Reflexiones entre amigos
Revista semanal elaborada por:
MOVIMIENTO DE ADORACION PERPETUA A.R.P.U.
PARROQUIA DE SANTA MARIA LA REAL DE LA CORTE
OVIEDO
20-27 DE MARZO

SEMANA SANTA
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PASCUA 2005
POR UNA VIVENCIA AUTÉNTICAMENTE CRISTINA DEL SIGNIFICADO DE ESTOS DÍAS
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SALUTACIÓN PASCUAL

Con toda el alma, con todo el cariño, con toda la ilusión y con la esperanza de lo mejor para vosotros mis feligreses, adoradores de ARPU y amigos, os felicito esta Pascua de 2005, encomendándoos  cuánto tengo entre manos como  párroco y como consiliario. ¡Que Dios os bendiga!

Un abrazo en Cristo Jesús.                     

 

Si hubiéramos hecho caso de las intenciones de los discípulos, de la sabiduría milenaria del judaísmo tradicional; si hubiéramos prestado oído a las costumbres heredadas que tenía el aval de aquellos que hablaban en nombre de Dios; si estuviéramos locos de dolor y huyéramos como aquellos que iban camino de Eamús, o de donde fuera; si, como la lógica natural manda, la historia hubiese acabado donde debiera, rodando la roca del sepulcro…todo habría estado donde debería haber estado.

Pero no.

Sabemos quienes fueron. Fueron ellas.

Todo el evangelio está lleno de hombres: discípulos, conversos, publicanos, pescadores, posesos, leprosos, tullidos. Incluso Dios tiene título de varón: Padre. Lógico en una sociedad en que el varón era quien contaba.

Bueno sí, aparecen mujeres. Pero en un número increíblemente inferior.

Menos en la traca final. Justo cuando todo adquiere la luz diáfana de Dios, las mujeres descubren lo que los otros han ido arrastrando.

Son ellas las que van de mañana, al clarear. Son ellas las que avistan lo que ha sucedido. Son ellas las que han de anunciar a los otros que ha explotado: ha vencido la vida: “No tengáis miedo: id”. Sí, definitivamente me gusta este Dios que hasta la resurrección la hace extremadamente original, distinta, transgresora.

Como siempre, Dios es excesivo, hasta en el gesto excesivo de dar la vida y provocarla.

Vencerá. No importa cómo ni cuando. Lo hará definitivamente. Y originalmente, como no podía ser de otra forma. Y, por supuesto, de la mano de ellas.

Algo nos estamos perdiendo cuando no reconocemos que no hay colectivos privilegiados dentro de la Iglesia. Y si los hay será porque son capaces de ver el dedo de Dios que pone vida donde creemos muerte, que aparece en lo que pasa desapercibido, y que sorprende recreando el universo.

Pedro Barranco.

En este 2005 Cristo ha resucitado otra vez.
De nuevo es primavera en nuestra vida.
De nuevo nace la esperanza.
La fe se rejuvenece.
Se consolida el amor.
Se ratifica la entrega.
Se potencia la amistad.
Se llena el alma de alegría.
Se añora una vida más en Cristo.
Se reconsidera nuestra condición de hijos de la Iglesia.
Se comienza una nueva era con María.
¡¡¡Feliz Pacua para todos!!!
 
En  la Noche Santa
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L
a Vigilia Pascual

Comienza la Noche Santa, la Vigilia Pascual, que según una antiquísima tradición, es una noche de vela en honor del Señor, sólo en la noche del Sábado Santo. La celebración de esta Vigilia se desarrolla de la siguiente manera: después de un breve lucernario o liturgia de la luz, la Santa Iglesia, llena de fe en la Palabra y promesas del Señor, contempla las maravillas de Dios, las que realizó desde el principio en favor de su pueblo, desde la creación del mundo hasta la resurrección de Cristo. Toda la celebración de la Vigilia pascual debe hacerse durante la noche, sin comenzar antes del inicio de la noche ni terminar después del alba del domingo. Los fieles que participan en la Misa de Vigilia pueden comulgar de nuevo en otra misa del Día de Pascua.

La celebración de la Vigilia Pascual tiene cuatro partes:

1. Lucernario o Solemne Comienzo de la Vigilia. Bendición del Fuego Nuevo y preparación del Cirio Pascual, Pregón Pascual.

 

2. Liturgia de la Palabra. Se proponen siete lecturas del Antiguo Testamento y dos del Nuevo Testamento.

 

3. Liturgia Bautismal. Bendición de la Fuente Bautismal, Agua Bautismal y/o Bendición del Agua Común. Bautismo de los Catecúmenos y/o renovación de las promesas bautismales de los fieles.

