIGO Y LA CIZAÑA
 

Jesús Martí Ballester nos ofrece un comentario al Evangelio de este domingo que, por considerarlo de interés, lo reproducimos en esta sección para su mayor difusión. Hemos suprimido algunos párrafos para hacer un poco más breve la homilía.
 
LA PEQUEÑEZ DEL GRANO DE MOSTAZA

Y EL PUÑADO DE LEVADURA.

1. Después de la parábola del sembrador que esparce la semilla buena en tierras diferentes en la que Jesús destaca el anuncio del gozo de la abundante cosecha, es lógico que apareciera el otro sembrador, el de la cizaña. En la meditación de las Dos Banderas, San Ignacio presenta a dos caudillos disputándose el dominio de las gentes de toda la tierra, y arengando con sus promesas y condiciones a sus moradores todos. Cuando los discípulos piden a Jesús que les explique la parábola, personaliza el trigo y la cizaña, cosa que no hizo en la parábola del sembrador: la buena semilla son los hijos del reino; la cizaña son los hijos del maligno. Si la siembra es abundante en ambos sentidos, y el campo donde se siembra es el mundo, Jesús está describiendo con realismo la coexistencia de los buenos y de los malos hasta la consumación del mundo, donde va a aparecer su justicia.

De donde se deduce que la enseñanza principal de la parábola es que en el mundo coexistirán siempre santos y pecadores, justos e injustos. Y cuando envía a sus discípulos como corderos entre lobos, les previene que sean prudentes y precavidos, pero también que traten de aceptarse y de dar tal luz que consigan hacer corderos a los lobos. Y si tienen que convivir corderos entre lobos, cuánto más hombres de etnias diferentes. Ya dijo San Agustín que el malo existe en el mundo para que pruebe al bueno y para darle la oportunidad de que se haga bueno y se convierta. La mala hierba acompañará durante mucho tiempo al buen trigo; y si se intenta arrancar la cizaña, se puede arrancar también el trigo, porque están enraizados y además porque se le quita a la cizaña la oportunidad de convertirse en trigo. Sólo cuando llegue la hora de la cosecha, la cizaña contumaz será cizaña y el trigo será trigo. Mientras dura el tiempo no son los cosechadores quienes deben decidir arrancar la cizaña. 

2. Jesús quiere que sus discípulos eviten el celo intempestivo, y la condena impetuosa de los malos, porque él quiere que los hombres cambien. Sólo en la última hora se hará la selección: serán enviados al horno encendido y al llanto y crujir de dientes los que obran la iniquidad, y los justos brillarán como el sol. Jesús no separa la misericordia de la justicia. 

3. Jesús propuso otra parábola: la del grano de mostaza, que nos sugiere que la vida más que de cosas grandes, está sembrada de cosas y acontecimientos pequeños. Decía Teresita del Niño Jesús que Dios no necesita grandes obras, sino nuestro amor. La grandeza no está en la espectacularidad, sino en la vida misma, con su mosaico de actos pequeños realizados minuto a minuto, (“sufro por minutos” -decía Teresita-), con amor intenso, verdadero y profundo. Jesús aparece en el evangelio observador y enamorado de lo ordinario y de lo menudo, y se sirve para su predicación, de las flores, de los pájaros, de la siembra de la semilla, del grano de la mostaza, del puñado de levadura que había visto en manos de su Madre, de la pesca, de los amigos, del comerciante en perlas, de los niños y de los lirios del campo. Creía en la grandeza y en la fecundidad de lo pequeño. Y así nos dice: "El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza, que un hombre sembró en su campo". Esa semilla diminuta, llega a ser más alta que las hortalizas, hasta convertirse en un arbusto de hasta cuatro metros de altura, donde los pájaros anidan. 

