...SI CONOCIERAS EL DON DE DIOS (Jn 4, 10-11)

La Eucaristía acogida y celebrada

     

 

 

PRÓLOGO

El libro que presentamos es fruto de una petición generalizada por los participantes en el Congreso Eucarístico del año 2005.

¡Qué aportación tan espléndida el poder presentar la Eucaristía como un Don, el mejor de los regalos, Cristo mismo. Es un Don del Dios-Amor, el ABBÁ; es un Don salido del corazón de Cristo; es un Don del que es, entre todos los dones, “Don espléndido”.

En septiembre de 1992, el Movimiento Eucarístico de adoración Perpetua ( A.R.P.U.) presentó, por mediación del autorizado especialista en Sagrada Escritura, D. Domingo Muñoz León, el tema: La Eucaristía, don de Dios Amor, como aportación previa al XLV Congreso Eucarístico Internacional que se celebró en Sevilla del 7 al 13 de junio de 1993.

Ahora, en septiembre de 2005, en la recta final del Año de la Eucaristía, próximo ya el Sínodo sobre la Eucaristía, queremos presentar nuestra modesta aportación, que pretende ser continuidad del anterior y que, sin dilación, enviamos a la Secretaría del Sínodo sobre la Eucaristía.


Los ponentes de este congreso han desarrollado los siguientes temas:

La Eucaristía, un don para comprender y acoger

La Eucaristía, un don para celebrar

La Eucaristía, un don recibido de María, La Eucaristía, un don para la misión

La Eucaristía, un don para adorar

Presentamos, a modo de epílogo, algunas ponencias del anterior Congreso Eucarístico de A.R.P.U, celebrado en Santiago de Compostela en Septiembre de 2004 como antesala del año de la Eucaristía que fue abierto en Octubre del mismo año por el Papa Juan Pablo II.

También ofrecemos, a modo de manifiesto, final unas propuestas de compromiso y alguna de las diapositivas proyectadas durante el transcurso del Congreso.

Esperamos que esta aportación sea del agrado de quienes la han solicitado, y de cuantos quieran acceder a estas tan extraordinarias vivencias.

Los frutos del Congreso vayan dedicados humilde y devotísimamente a la Santísima Virgen, Reina, Señora y Madre del Santísimo Sacramento, bajo la advocación de Nuestra Señora de Covadonga.



Excmo. y Rvdmo. D. Carlos Osoro Sierra, Arzobispo de Oviedo.

Excmo. Y Rvdmo. D. Raúl Berzosa, Obispo Auxiliar de Oviedo.

Excmo y Rvdmo. D. Julián Barrio Barrio, Arzobispo de Santiago de Compostela

Rvdo. José Antonio Sánchez Cabezas, profesor de teología del Seminario Metropolitano de Oviedo.

Rvdo. P. José Cristo Rey García-Paredes, teólogo.

Excmo. y Rvdmo. D. Gabino Díaz Merchán, Arzobispo emérito de Oviedo.



PRESENTACION

Cuando D. Laurentino me pidió realizar una presentación de lo que son las Actas del Congreso de ARPU, lo acogí muy a gusto y con mucho cariño. Dejando lo que otros autores expusieron en su momento, y que queda reflejado en las presentes Actas, quisiera escribir estas letras desde las dos realidades que hemos estado celebrando en este año de 2005: la Eucaristía y la conmemoración del Dogma de la Inmaculada. Tartaré de unir María y la Eucaristía. Y más que hablar de Ella, quiero hablarle a Ella. Porque María está aquí, presente, entre nosotros. Es el misterio de la Comunión de los Santos. Permíteme, pues, Madre eche mano de lo que el Papa Juan Pablo II nos expresó en ese bello y actual documento: La Iglesia que vive de la Eucaristía.

En él se afirma que la Iglesia ha recibido la Eucaristía como el don por excelencia, porque en ella tu Hijo se hace presente, realmente presente. Recuerdo, Madre, que ya en el año 2000, el Papa subrayaba que tu hijo no nos dejó en herencia templos construidos, ni siquiera libros escritos, ni tesoros materiales a custodiar, sino que su herencia y testamento fue algo mucho más maravilloso: se quedó con nosotros para siempre; no en el recuerdo, sino con su presencia real, hasta el final de los tiempos, precisamente en el sacramento de la Eucaristía.

Pues bien, el Papa, como si se tratara de un nuevo misterio del Rosario, nos ha dejado cinco fotografías tuyas en relación a la Eucaristía. Con una sugerente afirmación como punto de partida: toda tu existencia, María, se puede calificar como Eucarística; tú fuiste como una eucaristía viviente (Mane nobiscum Domine, 31). Vamos a desarrollarlo.

En un primer momento el Papa afirma que tu vida estuvo enraizada en la Eucaristía (Ecclesia de Eucharistía, 53). Se atreve a subrayar el Papa que, aunque nada se dice de tu presencia expresamente el día de Jueves Santo, ni de tu participación directa en esa primera cena pascual, es lógico pensar que tú estabas allí con los discípulos y que, supiste, en toda tu existencia, como perfecta discípula, unir las dos dimensiones más importantes de la eucaristía: la escucha y puesta en práctica de la Palabra de Dios y el entrar en comunión perfecta con tu Hijo.

Por eso, Madre, el Papa, en un segundo momento o segundo misterio, te llama, a la luz de la Eucaristía, la mujer de la escucha y del “sí” (Ecclesia de Eucharistía, 55). De nuevo se atreve a afirmar el Papa, que tú, María has viviste la Eucaristía incluso antes de que fuera instituida, por el hecho mismo de haber llevado en tu seno al Hijo encarnado, centro y sentido de la Eucaristía. Y, lo más importante, el “fiat”, el sí que diste al ángel Gabriel para poder recibir el cuerpo de tu Hijo recuerda y es signo del sí, en forma de Amén, que cada día decimos a Cristo antes de recibirle en comunión.

El tercer misterio o tercer momento de tu relación con la Eucaristía, María, el Papa lo relaciona con el hecho maravilloso de haber sido para tu Hijo el primer “tabernáculo, el primer sagrario andante” (Ecclesia de Eucharistía, 55). En tu seno, el Hijo de Dios, todavía invisible a los ojos de los hombres, se hizo presente. No se ha dado mayor cercanía de la presencia de Dios en la historia y mayor unión entre la humanidad y la divinidad. ¡Qué bien lo entendió tu prima Isabel cuando, en gesto de adoración sincera, exclamó: ¿Cómo es posible que me visite la madre de mi Señor? Y, Juan mismo en el seno de Isabel, saltó de alegría confirmando este misterio. Pero, según el Papa, hay algo más: cuando tu hijo nace en Belén, en ese abrazo materno que le otorgaste, ¿no se refleja la forma en que tenemos que acoger la comunión eucarística? Y, ampliando el pensamiento del Papa, me atrevo a pedirte: Como tú, María, haz que todo nuestro ser sea tabernáculo de la presencia de tu hijo al que comulgamos, y, que a la vez, sepamos abrazar a nuestros hermanos, sobre todo a los más necesitados, como tú abrazaste el cuerpo frágil y tierno de tu Hijo.

El cuarto misterio o cuarto momento en esta relación tuya con la Eucaristía, nos lleva a contemplarte al pie de la cruz (Ecclesia de Eucharistía, 57). Sin repetir lo que habla el evangelio de San Juan, añadimos que la Eucaristía es también presencia y memorial de la pasión, muerte y resurrección de tu hijo. Los jóvenes me repiten que es difícil vivir la Eucaristía, que a veces no les dice nada. Yo les respondo que es lógico: que para vivir en profundidad la eucaristía hay que estar entrenado en el misterio, conocer a Jesús de verdad, y haber madurado en la fe. Y, como si el Papa, hubiera escuchado esta conversación, y haciendo las cosas sencillas, insiste en que tú, María, al pie de la cruz, te has convertido también en la maestra que sabe desentrañarnos los misterios de tu Hijo. ¡Madre, haznos discípulos de tus enseñanzas; haznos, como tú, aprendices del único maestro que merece la pena: de Jesucristo!

Y, finalmente, el Papa, en un quinto misterio o quinto momento nos invita a llegar a ser, como tú, Eucaristías vivientes (Ecclesia de Eucharistía, 58), sacramentos existenciales de la presencia de tu Hijo, hasta poder exclamar como san Pablo: “Ya no soy yo quien vive; es Cristo quien vive en mí”. Esto lo hiciste realidad tú, María. No me canso de repetir a mis hermanos y hermanas que ser cristiano no es sólo seguir a Cristo, sino configurarnos con El, ser otros Cristo hoy y aquí. El Papa recuerda que Eucaristía significa acción de gracias y que tú, maría, con el canto del Magníficat, fuiste modelo, una vez más, de lo que significa agradecer los dones recibidos.

Concluye el Papa Juan Pablo que la Eucaristía se nos dado para que nuestra vida, como la tuya, María, sea toda ella un cántico del Magnificat.

Me recuerda unas palabras del Papa Pablo VI: todo cristiano está llamado a ser María, viviendo tres “m” en su vida: cada día reconocer su miseria, para pedir a Dios misericordia y poder entonar así el Magnificat. Miseria-misericordia-Magnificat, tres palabras que tú, madre, supiste unir como nadie. Concédenos hacerlas nuestras.

Finalizo con una breve oración: Oh Dios, que en el admirable sacramento de la Eucaristía nos has dejado el memorial de tu Pascua, haz que adoremos con fe viva este misterio de la presencia de tu cuerpo y de tu sangre, para que nuestras existencias se transformen en eucarísticas y aumente nuestro amor y nuestra esperanza. Tú que vives y reinas con el Padre y el Espíritu por los siglos de los siglos.

Gracias, D. Laurentino, por esta maravillosa iniciativa. ¡Que el Señor de la Eucaristía haga fecunda esta obra tan necesaria para la Iglesia de hoy: ARPU!

+ Raúl Berzosa, Obispo Auxiliar de Oviedo









LA EUCARISTÍA, UN DON PARA COMPRENDER Y ACOGER


Excmo. y Rvdo. Sr. D. Carlos Osoro Sierra,

Arzobispo de Oviedo.

Congreso de ARPU

Oviedo, 13 de septiembre de 2005



I. Introducción:

I. I. Cuestiones de fondo para entender que la Eucaristía es un don para comprender y acoger: La Eucaristía hace presente el sacrificio pascual de Jesucristo y abre a la humanidad el acceso a la vida eterna:



Debemos plantearnos una serie de cuestiones de fondo para entender que la Eucaristía es un don para comprender y acoger. Dos textos entresacados de la Sagrada Escritura Mt 26, 26-29 y 1Cor 11, 23-26 nos revelan cómo en la Eucaristía se presencializa de forma perenne el sacrificio pascual de Jesucristo, sacrificio que abre a todos los hombres el camino hacia la vida sin fin, a la vida eterna.

Como nos narra ese capítulo 11 de la primera carta de S. Pablo a los fieles de Corinto, diferentes problemas – desórdenes, malhumores...- empezaron a abrirse frente en las primitivas comunidades cristianas. Para aclarar todas estas disensiones, San Pablo se remite a una tradición antigua, el primer testimonio sobre la celebración de la Eucaristía. En su exposición podemos atisbar tres dimensiones fundamentales y diáfanamente distinguidas:



Igual que la cena judía, imagen prefigurada de la Eucaristía, se concibe como una actualización de la actuación libertadora de Dios a favor del pueblo hebreo, también la Eucaristía es una actualización de un hecho que no sólo sucedió en pasado, sino la presencialización de una persona que viene a entrar en comunión vital con los hombres: Jesucristo resucitado. En la Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre del Señor se hacen real y verdaderamente presentes, se don dan hoy.

La nueva Alianza del Señor, se establece ahora reforzando la relación hombre-Dios como afiliación y amistad. Toda la historia humana se concentra en la Eucaristía.

Pero como habíamos expuesto anteriormente, la Eucaristía también proclama el futuro del hombre y, por extensión, de la humanidad. En su raíz más profunda, prefigura ya en la tierra el día en que todos nos sentaremos en la mesa fraternal del cielo y en el que viviremos con Dios desde una familiaridad inmediata. En el aquí y en el ahora, en la celebración de la Eucaristía, ya estamos viviendo esta familiaridad.

La Eucaristía es, por tanto, obediencia, fidelidad, comunión del hombre con Dios, prenda y signo de la vida futura...


I. II. Significado de la Eucaristía:

Hay dos expresiones comunes a los dos relatos a los que nos hemos referido anteriormente: “La Sangre de la Alianza”. Se presenta de forma análoga a la alianza que Dios hizo con el pueblo de Israel, la alianza que el mismo Dios Padre hizo en Jesucristo a favor de toda la humanidad. Dios quiso por la Sangre de Cristo crear un nuevo pueblo, no circunscrito a ninguna nación o territorio, a ninguna raza, sino a toda la humanidad. En su incansable Amor desde la creación, Dios ha querido tratar al hombre como un amigo, y le ha prometido una salvación integral, envolverlo radicalmente en su Amor. La encarnación de su Hijo es el momento dentro de la historia de la salvación en que Dios demuestra su Amor más profundo, su alianza más estrecha, Es el movimiento del amor misericordioso de Dios hasta que Cristo venga y recapitule todas las cosas en Él. Considerando estas cosas, el hombre ya no vive igual en esta tierra, entra en el ámbito de una vida singular.

En 1Cor, aparece la expresión: “... la noche que iba a ser entregado...”. Esta expresión nos concierne a todos nosotros. El Señor entrega su Cuerpo y su Sangre a aquellos que van a traicionarle, a aquellos que van a negarle. Nuestras traiciones, nuestras huidas e infidelidades dejan traslucir tras ellas la magnitud del Amor de Dios, su profundidad para con todos nosotros.

La desmedida del amor de Dios es lo que se nos entrega en la Eucaristía. Es en su misericordia donde somos, y en donde la miseria se convierte en el recipiente y medida donde Dios derrama su misericordia. Este amor no es un don para unos elegidos perfectos. Se ofrece a unos hombres imperfectos, pecadores, para que envueltos por el amor de Dios vivan de otra manera desde este mismo amor.

“... Mi Sangre derramada por vosotros...”. Esta Sangre es derramada por todos los hombres de todos los tiempos, por el perdón de los pescadores. Nuestro Dios es un Dios que se ha revelado lleno de ternura y de compasión por la criatura.



I. III La Eucaristía fundamento para la vida de los cristianos:


La Eucaristía es fundamento para la misma vida de los cristianos.

El Sí total e incondicional de Jesús al Padre y a los hombres significa también, cuando celebramos la Eucaristía o permanecemos en una auténtica adoración, el sí al Padre y el sí a todos los hermanos sin exclusión, incluso a los propios enemigos.

“...Haced esto en memoria mía...”: No son palabras mágicas. Dios quiere que junto a Él nos ofrezcamos y ofrezcamos nuestras vidas en ofrenda al Padre.


II. La eucaristía en la vida de los cristianos:


II. I Unión íntima con Cristo.


La Comunión eucarística tiene como efecto principal una unión más íntima con Cristo. El Señor entra como alimento en las personas creyentes para establecer relaciones más hondas con el ser humano y transformar así su interior: “...Quien come mi Carne y bebe mi Sangre permanece en Mí y yo en él...” (Jn 6, 56). Esta unión duradera con Cristo está destinada a prolongarse. Somos los sarmientos que deben – si quieren dar fruto- permanecer unidos a la vid. Esta permanencia en Cristo garantiza la fecundidad de la misma vida. Este deseo de unirse a la vid, a Cristo, responde a la necesidad más profunda del ser humano. Solamente quien permanece en Él podrá comprender como S. Pablo llega a expresar en la carta dirigida a los fieles de Filipos el deseo de morir para estar con Cristo.



II. II La experiencia eucarístico-mariana de la Iglesia



Eucaristía y María van solidariamente unidas. María es vista como asociada a Cristo en la comunidad que celebra la Eucaristía. Los creyentes tenemos necesidad del alimento y comunión eucarísticas. La Eucaristía es fuente y cumbre de una espiritualidad con impronta mariana.

María es la mujer del sí a Dios y a los hombres, del fiat en la fe, en la esperanza y en la caridad. Es paradigma de la nueva estirpe elegida por Dios, del nuevo pueblo fundado por el Señor, que se dejó envolver por el mismo amor del Padre.

En la Eucaristía se invoca la intercesión materna y gloriosa de la Virgen María que aparece en la historia de la salvación como la mujer que, con su respuesta afirmativa a la voluntad de Dios, introdujo la salvación en esta historia.



II. III Gestos de amor y ternura provocadores en el ser humano por la Eucaristía:



La actuación de Jesús nos provoca gestos como expresión del amor del Padre en el Espíritu:



FILIACIÓN TRINITARIA



El amor de Dios, su solicitud por los abandonados, por compartir la condición humana, por comprender el mal del hombre y perdonarle, su entrega y donación en la Cruz, es lo que vivimos en la Eucaristía. La Eucaristía brota del amor del Padre de quien Jesucristo se siente Hijo, por el cual vino al mundo y al cual intenta obedecer y glorificar atendiendo a su voluntad. Es el poseedor el Espíritu que le hace saltar de gozo.



ORACIÓN



Jesús, con frecuencia, se retira a orar, casi siempre antes y después de alguna acción salvadora, y de forma solitaria. La ternura y el amor que demuestra Cristo al hombre es fruto de su relación con Dios Padre. Jesús ora sin palabras inútiles, sin ostentaciones, con confianza, con afecto, no se deja vencer por el desánimo, ora en Espíritu y en verdad.

Jesús no se pone ante su Padre como un mendigo. Posee una mirada filial franca, sin recelos y entra en relación con el Padre con una natural e íntima comunión personal: Tú y Yo.

En la pasión su oración se caracteriza por un tono filial y de confianza ante Dios que no deja solo a su Hijo querido y predilecto.



GOZO INCESANTE



El Señor tiene un estilo de vida festivo. Combate a ultranza el rigorismo, detesta en todo momento el masoquismo de otras sectas religiosas de la época. Propone una forma de relacionarse con Dios muy clara: de forma confiada, orientada hacia él, cuyo atributo principal es el de ser un Dios solidario con el hombre, hasta tal punto de encarnarse en el tiempo y en la historia.



LA EPIFANÍA DEL AMOR DE DIOS



Dios se muestra a todos los hombres en su amor más profundo: compartiendo nuestra naturaleza y

asumiéndola hasta divinizarla de tal modo que, la aspiración más sublime del hombre es llegar a vivir

la vida en Dios y con Dios.



DIMENSIONES DEL AMOR DE DIOS: EL SER-CON Y SER-PARA.



La ternura y el amor de Dios pertenece al ser y no al tener, y exige una máxima transparencia: asumir y estar al lado de los hombres. Este amor de Dios se rinde ante el hombre y, éste, pecador. Toda la actuación salvífica de Dios va encaminada a restituir en el hombre esa Gracia primera que de él había recibida.

Podemos contemplar 5 actitudes de Cristo para con el hombre:





El amor de Dios y su intención de salvar al hombre, va encaminado siempre a salvar la integridad de la persona, en sus dimensiones, psíquica, física y moral. Restituye la vida del enfermo y del pecador liberándolo del origen de todo mal. El Señor no va a los síntomas sino a las causas. Va al fondo de las cuestiones.

El sí a Dios y el sí a los hombres de Jesucristo pasa necesariamente por el perdón de los enemigos y malhechores. Todo, por su acción salvadora, comienza de nuevo. Deja entrever en el horizonte de la vida del hombre un futuro nuevo, una vida nueva. Dios en su Hijo no sólo está siendo con los hombres, sino también para los hombres.

En el tiempo histórico en que Jesús irrumpe, la mujer era objeto de desprecio y apenas contaba en una sociedad idiosincrásicamente patriarcal. Jesús acoge a la mujer y la realza de una manera singular. Son los primeros testigos de la resurrección del Señor y los primeras enviadas a anunciar la Buena Nueva del Señor.

También el Señor mostró una inmensa ternura por los niños, hasta tal punto de proponerlos como modelo de forma de vida para entrar en el Reino de Dios. Para Jesús, los más pequeños son los más importantes en el Reino de los Cielos.