4. Liturgia Eucarística.

 
El evangelio más importante del año
 

"No está aquí. Ha resucitado".

¡Aleluya, hermanos! Es lo que los ángeles han anunciado a las mujeres que habían acudido temerosas al sepulcro de Jesús. Es la gran noticia que nosotros escuchamos cada año en la noche santa de Pascua, este año por boca de san Mateo: Cristo ha pasado a través de la muerte a una nueva existencia, definitiva, y vive para siempre.

Éste es el motivo por el que hoy nos hemos reunido aquí, de noche, y nos gozamos por la presencia del Señor Resucitado en medio de nosotros. Aunque no le veamos. Si los judíos se alegran, al celebrar la Pascua, de su liberación de la esclavitud y de su paso a la nueva vida en la tierra prometida, nosotros, los cristianos, nunca nos cansamos de celebrar que en medio de la oscuridad de la noche, Cristo Jesús fue liberado de la muerte y lleno del espíritu de vida.

  EL GOZO DE LA PASCUA Andrés Pardo
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La alegría que cantan las campanas, los aleluyas que resuenan en el templo son signos claros del gozo nuevo de este día bendito de Pascua. No somos cristianos por el hecho de creer en el pecado, en la cruz, en el sufrimiento y en la muerte; somos cristianos porque creemos en el perdón, en la alegría, en la liberación, en la resurrección, en la Vida. El corazón de nuestra fe es una esperanza de que toda prueba se transforma en gracia, toda tristeza en alegría, toda muerte en resurrección.

Pascua es la experiencia de que no estamos en el mundo como encerrados en un sepulcro, de que nos han liberado de la losa que reducía la existencia a oscuridad y esclavitud. Pascua es luz, gozo, vida nueva.

Para muchos la cuestión difícil no está en saber si tienen fe en la resurrección, sino en saber si sienten deseo de resucitar y si tienen ganas de vivir. Lo esencial no es resucitar dentro de diez, de vente o de cincuenta años, sino vivir ahora como resucitados.

Pascua significa que podemos resucitar, que podemos experimentar una vida nueva. El cristiano no cree en la vida futura, sino en la vida eterna, que ha comenzado ya, que se vive desde ahora.

Para que la Pascua sea una realidad plena se debe aceptar la muerte de esa zona de la propia alma en la que se está demasiado vivo: intereses, temores, tristezas, egoísmos. Y hay que resucitar en esa zona en la que estamos demasiado muertos: resucitar a la fe, a la esperanza, al perdón, al amor, a la paz, a la alegría.

La comunión pascual es no absolutizar el pan de esta vida, para poder saborear el pan de la otra vida, pan de justicia, de sinceridad, de entrega, de fraternidad. No hay que celebrar solamente la resurrección que aconteció hace dos mil anos, sino hay que intentar que la Pascua sea fiesta actual en la resurrección de los cristianos, que atestiguan ante el mundo que es posible morir y resucitar.

La gran prueba de que Cristo ha resucitado, de que Cristo vive es que su amor vive, que hay personas y comunidades que viven de su vida y que aman con su amor.

  VIGILIA PASCUAL 2005: Domingo de Resurrección
 

SÍ A LA VIDA

Vio y creyó

Jn 20, 1-9

La resurrección de Cristo despierta en el creyente la esperanza en una vida eterna más allá de la muerte, pero es, al mismo tiempo, un estímulo decisivo para impulsar la vida ahora mismo en esta tierra. 

Los teólogos señalan con razón que la luz con que Cristo resucitado se aparece a los discípulos no fue considerada como "resplandor de la mañana de la eternidad", sino como  “luz del primer día de la nueva creación” (J.  Moltmann).  La Pascua no es sólo
anuncio de vida eterna.  Es también  “vivificación” de nuestra condición actual.

Creer en la resurrección de Cristo es mucho más que adherirse a un dogma.  De la fe pascual nace en el verdadero creyente un amor nuevo a la vida.  Una afirmación de la vida a pesar de los males, las injusticias, los sufrimientos y la misma muerte. 

Una lucha apasionada contra todo lo que puede ahogarla, estropearla o destruirla

Este amor a la vida cura recuerdos dolorosos y libera de miedos y humillaciones que bloquean la expansión sana de la persona.  Dios nos quiere llenos de vida.  Esta convicción pascual conduce a luchar contra la resignación y la pasividad. 