4. Y siguiendo con lo pequeño: "El reino de los cielos se parece a un puñado de levadura" que mezclado y perdido en la harina, se convierte en el pan de cada día. Como la levadura necesita agua para obrar, necesita agua la semilla para germinar y granar. Esta mañana veía yo la siembra de petunias realizada en mi huerto y me he dado cuenta de que los arriates que habían sido regados, habían germinado, crecido y florecido, y los que no habían sido regados o poco, se han retrasado. Y he pensado en las palabras de la Virgen a Santo Domingo de Guzmán, cuando predicaba intentando convertir a los albigenses: “Domingo, siembras mucho y riegas poco”. Y he reafirmado y renovado mi convicción de que hay que regar más para que la semilla arraigue, germine y florezca. 

5. "No hay más Dios que tú, que cuidas de todo para demostrar que no juzgas injustamente" Sabiduría 12,13. En el admirable orden del universo brilla la justicia distributiva de Dios. El, que ha destinado a cada ser una naturaleza y una misión para conseguir el fin último, que es la manifestación de su bondad infinita, de su sabiduría insondable, y de su belleza inmensa, ha otorgado a cada uno las propiedades de su naturaleza, y lo ha situado en su jerarquía, y ha repartido sus dones y sus gracias, ministerios y carismas, con la riqueza que corresponde a su fin, para que todos puedan dar su nota propia en el universo, que construya la armonía y la felicidad. Y todo ello, no porque Dios deba nada a las cosas creadas, sino porque lo debe a su propia justicia que, por ser una perfección, ha de estar en Dios, que es la perfección absoluta, infinitamente. Así lo testifica San Dionisio: " Se comprueba que la justicia de Dios es verdadera, cuando se ve que da a todos los seres lo que les corresponde según la dignidad de cada uno, y que conserva la naturaleza de cada cosa en su propio sitio y con su propia fuerza".    

6. Porque es justo y eterno y además es amor que no quiere que nadie perezca, sino que todos se salven (Tim 2,3), espera pacientemente a que sus criaturas se realicen y lleguen a su madurez, y a que los pecadores se conviertan. Entre tanto les rodea de oportunidades de salvación, les prodiga abundantemente su palabra, les edifica y les llama por medio de los ejemplos de los buenos, les envía sus gracias y toques por los méritos de la oración de su pueblo consagrado y por los innumerables medios que tiene su poder infinito, desconocidos para nosotros, pobres hombres. 

7. Por lo demás, el Reino pide una gran paciencia. La que se necesita para que el grano de mostaza se convierta en un árbol (Mc 4,31), y que un puñado de levadura fermente toda la masa (Mt 13,13). Y una gran vigilancia, porque la vida del hombre es una continua milicia. El que no quiera luchar será vencido. No soñemos con un mundo paradisíaco, que no es de este mundo. En éste debemos llevar la cruz con constancia, huir las ocasiones, orar, mortificar las obras de la carne, y ayudar a nuestros hermanos a luchar y a vencerse. En el mundo actual se respira un ambiente infectado de cizaña, el permisivismo, que todo lo tolera, que propaga la inmoralidad y justifica la injusticia y difunde una actitud muelle que invita a la ley del menor esfuerzo, de la comodidad y de disfrutar a tope de la vida. Para ser buena semilla debemos luchar sin desfallecer y ser mártires sobre el asfalto: Escribía San Pablo "Muchos viven como os dije tantas veces, y os lo repito con lágrimas, como enemigos de la cruz de Cristo, cuyo final es la perdición, cuyo Dios es el vientre, y cuya gloria está en sus vergüenzas, que no piensan más que en las cosas de la tierra" (Fil 3,18)

8. "Obrando así enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano". Si él tiene paciencia y espera culminar la obra de sus manos con éxito; si tanto nos ha esperado y espera, debemos nosotros acompasar nuestro paso al de Dios y ser tolerantes y respetuosos con el ritmo de los hermanos, esperando que todo saldrá bien el día de la siega. 
 
       Pero, añado yo, no podemos dormirnos, ni ser in genios. El enemigo de Dios y de la Iglesia está sembrando a manos llena la cizaña. No podemos bajar la guardia. Hay que defender el campo en donde se ha sembrado la Verdad, de todo intento de sofocar la cosecha con las falsedades y mentiras que, por todos los medios, están moldeando las mentes de los débiles e ignorantes. 
                                              Agradecido al autor principal de esta homilía.  

Juan García Inza

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