Por último, cabe señalar el mandato de Jesús: “Amad a los que os odian”. Jesús siempre mostró su perdón y su misericordia a pecadores y malhechores. Esta es la gran locura del amor de Dios que no hace distinciones y cuya misericordia se derrama sin medida en el recipiente de las miserias de los hombres pecadores.





III La Eucaristía, don para comprender y acoger, como culmen y fuente de la nueva evangelización



Juan Pablo II, en su encíclica Novo millenio ineunte, puso de manifiesto que, en este tiempo histórico, la Iglesia debe renovarse en “ardor, método y expresión”. Asistimos a una nueva situación socio-cultural cuyo diagnóstico puede resumirse en una profunda globalización del mundo y del hombre de hoy. Ha habido cambios muy diversos y muy profundos. La Iglesia, ante este panorama de secularización, de pluralismo de ideas, de una mentalidad científico técnica, de un pragmatismo eficiente..., se le abren nuevos retos y oportunidades de llevar a cabo su misión evangelizadora. El proyecto que encabeza la Iglesia debe proyectarse antes en la Eucaristía. Tenemos que acometer un desafío en ardor, método y expresión. Nuestra espiritualidad debe ser una espiritualidad de contemplación, de unión con Cristo, de confianza suprema en el amor del Señor. Nuestra vida debe ser una configuración plena con el Maestro, una vida que sea todo un sí, un fiat a Dios y a los hombres. Éste es el método que nos dejó el Señor para actuar. Acometamos nuestra vida desde los gestos de amor y de ternura que el Señor nos mostró. Ofrezcamos una nueva oferta al mundo de hoy: ante una mentalidad positivista y pragmática, ofrezcamos una estrategia misionera, la estrategia de la Encarnación del Señor mismo.




LA EUCARISTÍA, UN DON PARA CELEBRAR


D. José A. Sánchez Cabezas, profesor del Seminario de Oviedo

Congreso de ARPU

Oviedo, 13 de septiembre de 2005


Mi intención es mostrar de manera resumida la evolución histórica de la eucaristía en su aspecto litúrgico, con la esperanza de que esto nos ayude a comprender mejor este don de Dios. Partimos de la Escritura y luego recorreremos la tradición hasta nuestros días.


1. ESCRITURA


Nuestra eucaristía es algo nuevo, creado por Jesucristo en la última cena. Encontramos el relato de la institución de la eucaristía en Mateo, Marcos, Lucas y en Pablo, que es probablemente quien nos ofrece el testimonio más antiguo de esta celebración en la 1 Cor, escrita hacia el año 55, donde la llama Cena del Señor. Estos relatos son textos “litúrgicos”, pues la redacción que nos han transmitido está influenciada por la liturgia eucarística que celebra la comunidad de cada autor sagrado. Esto explica las diferencias que tienen los relatos entre sí y que dificultan mucho una reconstrucción del original para saber qué dijo Jesús exactamente y cómo se desarrolló la última cena. Pero los relatos nos transmiten el acontecimiento fundamental de la última cena, y por tanto no cabe dudar de su historicidad esencial. San Juan por su parte nos transmite la narración del lavatorio de los pies en el contexto de la cena y el discurso del pan de vida.

La última cena es una comida festiva. La comida tiene para los judíos un sentido sagrado pues expresan en ella la comunión con Dios y la comunión entre los diversos participantes. Por eso el hecho de que Jesús comiera con los pecadores ya era una novedad impactante e incluso escandalosa.

Si es indiscutible el hecho histórico de la última cena de Jesús con sus discípulos, es discutible si esta cena fue propiamente la cena pascual -en la que una vez al año el pueblo de Israel hace memorial, en su sentido de memoria y actualización de la liberación de la esclavitud en Egipto-, o más bien sólo una cena de despedida. La duda viene por un problema cronológico hasta hoy sin resolver. Mientras en los sinópticos la última cena es la cena pascual (recordad que Jesús dice: “He deseado comer esta pascua con vosotros”), en el evangelio de san Juan es imposible situar esta cena en el marco de la cena pascual porque cuando Jesús está en la cruz se están sacrificando los corderos pascuales que se comerán en la cena (Jn 18,28). De todas maneras es posible afirmar la cercanía, el contexto, y la intención pascual de la cena de Jesús. La comunidad primera atribuyó a la eucaristía desde un principio un carácter pascual, como memorial de la nueva alianza, en la que el definitivo cordero pascual se inmola por la salvación de todos los hombres. De todos modos, también es verdad que hay unas características muy semejantes entre la cena pascual y otras comidas festivas de Israel.

A pesar de las diferencias, vemos en los cuatro relatos de institución la misma estructura, articulada por la sucesión de cuatro verbos que realiza Jesús: tomar, dar gracias, partir y dar. Ha sido la secuencia de esos cuatro verbos lo que ha determinado el desarrollo de la segunda parte de la misa: presentación de los dones (tomar), la plegaria eucarística (dar gracias), la fracción del pan (partir) y la comunión (dar). El relato de Lucas parece el más conforme al desarrollo de los banquetes festivos y al banquete pascual entre los judíos. En ellos hay una primera copa de vino que van a beber todos los comensales con una oración en la que Dios es bendecido por habernos dado el fruto de la viña. La liturgia de la mesa empieza de verdad cuando el cabeza de familia parte el pan ácimo que será distribuido entre los comensales, diciendo una fórmula apropiada. Este pan hay que interpretarlo en la cena pascual como recuerdo simbólico de la aflicción, de la esclavitud, y de la precipitación en la salida de Egipto. Más tarde, cuando la cena termina, se toma una copa nuevamente llena de vino (que representa los dones de la tierra prometida, es símbolo de la alegría -sobre todo escatológica-, y de la idea que conlleva de sacrificio y sangre) y se hace una oración más larga que constituye un elemento importante del ceremonial. En la pascua esa oración es la Beraká, la gran Bendición que se dirige a Dios. Así aparece el ritual que hace Jesús en Lucas. Es sin duda en esos dos momentos, al principio de la cena con el pan ácimo y después de haber cenado con la copa de vino donde hay que situar las nuevas y trascendentales palabras de Jesús: “Esto es mi cuerpo…Esta es mi sangre”. Jesús añade: “Haced esto como memorial mío”, que ciertamente responde al contexto de la cena pascual, memorial de otra liberación salvadora.

La eucaristía hunde sus raíces en el AT, aunque sea algo nuevo al mismo tiempo. Además de las referencias a la cena pascual hay otras referencias al AT: “cuerpo entregado por vosotros”, recuerda al Siervo de Yahvé de Is 53; “Nueva alianza en mi sangre”: remite a las palabras de Jer 31,31 cuando el profeta anuncia la nueva alianza mesiánica, o también a Ex 24,8 donde Moisés sella con sangre la alianza del Sinaí; “Sangre derramada por muchos”, alude a Is 53,11-12. En estos textos vemos también referencias sacrificiales, de tanta importancia en el AT.

Pero no olvidemos que la resurrección del Señor es la fuente última de donde dimana la eucaristía de la Iglesia posterior. Sin la resurrección la eucaristía no llegaría a existir pues sólo la resurrección puede generar la presencia de Cristo en la eucaristía.

Queremos rastrear en el NT elementos que nos ayuden a vislumbrar al menos como eran las primeras eucaristías.

En el relato de la aparición de Cristo Resucitado a los discípulos que se iban camino de Emaús encontramos la fracción del pan precedida por la Palabra de Dios: Jesús comenzando por Moisés y continuando por todos los profetas fue interpretando todos los pasajes de la Escritura referentes a él. Después parte el pan y le reconocen. Este texto es una catequesis para mostrar que en la eucaristía podemos encontrar al Resucitado. Aquí la eucaristía se entiende formando unidad con la Palabra, con la Comunidad y con la Misión.

Gracias a la Eucaristía entramos en comunión con Cristo Resucitado, como se desprende de 1 Cor 10: podemos ser todos uno en Cristo porque participamos del mismo pan partido. “Fracción del pan” es uno de los nombres de la eucaristía en el NT, y este gesto litúrgico encuentra su sentido espiritual en este texto de san Pablo. Tampoco puede celebrarse la eucaristía sin un contexto previo de amor fraterno, como enseña 1 Cor 11: Pablo denuncia que se come indignamente y sin discernir el Cuerpo del Señor cuando no se ayuda a los hermanos necesitados de la asamblea. Lo que se celebra ya no es entonces la verdadera cena del Señor (otro nombre de la eucaristía en el NT).

Los Hechos de los Apóstoles también nos dan noticia de una comunidad que expresa su nueva vida “acudiendo asiduamente (en su reunión por las casas) a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones” (2,42). En Hech 20,7-12 la comunidad cristiana de Tróade se reúne el primer día de la semana (el domingo, el día que Cristo resucitó) para la fracción del pan.

La celebración se tiene al principio en conexión con una comida. En Corinto parece que primero tenía lugar la cena comunitaria y al final todo lo específico de la eucaristía. En la evolución posterior, no tardará mucho en desaparecer la comida.

Del conjunto de testimonios del NT se puede deducir el orden de las secuencias de la eucaristía: reunión y encuentro de la comunidad el primer día de la semana (el día de la resurrección de Jesucristo); lectura de la Escritura y la enseñanza de los apóstoles; la fracción del pan para la participación del cuerpo y la sangre de Cristo, como memorial del Señor muerto y resucitado; unión de esta fracción del pan con la comunicación de bienes; relación de la eucaristía con la vida entera y con la misión. Aparece el carácter alegre y gozoso de la celebración; su llamada imperiosa a la unidad eclesial (para ser un solo cuerpo) y a la mutua acogida sin discriminación; y también su dimensión escatológica, pues se celebra en la espera del Señor Jesús (maranatha: 1 Cor 16,22; Ap 22,20).


2. TRADICION


Nacida de una institución de Cristo, la misa siempre ha sido lo que fue en su origen, sin embargo, a lo largo de los siglos, distintos ritos y oraciones le han ido dando formas sensiblemente diferentes según lugares y tiempos sin afectar su estructura fundamental. Durante bastante tiempo se la recubrió de adherencias o ropajes que hacían difícil entrar en su misterio. Distinguimos cuatro grandes períodos: la misa antes de los libros litúrgicos, hasta fines del siglo III; la época creadora en que se enriquecieron los grandes momentos de la liturgia, hasta el siglo VIII; luego la época en que la imaginación de la piedad de los pueblos cristianos influyó sobre todo en aspectos más secundarios y exteriores; y finalmente, la del movimiento litúrgico y de las reformas del concilio Vaticano II, que disfrutamos hoy.



A. La celebración eucarística entre el siglo I-III


Como es lógico este período comienza con todo lo dicho ya del NT, a lo que se añaden otros documentos importantes.


-Didaché (s. I)

Se usa el término eucaristía. Se habla de asamblea en el día del Señor. Se hace fracción del pan y se da gracias. Es necesario participar con corazón limpio y reconciliado, sin contiendas con los demás, para no profanar el sacrificio. El pan expresa la comunión eclesial.


-La Apología de San Justino (hacia el año 150)

Texto de gran importancia porque la misa aparece con la estructura fundamental que se ha perpetuado hasta nuestros días y que la Iglesia ha sacado hoy a la luz gracias a testimonios como éste. Se distinguen los siguientes elementos: reunión en domingo bajo la presidencia del obispo o del presbítero, lecturas de la Palabra de Dios (la Biblia fue el primer libro litúrgico y el único durante cerca de tres siglos), homilía, oración universal (que constituye un privilegio de los fieles, lo cual subraya su carácter sacerdotal o intercesor por la humanidad; gracias a otros testimonios posteriores sabemos que los catecúmenos y los penitentes tenían que abandonar la asamblea antes de que empezase la oración de los fieles), el beso de la paz (recordemos la exhortación del Señor en Mt 5,23-24: “Si al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano”, este texto sirve con toda naturalidad de soporte y catequesis a esta tradición), luego la presentación con gran sencillez del pan y el vino mezclado con agua (esta mezcla con agua que en un principio serviría para rebajar un vino fuerte en graduación, tendrá con el tiempo un sentido espiritual de unión de los fieles con Cristo); una gran alabanza y acción de gracias dirigida al Padre, improvisada por el presidente, y con Cristo como motivo central, que culmina en el Amén de la asamblea. Comunión de los presentes con las dos especies, que también se lleva a los ausentes. Es una comunidad participante y activa, que vive la asamblea eucarística dominical como el lugar gozoso de encuentro con Cristo y donde los cristianos lo comparten todo, también los bienes materiales, especialmente con los necesitados.


-La “Tradición Apostólica” de Hipólito (III)

Recoge la primera anáfora o plegaria eucarística escrita que se conoce. La estructura de esta plegaria es la que seguirá la Iglesia en la incorporación de nuevas plegarias en el Misal después del Vaticano II. Corresponde sobre todo a nuestra plegaria eucarística 2ª, que es la que más utilizamos los sacerdotes. La estructura de la anáfora de Hipólito consiste en: diálogo inicial entre el presidente y la asamblea, acción de gracias dirigida al Padre y centrada en Cristo por su obra creadora y redentora, por su muerte y resurrección, con la que se ha formado un pueblo santo (es lo que ahora llamamos prefacio), el relato de la institución, la anámnesis o memorial de la muerte y resurrección de Cristo (tomando pie de su orden: “haced esto como memorial mío”), la ofrenda por la que se presenta a Dios el sacrificio de su Señor hecho presente en el sacramento; después viene la súplica por la que se pide el Espíritu Santo para que una a la Iglesia (epíclesis de comunión) y haga crecer a todos los participantes en la fe y en la alabanza; y finalmente la doxología o glorificación a la Trinidad con el Amén del pueblo con el que hace suya toda esta oración del presidente. Esta plegaria no se concibe como formulario invariable. Se sigue el principio de la improvisación sobre un esquema. La raíz está en las bendiciones judías, que contienen también una parte de acción de gracias y otra de súplica. Para elaborar nuestra Plegaria 2ª se añadió a este texto el Santo y las llamadas intercesiones, en las que se expresa la comunión con toda la Iglesia, celeste y terrena, y la súplica por la misma Iglesia, por sus ministros y por los difuntos.



B. Siglos IV-VIII

La liturgia de la misa tenía que adaptarse al crecimiento de las asambleas que se veía favorecido con el final de las persecuciones en el siglo IV y con los espacios más amplios en los que se celebraba, como eran las basílicas. Esa evolución adoptará formas diversas según la cultura propia de las diversas regiones del imperio romano y de las comarcas orientales. Se constituirán las grandes familias litúrgicas (sobre todo la familia oriental y la familia occidental, a la que pertenece la liturgia romana y la liturgia hispana o mozárabe, entre otras), con una pluralidad de aspectos sin renegar de la herencia de los primeros siglos que sigue asegurando su unidad fundamental. En esta exposición el recorrido histórico lo hacemos del rito romano, al que pertenecemos. Las oraciones, transmitidas hasta ahora sobre todo por la tradición oral, empiezan a ponerse por escrito y a circular de una comunidad a otra, lo cual provoca la vigilancia de los concilios locales. Se hace necesario un control de calidad y de verdad por una natural tendencia a elegir lo mejor y lo más ortodoxo. Estamos en el tiempo del paso del griego al latín como lengua litúrgica.

Un elemento novedoso que aparece a lo largo del siglo IV es el rito de entrada del celebrante en la basílica, que adquiere muy pronto el tono de un cortejo solemne.

También cobra importancia ahora la procesión de las ofrendas. Los cristianos aportan el pan y el vino y de este modo quieren destacar su participación en los frutos de la eucaristía. El sacrificio siempre se ofrece por la salvación del mundo, pero cada cual puede de esta manera recoger sus frutos para aplicarlos a sus propias intenciones, muchas veces por personas difuntas. Hay que señalar también las ofrendas que se hacen como ayuda a los necesitados y a la Iglesia. El sacrificio eucarístico y el sacrificio de amor a los hermanos siempre irán unidos como si fueran uno solo.

Los siglos IV y V son un período de creación intensa en materia de plegarias eucarísticas. La época de la tradición oral ha terminado ya. De la Iglesia en África, que fue la primera en hablar latín, no nos ha llegado ningún texto. Sólo sabemos por el concilio de Hipona del siglo IV que cuando se está junto al altar la plegaria debe dirigirse siempre al Padre. San Agustín se muestra preocupado por la participación del pueblo en la anáfora, sobre todo por la calidad de su actitud interior en ese momento de la celebración. San Ambrosio de Milán cita todo un pasaje que se parece mucho a la parte central del canon romano de la misa. El canon romano, en la actualidad plegaria 1ª, será durante siglos la única plegaria eucarística en el Rito Romano.

Ha llegado hasta hoy el gesto de unir el Cuerpo y la Sangre de Cristo en el cáliz después de la fracción del pan, gesto que ha tenido significaciones diversas. Recuerda por ejemplo el rito del fermentum en la Iglesia de Roma, por el que el Papa envía un trozo de pan consagrado a las comunidades en las que el presbítero no ha podido participar como era costumbre en la Eucaristía presidida por el Papa, ese trozo era introducido en el cáliz, y así se quería expresar la unidad de todos con el Papa. Aunque no se imponga una explicación determinada, la más probable debe buscarse en el simbolismo de las dos especies. Presentar por separado el cuerpo y la sangre, como Cristo hizo en la cena, es, en la mentalidad judía o semítica evocar la muerte, pues entonces la vida que habita en la sangre ya no está en la carne. Para significar que hoy el Señor está vivo, es muy natural entonces expresarlo con la mezcla del pan y el vino, simbolizando así la unión de la carne y la sangre de Cristo Resucitado.

Aparece también la presentación del Cuerpo y la Sangre de Cristo al comulgante y la respuesta de éste con el Amén. San Agustín comentará que con este Amén se está confesando que somos el misterio que recibimos, esto es, el Cuerpo de Cristo. Se vive intensamente en esta época la unidad que forman cuerpo de Cristo eucarístico y cuerpo de Cristo eclesial, Iglesia y Eucaristía. La comunión sigue siendo con las dos especies. Los pecadores graves tienen que acudir a la penitencia para poder acercarse a la mesa del Señor.

Hasta el s. V la mayoría de los autores se refieren a la comunión como la forma más común de participar en la Eucaristía. A partir de este siglo hay un descenso de esta práctica debido al enfriamiento de las comunidades, por las conversiones interesadas (recordemos que el cristianismo es ya religión oficial del imperio), por la decadencia del catecumenado al entrar muchas personas de pronto en la Iglesia, por la insistencia en la pureza y en la sacralidad de la eucaristía. Ya San Juan Crisóstomo se lamenta de que sean pocos los que comulgan.

En estos primeros siglos la participación del pueblo es activa y plena, poniéndose de manifiesto de diversas formas: en la existencia de gran diversidad de servicios y ministerios: lectores, acólitos, salmistas y cantores, ostiarios o porteros; el pueblo conoce la lengua; participar en la eucaristía del domingo no es visto como carga sino como posibilidad de ser cristiano. Tenemos el testimonio de los mártires de Abitinia, en el siglo IV, que decían a sus jueces: “No podemos ser cristianos sin celebrar el día del Señor”. Participar en la misa era pues para ellos un privilegio y un motivo de alegría.

Hasta aquí, siglo VIII, podemos decir que se vive intensamente la asamblea dominical, la comunidad, el misterio pascual como presencia y dinamismo de muerte y resurrección con Cristo; los signos son significativos, la liturgia se entiende; Eucaristía e Iglesia están mutuamente implicados. Pero esto va a entrar en un tiempo de decadencia.


C. Siglos IX-XIX


Pipino el Breve decreta la adopción de la liturgia romana en todo el imperio franco. Se produce un enriquecimiento de la liturgia romana al adaptarse a las costumbres de otros pueblos. Los franciscanos fueron grandes propagadores de la liturgia romana.

Las influencias franco-germánicas sobre la liturgia romana dieron lugar a acentuar aspectos sentimentales y penitenciales expresados en las oraciones privadas o apologías que estaban reservadas al sacerdote. Estas oraciones expresan sentimientos de devoción, de penitencia y de indignidad ante el misterio. Este privatismo sacerdotal eucarístico contribuyó a la separación del pueblo y a la pérdida de sentimiento comunitario.

En este tiempo entra el Credo en la misa.