Orienta nuestra libertad hacia todo lo que es vida y ayuda a desplegar las posibilidades que Dios ha sembrado en cada ser humano.

Este sí total a la vida es una de las primeras experiencias del Espíritu del Resucitado al que no sin razón se le llama "fons vitae", fuente de vida.  Quien vive de él no se acostumbra a la muerte, no se hace insensible a las víctimas, no se entumece
ante los que sufren.  Decir sí a la vida es decir no a la violencia y la destrucción, no a la miseria y al hambre, no a lo que mata y envilece.

Este amor a la vida genera una  "vitalidad" que nada tiene que ver con las filosofías vitalistas enraizadas en la  "voluntad de poder" (E Nietzsche) o con el "culto a la salud" de la sociedad occidental.  Es más bien  "el coraje de existir" (P Tillich) propio de quien vive con la esperanza de que Dios ama la vida, quiere para el hombre la vida y tiene poder para resucitarla cuando queda destruida por la muerte.

En uno de los primeros discursos que se recuerdan de los discípulos, Pedro llama al Resucitado "el autor de la vida" (Hch 3, 15).  Es una expresión de hondo contenido, pues realmente Cristo resucitado es el que engendra en nosotros verdadera vida.  Es bueno recordarlo y celebrarlo en esta mañana de Pascua.

 

NO ESTA AQUÍ: ¡HA RESUCITADO!

Las palabras del ángel a María Magdalena y a la otra María que proclamamos esta noche, en el evangelio de Mateo, con toda alegría, son el anuncio más tras­cendental que nunca ha oído la humanidad.  Y nosotros nos reunimos cada año para escucharlas y vivirlas, pues son el centro de nuestra fe y de nuestra vida.

En la celebración de hoy se trata de reafirmar esta fe y de repetirnos otra vez que nuestra vida es ahí donde encuentra su sentido.  Venimos hoy a la Iglesia, como aquellas mujeres, a buscar a Jesús crucificado.  Llegamos convencidos de que su muerte por amor tiene sentido, tiene gran valor por sí misma.  Como aquellas mujeres, que iban al sepulcro impulsadas por su gran amor hacia Jesús, venerando su total entrega.  Y, también como ellas, nos encontramos con que Dios ha hecho mucho más: que aquella muerte por amor no se ha que­dado tan sólo en un recuerdo admirable para agradecer y venerar, sino que ha llegado a ser semilla de vida, fuente de vida para el mismo Jesús, y para todos aquellos que quieran unirse a él, y para toda la humanidad.

Jesús acabó mal.  Su entrega amorosa acabó en la cruz.  Dios, el Padre amado, no le bajó del suplicio.  Y esto nos ofrece una primera enseñanza: no hemos de esperar que Dios nos libre de dolores y penas, ni tampoco que nos asegure que nuestros esfuerzos de fidelidad al Evangelio darán buenos resultados.  A Jesús no se lo aseguró.  A Jesús, lo que el Padre le dio fue la fuerza para ser fiel hasta el final, y después lo resucitó de la muerte.  El final del amor entregado de Jesús no consiste en éxitos en este mundo, sino en la vida para siempre, la vida de Dios que él vivió y que nosotros somos también llamados a vivir.

Hoy debemos proclamar con convicción esta verdad: creer, amar, ser fieles, ponernos al servicio de los demás... son cosas que merecen la pena y que conducen a la vida de Dios.  Y también esta otra: unirnos a Jesús, por medio de la fe y de los sacramentos (=el Bautismo y la Eucaristía de esta noche!) es el camino para poder vivir a fondo todo esto que aporta vida.  Y una última verdad: la Iglesia, la comunidad de los creyentes, es el lugar en donde se hace presente el Espíritu de Jesús para que todos podamos compartir todo lo que él nos enseña y todo lo que él nos da

 

VIGILIA PASCUAL Del ayer al hoy: una sucesión de noches.
¡ALELUYA!
                               

En esta noche santa, en que nuestro Señor Jesucristo
ha pasado de la muerte a la vida, la Iglesia invita a todos sus hijos, diseminados por el mundo, a que se reúnan para velar en oración
(Monición para el lucernario, Vigilia Pascual).

La iglesia revive y vela en esta noche, allá donde está presente, la sucesión de las etapas de la salvación: desde sus inicios (en el Génesis) hasta la hora de Jesús (el Evangelio)

Porque no hubo testigos de la resurrección de Cristo, la iglesia, no quiere perderse este momento: ¡Cristo ha resucitado! Porque, la Iglesia, quiere saborear y contemplar aquellos momentos de salvación que Dios ha realizado con su pueblo no quiere vivir de espaldas a esta noche.

