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Escribo
este comentario desde Madrid, el día 11M; es el día, en que nuestra ciudad
evoca la barbarie terrorista del año pasado. A las 7.39 de la mañana comenzaron
a estallar bombas en los trenes de cercanías y a segar y herir vidas humanas.
Había en aquellos días seres humanos dedicados a preparar la muerte indiscriminada.
Sabían muy bien que atentaban contra obreros, estudiantes, trabajadores,
empleados, mujeres y hombres de todas las edades.... Algo diabólico se
había apoderado de ellos. Quien sabe si en su ceguera hasta invocaban
a Dios... ¡pero no ciertamente al Dios de la Vida!
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Aquellos
hechos terribles nos evocan otros hechos semejantes, cotidianos, que
van construyendo la crónica negra de la humanidad. Hay demasiada gente,
¡demasiada!, dispuesta y preparada para matar. Hacen de las armas
de muerte su prolongación hasta convertirse ellos mismos en armas
de muerte. Sus planes son destructivos, su presencia una amenaza.
¡Qué difícil se nos hace confiar, ver en el otro una imagen del Dios
bueno y no un demonio disfrazado de ser humano! Por eso, nos sentimos
inseguros, amenazados de muerte. Y en nosotros emergen sentimientos
de defensa y rechazo que emergen a veces como maldición y anatema. |
Los
gestores de la muerte -sean quienes sean- son "demonios redivivos".
Les quedará ciertamente un pequeño germen de buena voluntad, un rastro
minúsculo de presencia divina. ¿Qué hacer para encenderlos y convertirlos
en llamada de amor y respeto a la vida?
El
mensaje de este domingo quinto de Cuaresma tiene mucho que ver con esta
situación. Lázaro fue víctima de la muerte natural, pero después de resucitado,
"algunos pensaban en eliminarlo" violentamente y junto con Él
a Jesús, a quien sí lograron eliminar y matar.
Jesús
emerge en todas las situaciones de muerte como "la Resurrección"
y "la Vida". Muestra, con un gesto insólito y tras encomendarse
a Dios, cómo Él es capaz de liberar de la muerte a un amigo. Ese mismo
gesto se convertiría más tarde en objección contra su identidad: "si
a otros salvó de la muerte, que se salve a sí mismo". Y es que
Jesús es poderoso ante el Mal y la Muerte, pero después de ser, él
mismo, víctima de los enemigos de la vida.
El gesto poderoso de resurrección que realiza con Lázaro es, algo
así, como la transfiguración: una anticipación propedéutica y pedagógica
de aquello que será después de la muerte: la fuente de la Vida, la
Resurrección de todos. Su palabra poderosa traerá a todos a la vida. |
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Jesús
no nos promete "para ahora", que nos veremos libres de los embites
de la muerte. Tampoco nos pide resignación. Nos anima a luchar contra
las fuerzas de la muerte, pero "sin armas de muerte". Jesús
sabe que la oración es arma poderosa, y también la Palabra pronunciada
en nombre de Dios, y también en el Amor que nos habita. Pero... ¡en el
peor de los casos! Jesús nos anima a confiar y a creer que la muerte no
tiene la última palabra.
(José
Cristo Rey García Paredes, cmf. Madrid, 11 marzo 2005)
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