Hasta ahora en occidente se usaba pan fermentado, como en oriente (recordemos que lo llevaban los fieles de sus casas). En el siglo XI se generalizó en Occidente el uso del pan ácimo (sin levadura, posiblemente por razones de orden práctico relativas sobre todo a la conservación de las especies, junto con motivaciones sacadas del evangelio donde la última cena está fijada en la semana de los ácimos).

Se instaura la costumbre de recibir la comunión en la lengua, pues se entendía entonces como una forma más respetuosa que la tradicional comunión en la mano.

Aparece el rito de la elevación del pan consagrado. Esto guarda relación con el hecho de que se comulga muy poco (los laicos se acercan muy raras veces a la santa mesa por miedo pues se acentúa el sentimiento de indignidad, de inaccesibilidad al misterio) pero se tiene gran deseo de ver el sacramento del cuerpo de Cristo. También guarda relación con el deseo de reaccionar frente a los que, como Berengario, dudaban de la presencia real de Cristo en la eucaristía. Se pasa de ver la eucaristía como memorial de la pascua de Cristo, a verla casi exclusivamente como la presencia real de Cristo. La eucaristía se hace más estática, más cosista, más centrada en la eficacia. Se oculta el sentido de presencia dinámica de Cristo Resucitado que viene a transformar la asamblea y sus miembros. Se insiste mucho en la pasión de Cristo, en su sacrificio, pero se deja de lado el aspecto de banquete pascual. La eucaristía es una buena gracia que Dios envía y de la que se participa por la consagración. Desde lejos se admira y se adora. El centro de atención se desplazará con el tiempo del altar al sagrario. La ceremonia de la elevación se potencia como cumbre de la celebración, se convierte en la práctica en lo esencial de la asistencia a misa. La visión de la sagrada hostia permite recibir los frutos de la Eucaristía. Este proceso derivó en la procesión solemne del Santísimo con la custodia, que dio lugar a la institución de la festividad del Corpus Christi en 1246. No estamos diciendo con ello que este proceso histórico fuera sólo negativo. Permitió desarrollar el culto de la eucaristía fuera de la misa. El Espíritu Santo se sirve de todo, incluso de acentos excesivos o desequilibrios como el abandono de la comunión, para ayudarnos a descubrir aspectos nuevos como la exposición del Santísimo.

Hasta el siglo XIII los laicos que comulgan reciben generalmente una partícula de la hostia que el sacerdote ha partido. Sin embargo, esta costumbre desaparece con el empleo de formas preparadas de antemano y el sacerdote consume siempre él solo los dos fragmentos del pan que ha fraccionado. Se pierde pues el sentido que tenía la fracción del pan.

Tampoco se dudó por razones de comodidad en tomar para la comunión de los laicos los panes consagrados con anterioridad y que estaban guardados en el Sagrario. Se pierde así el signo de participar del mismo sacrificio que se está celebrando.

Se abandona la comunión del cáliz, por motivos prácticos y de higiene.

La lengua litúrgica –el latín- cada vez se aparta más de la que habla el pueblo; el canto se convierte en coto cerrado de cantores y scholas. Los laicos dejan de desempeñar los ministerios litúrgicos que antes les correspondían, quedando asumidos por los clérigos. Estamos en el declive de la participación activa de los fieles.

Con esta caída de los signos, los fieles tenían pocos medios para entrar en el misterio (los signos son precisamente los medios de acercarse al misterio), cuyo punto esencial era para ellos solamente la consideración de la presencia de Cristo en el altar y su culto fuera de la misa. Otra forma de participación de los fieles era presentar ofrendas para que el sacrificio se celebrara por ellos y por los suyos.

A partir del s. XII-XIII se extienden las “misas privadas” en las que se busca la consecución de un favor. El centro es la necesidad humana, no la alabanza, y lo que cuenta es la celebración del rito por el sacerdote y no tanto la participación del pueblo. Ha quedado pues oscurecida la asamblea.

Ya en la Edad Media se había iniciado un movimiento de protesta ante los abusos en la celebración de la Eucaristía. Lutero y los demás reformadores recogerán este movimiento centrándose en criticar la misa privada, la superstición e incomprensión del pueblo y el carácter sacrificial. En su afán reformador, Lutero llegará a quitar demasiado: además de abolir las misas privadas, prohíbe la adoración al Santísimo Sacramento, suprime el carácter sacrificial y expiatorio, y reduce la plegaria eucarística a las palabras de la consagración.

El Concilio de Trento aborda directamente el tema de los abusos en 1562 y confía la reforma del misal al Papa. No se consideró oportuno que la celebración fuese en lengua vulgar, aunque se insiste en la necesidad de hacer entender lo que se dice al pueblo. Este concilio representa un momento muy interesante de la historia de la eucaristía, tanto en lo que supuso de reflexión teológica como de pastoral. Entre otras cosas, defenderá el carácter sacrificial de la misa.

En 1570 Pío V promulga el Misal Romano, que se impone como obligatorio para toda la Iglesia, con alguna excepción. Es una respuesta a la necesidad del momento, recoge lo más válido del misal que había, lo purifica, favorece la superación de abusos e insiste en la unidad. Es cierto que así se eliminaba el peligro de desviación en el culto esencial, pero a la vez va a suponer un condicionante para la vitalidad, la creatividad y la participación de los fieles, que va a provocar que la iniciativa del pueblo vaya por otros lugares: en forma de devociones particulares y funciones religiosas fuera de la misa. El pueblo cristiano asiste a la eucaristía, pero no entiende y por tanto no participa plenamente. Por eso buscará otros cauces en las devociones y en el culto fuera de la misa.


D. El Movimiento litúrgico y la renovación del Vaticano II (siglos XIX-XX)

Fue a fines del s. XIX cuando nació el llamado “Movimiento litúrgico”, que continuó en el siglo XX, con el estímulo de papas como Pío X y Pío XII, y que preparó el terreno para la gran renovación del Vaticano II. Este movimiento produjo entre otras cosas: aprecio de la comunión, extensión de la catequesis sobre la Eucaristía, necesidad de acercar la liturgia al pueblo para una participación activa, desarrollo del sentido comunitario, extensión del canto a todo el pueblo. Con la ayuda de los estudios bíblicos, patrísticos y ecuménicos, y sobre todo por los estudios litúrgicos y las decisiones de los papas, la Iglesia fue redescubriendo aspectos de la eucaristía que habían quedado oscurecidos o empobrecidos.

Todo este movimiento desembocó en el Concilio Vaticano II que supuso la renovación del sacramento eucarístico por un verdadero retorno a las fuentes. Junto a la Constitución sobre la liturgia “Sacrosanctum Concilium” del Vaticano II (1963) se elaboran otros documentos: “Ordenación general del misal romano”(1969), “Mysterium fidei” (1965), “Eucharisticum mysterium” (1967) de Pablo VI. En el concilio la renovación de la Iglesia va a ir ligada a una renovación litúrgica que quiere recuperar los signos litúrgicos, la Palabra de Dios, el memorial del misterio pascual, la lengua vernácula, el equilibrio entre sacrificio y banquete, los ministerios, la concelebración, y sobre todo la asamblea. Va pues mucho más allá de simples cambios de posición del altar o del sacerdote.

Veamos algunas afirmaciones teológicas del concilio. En la eucaristía se actualiza el misterio pascual y se hace presente Cristo mismo. Por eso este sacramento es fuente y cumbre de toda la vida de la Iglesia. Es celebración de toda la Iglesia, y no de unos pocos. El concilio reclama la participación activa de todos los fieles en la eucaristía, que deben aprender, con la ayuda de la Iglesia, “a ofrecerse a sí mismos” en la eucaristía en virtud de su sacerdocio bautismal, para convertirse en la ofrenda o sacrificio de un único Pueblo unido a Cristo. En la celebración cada uno debe hacer “todo y solo aquello que le corresponde”. La principal manifestación de la Iglesia tiene lugar cuando el pueblo de Dios celebra la eucaristía con su Obispo, rodeado de su presbiterio y ministros. Las comunidades eucarísticas presididas por los presbíteros, que son colaboradores del obispo y que le hacen en cierto modo presente en cada asamblea, representan a la Iglesia universal. El Vaticano II ha redescubierto el profundo vínculo que hay entre eucaristía e Iglesia, recuperando la mejor tradición teológica y litúrgica que unía siempre cuerpo de Cristo eucarístico y cuerpo de Cristo eclesial. Hay que señalar también las posibilidades que brinda la renovación del Concilio Vaticano II para la adaptación e inculturación de la Eucaristía a las diversas culturas y pueblos.

Nuestro Misal Romano actual fue promulgado por Pablo VI en 1969. Lo había pedido el Concilio. El nuevo Misal se ve enriquecido con toda la aportación del movimiento litúrgico, que culmina en la constitución Sacrosanctum Concilium. Un objetivo esencial del misal es la participación consciente y activa de todos los fieles, que supone una percepción clara de los diversos elementos del ritual y del vínculo que los une en el dinamismo de la celebración.

Ya no se trata de una simple descripción de ritos. El espíritu del nuevo Misal se traduce de un modo muy especial en la preocupación constante y primordial por la asamblea entera, presentada como el primer actor de la celebración. La misa normal es aquella en que el pueblo está presente. No es una asamblea que oye la misa o asiste a misa, sino que celebra la misa. En adelante, son posibles muchas opciones que permiten adaptar mejor la liturgia al pueblo.

Este papel primordial de la asamblea no se opone a las funciones de los ministros, más bien las exige para que se viva mejor el signo y la riqueza del cuerpo eclesial del Señor. Por su ordenación el presbítero fue hecho representante de Cristo cabeza y por eso preside la asamblea. Los demás ministros están previstos según las necesidades de la comunidad. Hay tres que parecen privilegiados ya que su presencia constituye la forma de la misa típica: el lector, que será habitualmente un laico, el cantor o salmista y por lo menos un ministro del altar.

El nuevo Misal a menudo nos hace volver a las formas más antiguas. Pero no es una reconstrucción arqueológica: las restauraciones se hacen en la medida en que se estima conveniente o necesario para que la Iglesia celebre hoy mejor el misterio pascual. Las aportaciones positivas de las épocas posteriores, lejos de ser despreciadas, son aprovechadas en varios puntos.

La liturgia de la Palabra no se trata de una simple preparación para el sacramento que viene después en la consagración. Es una parte integrante de la celebración, que realiza una presencia del Señor en medio de su pueblo pues es Dios quien habla cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, y los fieles son verdaderamente alimentados en esta mesa de la Palabra. Es esencial que aparezca con claridad la íntima conexión entre la palabra y el rito en la liturgia. La homilía es parte integrante de la liturgia de la misa. Explica los pasajes de la Escritura que han sido proclamados u otro texto de la Misa y constituye el punto de unión del misterio celebrado con la vida de los fieles que la escuchan. Luego el pueblo ejercita su oficio sacerdotal rogando por todos los hombres en la oración universal, que vuelve así a ocupar su lugar en la liturgia romana después de catorce siglos de abandono.

Es de alabar que el pan y el vino lo presenten los mismos fieles. Se admite también la posibilidad de ofrecer otros dones, pero con la finalidad de ayudar a los pobres o a la Iglesia. No se habla de ofrecer otro tipo de cosas. La presentación del pan y del vino, junto con los dones destinados a la caridad, subraya el fuerte vínculo que existe entre la Eucaristía y el precepto del amor fraterno. Sin embargo, la liturgia dispone que el pan y el vino sean colocados directamente sobre el altar, mientras los otros dones no deben ser apoyados sobre la mesa eucarística, sino fuera de ella y en un lugar adecuado; tal disposición pretende expresar la debida veneración hacia los elementos que luego se convertirán en el cuerpo y sangre del Señor. La oración que pronuncia el sacerdote elevando un poco el pan y el vino está inspirada en el modelo de las bendiciones de la liturgia judía. Antes del concilio por un deseo legítimo de establecer un vínculo entre la misa y la vida, se había hecho del llamado entonces ofertorio el ofrecimiento de los esfuerzos de los hombres para convertirse, transformar el mundo y anunciar a Cristo, con el riesgo de ver en el mismo un sacrificio antes del Sacrificio con mayúsculas o un ofertorio antes del verdadero Ofertorio, que se hace en la anáfora a partir de la consagración entregándose la Iglesia con Cristo por él y en él a Dios Padre. Para evitar estos malentendidos se cambió el nombre de ofertorio por el de presentación de dones. Por eso, cuidado con ciertos excesos en la presentación de los dones. No está mal ahí un cierto sentido de ofrenda de nuestra vida, pero si se acentúa mucho parecerá que la iniciativa en el sacrificio eucarístico es nuestra, y esto desequilibrará la celebración.

El Misal fue enriquecido con varias plegarias eucarísticas (una de ellas es la retocada de Hipólito, como ya comentamos), pues hasta ahora sólo se tenía en el Misal el Canon Romano.

En el Misal la comunión aparece recuperada como meta de toda la celebración y cumbre de la participación de los fieles. Viene preparada por el Padrenuestro, la paz y la fracción. Se quiere volver a dar a este gesto de la fracción su sentido original, por eso conviene, en razón del signo, que algunas partes del pan eucarístico que resultan de la fracción del pan, se distribuyan al menos a algunos fieles en la Comunión. Es deseable también que los fieles puedan recibir la comunión con pan consagrado en la misma Misa para que aparezca mejor que la Comunión es participación en el Sacrificio que se está celebrando. En la comunión se experimenta más que en otras partes el deseo de volver a las fuentes, como atestigua el diálogo restaurado entre el ministro y el comulgante que profesa con el Amén su fe en la eucaristía. Y no es ésta la única novedad importante del rito. Ahora es posible recibir la comunión en la mano, como era el uso más antiguo. Se vuelve a valorar muy positivamente la comunión bajo las dos especies como la forma plena en cuanto signo pues aparece así más perfectamente el signo del banquete eucarístico, el signo de la nueva y eterna alianza en la sangre del Señor y el lazo entre el banquete eucarístico y el banquete escatológico en el reino del Padre. Siempre se trata, no sólo de salvar la validez teológica o la eficacia, sino de favorecer la expresividad de los signos.

La eucaristía es instrumento de comunión, pues alimenta la unión de los hombres con Dios y entre sí. Pero también, en cuanto es el mayor signo de comunión, requiere una comunión previa tanto visible como invisible (la vida de la gracia) para poder celebrar verdaderamente la Cena del Señor (recordemos a san Pablo). Esto nos lo recordó hace poco Juan Pablo II en Ecclessia de Eucharistia. Por eso no se puede comulgar cuando hay conciencia de pecado grave y es posible la confesión, o cuando se ha quebrantado algún vínculo visible, como es por ejemplo el Credo o un sacramento. La tradición de la Iglesia es constante en la necesidad de acudir antes a la penitencia para poder acercarse a participar en la mesa del Señor.



3. CONCLUSION


La comunidad eclesial hace dos mil años que celebra la eucaristía. Somos herederos del NT y de las generaciones pasadas. No somos los dueños de la eucaristía, ni los primeros en celebrarla ni los últimos. Desde el Vaticano II estamos viviendo un proceso de reforma para el que nos ayuda mucho saber cómo actuaron nuestros antepasados con el objeto de discernir lo que es voluntad de Cristo y lo que sólo son adherencias históricas que podemos cambiar.

Después de este recorrido tenemos que sentirnos muy contentos y muy agradecidos a Dios y a la Iglesia por entregarnos el tesoro de la eucaristía, purificado de adherencias que la ocultaban y adaptado al hombre de hoy. Pero también debemos sentirnos muy responsabilizados. Se ha mejorado mucho en la forma de celebrar, pero sabéis que también nos falta mucho para vivir en todo su alcance esta eucaristía renovada. Todos podemos hacer algo para vivirla mejor en las comunidades. Tenemos la tarea de transmitir a las generaciones siguientes este tesoro.

Hay que seguir avanzando en la escucha de la Palabra de Dios, en los ministerios litúrgicos, en el canto, en la vivencia de la asamblea que se coloca como familia alrededor y cerca de la mesa del altar, avanzar en la participación activa de todos, en la comunión en el Cuerpo y la Sangre de Cristo con más discernimiento personal de la necesidad de comunión con Dios y con la Iglesia en su aspecto tanto visible como invisible, avanzar en la vivencia de la presencia transformadora de Cristo resucitado que nos pasa de muerte a vida, superar los desequilibrios actuales: el olvido de la dimensión sacrificial, comulgar mucho y adorar poco, y también confesar poco.

Tenemos que aprender todos, pastores y fieles, a respetar las normas litúrgicas como signo de comunión y de amor a la Iglesia y a la Eucaristía, que nunca es una propiedad privada, pero con conocimiento de todas sus posibilidades tan ricas y de su flexibilidad para no caer en los defectos de antaño de ritualismo y para no pretender ser más papistas que el papa.

El fruto de celebrar así será el amor y la unidad entre los cristianos. Esto será también una bendición para el ecumenismo, para la unidad de todos los cristianos. La unidad es la realidad última de toda eucaristía. El Señor se hace presente para hacernos crecer como Cuerpo suyo en la historia. Así la Iglesia podrá cumplir su misión de ser sacramento universal de salvación, pues viviendo el amor y la unidad, frutos de la misa, está dando los signos que el mismo Cristo quiso para que la Iglesia pueda iluminar y salar nuestro mundo y acercar a los hombres al Padre. La Iglesia, viviendo de verdad la eucaristía, puede continuar la misión del Siervo de Yahvé, Jesucristo, cargando con los pecados del mundo y dando la vida por sus enemigos, entregándose por amor a todos, hasta por el hombre más hundido, pecador, o pobre, para que éste pueda entrar ya en la vida eterna que Cristo nos regala en cada eucaristía.



EUCARISTÍA, DON RECIBIDO DE MARÍA

“MUÉSTRANOS Y DANOS A JESÚS”

María de la Palabra, del Cuerpo y de la Sangre Eucarísticos



Congreso de ARPU

Oviedo, 14 de septiembre de 2005

José Cristo Rey García Paredes, cmf


El título de mi ponencia es “La Eucaristía, don recibido de María”. Yo he querido añadirle la invocación, tomada de la Salve Regina, y tantas veces por nosotros repetida: “Muéstranos – y danos - a Jesús, fruto bendito de tu vientre, oh clementísima, oh piadosa, oh dulce virgen María”.

I. Las dos manos del Abbá que nos entregan a Jesús: El Espíritu y María

Vamos a contemplar el misterio de la entrega del Hijo de Dios, desde esta perspectiva. Afirmamos ya desde el principio, que quien entrega el Cuerpo, quien derrama la sangre, quien pronuncia su Palabra o Logos eterno en nuestra historia es el Abbá. A Él la gloria y el poder por siempre. Tanto amó el Abbá al mundo que le “entregó” a su Hijo; tanto amó el Abbá al mundo que derramó sobre nosotros la sangre del Hijo para remisión de los pecados.

Pero el Abbá, en su inmensa y admirable discreción y humildad, pone en el gesto de su entrega dos mediaciones: una trascendente, divina y otra inmanente, humana. Lo confesamos con esta fórmula: “De Spiritu Sancto ex Maria virgine”. Son el Espíritu Santo y María. Si la entrega y donación del Hijo Palabra e Hijo encarnado acontece por obra del Espíritu Santo y de María virgen, ¿por qué no decir que también en el misterio de la entrega eucarística, la Palabra comunicada abundantemente en la Mesa, el Pan-Cuerpo entregado y el Vino-Sangre derramada acontecen gracias a la acción del Espíritu y a María?

Le pedimos a María que nos muestre hoy, en nuestro tiempo a Jesús Eucaristía. Queremos que Ella sea el ostensorio, la Custodia en los cuales podamos contemplar a Jesús Eucaristía y adorarlo. Y ella, que fue entregada al discípulo amado –es decir, a aquel que a todos nosotros representaba en el acontecimiento de la Inmolación suprema de Jesús- como madre, nos entrega a nosotros el “Fruto bendito de su vientre, pero ya en el acontecimiento del sacrificio y el Espíritu”. Así se convierte en nuestra “madre espiritual”. Y es que en la auténtica maternidad espiritual siempre se produce un maravilloso contagio de vida.