Cantamos, el aleluya pascual, con alegría desbordante por el regalo y el fruto de la pascua del Señor. ¡Todo, en Jesús, se ha cumplido! ¡El proyecto de Dios llega a su fin! ¡El proyecto de Dios se consolida definitivamente con la resurrección de Jesús! En esta noche, este gran acontecimiento, no puede pasar desapercibido.

Con las tres mujeres, que se acercan al sepulcro, mucha gente de nuestro
mundo llega y se queda paralizada ante la puerta del sepulcro.
No saben que, Jesús no estaba llamado a las cenizas, sino al triunfo.

¡Ha resucitado!
Aquel Alba, único e irrepetible para Jesús
(pero futuro para los que creemos en EL) se convirtió en el broche y
en el objetivo de la Pascua de Jesús: ¡Todo esto era necesario para
que se cumplieran las sagradas escrituras! ¡Todo por el rescate
del hombre!¡Todo, sin dejar una coma escrita por Dios!

Hoy, como en aquella madrugada, nos asomamos al sepulcro vacío
y escuchamos: ¡No está ha resucitado! Y, si el Señor no está,
no es porque lo hayan robado. Porque sea fruto de una broma
macabra. Porque los discípulos jueguen a disimular o disfrazar
la gran verdad de Jesús Maestro: ¡Volveré!

 

Hoy, en esta noche, como en el principio de la creación (donde todo era oscuridad y caos), como en aquella noche en que Abraham fue llamado a ser padre de numerosos pueblos, como en aquella noche en que María se convirtió en lámpara que alumbró a Cristo en Belén, como en aquella noche en la que Jesús estuvo a punto de pasar del cáliz amargo, como en aquella noche –sucesión de muchas noches- estamos en vela. ¡No queremos que nos venza el sueño¡ ¡No deseamos que, el Señor, se nos vaya sin darnos cuenta de entre las manos¡ ¡No podemos permitir que el Resucitado pase invisiblemente delante de nuestros ojos!

¡Bendita, esta noche, la última y la más gloriosa de otras tantas noches, traspasada por la  fe, la luz, el amor y la ternura! ¡Descosida y deshilachada en vendas y sudario que creyeron  dejar, a una con la muerte, todo atado y bien atado!

Ayer era la silueta de la cruz la que nos invitaba a levantar la mirada. Hoy, en esta noche con  la Iglesia en vela, afinamos nuestros oídos porque sabemos que un gran pregón se nos ha dado: ¡Ha resucitado!

Aunque muchos no se den cuenta. Aunque otros prefieran a un Jesús enlosado o emparedado. Aunque otros se hayan quedado lacrimosos y agarrados a la cruz  del Viernes Santo. Aunque otros, por el paso y el peso de los nuevos tiempos, hayan vendido a Jesús,  no tanto por ruidosas monedas de plata, cuanto por cobardía o vergüenza. ¡Ha resucitado!

Hoy, hermanos, a partir de esta noche ya no podremos buscar a Jesús en el camposanto prestado. Hoy amigos, con el sepulcro troceado, a Jesús hay que buscarlo en la vida. Nosotros no creemos porque esté el sepulcro vacío; creemos porque hemos sentido a Jesús vivo y en nuestra vida. Una VIDA con mayúsculas que se nos espera en la medida en que nos ponemos en movimiento para buscarla. Cuando nos ponemos en actitud de fe y de confianza. Cuando, lejos de mirar con el corazón roto hacia el calvario sangrante, cantamos con emoción contenida o sin contener delante del sepulcro vacío: ¡HA RESUCITADO! ¡ALELUYA!

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¡Resucitó el SEÑOR! ¡NO LO CALLEMOS! ¡ALELUYA, ALELUYA! 


S
in la Resurrección, la vida de Jesús se habría quedado en un enorme chasco:
murió sólo y abandonado por sus amigos.

Sólo, el afán y la santa testarudez de los primeros testigos por
comunicar aquel gran acontecimiento, la Resurrección de Jesús,
pudo hacer que en apenas un siglo, el nombre de Jesucristo fuera
conocido, venerado, amado, celebrado en el perímetro de la cuenta
mediterránea y aún más allá.

 ¿El secreto? Nos lo descubren los apóstoles y los discípulos. “Cristo
ha resucitado, nosotros somos testigos.”
El evangelio, de este día, es
una profesión sincera y profunda la del discípulo amado: “Vio y creyó.”
Todo encajaba; el antes y el después, las palabras de Jesús que (hace  
escasos días eran  incomprensibles). La tumba vacía, la losa corrida,
las múltiples apariciones. ¡Ha resucitado!