La Eucaristía es el Sacramento de la Palabra, del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Para la Iglesia este gran don, recibido de Jesús -en la Cena del Adiós, en su ministerio prepascual y en su presencia pospascual-, es el centro de su espiritualidad, de su liturgia. Cada día celebramos el Sacramento del Cuerpo y la Sangre del Señor. Cada día permanece en nuestros sagrarios, para ser adorado, contemplado, para entrar en comunión espiritual con nosotros.

María es la madre de Jesús. Ella fue madre virgen; auténticamente madre por obra del Espíritu, mas no por obra de otro ser humano. A través de María Dios Padre puso, expuso a su Hijo en nuestra historia, lo hizo ser humano, lo encarnó, le dio un cuerpo y una sangre. María gestó en su seno el cuerpo de Jesús. María lo dio a luz. Lo alimentó. Lo cuidó. Lo educó. María estuvo también presente en el momento culminante del Calvario. Allá fue testigo de su muerte y lo acogió muerto en sus brazos: mater dolorossa o La Pietà Y lo acogió en la fe, ya resucitado y ascendido al cielo, viviendo en Él, con Él y para Él.

En esta conferencia que tiene como subtítulo “María de la Palabra, del Cuerpo y Sangre eucarísticos” deseo presentar cómo en ella y desde ella Jesús se mostró a nosotros y se nos entregó. Y yo me atrevería a modificar un poco la invocación a María que precede a la que nos sirve de título: “Muéstranos y danos a Jesús, fruto bendito de tu vientre”. En lugar de “Y después de este destierro...”, creo que María ya nos está mostrando y dando a Jesús, anticipándose al “después de este destierro”. ¿No es verdad? Ella es el mejor ostensorio y custodia que puede mostrarnos y darnos la Palabra, el Cuerpo y la Sangre. El Espíritu Santo y Ella son las manos del Abbá que nos entrega la Palabra, el Cuerpo y la Sangre.

II . “Muéstranos y Danos a Jesús, Palabra de Dios”

Durante mucho tiempo la cele­bración eucarística se ha centrado en la liturgia del pan y del vino consa­grados. La liturgia de la Palabra resultaba inaccesible al Pueblo de Dios. La utilización de la lengua latina impedía que el pueblo pudiera comprender las lecturas. Muchos pensa­ban que la Palabra no era un elemento esencial de la celebración eucarística, sino un adorno del que se podía prescindir. De hecho, los moralistas afirma­ban que llegando a la celebración euca­rística en el momento del ofertorio se cumplía con el precepto de ir a misa los domingos. Gracias a Dios, las cosas no son así después del Concilio Vaticano II. El afirmó y reafirmó que media una estrechísima relación entre la Palabra y la Eucaristía de los dones.

1. El Misterio de la Palabra

a) La Palabra de Dios en el misterio de la Iglesia01

Dios Padre ha querido revelarse a sí mismo y dar a conocer su mis­te­rio. Nos ha hablado como amigo, movido por su gran amor. Se ha acerca­do a nosotros. Mora con nosotros para invitarnos a la comunicación consigo y reci­birnos en su compañía. Dios Padre se nos ha revelado con gestos y palabras. Nos habló muchas veces y de muchas maneras por medio de los pro­fetas. Sobre todo, se nos ha revelado a través de Jesús, mediador y plenitud de toda revela­ción, que habla palabras de Dios (Jn 3,34). La Iglesia es el lugar de la revelación de Dios. En la Asamblea de los creyentes Dios habla como amigo, expresa su amor, se acerca a nosotros. Se dirige a la Esposa de su Hijo por medio de El y de su Voz que es el Espíri­tu:

«Dios que habló en otro tiempo, habla sin intermisión con la Esposa de su amado Hijo. El Espíritu Santo, por quien la voz del Evangelio resuena viva en la Iglesia y por ella en el mundo, va induciendo a los creyentes en la verdad entra y hace que la Palabra de Cristo habite en ellos abun­dante­men­te» (DV,8).

La Iglesia, según la fe apostólica, tiene por santos y canónicos los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento con todas sus partes. Ella cree que estos libros han sido escritos bajo la inspiración del Espí­ritu Santo y tie­nen a Dios como autor. Como tales le han sido entrega­dos. Dios actuó en y por los hombres a los que eligió como escrito­res. Escri­bieron “todo y sólo lo que El quería”. Por eso, todo lo que los autores inspi­rados afirman, debe tenerse como afirmado por el Espíritu Santo. Los libros de la Sagrada Escri­tura ense­ñan la verdad que Dios quiso consignar para nues­tra salvación. Esta verdad se propone y expre­sa de mane­ras diversas: en textos de géne­ro histórico, profético, poético o en otras formas de hablar. La Sagra­da Escritura debe ser leída e in­terpretada con el mismo Espíritu con que fue escrita para obtener el sentido exacto de los textos sagrados. Hay que aten­der a la unidad de toda la Sagrada Escri­tura, que forma como un admi­rable conjunto sinfónico, policromáti­co. Sólo la totalidad ofrece el sentido completo. Sólo descubriendo los efectos que esa totalidad produce en los creyen­tes se puede entender el sentido de la Palabra.

b) Eucaristía y Palabra de Dios02

Los santos Padres estaban convencidos de que abrir la Biblia era encontrar­se con Cristo. Las Escrituras son la carne y la sangre de Cristo:

“Yo creo -decía Jerónimo- que el Evangelio es el cuerpo de Cristo... Y aunque las palabras "quien no comiere mi carne y bebiere mi sangre" pueden entenderse también del misterio [de la eucaristía], con todo, las Escritu­ras, la doctrina divina, son verdaderamente el cuerpo y la sangre de Cristo”1.

Y Gregorio Magno decía al pueblo:

“Vosotros que tenéis la costumbre de asistir a los divinos misterios, sabéis bien que es necesario conservar con sumo cuidado y respeto el cuerpo de nuestro Señor que recibís, para no perder de él ninguna partícula, a fin de que nada de lo que ha sido consagrado caiga en tierra. )Pensáis vosotros acaso que sea un delito menor tratar con negligencia la palabra de Dios que es su cuerpo?”2.

Hay que reconocer que

«para los Padres la Biblia es Cristo, pues cada una de sus palabras nos conduce hacia el que las ha pronunciado y nos pone en su presencia... Se consume "eucarísticamen­te" la "palabra misteriosamente partida" con miras a la comunión con Cristo... Al leer la Biblia los Padres no leían los textos, sino a Cristo vivo, y Cristo les hablaba; consumían la palabra como el pan y vino eucarísticos, y la palabra se ofrecía con la profundi­dad de Cristo».

A partir del Vaticano II la Iglesia ha vuelto a colocar la Palabra de Dios dentro de su vida y experiencia. La Palabra ha recobrado también su puesto central dentro de la celebración eucarística. El Concilio ha pensado que es necesario restituir a la Palabra su impor­tancia suma; en la celebración litúrgica las lecturas y salmos proceden de la Escrituras; las preces, oraciones e himnos están penetrados de su espíritu; de ella reciben su signi­ficado las acciones y los signos.

La eucaristía no es únicamente la “mesa del pan y del vino consagrados”. Es la “mesa de la Palabra”. Así lo reconoce el Concilio Vaticano II. Es ésta una mesa en la que también hay que comulgar. Para ello pide que esta mesa se prepare con más abundancia, y quede surtida con los tesoros de la Biblia, de modo que en un período determinados de años el pueblo pueda escuchar y meditar las partes más significativas de la Sagrada Escritu­ra. La eucaristía es misterio de escucha de la Pala­bra.

La iglesia ha celebrado, desde sus orígenes, el misterio pascual: leyendo cuanto se refiere a Jesús en toda la Escritura, celebrando la eucaristía y dando gracias a Dios al mismo tiempo por el don de Cristo Jesús. El Concilio no quiere que se desequilibre el conjunto eucarístico, poniendo todo el énfasis en la segunda parte de la celebración:

«Las dos partes de que consta la misa, a saber, la liturgia de la pala­bra y la eucaristía, están tan íntimamente unidas que constitu­yen un solo acto de culto. Por eso el Sagrado Sínodo exhorta vehe­mente­mente a los pastores de almas para que, en la catequesis, instruyan cuidadosa­mente a los fieles acerca de la participación en toda la misa»3.

Subraya así la unidad entre la eucaristía de la Palabra y la eucaris­tía del Pan y Vino.

«Para realizar una obra tan grande, Cristo está siempre presente a su iglesia, sobre todo en la acción litúrgica... Está presente en su palabra, pues cuando se lee en la iglesia la Sagrada Escritura, es El quien habla» (SC,7).

La Palabra de Dios es, pues, un admirable y misterioso lugar de pre­sen­cia de Dios. Por eso, la Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escri­tu­ras al igual que el mismo Cuerpo del Señor. La Iglesia no ha dejado de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, sobre todo en la liturgia. En la Iglesia hay una doble mesa: la mesa de la Palabra, la mesa del Pan. La Euca­ristía es el lugar en el que la Palabra y el Pan se entre­gan y distribuyen. Es el lugar de la doble comunión: comunión con Cristo a través de la Palabra y del Pan y Vino eucarístico. La sagrada liturgia está “llena del len­guaje de Dios”.

Las Sagradas Escrituras comunican la pala­bra del mismo Dios y hacen resonar la voz del Espíritu Santo en las palabras de los profetas y apósto­les. En la Sagrada Escritura el Padre, que está en los cie­los se dirige con amor a sus hijos y habla con ellos. Es tanta la eficacia que radica en la pala­bra de Dios, que es apoyo y vigor de la Iglesia y forta­leza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida espiri­tual. La Palabra de Dios es viva y eficaz, puede edificar y dar la herencia a todos los que han sido santifi­ca­dos.

c) La Palabra de Dios en la celebración eucarística03

Las modalidades de la lectura de la Palabra de Dios en la Eucaristía son dos: la “lectio continua” y la “lectio selectiva”. La primera fue común en la Iglesia primitiva; pero a partir del siglo IV determinados libros eran selec­cionados para un tiempo litúrgico concreto; en la iglesia de Milán, por ejem­plo, se reservaban para cuaresma Juan y Jonás. En la iglesia de África se leía el libro de los Hechos durante el tiempo pas­cual. Los días festivos, en todo caso, se interrumpía la lectio continua, para esco­ger los pasajes más apropiados al misterio.

«¡Evangelio! Libro extraño. Nunca se ha leído entero. Gusta leerlo, parece que siempre queda por terminar, que se ha omitido algo, que algo queda incomprendido. Se le vuelve a leer, y se siente la misma impre­sión. Y así una y otra vez. Igual que el cielo por la noche. A medida que se le contem­pla, se descubren nuevas estrellas» (Dimitri Marejkovsky)

En el ciclo de tres años de las misas dominicales se leen perícopas de casi todos los libros del Antiguo y Nuevo Testamento. No obstante, todos ellos, excepto el profeta Abdías, figuran en el leccionario ferial. La práctica totalidad de los libros bíblicos son proclamados en la liturgia.

En el responsorio a las lecturas, la iglesia hace suya la misma Pala­bra de Dios y con ella misma le responde. La antífona permite esta­ble­cer un mara­villoso diálogo entre Dios y su pueblo. Entre el Esposo y la Esposa.

2. María, la mujer que acogió, meditó y creyó en la Palabra

Hay, pues, una conexión profunda entre el fiat pronunciado por María a las palabras del Ángel y el amén que cada fiel pronuncia cuando recibe el cuerpo del Señor.

A María se le pidió creer que quien concibió «por obra del Espíritu Santo» era el «Hijo de Dios» (cf. Lc 1, 30.35). En continuidad con la fe de la Virgen, en el Misterio eucarístico se nos pide creer que el mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, se hace presente con todo su ser humano-divino en las especies del pan y del vino.

« Feliz la que ha creído » (Lc 1, 45): María ha anticipado también en el misterio de la Encarnación la fe eucarística de la Iglesia. Cuando, en la Visitación, lleva en su seno el Verbo hecho carne, se convierte de algún modo en «tabernáculo» –el primer «tabernáculo» de la historia– donde el Hijo de Dios, todavía invisible a los ojos de los hombres, se ofrece a la adoración de Isabel. Jesús, oculto bajo la especie sacramental que es María irradia su luz a través de los ojos y la voz de María,m a través de su cuerpo de mujer habitado. Isabel responde con el primer himno eucarístico-mariano.

María acogió a Jesús. Lo acogió en todas sus dimensiones. Lo acogió, ante todo, como el gran regalo de Dios, el Abbá. Recibió la semilla del Espíritu en su cuerpo. El Hijo de Dios encontró en ella el amor más grande que los seres humanos podíamos ofrecer a Dios.

Jesús era para su madre, una expresión permanente de Dios, su forma mejor de expresión, su Palabra, su Verbo. Toda la relación materna que mantuvo María con él, su hijo, era relación con la Palabra. Ella meditaba todo lo que acontecía, se preguntaba por su significado. Trataba de entender todo lo que allá acontecía.

Cuando Jesús, como ser humano comenzó a expresarse, y cuando su expresión llegó al culmen, en la revelación que implicaba la profecía de Jesús, María acogió de manera excelente, hasta convertirse en la mejor discípula, la primera creyente.

En María se produjo una intensa comunión con la Palabra. No era ella una mujer que se caracterizaba por hablar a Jesús, sino por escucharlo. Y así lo recomendaba a los demás: ¡Haced lo que Él os diga!

Pero bastaba verla a ella, escuchar su voz, sentir su presencia, para sentirse cerca de la Palabra. El “hágase en mi según tu Palabra” la convertía en un permanente Fiat, en una referencia constante a Ella. El Magnificat expresa muy bien cómo sería María, totalmente empapada en la Palabra de Dios.

Es interesante adoptar esta actitud de María a la hora de comprender en qué consiste la auténtica adoración del Cuerpo y Sangre del Señor. El requisito previo es no hacer del encuentro un continuado hablar y subseguirse de rezos. Es, ante todo, escuchar al Verbo, a la Palabra de Dios. Contemplarlo. Oir su Palabra. Meditarla. Comerla en el espíritu, como María. Y... después, ¡exponerla! con las propias palabras y con la vida.

II. ¡Muéstranos el Cuerpo de Jesús! María de Nazaret, de Belén y del Cenáculo

Dios Padre quiso disponer de María, de su cuerpo, para hacer de ella la madre de su Hijo. Dios predispuso que su Hijo naciera de mujer (Gal 4,5) y para ello eligió a María. Dios quiso que su Hijo perteneciera a una raza, a un pueblo, a una cultura. Quiso que perteneciera al pueblo de la Alianza. Para ello eligió a María. María es la única portadora de la maternidad mesiánica. Ella es el único punto de enlace físico entre el Mesías y el Pueblo de Dios; y lo fue sin José su esposo.

1. El misterio del Cuerpo

a) María y el Cuerpo de Jesús

Del realismo de la maternidad de María no cabe dudar. Jesús nació de mujer. María lo concibió, lo gestó, lo dio a luz, le puso el nombre. Fue realmente engendrado por ella y posteriormente educado y atendido por ella.

La maternidad conlleva el establecimiento de relaciones personales y vitales muy significativas entre la madre y el hijo. Abarca desde la identidad entre sus dos cuerpos hasta su separación y la hominización social y espiritual del hijo. Como dice un texto abisinio:

“La mujer concibe. Como madre, es distinta de la mujer que aún no es madre. Durante nueve meses lleva en su cuerpo las consecuencias de una noche. Y algo crece. Algo crece en su cuerpo y de su cuerpo ya no va a desaparecer. Porque ella es madre. Y sigue siendo madre aunque el niño muera o mueran todos los niños, porque ella ha llevado al niño bajo su corazón. Y después, cuando el niño nace, ella sigue llevándolo en su corazón. Y de su corazón jamás desaparecerá, aun cuando haya muerto el niño, Todo esto no lo conoce el hombre. No tiene ni idea de ello. No conoce la diferencia entre el antes y el después del amor. Sólo la mujer lo sabe, puede hablar de ello y dar testimonio”4.

En la maternidad toda la apertura del ser humano, que va desde la célula biológica hasta la persona libre, se convierte en relación personal.

María quedó profundamente modificada por su maternidad. A través de ella se convirtió para siempre en la “madre de Jesús”. Lo llevó siempre en su corazón y nunca desapareció de él. Experimentó cómo quien de ella nació, iba poco a poco desprendiéndose de su cuerpo, aunque a veces sentía necesidad de volver a él para sentir protección, amor cobijo. María alimentó con su pecho a Jesús. Lo estrechó entre sus brazos. Lo besó innumerables veces. Se sintió prolongada en él, dibujada en los rasgos de su rostro, en el talante de su alma. Su maternidad la habilitó para comprender mejor, para ponerse más fácilmente de su parte, para hacer causa en todo con él, que además era su “hijo único”.

María contemplaba el cuerpo de Jesús hasta en el último detalle. Como madre, había recibido el ministerio del cuerpo de Jesús.

Un 25 de marzo escribí estas líneas, pensando en María, en su maternidad misteriosa y trascendente.

Amar es despertar tu cuerpo

consagrar tu cuerpo

preparar tu cuerpo

para la maternidad.

Todo en ti

está dormido

o en vela

hasta que llega Amor

y remeda

un nacimiento previo.

Amarte es nacer de ti,

ir desprendiéndose

de cada uno de tus miembros.

Amor es consagración,

unción

que llega e invade

hasta los límites de tu ser.

Esa es la verdadera consagración,

ser madre,

ser madre del padre y del hijo.


Y tú, María,

enciendes tu morada,

una a una,

todas sus dependencias

de tu ser.

Primavera, amanecer,

inspiración, agraciamiento.


Y tú, María,

más mujer que nunca,

más cuerpo y alma que nadie,

percibes el milagro,

la semillita que llega a casa,

y la seduce,

la convulsiona,

la activa.

Todo en ti

adquiere sentido.

Todo tu cuerpo

y tu alma

se enamora.

dice el ángel que

¡es de Dios!

¡de Espíritu Santo!

que ¡es santo!

¿Porqué parecerá

pecado o demonio

lo que “santo”

fue concebido?

¡No temas!

Los ojos iluminados,

todo lo ven,

el cuerpo encendido

ya lo sabe!

Jaire,kejaritomene!

¡Alégrate, agraciada!

b) Madre desde el amor, la feb y el desprendimiento

María realizó la maternidad en libertad, con un admirable espíritu de reflexión, de acogida consciente, de fe. Así la presenta el relato de Lucas. Acoge la Palabra. Medita los acontecimientos en su corazón y los correlaciona. María realiza la maternidad desde el amor y la fe. María concibió a Cristo en un acto teologal de fe, por medio de su fe, como dice el famoso texto de san Agustín: "María concibió en su espíritu antes que en su seno". María fue llamada a transparentar a través de su maternidad física la acogida de los hombres de buena voluntad a Aquel que sería llamado hijo de Dios.

La misión a la maternidad mesiánica estuvo llamada a trascenderse y a asumir un nuevo rostro a partir del ministerio de Jesús. María hubo de desprenderse del Hijo.. La misión de María no quedó totalmente redactada con las palabras que el ángel le dirigió. Ella tuvo que negar su propia apetencia para ser fiel. La voluntad de Dios, leída en los acontecimientos de la historia de Jesús, pidió a María que se entregase a su hijo, que aceptara desprenderse de él. Es como si volviera Dios a dirigirle aquellas palabras dirigidas antaño a Abraham: “toma a tu hijo, a tu único, al que amas; vete al país de Moria y ofrécele en holocausto” (Gen 22,2). Y María, “esclava del Señor”, accedió en todo momento a su voluntad. No interfirió en el ministerio de Jesús. No reaccionó negativamente ante el despego familiar mostrado por su Hijo. Durante el ministerio de Jesús, María supo responder a una nueva llamada del Padre, situándose allí donde se situaban los auténticos seguidores de Jesús, lo que creían en él. Apareció entonces como la “mujer creyente”, más que como la “madre bienaventurada”.

En el momento del sacrificio de su Hijo en la cruz, María recibió otra misión: hacerse presenta en la comunidad cristiana como testigo silencioso de la auténtica humanidad de Jesús, como compañera inseparable de Jesús desde su origen hasta su final, como fuente de revelación, como memoria viva de su Hijo. Cuando Lucas presenta en los Hechos la asamblea constituyente de la Iglesia, allí está María en medio de la comunidad, abierta y disponible para recibir el Espíritu, para convertirse en profetisa de Cristo en medio de una Iglesia profética, en portadora de la palabra y de su admirable poder.

María, pues, fue llamada por Jesús, su hijo, a trascender su maternidad mesiánica. Fue convocada, con muchos otros, a establecer con Jesús un nuevo tipo de relación. Fue llamada al seguimiento y al discipulado. Ese fue el momento en que Jesús formuló aquella inquietante pregunta: “¿Quién es mi madre?” (Mc 3,33), o aquella otra: “¿Qué hay entre mí y ti, mujer?” (Jn 2,4). En ese momento María recibió como una segunda vocación.

2. 0Theotokos, Madre de Dios20

El origen humano de Jesús no se reduce únicamente a María. El antiguo testamento, el pueblo de Dios es origen de Jesús. Al pueblo le cabe una cierta maternidad sobre Jesús de Nazaret, que fue judío, hijo del pueblo. Jesús nació de Israel, de su historia y cultura. Con Jesús la historia de Israel, el pueblo de Dios, no es simplemente la historia de un pueblo más. Jesús revela el sentido de todo el antiguo testamento. Lo llena de trascendencia, de simbolismo, de significado. Tras Jesús, bajo la perspectiva de Jesús se leen de otra forma los salmos, las profecías, los hechos antiguos.

Lo mismo ocurre con María. Ella, mujer, fue origen personal de Jesús. Ella lo engendró, de ella nació. Conocido Jesús, reconocido como Mesías, como hijo de Dios, la figura de María, su maternidad, quedan revestidas de trascenden­cia. Todo en María adquiere un nuevo significado. Tras la experiencia de la Pascua su figura recibe como una trans-significación. Su maternidad se llena de trascendencia. José no queda inserto en el significado trascendente que Jesús concede, porque Jesús no es “hijo de José”.

La trascendencia de la maternidad de María se expresa en su aspecto virginal, pero sobre todo en su aspecto “divino”. María es la madre del hijo unigénito de Dios (Jn 1,18). La que ha engendrado a un hombre que es Dios es Theo-tokos. Hablar en estos términos es emplear una formulación hiperbólica, que indica que, a través de la maternidad de María la humanidad ha recibido la máxima autocomunicación de Dios; indica que una mujer ha sido de hecho madre de aquel que es llamado “hijo de Dios” (Lc 1,32). Esto es lo que se ha verificado en la maternidad histórica de María.

III. Muéstranos la Sangre de Jesús. María de Caná y del Calvario

1. La Sangre de Jesús

La eucaristía no fue una genialidad de Jesús, desconectada del proyecto fundamental de su vida. Jesús no dijo “tomad y comed esto es mi cuerpo”, “tomad y bebed esto es la copa de la alianza en mi sangre” por una ocurrencia del momento. Cuando lo dijo y lo realizó, algo importante había llegado a madurez en El, en su persona y en su proyecto.

a) La perspectiva del “sacrificio” y la “obediencia”01

La perspectiva del sacrificio nos da la clave. Jesús hizo de su vida una oblación, una entrega sin reservas. Y esa entrega no era sino el sacramento del amor que el Padre nos tiene: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo”. El Padre se volcó sobre la humanidad, derramó sobre ella su vida, su solicitud, su amor. Para ello se sirvió de un pueblo con vocación universal, envió a su Hijo y posteriormente envió a su Espíritu como don permanente en la humanidad. Jesús respondió perfectamente a este proyecto del Padre, y se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Ya, al entrar en este mundo, dijo (Hb 10,5-7):

“Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo (). Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo - pues de mí está escrito en el rollo del libro - a hacer, oh Dios, tu voluntad!” (Hb 10,5-7).

Y después añade la carta a los Hebreos:

“Y en virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo” (Hb 10,10).

He aquí que vengo, Padre, a cumplir tu voluntad. La voluntad del Abbá era que el Hijo se entregara a los hombres, que los amara hasta el extremo.

Las expresiones del amor de Jesús hacia los hombres fueron múltiples. No podrían reducirse a sus comidas con los pecadores. Su predicación, sus gestos simbólicos, sus acciones transformadores -milagros-, su estilo de vida, proclamaban el amor del Padre hacia la humanidad. Y todo ésto se condensa, sobre todo, en el significado de su cuerpo.

La obediencia y oblación de Jesús tenía esta finalidad: servir al reinado del Abbá en el mundo creando la gran familia de los hijos de Dios. Jesús tenía la misión de dar vida y darla en abundancia... la vida de Dios. Y en ello puso todo su interés, toda su vida; se entregó a la causa del Reino en cuerpo y alma.

b) El cuerpo entregado desde el principio

No es frecuente en quienes reflexionan sobre la eucaristía detenerse en el significado del cuerpo de Jesús. Creemos, sin embargo, que esa perspectiva es muy importante. ¿No es la eucaristía el sacramento del Cuerpo? Para entender el misterio del Cuerpo eucarístico de Cristo es, pues, necesario comprender cómo entendía Jesús su Cuerpo y qué razón de ser le asignaba en el contexto del Reino de Dios. Si la Eucaristía es el sacramento del Cuer­po de Cristo es importante pregun­tarse por ella a partir del cuerpo de Jesús.

Fue el Espíritu Santo quien posibilitó el nacimiento virginal de Jesús en el seno de María. En una acción única en la historia hizo surgir aquel cuerpo, que estaba en continuidad genealógica con el pueblo de Israel, pero que llevaba en sí mismo la marca de la filiación divina. Jesús no recibió un cuerpo celestial, sino un cuerpo en la carne (Col 1,22); es decir, un cuerpo a quien la carne hacía extremadamente cercano y vulnerable a las fuerzas del anti  Reino como la ley, el pecado y la muerte. El cuerpo de Jesús quedaba así anticipa­damente condenado a muerte; a esa muerte que infiere el Reino de la muerte. En este sentido la muerte para él no es solo una participación en el destino común sino una deci­sión.

Jesús, al acercarse, como mensaje­ro del Reino, a la condición humana pecadora se expuso y arriesgó a morir. Es más, en cierta manera decidió ofrecer su cuerpo a la muerte.

“Si alguno pregunta por el misterio se sentirá llevado a afir­mar más bien, que no fue su muerte una con­secuencia de su nacimiento, sino que él nació para poder morir".

En su cuerpo llevaba Jesús los signos de su decisión. Mientras la mayoría de los hombres desean arrebatarle a la muerte su poder y apro­ve­chan el espacio que les deja para vivir, engendrar y perpe­tuar de algún modo su exis­tencia, Jesús aparece como aquellos para quienes se ha acabado el tiempo. El celibato es para Jesús un signo de la cruz de su muerte que ya ha cargado anticipada­mente sobre sus hom­bros, la cruz de cada día.

c) Un veloz proceso de muerte en su cuerpo04

Jesús sabía que su entrega hasta la muerte anticipaba el Reino. Por eso tenía prisa; su camino hacia la muerte fue ve­loz. Es muy extraño que en tan poco tiempo (apenas tres años) fuera condenado a muerte, siendo así que su mensaje era de amor, de paz. Proclamó el evan­gelio del Reino, como los anti­guos heral­dos, con una inusitada urgen­cia: Tengo que ir a otras ciuda­des... El celiba­to le permitió a Jesús una total disponibili­dad y movi­lidad itineran­te.

No es la muerte muerte, en cuanto tal la que inaugura el Reino. Es, más bien, el proceso de muerte que se va realizando velozmente en Jesús. Jesús muere en la medida en que se sacri­fica, se inmola por los hombres. Jesús renunció a la autoper­pe­tua­ción a través de la genera­ción sexual. Dejó que el amor hasta la muerte secara su cuerpo y lo hiciera incapaz de engendrar la vida. Pero ese era el paradójico camino a través del cual la Vida del Reino llega­ría hasta noso­tros.

El cuarto Evangelio entiende la existen­cia de Jesús como una existencia euca­rísti­ca: como un pan entregado, un vino derrama­do que, justa­mente en la oblatividad total, en la muerte vivifica. Jesús muriendo da vida y vida en abundancia. Jesús no se preocupó de sí mismo. No protegió, ni grati­ficó su cuerpo. Este fue siempre el cuerpo inmola­do, el cuerpo euca­rístico, entrega­do. La muerte en la cruz fue el momento supremo de ese sacri­ficio que se inició en la encarna­ción. Fue el momento culminante de su amor, expresado entonces dramáticamente en su cuerpo. Fue es el momento en el que el Reino del Padre rezumó y se vertió totalmen­te hacia nosotros a través de la Carne sacrifica­da del Hijo, glorifi­cada por el Espíritu y de la sangre-vida derramada..

En este contexto se puede entender la profundidad del celibato de Jesús. Fue el gran signo existencial de su misión al servicio de la llegada del Reino. Fue una pará­bola de su muerte, decidida por amor. Así se puede entender en toda su hondura la frase de Pablo: Me amó y se entregó por mí (Ef 5, 2 25; Gal 2,20).

d) El cuerpo resucitado con las marcas de la entrega05

Según la carta a los Hebreos la resu­rrección y glorifica­ción del cuerpo de Cristo, en vez de abolir el sacrificio de su Cuerpo lo hacen presente, perenne. El Reino en su plenitud escatológica es el mundo del Cuerpo Resucita­do de Jesucristo en su nueva forma de existen­cia. En el Cuerpo Resucitado del Señor sí que aparecen las marcas de su celibato. Es un Cuerpo en perenne actitud de oblación. No es un Cuerpo que se reproduce, sino que todo lo incorpora a sí, el que todo lo atrae a sí. Y atrayéndolo lo resucita, da vida eterna. Por el Espíritu el árbol seco se convierte en árbol frondoso que da vida y que permanece para siempre. El Espíritu se ha apoderado por medio de la Resurrec­ción completamente de la corporei­dad virginal de Cristo y ha desatado en ella toda su riqueza y signi­ficado.

Solo en la comunión con este Cuerpo encuentra el hombre la salva­ción. Pero tam­bién el cosmos. Si este Cuerpo no fuera virginal, no estuviera penetrado por la fuerza totalmente extática del Espíritu, la salvación del Reino no llegaría a todos los hombres, al universo. Mas la realidad es diversa: es el Cuerpo que se entrega. La carta a los Efesios lo compa­ra al Cuerpo del Esposo que se entrega a la Esposa, la Iglesia, mien­tras todavía ésta peregrina en la historia, pero que espe­ra unirse definitivamente a ella en las bodas escato­lógicas en un éxtasis sin fin.

Se entiende entonces porqué Jesús pudo con toda credibilidad decir en la última Cena: Tomad y comed, ésto es mi cuerpo?

e) “Tomad y comed, esto es mi cuerpo”02

Tras esta reflexión podemos entender más profundamente el sentido de las palabras de Jesús en la última Cena y de las palabras sacramentales de la iglesia en cada eucaristía: “Esto es mi cuerpo”.

La oferta de Jesús tiene sentido, es coherente con lo que él fue durante su vida. Aquel cuerpo que se hizo cercanía, regalo, amor desinteresado, oblación, podía ser dado simbólicamente en el pan sin ningún tipo de reserva. Aquel cuerpo que no se centraba en sí mismo, sino que sirvió a la persona de Jesús para amar sin calcular las consecuencias, ¿no tiene en el pan dado y entregado para ser comido, un excelente símbolo?, ¿o en la copa compartida de vino derramado, otro símbolo? ¿Qué credibilidad habría tenido el gesto de Jesús si las cosas hubieran sido de otra manera? ¿Si su cuerpo no se hubiera reservado en celibato por el Reino?

Este es el admirable símbolo de encuentro de la eucaristía. Es un encuentro que tiende simbólicamente a no estar limitado tal como la manducación y la bebida revelan. El autor de la carta a los efesios llega, por esto mismo, a evocar el texto del Génesis de la pareja primordial, aplicándolo al encuentro esponsalicio entre Jesús y la Iglesia:

“Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y a la Iglesia” (Ef 5,31-32).

2. María asociada al Sacrificio: en Caná y en el Calvario

En Caná le pide al Hijo el Vino-Sangre para la celebración de la Alianza: al tercer día, cuando se celebra el desposorio de Dios con su Pueblo falta el vino, falta la sangre de la Alianza. Jesús, a petición de su Madre transforma el agua en vino, ofrece su sangre por el perdón de los pecados y en Alianza eterna.

Jesús, derramando su sangre, como la madre cuando va a dar a luz, la sangre de su costado, se convierte en madre que da a luz la Iglesia.

IV. María, Mujer Eucarística (Juan Pablo lI y el Instrumentum Laboris del próximo Sínodo sobre la Eucaristía)

1. Mysterium fidei! El mandato de Institución

A primera vista, el Evangelio no habla de este tema. En el relato de la institución, la tarde del Jueves Santo, no se menciona a María. Se sabe, sin embargo, que estaba junto con los Apóstoles, «concordes en la oración» (cf. Hch 1, 14), en la primera comunidad reunida después de la Ascensión en espera de Pentecostés. Esta presencia suya no pudo faltar ciertamente en las celebraciones eucarísticas de los fieles de la primera generación cristiana, asiduos « en la fracción del pan » (Hch 2, 42).

Pero, más allá de su participación en el Banquete eucarístico, la relación de María con la Eucaristía se puede delinear indirectamente a partir de su actitud interior. María es mujer «eucarística» con toda su vida. La Iglesia, tomando a María como modelo, ha de imitarla también en su relación con este santísimo Misterio.

La Eucaristía es misterio de fe, que supera nuestro entendimiento y nos lleva al más puro abandono en la palabra de Dios. Nadie como María puede ser apoyo y guía en una actitud como ésta.

Jesús nos dijo en la Última Cena: «¡Haced esto en conmemoración mía!». María también nos dice que le obedezcamos sin titubeos: «Haced lo que él os diga» (Jn 2, 5). Con la solicitud materna que muestra en las bodas de Caná, María parece decirnos:

«no dudéis, fiaros de la Palabra de mi Hijo. Él, que fue capaz de transformar el agua en vino, es igualmente capaz de hacer del pan y del vino su cuerpo y su sangre, entregando a los creyentes en este misterio la memoria viva de su Pascua, para hacerse así “pan de vida”».

2. Eucaristía y misterio de la Encarnación por obra del Espíritu

María ofreció su seno virginal para la encarnación del Verbo de Dios. En la Eucaristía celebramos la pasión y la resurrección del Señor. Pero también remite al momento original en el que el Abbá nos entregó a su Hijo y quiso que se encarnara en el seno de María virgen, por obra del Espíritu Santo.

Contemplando el misterio de la Encarnación contemplamos también el origen de Cuerpo Eucarístico y de su entrega.

María concibió en la anunciación al Hijo divino, incluso en la realidad física de su cuerpo y su sangre, anticipando en sí lo que en cierta medida se realiza sacramentalmente en todo creyente que recibe, en las especies del pan y del vino, el cuerpo y la sangre del Señor.



Y la mirada embelesada de María al contemplar el rostro de Cristo recién nacido y al estrecharlo en sus brazos, ¿no es acaso el inigualable modelo de amor en el que ha de inspirarse cada comunión eucarística?

3. Eucaristía-Oblación y la entrega continuada

María, con toda su vida junto a Cristo y no solamente en el Calvario, hizo suya la dimensión sacrificial de la Eucaristía.

Cuando llevó al niño Jesús al templo de Jerusalén «para presentarle al Señor» (Lc 2, 22), oyó anunciar al anciano Simeón que aquel niño sería «señal de contradicción» y también que una «espada» atravesaría su propia alma (cf. Lc 2, 34.35). Se preanunciaba así el drama del Hijo crucificado y, en cierto modo, se prefiguraba el «stabat Mater» de la Virgen al pie de la Cruz, como la madre que siente en sí misma la espada del juicio sobre una humanidad dividida, que no acepta la Palabra.

a) El cuerpo “que será entregado por vosotros”

Preparándose día a día para el Calvario, María vive una especie de «Eucaristía anticipada» se podría decir, una «comunión espiritual» de deseo y ofrecimiento, que culminará en la unión con el Hijo en la pasión y se manifestará después, en el período postpascual, en su participación en la celebración eucarística, presidida por los Apóstoles, como «memorial» de la pasión.

¿Cómo imaginar los sentimientos de María al escuchar de la boca de Pedro, Juan, Santiago y los otros Apóstoles, las palabras de la Última Cena: «Éste es mi cuerpo que es entregado por vosotros» (Lc 22, 19)? Aquel cuerpo entregado como sacrificio y presente en los signos sacramentales, ¡era el mismo cuerpo concebido en su seno! Recibir la Eucaristía debía significar para María como si acogiera de nuevo en su seno el corazón que había latido al unísono con el suyo y revivir lo que había experimentado en primera persona al pie de la Cruz.

b) «Haced esto en recuerdo mío» (Lc 22, 19)

En el «memorial» del Calvario está presente todo lo que Cristo ha llevado a cabo en su pasión y muerte. Y en el Calvario Jesús nos entregó a nosotros, simbolizados en el discípulo amado, a su Madre y al Espíritu: «!He aquí a tu hijo¡». Igualmente dice también a todos nosotros: « ¡He aquí a tu madre! » (cf. Jn 19, 26.27). Y también en la cruz y desde la cruz “entregó el Espíritu”.

Vivir en la Eucaristía el memorial de la muerte de Cristo implica también recibir continuamente este don. Significa tomar con nosotros –a ejemplo de Juan– a quien una vez nos fue entregada como Madre. Significa asumir, al mismo tiempo, el compromiso de conformarnos a Cristo, aprendiendo de su Madre y dejándonos acompañar por ella. María está presente con la Iglesia, y como Madre de la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas. Así como Iglesia y Eucaristía son un binomio inseparable, lo mismo se puede decir del binomio María y Eucaristía. Por eso, el recuerdo de María en el celebración eucarística es unánime, ya desde la antigüedad, en las Iglesias de Oriente y Occidente.

4. El Magnificat en perspectiva eucarística

En la Eucaristía, la Iglesia se une plenamente a Cristo y a su sacrificio, haciendo suyo el espíritu de María.

Por eso, se puede releer el Magnificat en perspectiva eucarística. La Eucaristía, en efecto, como el canto de María, es ante todo alabanza y acción de gracias. Cuando María exclama «mi alma engrandece al Señor, mi espíritu exulta en Dios, mi Salvador», lleva a Jesús en su seno. Alaba al Padre «por» Jesús, pero también lo alaba «en» Jesús y «con» Jesús. Esto es precisamente la verdadera «actitud eucarística».

Al mismo tiempo, María rememora las maravillas que Dios ha hecho en la historia de la salvación, según la promesa hecha a nuestros padres (cf. Lc 1, 55), anunciando la que supera a todas ellas, la encarnación redentora. En el Magnificat, en fin, está presente la tensión escatológica de la Eucaristía. Cada vez que el Hijo de Dios se presenta bajo la «pobreza» de las especies sacramentales, pan y vino, se pone en el mundo el germen de la nueva historia, en la que se «derriba del trono a los poderosos» y se «enaltece a los humildes» (cf. Lc 1, 52). María canta el «cielo nuevo» y la «tierra nueva» que se anticipan en la Eucaristía y, en cierto sentido, deja entrever su 'diseño' programático. Puesto que el Magnificat expresa la espiritualidad de María, nada nos ayuda a vivir mejor el Misterio eucarístico que esta espiritualidad. ¡La Eucaristía se nos ha dado para que nuestra vida sea, como la de María, toda ella un magnificat!



EUCARISTÍA, DON PARA LA MISIÓN

“Ite Missa est” y su significado en nuestro tiempo



Congreso de ARPU

Oviedo, 14 de septiembre de 2005

José Cristo Rey García Paredes, cmf


Hablar de “la Eucaristía como don para la Misión” -¡ese es el título de esta conferencia!- nos sitúa ante un tema nuclear, básico en la vida de la Iglesia. Es curioso, sin embargo, que el Papa Juan Pablo II no le prestase mucha atención en su encíclica sobre la Eucaristía “Ecclesia de Eucharistia”. Allí encontramos únicamente dos referencias genéricas: en la primera, afirma que la Eucaristía es “la fuente y la cumbre de toda evangelización, puesto que su objetivo es la comunión de los hombres con Cristo” (EdE, 22)5; en la segunda reafirma que toda puesta en práctica de planes pastorales, para realizar la misión de la Iglesia, ha de sacar del Misterio eucarístico su fuerza y ha de ordenarse a él como a su culmen” (EdE, 60)6.