No se callaron. Al revés, aquella experiencia, se transformó en un
auténtico movimiento arrollador de hombres, y de mujeres, que no
podían contener aquella realidad que estaban viviendo y contemplando.
¡Ha resucitado!

La cobardía se convirtió en valentía, después de haber palpado que
Jesús había resucitado. No me extraña, por ello mismo, cuando
señalan las estadísticas que sólo un 41 por 100 de los españoles
creen en la resurrección, que muchos cristianos se echen atrás a la
hora de defender sus criterios y su estilo de vida, en un mundo
que rechaza todo lo que no se ve y no se cuenta.

 Esta solemnidad de la Resurrección nos invita a un encuentro personal
con Jesús. No creemos por estar los sudarios y vendas arrojados en el
suelo, ni tan siquiera porque hemos encontrado el sepulcro vacío.
Creemos porque, aquellos apóstoles y discípulos, fueron testigos
de la presencia del Resucitado.
Cuando uno vive lo que transmite
(la resurrección de Jesús) acarrea detrás de sí adhesiones y riadas de
personas que buscan la seguridad y el fondo donde está todo eso
sustentado: la experiencia de Dios.

 La solemnidad de la Pascua es un momento cumbre y privilegiado,
para todos los que la vivimos, deseando que el Señor  se haga
el encontradizo con nosotros. Y, en contraprestación, con la
firme promesa de arrastrar con nuestras propuestas, y con nuestra
alegría externa (fruto de la interna) a hombres y mujeres que puedan
llegar a decir: ¡Jesús ha resucitado! ¡Jesús es el Señor!

La Solemnidad de la Pascua es un centrifugado final ante tantas cosas
que los discípulos no tenían claras. Palabras, actitudes, gestos, toda
la
vida de Jesús cobra una nueva dimensión. Lo que dijo se cumple:
¡el Señor ha resucitado! Aunque, para ese centrifugado final, hubiese
sido necesario primero el sufrimiento y la muerte del Maestro.

La Solemnidad de la Pascua, además de aclarar ideas, nos ilumina
momentos cumbres de esta semana que hemos vivido. La cruz ya
no es derrota. La muerte en soledad de Jesús ya no es abandono.
Los brazos extendidos y la sangre chorreando por el madero, no es
bandera de debilidad y de fracaso. Todo ello se convirtió, y ojala
se para nosotros, en un prodigioso y extraordinario testimonio de amor.
“Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.

Hermanos, teniendo tanto por hacer y a Jesús como cabeza, no tenemos
derecho al desaliento. El nos ha precedido en un enigma que nos preocupa y,
que a veces, nos desestabiliza y paraliza: la muerte. Pero, entró de cabeza,
y salió con todo un cuerpo glorificado.

Desde ahí, desde la PASCUA, tenemos que entusiasmarnos por
proclamar a los cuatro vientos que Jesús llena la vida de aquellos
que le buscan. Que Jesús ilumina los túneles del hombre, cuando éste,
hace esfuerzos por vencerlos. Que Dios, si fue capaz de tanto, es porque
nos espera y nos quiere.

Me gusta la PASCUA del Señor. Son puertas que nos abren al futuro.
¡Qué pena ese 60 por 100 que no creen en la Resurrección! ¿Qué móviles
tendrán para permanecer constantemente (no puntualmente) en una entrega
generosa sin distinción ni desmayo?

Me gusta la PASCUA del Señor. El ha entrado primero en una realidad a la
que nosotros estamos llamados si creemos en El y nos movemos con ese
gran legado de palabras y de obras resumido en el Evangelio.

Me gusta la PASCUA del Señor. Es una luz que permanece siempre encendida.
Una vida que nunca acaba. Una línea traspasada valientemente por Jesús
con un deseo:  que también nosotros podamos dar un salto sobre
ella con la pértiga de la fe.

Me gusta la PASCUA del Señor. Porque la muerte queda en un
segundo plano. Porque ya no existen interrogantes sin respuestas.
Porque, los creyentes, atravesamos con Cristo los umbrales del Cielo.
Porque ya no existen callejones sin salida.
Porque, incluso nuestros pecados, son perdonados y se nos da una
oportunidad para empezar de nuevo.

Exacto. ¡Empezar de nuevo! Este es el dilema que tiene que
salir resuelto de esta eucaristía: DAR A CONOCER LA PRESENCIA
DEL SEÑOR RESUCITADO CON LA FUERZA DEL AMOR PRIMERO
.
Con más bríos, ilusión, entrega, generosidad y convencimiento.

 ¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCION! ¡NO LA CALLES!

J.Leoz

 


B
usquemos a Cristo en su Palabra que es vida.
En tantos gestos que nos ha dejado como cuño e impronta de su existencia.
Descubramos a Cristo en la Eucaristía, memorial de su muerte y de su vida.
Preguntemos por Cristo en el hermano, donde Jesús camina, llora, sufre y goza,
a veces demasiado invisiblemente a nuestros ojos. Busquemos a Cristo

¿No lo oís? ¿No lo sentís? ¿No lo veis? Es el ángel del Señor.
Una vez más nos dice que no busquemos a Cristo en esa dirección que nos
lleva a la muerte. Que no lo busquemos en nuestros propios miedos, orgullos,
miedos y vanidades.

¿No lo oís? ¿No os acaricia la suave brisa del caminar del ángel del Señor?

No busquéis a Cristo en vuestro vacío, en el camposanto del materialismo ni del
poder, en el sepulcro de vidas encerradas en sí mismas. ¡No lo busquéis ahí!

Esta noche, tal vez sin percatarnos del todo de su Misterio, se abre una
nueva primavera para el mundo. Tenemos que llevar un mensaje de esperanza
allá donde trabajamos, decidimos, lloramos o amamos.

Hemos sido, después de una sucesión de muchas santas noches, testigos del
destello divino más grande anunciado desde siglos: ¡DIOS HA CUMPLIDO!
Ahora nos toca a nosotros. Renovemos, con la misma fuerza que lo hicieron
nuestros padres el día en el que nos bautizaron, el deseo de seguir a Cristo
Resucitado.

¡Gracias, Señor, por haberme dejado compartir esta noche santa y dichosa!

Me he asomado a tu sepulcro, y en ese momento Señor, salías hablándome
del triunfo de la vida sobre la muerte.

¡Ha merecido la pena, Señor, ser tu amigo!

J.Leoz

  DOMINGO DE RESURRECCIÓN: 27 de Marzo de 2005
 

¡Resurrección!

Experimentamos la muerte como el fracaso de la vida. Ese irremediable fracaso al que siempre se llega, antes o después.

Es probable que casi todo ser humano quiera siempre una prórroga: ¡vivir el mayor tiempo posible, siempre que se den las condiciones de una cierta calidad de vida. La falta de esa calidad de vida es la que ha popularizado entre nosotros algunos casos en los que se busca un dulce morir, dado que vivir -al parecer no tiene sentido-.

 El tema de la Resurrección, tras la muerte, sólo es buena noticia, cuando un presiente, al menos, un tipo de vida digno y profundamente deseable. La mera recuperación de la existencia, a bajo precio, no satisface al ser humano. De aquí surge la cuestión:
resurrección ¿de qué? ¿para qué? ¿por qué? Estas preguntas nos pueden parecer muy radicales, pero es necesario que hoy nos las planteemos para "dar razón de nuestra esperanza".

 Los discípulos y discípulas de Jesús se alegraron obviamente al conocer y reconocer de "forma misteriosa" que Jesús vivía y estaba resucitado por el poder de Dios. Ellos y ellas que habían dekado todo para seguirle, se sintieron totalmente hundidos cuando aquel a quien seguían había sido matado y también sepultado. En el sepulcro de Jesús acababan los sueños, las ilusiones, el deseo de transformar este mundo. La noticia y experiencia de la resurrección de Jesús traía en cambio una nueva y renovada esperanza: ¡el proyecto seguía adelante! ¡Dios no había abandonado a Jesús!
La alegría y el coraje creativo que manifiestan los discípulos con motivo de las experiencias pascuales, están más que justificadas.

 No les resultaba fácil, sin embargo, explicar cómo era la "nueva condición de Jesús". La palabra "resurrección" que parece explicarlo todo ("¡no está aquí... ha resucitado!"), sin
embargo, no explica nada. ¿Dónde se encuentra Jesús? ¿Qué forma tiene su cuerpo? ¿Cómo actúa, cómo se expresa, cómo ama? Los primeros discípulos y discípulas expresan su estupor ante la presencia viva de Jesús de muchas formas.
Unos dicen que aparece como "un caminante", otros "como un fantasma", unos "creen" y otros "dudan" ante su presencia, unos creen "sin ver", otros necesitan "ver" para creer.