Sin embargo, el “Instrumento de trabajo” para el Sínodo sobre la Eucaristía -que tendrá lugar el próximo mes de octubre- sí le dedica la cuarta parte al tema de la misión; lleva por título “La Eucaristía en la misión de la Iglesia”; pero cuando aborda directamente la cuestión es en el segundo capítulo, pues el primero está dedicado a la espiritualidad eucarística. Allí se afirma que la Eucaristía es fuente de la evangelización, impulso para el compromiso con una sociedad diferente, fuente de una caridad que se muestra especialmente compasiva con los pobres, como vínculo de unidad en la Iglesia y sacramento de la paz.

La organización de este XIII Encuentro-Congreso Eucarístico Nacional sí le ha dado una gran importancia a la contemplación del misterio eucarístico desde la perspectiva de la Misión: “La Eucaristía, don para la Misión”. Voy a intentar desarrollarlo ante ustedes. Vamos a dar varios pasos: 1) La Eucaristía nace de la Misión que viene de Dios. 2) La Eucaristía es fuente y estímulo para la Misión. 3) La Misión conduce hacia la Eucaristía. 4) Conclusiones prácticas.

I. La Eucaristía en la Misión que viene de Dios

¿Qué es la misión? ¿Cómo entenderla, para descubrir la conexión que existe entre ella y la Eucaristía? Vamos a hacer una breves reflexiones previas.

1. La misión que viene de Dios Dios: El Hijo enviado

Cuando en la Iglesia hablamos de misión nos referimos, ante todo, a un atributo divino. La misión la encontramos en Dios, en la Santísima Trinidad. La misión, como dice bellamente Marcelino Legido, “nace de las entrañas del Padre”. Sí. Porque es el Padre quien, movido por su celo misionero, por su amor al mundo, “envía” a su Hijo.

La Encarnación, la Vida y la Pasión y Muerte de Jesús son las diversas etapas de la Misión que viene de Dios. Jesús es el Misionero por excelencia, el Enviado del Padre. Jesús no vino a “hacer” cosas, a ser un trabajador incesante a favor del mundo: vino a cumplir la voluntad del Abbá y a trabajar en la medida en que su Abbá se lo pedía. El hizo en todo momento “las obras del Padre” y ellas dan testimonio de su misión. Jesús fue, ante todo, un testigo permanente de la voluntad del Padre: ¡que todos tengan vida y la tengan abundante! Y a esa misión entregó todo su ser. Al final de la vida, en la cruz, pudo exclamar: Consummatum est! Es decir, cumplí la misión que me confiaste.

En la cruz Jesús –imposibilitado para hablar y para hacer- se convierte en el Misionero del Padre por excelencia, en el Testigo sufriente y mártir de su Amor. Manifiesta que es misión en grado sumo dar la vida por quienes se ama. La Eucaristía es, en este sentido, el gran Sacramento de la Misión de Jesús: de su entrega a la voluntad del Padre que es “que todos tengan vida”:

“Mi carne para la vida del mundo”.

Hemos sido elegidos en Cristo Jesús, el Hijo, para ser hijos de Dios. El Abbá nos ha adoptado por hijos suyos. Y nos ha agraciado para que reproduzcamos en nosotros los rasgos de Jesús, el Hijo. Somos, pues, “hijos en el Hijo”.

De aquí se deriva que nuestra misión no es otra que la misión misma de Jesús, prolongada en su Cuerpo que es la Iglesia.

No hemos de preocuparnos en exceso por realizar la misión. Más hemos de preocuparnos por identificarnos con el Señor Jesús, nuestra cabeza, de quien somos su Cuerpo. A través de su Cuerpo su misión resulta infalible. Todo lo podemos en aquel que es nuestra fuerza.

Qué fantástico es tener la experiencia de que en la misión nunca estamos solos, sino que el Señor está con nosotros: “¡Estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo!”. La mística de la misión consiste precisamente en eso, en sentirse prolongación mística de Jesús, saberse sus miembros y sentir cómo a través de nosotros es Él quien actúa, quien ama, quien habla. También nosotros somos en la misión “vicarios de Cristo”.

2. El envío del Espíritu Santo sobre toda carne: “Missio Spiritus”

Cuando en la Iglesia hablamos de misión nos referimos también al Espíritu Santo. A él clamamos frecuentemente: “Veni, Sancte Spiritus!”. La verdad es que el Espíritu Santo viene, porque es enviado. El Abbá lo envió en el Antiguo Testamento y por medio del Espíritu fueron creadas todas las cosas; el Espíritu “habló por medio de los profetas”, inspiró a los autores de las Escrituras santas, actuó en los líderes carismáticos que fueron dóciles a su acción.

El Espíritu también fue enviado sobre María para que engendrara a Jesús y sobre ella descendió como una sombra; también fue enviado a Jesús en el bautismo, como paloma y en la Transfiguración como nube luminosa. Jesús promete que tras su glorificación enviará juntamente con el Padre el Espíritu. Así el Espíritu se convierte en la Pascua en el Enviado del Padre y del Hijo (Filioque). Es enviado sobre toda carne, sobre toda la humanidad, y de una manera muy especial sobre la Iglesia. En la cruz, cuando Jesús está rodeado de su madre, de la hermana de su madre, María de Cleofás y María Magdalena, además del discípulo amado, Jesús “entrega el Espíritu”. En Pentecostés el Espíritu es enviado y comunicado a cada uno de los que allí están. La misión del Espíritu que entonces, el día de Pentecostés se inició, no ha concluido.

Estamos en la era del Espíritu, en el tiempo de su misión “invisible” sobre toda carne, sobre la humanidad, sobre la Iglesia. El Espíritu actúa secretamente en el corazón de la historia: derrama sus carismas, activa la buena voluntad y la creatividad humana, diversifica y hace entrar en comunión. El Espíritu hace memoria de Jesús. Lleva sus obras a plenitud. Gracias al Espíritu los dones se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Gracias al Espíritu la comunidad se torna “Cuerpo de Cristo”. Gracias al Espíritu tenemos vivencia de nuestra filiación divina. Gracias al Espíritu todo está llamado a la resurrección.

Así entendida, vemos que resultaría presuntuoso entender que la misión es, ante todo, nuestra e identificarla con nuestras iniciativas o trabajos pastorales. La misión es un atributo divino, una iniciativa trinitaria. Es “missio Dei”. Dios mismo es misión. Y compartimos las misiones divinas.

La Iglesia y nosotros en ella, somos llamados a participar en la Misión de Dios. Es más: positivamente Dios ha querido que la misión de su Hijo se realice en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Por eso, la cabeza realiza la misión en unión con todos sus miembros, dentro de la lógica diferencia entre cada uno de ellos. Dios ha querido que la misión del Espíritu se realice en la comunidad del Espíritu, donde los carismas del Espíritu son concedidos a todos y a cada uno, a su manera, según la voluntad de Dios, dentro de una diferencia impresionante. Misión del Espíritu es la diversificación carismática y también la comunión de las diferencias. El Espíritu es fuente de biodiversidad eclesial, pero al mismo tiempo lleva la variedad hacia la comunión.

3. La Eucaristía forma parte de la misión del Hijo y de la Misión del Espíritu

La Eucaristía forma parte del movimiento de misión que viene de Dios, de las entrañas del Padre. ¿No nos amó tanto Dios Padre que no envió a su Hijo Unigénito al mundo y nos lo entregó “para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16)? ¿No es la Eucaristía un momento culminante dentro de la entrega del Hijo a cada uno de nosotros? ¿No es el momento en que llega a nosotros, corporalmente, la Vida? Por eso, la Eucaristía debe ser comprendida dentro del dinamismo de la Misión que viene de Dios, de la Misión del Hijo. Por eso, también nuestra participación en la Eucaristía nos introduce en ese dinamismo que nos identifica con Jesús, el Misionero del Padre. Comulgamos con Él para ser enviados con Él al mundo: “tanto amó Dios al mundo, que nos unió a Jesús para entregarnos con Él y para que todos tengan vida”.

También la Eucaristía forma parte de la misión del Espíritu. Sin el Espíritu Santo, sin su presencia que hace memoria de la Palabra de Jesús y la interioriza, que convierte las Escrituras en Palabra de Dios, sin su presencia que consagrada los Dones (primera epíclesis7) y consagra la comunidad como cuerpo de Cristo (segunda epíclesis8) no habría Eucaristía.

La celebración Eucarística, en la cual todo el protagonismo recae sobre Jesús y su Espíritu es el Sacramento de la “Missio Dei” por excelencia.

La Eucaristía nace de ese movimiento misionero que viene de Dios hacia el mundo y tiene como objetivo transformar y deificar nuestro mundo, hacer posible que este mundo responda al proyecto Creador, sea auténtico reino de Dios. En la Eucaristía esa transformación deificante alcanza a toda la comunidad cristiana, a través de ella llega a la humanidad e implica sorprendentemente hasta los mismos elementos materiales de pan y de vino.

II. La Eucaristía, fuente y estímulo para la Misión de la Iglesia

La Eucaristía no es punto de llegada. No concluye en sí misma. Las últimas palabras de la celebración, a pesar de la oscuridad de su significado, son sumamente elocuentes a este respecto: “Ite, missa est”.

El significado literal de esta expresión no es “Podéis ir en paz” tal como han sido traducidas por la liturgia en español, sino: “¡Iros! ¡Ha sido enviada!”. Se trata de un imperativo, de un mandato dirigido a la comunidad cristiana, reunida en Asamblea, al concluir su celebración eucarística. “Ite, missa est!”.

La comunidad no es invitada ni a venir, ni a quedarse dando gracias por la comunión; a la comunidad no se le dirige un último saludo de despedida que signifique: “¡hasta mañana!, ¡hasta el próximo domingo! La expresión utilizada tiene la forma del imperativo, de un mandato que hay que cumplir:¡Iros! ¡Que ha sido enviada!

Así concluye la celebración eucarística desde hace muchos siglos. Pero la cuestión pendiente es: ¿a qué realidad se refiere la expresión “missa est”? ¿Quién, qué “ha sido enviada”?

Parece ser que el significado primero de estas palabras tenía mucho que ver con una práctica eucarística muy genuina en las iglesias de los primeros siglos9. Después ha sobrevenido otro significado que tiene ya mucho que ver con el envío, la misión de la comunidad.

1. El primer sentido del “Ite Missa est!”: dimensión eclesiológica y comunitaria de la Eucaristía

a) La celebración eucarística en los primeros siglos

Al principio no era así. No se multiplicaban las eucaristías en diversos altares, no se celebraban muchas misas en un templo, no eran presididas por diferentes presbíteros. Al principio se afirmaba “la unicidad originaria de la Eucaristía episcopo-céntrica” en expresión de teólogo ortodoxo y metropolita de Pérgamo Jean Zizioulas10. Las Eucaristías de los primeros siglos tenían lugar en un solo día, el domingo, en un solo altar –el de la Iglesia principal-, con un solo presidente –el obispo-.

Un solo día, el domingo: En las fuentes de la fe cristiana vemos cómo muy pronto se instaura la costumbre de celebrar la eucaristía todos los domingos: la eucaristía celebrada por Pablo en Troade tiene lugar “el primer día de la semana” (Hech 20,7). El capítulo 14 de uno de los libros más antiguos de la Iglesia, la Didaché, se dice: “El día del Señor reuníos para partir el pan y dar gracias”11. A esta práctica dominical se añade la celebración de la Eucaristía el día del aniversario de la muerte de los mártires. Así se comienza a celebrar la Eucaristía entre semana. Y así se inicia el culto a los santos, que dará lugar posteriormente a nuestro santoral.

Un solo presidente, el obispo: San Ignacio de Antioquia pide que sólo sea reconocida como legítima aquella eucaristía que es presidida por el Obispo, o por la persona a la que él encargue12. Y se pide a los cristianos que sólo participen en esa eucaristía:

“porque sólo hay una carne de nuestro Señor Jesucristo, y un solo cáliz para unirnos en su sangre, un solo altar, como un solo obispo con el presbiterio y los diáconos”13.

La razón de esta forma de celebrar la Eucaristía es la de expresar y fortalecer en la Eucaristía la unidad de la Iglesia. Cuando la Eucaristía comienza a celebrarse entre semana, para conmemorar el aniversario del martirio de algún mártir, se puede suponer que eran los presbíteros los encargados de presidir estas eucaristías. En principio, por lo tanto, la Eucaristía era siempre presidida por el Obispo, porque él es el Pastor. Pero estaba asistido por los presbíteros y los diáconos. En todo caso, se ponía de relieve que quien presidía la Eucaristía, era aquella persona que presidía la comunidad.

Un solo altar: Eso pedía san Ignacio de Antioquia: ¡un solo altar!14. No tenía sentido para él que presbíteros celebraran eucaristías en diversos lugares, con diferentes comunidades cristianas.

b) Cambio pastoral: la reiteración

Cuando el cristianismo se convierte en religión oficial del imperio, y comienzan a entrar en la Iglesia auténticas masas de convertidos, cambian las estructuras eclesiales y pastorales. Y esto afecta a la Eucaristía. ¿Qué hacer en celebraciones en las cuales la multitud no cabe en el templo? ¿qué hacer si por diversas razones justificadas todos no pueden asistir a la celebración que tiene lugar a una sola hora? Si solo estuviera permitida la celebración de una sola Eucaristía (“si unius tantum misae more servato”15) un buen grupo de cristianos quedaría excluido de la celebración. Por eso, el Papa León Magno justificaba que las eucaristías puedan reiterarse, precisamente por esta razón16.

El número de cristianos en la Roma del siglo IV debió oscilar entre 70.000 y 80.000; y en el siglo V de 130.000 a 150.00. Se hizo necesaria una estructura pastoral diferente. En Roma se establecieron diferentes lugares de culto cristiano en los diferentes barrios; estaban dedicados a algún santo; se llamaban títulos; y los presbíteros que se encargaban de cada circunscripción o lugar de culto, se llamaban “titulares”. No eran parroquias, sino “sucursales” de la única iglesia, presidida por el Obispo. El Papa, Obispo de Roma, solía reunir a la comunidad cristiana en diversos lugares o “estaciones”. A la Eucaristía episcopal asistían todos los presbíteros titulares. Así se ponía de relieve que no había diferentes eucaristías, sino una sola, que después se extendían por toda la ciudad.

Para hacer ver que existía una profunda continuidad entre la Eucaristía episcopal y las eucaristías titulares, los Papas Milcíades (311-314) y Silicio (384-399) establecieron el rito del “fermentum”: consistía en que unas partículas de la Eucaristía episcopal, consagradas por el obispo, fueran posteriormente llevadas por los presbíteros a sus respectivas iglesias y que esta partícula se mezclara después con el pan eucarístico consagrado por los presbíteros en la celebración eucarística de aquel templo. De ese modo, se ponía de relieve la absoluta dependencia de esa Eucaristía con la Eucaristía episcopal. Se llamaba a esta partícula eucarística “fermentum”, o levadura que hace fermentar toda la masa. En la conclusión de la Eucaristía episcopal, diversas partículas eucarísticas eran entregadas a los presbíteros titulares. A través de ellos, la Eucaristía era enviada a las diversas Iglesias. Cuando ellos habían abandonado la Asamblea eucarística, el Obispo despedía a la gente con las palabras conclusivas: “Ite, missa est”; “¡iros, pues ya la Eucaristía ha sido enviada”17.

En los siglos posteriores se perdió esa costumbre y sólo quedó un vestigio de ella, cuando después del Padrenuestro, el ministro ordenado, parte la Sagrada Forma y deposita en el cáliz una partícula extraída de uno de los trozos de la Sagrada Forma.

2. El segundo sentido del “Ite Missa est!”: dimensión misionera

La fórmula “ite missa est” se ha mantenido. A ella recurren los documentos eclesiales actuales para resaltar la dimensión misionera de la Eucaristía o el mandato misionero con la que cada Eucaristía concluye. El Instrumentum Laboris del próximo Sínodo sobre la Eucaristía, ofrece la siguiente interpretación del “Ite missa est”:

“Las palabras con las cuales termina la celebración de la Eucaristía, Ite missa est, recuerdan el mandato misionero del Señor resucitado a los discípulos antes de su Ascensión al cielo: «Id, pues, y haced discípulos a todas la gentes» (Mt 28,19). En efecto, la conclusión de cada Santa Misa se relaciona inmediatamente con el envío a la misión. En ésta están comprometidos todos los bautizados, cada uno según su propia vocación dentro del Pueblo de Dios: los obispos, los sacerdotes, los diáconos, los miembros de la vida consagrada y de los movimientos eclesiales, los laicos” (IL, 88).

a) Los envíos de Jesús: ¡Iros! ¡Vete!

Es curioso constatar cómo el Jesús de los Evangelios no solo llama con las palabras “¡ven!”, “¡sígueme!”, sino que también -en no pocas ocasiones-, despide, manda imperiosamente que alguien se vaya, envía: ¡iros!, ¡vete!

Lo expresa muy bien el cuarto evangélico, cuando nos ofrece las palabras de Jesús en la última Cena, en las que habla de la elección de los discípulos:

“No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis () y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca” (Jn 15,16).

Jesús ha llamado a sus discípulos “para que vayan”. Este “ir” tiene mucho que ver con la misión y una misión a la que se le promete el éxito, el fruto abundante y consolidado. No pasarán la noche pescando inútilmente, sino que la red se llenará de peces, serán pescadores de hombres, pero con pesca abundante.

Los ángeles de la Resurrección y el mismo Señor Resucitado les dirigen a las mujeres este mismo mandato imperativo: ¡Id! Seguido de un mandato misionero después:

“Y ahora id enseguida () a decir a sus discípulos: "Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis." …» Ellas partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos. En esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: « ¡Dios os guarde! » Y ellas, acercándose, se asieron de sus pies y le adoraron. Entonces les dice Jesús: «No temáis. Id, avisad a mis hermanos () que vayan a Galilea; allí me verán. » (Mt 28, 7-10)

También el Señor Resucitado les pidió a sus Once discípulos-apóstoles que fueran por todo el mundo anunciando el Evangelio

Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: « Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. » (Mt 28, 17-20)

Este imperativo “¡id” tiene siempre un significado misionero. Después de la experiencia del Señor resucitado, las mujeres discípulas o María Magdalena son enviadas a anunciar su experiencia. Después de contemplar al Señor resucitado, los Once son enviados a anunciar el Evangelio a todas las gentes. Después de la experiencia del Señor resucitado en cada Eucaristía, la comunidad cristiana es enviada a anunciar su experiencia de comunión con Jesús: “lo que ha visto y oído, lo que ha palpado respecto al Verbo de la Vida”.

b) La Eucaristía como envío

La Eucaristía ha recogido en su ritualidad este mandato imperativo del Señor: ¡Id! Y hace que con esas palabras concluya toda celebración eucarística en la Iglesia. La densidad de ese mandato misionero depende de la densidad de la misma celebración.

La Eucaristía es ante todo el Sacramento de la Presencia. En ella se cumple el primer objetivo de la vocación apostólica:

“instituyó Doce, para que estuvieran con él (), y para enviarlos a predicar ()” (Mc 3,14):

En la celebración eucarística la comunidad, instituida por Jesús, está reunida en torno a Él, está con Él, entra en comunión íntima con Él.

La comunidad escucha las Palabras de Jesús y las Escrituras que dan testimonio de Él. La Liturgia de la Palabra es la primera forma de “estar con Él”, de experimentar su presencia viva, de sentir que las palabras de Jesús hacen arder el corazón. La Eucaristía tiene como objetivo alimentar una presencia permanente de Jesús en nosotros, de modo que “permanezcamos en Él”, como los sarmientos en la vid, como los miembros en el Cuerpo, que la Palabra habite abundantemente en nosotros. La presencia eucarística no es un fin en sí misma. Es la mediación sublime que nos permite vivir “en Cristo”, de modo que no vivamos ya nosotros, sino que sea Cristo quien vive en nosotros.

Y Jesús alimenta su presencia en nosotros a través de la Palabra y el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre.

Pero esta mutua inmanencia de Jesús en nosotros y de nosotros en Jesús, llamados todos a formar un solo Cuerpo, tiene también otro objetivo: “para enviarlos a predicar”, para que den testimonio:

“Lo que hemos visto y oído, lo que tocaron y palparon nuestras manos respecto al Verbo de la Vida, eso os lo anunciamos para que entréis en comunión con nosotros”.

La experiencia aboca necesariamente al testimonio, a la proclamación, a la misión. Por eso, la Eucaristía concluye en el Ite Missa est! La comunidad que tiene la experiencia de la Revelación del Señor y de la autodonación de Dios está destinada a ir, a anunciar, a curar, a dar vida, a expulsar demonios. Ha sido habilitada por la comunión con el Señor y su Espíritu para ello.

François-Xavier Durrwell decía, y con mucho acierto, que cada Eucaristía es una especie de “experiencia de aparición pascual”18. El Señor resucitado se aparece en la Palabra, en la especies de Pan y Vino, en la comunidad y en sus ministros. Su presencia y manifestación es acogida en la fe y genera comunidad-cuerpo de Cristo.

c) Ser testigos de la experiencia eucarística

Quienes han tenido la experiencia de la aparición del Señor resucitado en la celebración eucarística, se sienten llamados a ser testigos de ella. El testimonio es la primera tarea misionera de cada cristiano enviado al mundo:

« a éste, Dios le resucitó al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos. » (Hech 10,40-41).

La misión tiene como objetivo la introducción en el misterio de Cristo de todos los llamados a la fe: el hacer posible el encuentro personal de cada ser humano con Jesús. Este encuentro adquiere su máxima intensidad en la celebración eucarística:

“Jesús invita a su mesa a todos los hombres de buena voluntad, sin distinciones ni prejuicios (cf. Mt 22,1-13; Lc 14,16-24) y ofrece su sacrificio por la salvación de todos (cf. Mt 26,26-29; Lc 22,15-20; Mc 14,22-25; 1 Co 11, 23-25). La Eucaristía, por lo tanto, es la cumbre a la cual tiende naturalmente toda la actividad misionera de la Iglesia, también aquella específicamente ad gentes. En efecto, ¿qué sentido podría tener anunciar el Evangelio si no llevar a cada uno a la comunión con Cristo y con los hermanos, de la cual la Santa Misa, anticipación del Banquete eterno, es la expresión litúrgico-sacramental más alta? (IL, 89)

En la Eucaristía se anticipa sacramentalmente aquella mesa del Reino de Dios a la que todos, sin excepción, son invitados.

La celebración eucarística enciende en nosotros los motores de la misión:

“Esto vale para los cristianos que viven en un mundo secularizado, donde la mayoría de los que se encuentran alejados de la fe realizan un continuo esfuerzo espiritual para encontrar a Dios, el cual de todos modos permanece siempre cerca de ellos. Este celo pastoral acompaña a los misioneros que, llevados por el amor a Dios, proponen el primer anuncio de la Buena Noticia a las personas que hasta ahora no conocen el Evangelio de Jesucristo, o no lo conocen en modo adecuado y profundo” (IL, 89).

El Señor, que después de resucitado prometió a los enviados que estaría con ellos todos los días, hasta el fin del mundo, cumple su promesa en la celebración eucarística. Ésta es centro y punto de partida, pero también de llegada, del envío misionero.

Por eso, la Eucaristía explicita este envío misionero en la conclusión de la reunión de la Asamblea. La Eucaristía misionera es enviada a través de la Comunidad misionera, que es Cuerpo de Cristo en actividad permanente.

Si Jesús y el Espíritu quieren compartir su misión con nosotros, el espacio más adecuado para este compartir es la celebración eucarística.

3. Ite! Para compartir la Palabra

Decir “Eucaristía” es, en primer lugar, decir Proclamación y Celebración de la Palabra de Dios. Lo primero que se extiende en la celebración es la Mesa de la Palabra. ¡Esto no se debe olvidar! Por eso, el envío misionero post-eucarístico no es sólo llevar a Cristo Jesús, llevar su Cuerpo, sino, también llevar su Palabra, aquella que ha sido antes comulgada.

Pues bien, la Palabra de Dios del Nuevo Testamento surgió en un contexto auténticamente misionero. ¿Qué son las cartas de Pablo, sino cartas de Misión? ¿Qué son los Evangelios sino relatos preparados para poder realizar la misión? Fuera de un contexto misionero es imposible entender adecuadamente e interpretar el sentido de los Escritos del Nuevo Testamento.

En ellos se descubre inmediatamente la intencionalidad misionera; la orientación para defender la fe, descubrir el Misterio de Dios en los diferentes contextos culturales, exhortar y consolar en medio de las enormes dificultades que la misión tenía que afrontar.

También en ese contexto de misión fue releído todo el Antiguo Testamento como manifestación o epifanía de Cristo Jesús: “las Escrituras dan testimonio de Él”. Se afirma que el Espíritu Santo habla a través de los profetas. Y es que en la misión, la Palabra se descubre en toda su virtualidad y sus tonos.

Pues bien, cuando hoy celebramos la primera parte de la Eucaristía, la liturgia o la mesa de la Palabra, no debemos prescindir en ningún caso de su contexto vital “misionero”, so pena de perdernos sus mejores significados y enseñanzas. Pero, al mismo tiempo, ¿cómo proclamar la Palabra en ese contexto sin que la Palabra se convierta para la comunidad en estímulo, en don para la Misión? ¿Qué hacer para que la Palabra no quede en nosotros, quienes participamos en la Eucaristía, sino que se convierta en chispa que encienda a todo el mundo, después de celebrada la Eucaristía?

En la Eucaristía muchos descubren su misión de evangelizadores. Saben que no pueden reservarse para sí mismos la revelación y que tienen que hacer todo lo posible por transmitir la noticia. Así como las mujeres de la Pascua difundieron por todas partes el rumor de la Resurrección, así quienes participan en cada Eucaristía deberían salir de ella con deseos irrefrenables de transmitir la Buena Noticia, de ser testigos de lo que han experimentado.

Esa es la fuente del ministerio apostólico. En ninguna parte como en la celebración Eucaristía la Palabra tiene tanta fuerza transformadora, sacramental, eficaz. La participación en la mesa de la Palabra es el mejor equipamiento para la misión cristiana.

En la celebración de la Palabra, Jesús, el Señor, habla a sus misioneros y misioneras. A través de su Palabra y su Espíritu los forma y configura y los prepara para la misión. Jesús les habla a través de toda la Sagrada Escritura, que da testimonio de Él.

La primera parte de la Eucaristía no es solamente una escuela, en la que el Señor enseña doctrina a sus discípulos y discípulas. Es, ante todo, el momento en el que su comunidad participa del Pan de la Palabra, pan bajado del cielo.

Este pan es asimilado en la fe. Hay una identificación creciente entre Jesús y quien come de su Pan, quien cree en su Palabra.

Así el Señor se hace dueño de la interioridad del discípulo. De modo que a quien ellos oye, a Jesús oye, quien a ellos recibe a Jesús recibe.

La liturgia de la Palabra es aquel momento en que el Señor nos da su poder, nos entrega su Palabra poderosa. Con este arma de la Palabra el discípulo o la discípula pueden realizar las obras del Abbá, como Jesús, y aun mayores.

La liturgia de la Palabra está de tal manera configurada que en los diversos ciclos litúrgicos, el pueblo de Dios es alimentado con casi todos los libros de la Escritura. Eso quiere decir, que quienes participan en la Eucaristía de la Palabra, reciben la fuerza de todos los libros de la Escritura

4. Para entregarse en el Cuerpo y Sangre de Cristo

La celebración eucarística extiende a la vez una segunda mesa: la mesa del Pan y del Vino, del Cuerpo y de la Sangre. Quien pone el Cuerpo y la Sangre sobre la Mesa es el Abbá, Dios que tanto amó al mundo que le entregó a su Hijo unigénito. Y lo pone para que tengamos vida y vida abundante.

Y Jesús se entrega también, se da a sí mismo sin reservas. Lo expresa muy bien, según el cuarto evangelio, cuando se despoja de sus vestiduras y lava los pies de los discípulos, les da ejemplo y les pide que ellos hagan lo mismo. Se instaura así en el mundo una cadena de servicio desinteresado –“servitium caritatis”-, porque nadie tiene amor mayor que el que da la vida por sus amigos. Quien así sirve, expresa después su entrega, ofreciendo su Carne como Comida y su Sangre como Bebida.

En esta oblación, sin reservas, Jesús lleva a cabo la voluntad del Padre y consuma la misión recibida. No solo vino a enseñarnos como Maestro, ni a guiarnos como Buen-Bello Pastor, ni siquiera a establecer un Reino, como Hijo de Dios y de David, sino también a perderse, a entregarse sin reservas, a dar su Vida, su Cuerpo y su Sangre, como Hijo del Hombre.

Cada Eucaristía apunta a ese momento culminante de la Misión y lo hace presente. Las reticencias muy fuertes de los discípulos de Jesús a “comer la carne del Hijo del Hombre y beber su sangre” indican que este tipo de comunión no era ningún “plato de gusto para ellos”. “¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?”, les preguntaba Jesús a los Zebedeos. “Abbá, si es posible haz que pase de mí este cáliz”, clamaba Jesús en Getsemaní. Muchos discípulos abandonaron a Jesús al acabar de escuchar el discurso del Pan de Vida. Aquella forma de hablar -¡comunión con la entrega del Hijo del Hombre- les parecía intolerable.

Comulgar el Cuerpo y la Sangre de Jesús es, por lo tanto, una inclusión audaz en la misma Misión sacrificial de Jesús: “¡Anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas!”.

Es comprensible, entonces, que la celebración eucarística haya sido la fuente espiritual del Martirio en la Iglesia. Que haya sido la escuela de los mártires, el impulso para las misiones más arriesgadas, la fuerza para afrontar todas las fuerzas de la muerte y del mal.

Comulgar con demasiada facilidad sin captar el compromiso sacrificial que implica es una veleidad, una irresponsabilidad. Ponemos quizá demasiado énfasis en comulgar después de confesar nuestros pecados, y no ponemos suficiente énfasis en comulgar con disposición de entrega absoluta a la misión.

5. La Eucaristía, irremplazable

La Eucaristía no es reemplazada por nada. Ella es la cumbre, la cima. Una celebración de la comunión, un tiempo de adoración al Santísimo Sacramento no remplazan la Eucaristía. Comulgar durante la celebración Eucarística y fuera de la Celebración Eucarística no es lo mismo. La Eucaristía es ¡la fuente y la cumbre! (Sacrosanctum Concilium). Su lugar es único. Ella es, por excelencia, el don de Dios que hay que recibir.

La Eucaristía es un acontecimiento progresivo de encuentro y reunión de la Asamblea. Es ámbito en el cual Dios habla a su Pueblo y le transmite su Ley, su Evangelio y el Pueblo responde a la oferta permanente de Alianza y amor. La Eucaristía es súplica a Dios para que envíe su Espíritu. El presbítero impone las manos sobre los dones, proclama el relato de la Institución, invoca al Espíritu Santo sobre la asamblea; por la mediación del ministerio ordenado y de la acción litúrgica, acontece algo único: ¡los dones y la asamblea son transformados y se convierten en Cuerpo de Cristo. La Eucaristía transforma el mundo, ella es fuerza de salvación para nosotros que somos transformados al mismo tiempo que los dones. La Eucaristía es el momento por excelencia en el que nosotros quedamos unidos a Cristo que se ofrece el Padre. En ausencia de ministro ordenado, la epíclesis y su poder transformador faltan. Se da una auténtica “falta” real, una ausencia que nada puede remplazar.

Es de la liturgia, y en primer lugar de la Eucaristía que, como fuente, dimana la gracia hacia nosotros (SC, 7)

El summum de la participación en la acción eucarística es la recepción de la comunión; pero está ordenada a comulgar con la vida del Resucitado y con el misterio trinitario, para “pasar con Él” de las tinieblas a la luz admirable.

Recibir el sacramento del Cuerpo de Cristo, en la fe, es movimiento. Es para la remisión de la pecados. La entrega de Jesús al Padre es el espacio en el que nosotros encontramos alegría para vivir y también nosotros volvemos al Padre.

IV. Conclusiones Prácticas

Participar en la Mesa de la Palabra y en la Mesa del Cuerpo y de la Sangre es entrar en el espacio misterioso y electrizante de la “Missio Dei”. La misión de Jesús y del Espíritu se muestran “in misterio”.

Esa misión de las personas divinas se actualiza y ofrece a la comunidad cristiana para que sea “compartida” por ella. La comunión tiene que ver con la Trinidad Santa: se comulga la Palabra y el Pan-Vino eucarísticos, se comulga con el Hijo y con el Espíritu, misioneros del Abbá. La Eucaristía se proyecta también como misión extendida, misión eclesial. La Eucaristía no concluye sin “Ite Missa est”, sin misión. Cuando no hay misión después de la Eucaristía, la Eucaristía queda frustrada. El Cuerpo misionero de Jesús queda paralizado.

No basta centrarse en la Eucaristía como lugar de encuentro con Jesús, como lugar de adoración. Hay que preguntarse, si obtenemos de la Eucaristía todo el potencial misionero que ella encierra. A veces tenemos la impresión de que la Eucaristía se circunscribe a ese tiempo dominical que dedicamos a Dios cada semana, para después volver a nuestras tareas ordinarias. No es que queramos desvalorizar la participación dominical en la Eucaristía, ni mucho menos. Lo único que nos cuestionamos es: ¿porqué la Eucaristía no se traduce en manantial exuberante de misión, en rampa de lanzamiento misionero de toda la comunidad cristiana? ¿Decir mujer u hombre eucarístico, es lo mismo que decir “misionera”, “misionero” de Jesús? ¿Vivimos la Eucaristía como don para la Misión? ¿Es, de hecho, la Eucaristía, la fuente y el impulso de una vida entregada sin reservas a la Misión?

La adoración al Santísimo Sacramento desata en nosotros el dinamismo misionero que la contemplación y adoración del Resucitado suscitó en los Apóstoles: ellos tras adorar al Señor resucitado, fueron lanzados a todos los caminos del mundo para anunciar el evangelio. ¿Sucede eso entre nosotros? ¿Es la Eucaristía un paréntesis en una vida que no es misionera? ¿O es más bien la fuente y cumbre de la misión?

La verdad de la Eucaristía se expresa en la verdad de la Misión. Los proyectos de Misión tienen mucho que ver con la lógica eucarística. Pero con una Eucaristía celebrada en nuestro tiempo, en las circunstancias providenciales en las cuales Dios Padre nos concede celebrarla.

El ritualismo le quita a la celebración eucarística su espontaneidad histórica, su relación misionera con los acontecimientos del mundo. La banalización de la Eucaristía la convierte en un mero encuentro comunitario de simpatizantes y amigos, pero niega la seriedad del momento presente, como momento de lucha por el Reino de Dios.

Que el Espíritu Santo nos ilumine para que comprendamos el misterio que nos ha sido confiado y para que la experiencia de “estar con el Señor” nos lleve a descubrir que el mismo Señor y su Espíritu nos envían a anunciar el Reino de Dios, a curar enfermos, expulsar demonios y resucitar muertos, aunque tengamos que entregar nuestra vida en el empeño.

La Eucaristía acogida y celebrada

PRÓLOGO

LA EUCARISTÍA, UN DON PARA COMPRENDER Y ACOGER

B. Siglos IV-VIII

Un elemento novedoso que aparece a lo largo del siglo IV es el rito de entrada del celebrante en la basílica, que adquiere muy pronto el tono de un cortejo solemne.

EUCARISTÍA, DON RECIBIDO DE MARÍA

MUÉSTRANOS Y DANOS A JESÚS”

María de la Palabra, del Cuerpo y de la Sangre Eucarísticos

I. Las dos manos del Abbá que nos entregan a Jesús: El Espíritu y María

II . “Muéstranos y Danos a Jesús, Palabra de Dios”

1. El Misterio de la Palabra

a) La Palabra de Dios en el misterio de la Iglesia01

b) Eucaristía y Palabra de Dios02

c) La Palabra de Dios en la celebración eucarística03

2. María, la mujer que acogió, meditó y creyó en la Palabra

II. ¡Muéstranos el Cuerpo de Jesús! María de Nazaret, de Belén y del Cenáculo

1. El misterio del Cuerpo

a) María y el Cuerpo de Jesús

b) Madre desde el amor, la feb y el desprendimiento

2. 0Theotokos, Madre de Dios20

III. Muéstranos la Sangre de Jesús. María de Caná y del Calvario

1. La Sangre de Jesús

a) La perspectiva del “sacrificio” y la “obediencia”01

b) El cuerpo entregado desde el principio

c) Un veloz proceso de muerte en su cuerpo04

d) El cuerpo resucitado con las marcas de la entrega05

e) “Tomad y comed, esto es mi cuerpo”02

2. María asociada al Sacrificio: en Caná y en el Calvario

IV. María, Mujer Eucarística (Juan Pablo lI y el Instrumentum Laboris del próximo Sínodo sobre la Eucaristía)

1. Mysterium fidei! El mandato de Institución

2. Eucaristía y misterio de la Encarnación por obra del Espíritu

3. Eucaristía-Oblación y la entrega continuada

a) El cuerpo “que será entregado por vosotros”

b) «Haced esto en recuerdo mío» (Lc 22, 19)

4. El Magnificat en perspectiva eucarística

EUCARISTÍA, DON PARA LA MISIÓN

Ite Missa est” y su significado en nuestro tiempo

I. La Eucaristía en la Misión que viene de Dios

1. La misión que viene de Dios Dios: El Hijo enviado

2. El envío del Espíritu Santo sobre toda carne: “Missio Spiritus”

3. La Eucaristía forma parte de la misión del Hijo y de la Misión del Espíritu

II. La Eucaristía, fuente y estímulo para la Misión de la Iglesia

1. El primer sentido del “Ite Missa est!”: dimensión eclesiológica y comunitaria de la Eucaristía

a) La celebración eucarística en los primeros siglos

b) Cambio pastoral: la reiteración

2. El segundo sentido del “Ite Missa est!”: dimensión misionera

a) Los envíos de Jesús: ¡Iros! ¡Vete!

b) La Eucaristía como envío

c) Ser testigos de la experiencia eucarística

3. Ite! Para compartir la Palabra

4. Para entregarse en el Cuerpo y Sangre de Cristo

5. La Eucaristía, irremplazable

IV. Conclusiones Prácticas

EN EL XIII ENCUENTRO-CONGRESO EN LA ARCHIDICOESIS DE OVIEDO

ALGO NOS FALTA…

Algo falta a tantas parroquias, acaso con estructuras perfectas e impecables servicios litúrgicos. Pero más parecen fríos centros administrativos que fuentes de gracia y fragitas de santos.

DESBLOQUEAR LA CLAUSURA DE LOS TEMPLOS

TRES INQUIETUDES CONCRETAS PARA EL VIII ENCUENTRO-CONGRESO

EL DON DE DIOS

I

LA EUCARISTÍA, ALIMENTO DE NUESTRA PEREGRINACIÓN Y DE NUESTRA FORMACIÓN

I. Cuando la Eucaristía no forma parte del Camino

II. Eucaristía en la Peregrinación del Pueblo de Dios

1. La eucaristía acompaña nuestra peregrinación: expresiones litúrgicas

2. La Eucaristía en todos los días de la Iglesia (Juan Pablo II: “Ecclesia de Eucaristía”)

III. Ser en Camino u “Homo Viator” (reflexión antropológica)

1. El ser humano como viajero

2. … como viajero religioso

3. El ser humano como “homo viator”

IV. El Pan del Camino: la Eucaristía de nuestra Peregrinación

1. Prefiguraciones: “con la fuerza del alimento, caminó hasta el monte del Señor” (1 Rey 19, 4-8)

2. Eucaristía, o el “pan nuestro de cada día”

a) El Pan Nuestro de cada Día, en la oración de Jesús

Mt 6,9ss

Lc 11,2ss

b) La petición del pan en el contexto evangélico

c) Petición y acogida del pan: su significado

d) La imagen de Dios: Fuente de Vida y Alimento

3. La celebración eucarística, alimento de nuestra peregrinación

Distribución del Pan de la Palabra durante el “Año litúrgico”

b) El Pan del Cuerpo que alimenta el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia

II.