Pablo, en su primera carta a los Corintios se pregunta incluso "¿con qué cuerpo resucitan los muertos?". No es capaz de darse una respuesta clara. Recurre a los símiles: como una semillas dan unos frutos y otras otros, así... Si nuestra realidad mortal es como una semilla, ¿quién podrá imaginar quien seremos, como fruto resucitado? El pan eucarístico es llamado "cuerpo de Cristo", la iglesia o comunidad es también llamada "cuerpo de Cristo".

 Hablar de la "glorificación" de Jesús, en todo su ser, es lo mismo que decir que Jesús entró de lleno en la divinidad, en la Gloria de ser divino.
Jesús es engendrado por el Abbá -gracias al Espíritu Santo- en la resurrección y se convierte en Hijo eterno, que no puede morir. Refleja perfectamente la Gloria de Dios, es la imagen de Dios invisible. O mejor, el Señor Resucitado es ya la invisible imagen del Dios invisible, porque perdió su visibilidad histórica, porque por la muerte y resurrección entró de nuevo en la invisibilidad de Dios, de la divinidad.

 La Pascua es la fiesta de la recuperación de la Presencia. Sentimos que no estamos solos, ni hemos sido abandonados por nuestro Señor. El Abbá lo resucitó y nos lo ha enviado y dado... aunque "de otra forma".

 La muerte nos amenaza por todas partes. Nos amenaza también de muchas formas. ¡Tantas cosas o realidades que nos envuelven, pueden morir.... ! Ante las amenazas de muerte, exclamamos: "¡Dios mío, que no ocurra!". Queremos frenar el impulso destructivo de la muerte. Este afecta a las amistades, a las tareas que realizamos, a las personas que más nos importan... Pero si tenemos fe en Jesús, tenemos la certeza de que todo aquello que es vida, amor, unión, tiene futuro. El mensaje de la Resurrección nos dice que nuestro futuro es Dios, la Glorificación, el vivir una dimensión inimaginable de existencia. Nuestra vocación última es tan inimaginable que es divina. Por eso, vivir en Dios es vivir nuestro más bello y utópico futuro.

 (José Cristo Rey García Paredes, cmf. Chicago, 27 marzo 2005)

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EL TESTIMONIO DE NUESTRAS MANOS
 


El toque salvífico de Jesús lo podemos prolongar con nuestras manos.

Deben ser, como las de Cristo, serviciales, amistosas, generosas.

Deben estar, como las de Cristo, dispuestas por amor a dejar clavarse.

Deben abrirse, como las de Cristo,  para repartir sin pedir nada a cambio

Deben moverse, como las de Cristo, sin desesperar aunque parezcan no hacer nada

Deben regalar, como las de Cristo, ofreciendo el ciento por uno

Deben caminar, como las de Cristo, acogiendo y no juzgando

Deben abrazar, como las de Cristo, perdonando y no llevando cuentas de atrás.

Deben utilizarse, como las de Cristo, para acompañar y no para condenar.

Deben emplearse, como las de Cristo, para sanar y no para guardarlas.

Deben sacarse, como las de Cristo, para enseñar y no para predicar.

Deben levantarse, como las de Cristo, para bendecir y no para maldecir

Deben ofrecerse, como las de Cristo, para empujar hacia el cielo sin olvidarse de la tierra.

Deben acariciar, como las de Cristo, para compartir sin esperar recompensa.

Deben airearse, como las de Cristo, para levantar y no para humillar

Deben juntarse, como las de Cristo, para pregonar y no para ocultar.

Deben desplegarse, como las de Cristo, para abrazar y no para odiar.

En la Pascua de Resurrección hay que hacer una firme promesa ante el Señor:

¡AQUÍ TIENES MIS MANOS, MIS PIES Y MI VOZ PARA DAR  TESTIMONIO

DE TU RESURRECCIÓN!

J.Leoz

 
Breve mensaje Pascual
 


Cristo ha resucitado, ¡Jesús vive! No le busquéis en los cementerios. Jesús no está allí,
está aquí.  Nos ha dejado pistas y direcciones para encontrarlo.

Podemos encontrarlo en  Galilea o en Judea, tal vez en Samaría.

Podemos encontrarlo junto al lago, junto al monte, en el barrio o en la cárcel, en el hospital.

Lo encontraremos especialmente en la Eucaristía. Cristo nos espera allí para
alegrarnos como a la Magdalena, enseñarnos como a los de Emaús, confortarnos
como a los del cenáculo. El alienta sobre nosotros su espíritu de vida. El preside 
el banquete que anticipa el Reino.

Decían nuestros paisanos:

Antigua felicitación pascual del alto Aller: “Ya pasó Semana Santa/ ya llegó
Pascua de Flores/ ya resucitó el Señor/ alegraivos corazones”

 

Copiamos aquí las palabras del predicador del Papa ayer, Viernes Santo:

El cardenal James Francis Stafford, Penitenciario Mayor, presidió en nombre
del Santo Padre los oficios del Viernes Santo.

”Un himno eucarístico del siglo XIII, el Ave verum, fue el itinerario escogido
por el sacerdote capuchino en su meditación:

¡Salve, verdadero cuerpo nacido de María Virgen! /
Verdaderamente atormentado e inmolado en la cruz por el hombre.
/ De tu costado traspasado brotó agua y sangre.
/ Sé para nosotros prenda en el momento de la muerte.
/ ¡Oh Jesús dulce, oh Jesús piadoso, oh Jesús, hijo de María!


La «identidad total entre el Jesús de la Eucaristía y el de la historia»
es el punto de partida de esos versos; «es el Jesús nacido de María
en Belén –recordó el predicador del Papa--, el mismo que
“pasó haciendo el bien a todos” (Hch 10,38), que murió en la cruz y
resucitó al tercer día, el que está presente hoy en el mundo, no una
vaga presencia espiritual suya, o, como dice alguno, su “causa”».

«La Eucaristía es el modo inventado por Dios para ser para siempre
el «Emmanuel», Dios-con-nosotros», subrayó.

Y «tal presencia no es una garantía y una protección sólo para la Iglesia
–aclaró--, sino para todo el mundo».

De hecho, explicó el predicador del Papa que la expresión
«¡Dios está con nosotros!» está lejos de exclusivismos,
pues «con la venida de Cristo todo se ha hecho universal.

“Dios ha reconciliado al mundo consigo en Cristo, no tomando
en cuenta las transgresiones de los hombres” (2Co 5,19).

Al mundo entero, no a una parte; a todos los hombres, no a un solo pueblo»;
significa que Dios está «de parte del hombre, es su amigo y aliado
contra las fuerzas del mal», recalcó.

Pero «Dios no ha reconciliado al mundo consigo para abandonarlo
después a la nada», recordó aludiendo a quienes no creen en una vida
para el hombre después de la muerte.

«Cristo, dice la Carta a los Hebreos --prosiguió--, murió para
procurarnos «una redención eterna» (Hb 9,12)», y Él cada día
«vuelve del más allá para asegurarnos y renovar sus promesas»
saliéndonos al encuentro «en la Eucaristía para darnos una
muestra del banquete final del reino».

La Eucaristía además «prolonga en la historia la presencia»
del Jesús «dulce y piadoso» --«¡es el sacramento de la no violencia!»,
recalcó el padre Cantalamessa--; pero «la mansedumbre de Cristo»
«no justifica, más bien hace aún más extraña y odiosa,
la violencia que se registra hoy frente a su persona».

Y es que «el perverso mecanismo del chivo expiatorio»
«está nuevamente en marcha respecto a Cristo de una forma hasta
ahora desconocida», denunció. Muestra de ello es que «se suceden
sin descanso novelas, películas y espectáculos en los que se manipula
a placer la figura de Cristo».

«Tal vez debemos imitar a nuestro Maestro y decir sencillamente:
“Padre, perdónales porque no saben lo que hacen” --sugirió--.
Perdónales a ellos y a nosotros, porque es ciertamente también
a causa de nuestros pecados, presentes y pasados, que todo
esto sucede y se sabe que es para golpear a los cristianos y a
la Iglesia que se golpea a Cristo».

«Nos permitimos sólo –apuntó el predicador de la Casa Pontificia--
dirigir a nuestros contemporáneos, en nuestro interés y en el suyo,
el llamamiento que Tertuliano hacía en su tiempo a los gnósticos
enemigos de la humanidad de Cristo: no quitéis al mundo su única esperanza».
Haciendo llegar al Papa «el agradecimiento por el don del año eucarístico»
y el deseo de una pronta recuperación, el padre Cantalamessa expresó:
«Vuelva pronto, Santo Padre; la Pascua es mucho menos “Pascua” sin usted».

E invitó a los presentes usar las palabras del Ave verum –compuesto para
acompañar la elevación de la Hostia en la Misa-- «para saludar a Cristo»
en su elevación «en la cruz ante nosotros», evidenciando así la «unidad
entre Eucaristía y misterio de la cruz, entre el año eucarístico y el Viernes Santo”

¡Feliz Pascua 2005!

                                                                   ¡Que lleves a todos la  PAZ DE CRISTO!

                                ¡Que Dios te bendiga!


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