LA EUCARISTÍA, GARANTÍA DE ESPERANZA EN UN MUNDO SIN HORIZONTE

(Perspectiva apocalíptica: “Ecclesia in Europa”)

I. Perspectiva: Horizonte apocalíptico de la exhortación “Ecclesia in Europa”

1. El mensaje global de la Exhortación “Ecclesia in Europa”

2. La Eucaristía en contexto apocalíptico

II. Fundamento: Comprensión de la Eucaristía en clave apocalíptica: El Cordero Inmolado, el Pan del “mañana” en el “hoy” de nuestra historia

1. El rostro “apocalíptico” de Jesús, el Señor

2. La Eucaristía como “utopía”: “panis angelicus fit panis hominum”

a) Las dos explicaciones de la Presencia

b) El Señor del futuro

c) Presencia discreta y humor de Dios

d) El “dies dominicus” como estructurador de la cotidianidad cristiana

III. Vivencia: El Abbá nos cuida y alimenta: Vida cristiana y Providencia

1. El pan de cada día

2. El pan del mañana

3. La gracia del pan

Conclusión

Lema:

Promueve y organiza:

Comisión organizadora:

Destinatarios e invitados:

______

Ponencias

1 Eucaristía en Europa

II.-Redemptionis Sacramentum

OFRENDA AL APÓSTOL, POR EL CONSILIARIO NACIONAL Y GENERAL

Santiago de Compostela, 16 de Septiembre de 2004

AMEN

El día 22 de agosto de 2004

TITULO II. ESPIRITUALIDAD Y PRACTICAS

TITULO III. MIEMBROS

TITULO IV. ORGANIZACION Y GOBIERNO

A) ORGANIZACION PARROQUIAL

B) ORGANIZACION INTERPARROQUIAL

D) ORGANIZACION NACIONAL

TITULO V. ADMINISTRACION DE LOS BIENES

TITULO VI. REFORMA DE LOS ESTATUTOS


























LA EUCARISTIA, DON PARA ADORAR.

Conferencia al Congreso Nacional de ARPU Oviedo 15 septiembre 2005


1.- Jesús declara: "Dios quiere que le adoremos en espíritu y verdad".


La conversación de Jesús con la samaritana (In 4, 20-25) viene muy a propósito para introducimos en la reflexión sobre la adoración. Recordemos este pasaje del evangelio de san Juan:


La samaritana dice a Jesús. "Nuestros padres adoraron a Dios en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén esta el lugar donde hay que adorarle. Dícele Jesús: Creeme, mujer, que viene la hora en que ni a ese monte ni a Jerusalén estará vinculada la adoración al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos; porque la salud viene de los judíos. Pero llega la hora, y es esta, en que los verdaderos adoradores adoraran al Padre en espíritu y en verdad, porque el Padre tales quiere que sean los que le adoren. Espíritu es Dios; y los que le adoran, en espíritu y en verdad le deben adorar. "


La adoración es un elemento básico de la relación con Dios. No esta ligada a un lugar, a una tradición religiosa, a una cultura... Dios quiere que le adoremos “en espíritu y en verdad", de corazón, reconociendo la total soberanía de Dios, dispuestos siempre a escucharle y a hacer su voluntad, sometiéndonos plenamente a su poder soberano.


2.- La adoración es constitutiva de la verdadera oración.


La adoración es parte integrante y fundamental de toda oración. Orar es establecer relación de amistad con Dios. La oración es posible porque Dios sale a nuestro encuentro y nos invita a establecer una intima relación con Él. Dios se revela a sí mismo cuando nos habla, aunque para nosotros su Ser permanezca siempre inabarcable e incomprensible. ¡Es el todopoderoso!.


"La oración es un fenómeno presente siempre que el hombre entra en relación con Dios -utilizando el lenguaje bíblico-, cada vez que uno "cree". Oración y fe se apoyan en los mismos presupuestos: son posibles porque Dios ha abandonado su soledad y su ocultamiento, ha rota su silencio y con su palabra ha revelado su nombre y su voluntad al hombre, le ha hablado. ... La oración no es por lo tanto reflexión del hombre sobre sí mismo, sobre su naturaleza y sobre su fin, menos aún es replegarse en sí, en la profundidad de la propia alma: tampoco es, al menos primariamente, expresión de los lazos que nos unen con el prójimo, de pensar en el y por consiguiente signo de fraternidad (a través de la forma de intercesión); no, la oración es esencialmente un encuentro con un Dios personal y vivo, que escucha, ve y habla." (Dizionario dei concetti biblici del nuovo testamento, H Shonweiss, pag. 1403)


En el AT Dios se manifestó muchas veces con signos de poder que hicieron temblar al pueblo. (Éxodo 19, 16 sigs.; Salmo 29 (28) "La voz del Señor sobre las aguas, el Dios de la gloria truena... ") Los israelitas prefirieron que Dios hablase a Moisés y este trasmitiera al pueblo sus mensajes.

En el NT Dios se nos ha manifestado en plenitud en Jesús, el Hijo de Dios vivo hecho hombre en las entrañas de Maria. El es el Mesías, nuestro Salvador: "Muchas veces y de muchas maneras hab16 Dios en el pasado a nuestros padres, por medios los profetas. En estos últimos tempos nos ha hablado por el Hijo... " (Hbr 1, 1-2)


3.- Jesús oraba siempre adorando con profunda humildad al Padre y sometiéndose a su voluntad.


Jesús nos enseñó a orar y a adorar al Padre con su palabra y sobre todo con su ejemplo. Con frecuencia daba gracias al Padre y confesaba su omnipotencia.

Jesús manifiesta la bondad del Padre que nos ama siempre y cuida de nosotros con solicitud y providencia. (Mt.5 sig)

Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, es desde su encarnación en su misma persona la más perfecta revelación de Dios. Vive cercano a los hombres, revestido de humildad y del poder en el Espíritu. Anuncia la buena noticia de la salvación a los pobres y pequeños, nos manifiesta al Padre Dios, lleno de amor a sus criaturas y en especial a los alejados y desfigurados por el pecado.

Jesús oraba con frecuencia y experimentó la tentación del demonio que le pedía apartarse de la adoración a su Padre, para rendir homenaje al mismo demonio y alcanzar así todos los bienes de la tierra. ¡Gran mentira del mundo, demonio y carne, que piden sometimiento a cambio de conseguir toda clase de bienes, de seguridades, de riquezas y de poderes de este mundo!.


"Todo esto te daré si postrándote me adorares. " A lo que Jesús respondió: "Vete de aquí, Satanás; porque escrito esta: Al Señor, tu Dios adoraras y a el solo darás culto." (Mt, 4., 9-10)




La actitud de sometimiento a los ídolos (a los poderes de este mundo) es tentación constante del enemigo a los cristianos. Induce a desviar la adoración y el culto hacia los bienes de este mundo con la falsa promesa de plenitud y de felicidad Muchos rezan a Dios y a los santos exclusivamente para obtener favores. Imaginan a un Dios puesto al servicio de los que le dan culto y enemigo de los que le rechazan o le niegan. Este "dios", fabricado a la medida de intereses humanos, es en realidad un ídolo, y, por consiguiente, su culto se basa en la falsedad y en el egoísmo. No en el espíritu y en la verdad.


4.- Adorar en espíritu y en verdad.

La adoración es reconociendo de la grandeza de Dios y de nuestra pequeñez como criaturas ante la presencia del Creador de todo cuanto existe y de nosotros mismos (proskunesis); es oración de alabanza y de glorificación de la Majestad de Dios; es oración que nos transforma convirtiéndonos a una vida nueva. (Metanoia).


El pan es importante”, la libertad es aun más importante, pero lo más importante de todo es la adoración". (Alfred Delp SJ, asesinado por los nazis en 1945) (Citado por J. Ratzinger en una homilía preparatoria del Gran Jubileo de 1997 en la basílica de San Juan de Letrán a prop6sito de las tentaciones de Jesús.)


Con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud cuyo lema fue "Venimos a adorarle", el Papa Benedicto XVI ha subrayado la importancia de la adoración en la vida cristiana:


Sed adoradores del Único y verdadero Dios, reconociéndole el primer puesto en vuestra existencia! La idolatría es una tentaci6n constante del hombre. Desgraciadamente hay gente que busca la soluci6n de los problemas en practicas religiosas incompatibles con la fe cristiana. Es fuerte el impulso de creer en los falsos mitos del éxito y del poder; es peligroso abrazar conceptos evanescentes de 10 sagrado que presentan a Dios bajo la forma de energía cósmica, 0 de otras maneras no concordes con la doctrina cat6lica.


Jóvenes, no creáis en falaces ilusiones y modas efímeras que no pocas veces dejan un trágico vacío espiritual! Rechazad las seducciones del dinero, del consumismo y de la violencia solapada que a veces ejercen los medios de comunicación. La adoraci6n del Dios verdadero constituye un autentico acto de resistencia contra toda forma de idolatría. Adorad a Cristo: El es la Roca sobre la que-construir vuestro futuro y un mundo mas justa y solidario. Jesús es el Príncipe de la paz, la fuente del perdón y de la reconciliaci6n, que puede hacer hermanos a todos los miembros de la familia humana." (Benedicto XVI, Mensaje al Congreso Mundial de los Jóvenes, agosto de 2005)




En la autentica adoración nos guía el Espíritu Santo. (Rm 8, 15-17) Jesús oraba así: movido por el Espíritu. Su oración era reconocimiento de la grandeza de Dios, sometiéndose a la voluntad del Padre, confiando plenamente en su amor. La adoración tiene como necesarios ingredientes la fe, la confianza, el amor y la humildad.


5.- La Eucaristia es un regalo de Dios a la Iglesia.


La institución de la Eucaristia, que celebramos de una manera singular en este año por disposición de Juan Pablo II, hace presente el misterio salvífico (muerte y resurrección) de Jesús en el Sacramento por excelencia que es la santa Misa. En la Eucaristia, la Iglesia da culto a Dios en Cristo y por Cristo: adoración, acción de gracias, propiciación por los pecados del mundo y petición de la gracia salvadora de la regeneración. Es un culto en el que Jesús, el sacerdote principal en cuyo nombre actuamos los ministros de la Iglesia, incorpora a su acción sacerdotal a toda la comunidad de los fieles y a cada uno de los creyentes.

El culto eucarístico no se circunscribe a la celebración de la Misa, sino que se extiende en el tiempo y en el espacio por la real presencia de Jesús bajo las especies sacramentales.


"Todos estos aspectos de la Eucaristia confluyen en 10 que mas pone a prueba nuestra fe: el misterio de la presencia 'real '. Junto con toda la tradición de la Iglesia, nosotros creemos que bajo las especies eucarísticas esta realmente presente Jesús. Una presencia -como explicó muy c1aramente el Papa Pablo VI­ que se llama 'real' no por exclusión, como si las otras formas de presencia no fueran reales, sino por antonomasia, porque por medio de ella Cristo se hace sustancialmente presente en la realidad de su cuerpo y de su sangre. Por esto la fe nos pide que, ante la Eucaristia, seamos conscientes de que estamos ante Cristo mismo. Precisamente su presencia da a los diversos aspectos - banquete, memorial de la Pascua, anticipación escatológica- un alcance que va mucho mas alza del puro simbolismo. La Eucaristia es misterio de presencia, a través del que se rea/iza de modo supremo la promesa de Jesús de estar con nosotros hasta el final del mundo.

¡Gran misterio la Eucaristia! Misterio que ante todo debe ser celebrado bien. ... La adoración eucarística fuera de la Misa debe ser durante este año un objetivo especial para las comunidades religiosas y parroquiales. Postrémonos largo rato ante Jesús presente en la Eucaristia, reparando con nuestra fe y nuestro amor los descuidos, los olvidos e incluso los ultrajes que nuestro Salvador padece en tantas partes del mundo. Profundicemos nuestra contemplación personal comunitaria en la adoración, con la ayuda de reflexiones y plegarias centradas siempre en la Palabra de Dios y en la experiencia de tantos místicos antiguos y recientes". (Juan Pablo II, Mane Nobiscum Domine, octubre 2004, nn. 16 y 17)

La Eucaristia es el "lugar" mas adecuado para adorar a Dios en espíritu y en verdad. Es el lugar del encuentro con el Hijo de Dios, que siempre esta dispuesto a comunicarse, a hablarnos y a escucharnos. Es un don que nos facilita la proximidad al Hijo de Dios, abriéndonos una puerta siempre abierta para adorar al Señor.


Importancia de la adoración en la nueva evangelización.

La falta de adoración en la religiosidad de los cristianos y de las comunidades es una señal de que algo grave falla en la fe. En toda oración_debe ocupar un espacio importante la adoración (alabanza, glorificación, reconocimiento de la grandeza de Dios, aceptaci6n de su voluntad, reconocimiento de nuestros pecados y deficiencias, colaborar con la gracia de Dios que quiere ordenarnos interiormente según su proyecto de salvación para cada uno de nosotros, hacernos instrumentos de su gloria en el mundo por el amor, la justicia, la fraternidad. .. etc.)

El principal resorte para la evangelización es el encuentro con Dios. Reconocer que es el quien salva y no nuestras fuerzas. Vivir en el momento presente buscando las necesidades profundas de gracia en los hermanos y lo que Dios quiere hacer en cada momento por nuestro medio en el apostolado.

Dios sale a nuestro camino para denunciar nuestros pecados y nuestra vanidad y corregimos, para invitamos a convertimos a Él, a reconocerle como el único que puede darnos la plenitud de vida que todos buscarnos y que casi siempre esta lejos de nuestros proyectos. Dios es el Amigo fiel y todopoderoso, que quiere salvarnos por puro amor, porque nada podemos darle que nos lo haya dado Él antes. Es la fuente de donde podemos beber siempre el agua viva que quita la sed y hace nacer de nosotros surtidores de gracia para los hermanos.




6.- Las "Obras Eucarísticas" de la Iglesia.


Las Obras Eucarísticas de la Iglesia fomentan la adoración, porque es esencial a la vida religiosa de las comunidades y de los cristianos.

La Liturgia nos ofrece modos diversos de adorar a Dios, en todos los actos del culto, especialmente en el culto eucarístico.

- La Adoración Nocturna Española fomenta la adoración del Santísimo como objetivo primario de su actividad: "Adoremus in a eternum sanctissimum sacramentum. "

- Los santos a lo largo de la historia del cristianismo dan testimonio de la adoración al Santísimo como fuente principal de su vida espiritual.

- ARPU es, como bien sabéis una obra eucarística que fomenta la adoración real, perpetua y universal de la Eucaristía



7.- Jesús presente en la Eucaristia, humilde y silencioso.


Jesús en el Sacramento nos espera humilde y silencioso, siempre dispuesto a escuchar nuestra oración, infunde confianza y genera amistad. La adoración a Jesús Sacramentado se realiza ante el sagrario de manera eminente. Hay tantos sagrarios abandonados... Pero también puede hacerse desde cualquier lugar haciéndonos presentes en espíritu ante el Sacramento. Este es el carisma de ARPU: Adoración real, perpetua y universal de Jesús, presente en la Iglesia en el Sacramento del Altar. Y por Él tenemos acceso al Padre y al Espíritu Santo.




MANIFIESTO DE PROPUESTAS DE LOS PARTICIPANTES EN EL XIII CONGRESO EUCARÍSTICO NACIONAL


Hemos ofrecido nuestro compromiso, hemos renovado nuestra misión como cristianos en la condición de adoradores.






La Eucaristía, don para adorar” (5ª Ponencia)



COMPROMISOS DE LOS PARTICIPANTES

EN EL XIII ENCUENTRO-CONGRESO EN LA ARCHIDICOESIS DE OVIEDO


Recogemos sólo alguno de ellos:


-Incentivar la devoción Eucarística y en concreto la Adoración y acompañamiento a Jesús Sacramentado, en todos los ámbitos formativos: seminarios, parroquias, familias, escuelas, catequesis… ofreciendo con humildad y convencimiento el carisma y servicios del Movimiento de Adoración Perpetua ARPU.

-Esforzarse para que sitúe la Eucaristía en el corazón de los cristianos y en el centro de nuestras parroquias significa ir a la fuente de donde mana toda la vida y actividad apostólica de la Iglesia.

- Fomentar el dialogo para interesar a sacerdotes y obispos sobre la trascendencia de la adoración para la pastoral parroquial y diocesana,. Si este Movimiento fuera capaz de influir, con la fuerza debida, para fomentar en el pueblo cristiano la adoración eucarística, no cabe la menor duda de que se acrecentaría muy notablemente el vigor espiritual y apostólico de nuestras comunidades eclesiales.

-CONSTATAMOS CON HONDA PENA LO SIGUIENTE:





ALGO NOS FALTA…

Algo falta a tantas parroquias, acaso con estructuras perfectas e impecables servicios litúrgicos. Pero más parecen fríos centros administrativos que fuentes de gracia y fragitas de santos.


Algo falta a tantas almas que, incluso después de muchos años de confesiones frecuentes y de sinceros propósitos, no consiguen liberarse de algunas esclavitudes morales humillantes.

La adoración eucarística se convierte en momento de intensa relación personal con el Señor. Es una experiencia privilegiada de profunda comunión con Cristo, de encuentro personal con El, a través de los signos del pan y del vino”.

De ese encuentro con Cristo en el Sagrario nacieron y nacerán vocaciones sacerdotales, religiosas y misioneras. En ese crisol 'del amor de los amores' se forjará el temple apostólico de los laicos cristianos testigos de Cristo en medio de las realidades temporales; en la intimidad del tabernáculo recibirán nuevo vigor los valores que han de reinar en los hogares para hacer de la familia lugar de encuentro con Dios, centro de irradiación de la fe, escuela de vida cristiana. En el pan del cielo, podrá hallar la familia el sustento que la mantenga unida al peligro del presente y la preserve como baluarte de la vida frente a la cultura de la muerte."



DESBLOQUEAR LA CLAUSURA DE LOS TEMPLOS


-Una última consideración para la promoción de la adoración eucarística fuera de la misa en las parroquias será el intentar desbloquear la clausura de los templos. Es de lamentar el hecho de que la mayor parte de nuestros templos estén cerrados a la oración de los fieles buena parte del día. ¿No es signo de una ciudad excesivamente secularizada pasar por delante de un templo y no encontrarle abierto más que para los horarios de las celebraciones? Con este comportamiento ¿no estamos los propios responsables del culto contribuyendo a que los fieles sólo asistan a las celebraciones litúrgicas e impidiendo en la práctica la adoración eucarística?.


-Habrá que buscar el modo y manera de que buenos cristianos (quizás pensionistas y jubilados) no sólo hagan turnos para la adoración de la Eucaristía, sino también para cuidarse de que los templos se queden la mayor parte del día abiertos, de modo que quien desee entrar y ponerse en oración pueda hacerlo. Si realmente estamos convencidos de la importancia y necesidad de la adoración eucarística, habrá que buscar caminos de solución que, sin gravar económicamente los presupuestos parroquiales o diocesanos, permita que la Eucaristía siga siendo lo que el Señor ha querido desde el principio que fuera: una gracia permanentemente ofrecida a todos, como expresión del amor de Jesús que, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo.


TRES INQUIETUDES CONCRETAS PARA EL VIII ENCUENTRO-CONGRESO


1.-La Eucaristía es banquete (“Copa de Bodas”) en donde el cristiano actual puede beber el vino nuevo del Reino y a la vez la mayor fuente de ilusión y de esperanza en donde el desencanto actual encontrará el más optimo remedio.


“Quiero una ilusión de "marca registrada", sin sucedáneos ni adulteraciones; una ilusión que me haga resistir los momentos difíciles de la vida, el desencanto que pueda acecharme a la vuelta de cualquier esquina, el ataque vil de cualquier "hermano", o la angustia que se cuela inevitablemente por tanta rendija como la vida ofrece.

Esta ilusión es la que yo quiero. Y la que quiero para darla, contagiarla y compartirla, para gritarla al mundo.”

D. Manuel González Ruiz, Canónigo de Málaga.


Después de la Comunión, cuando las especies sacramentales dejen de ser tales, queda en nosotros el Espíritu Santo vivificándonos con sus dones y carismas generando la ilusión indispensable para el compromiso.

Convenzámonos, pues, cómo la Eucaristía engendra esperanza. No una esperanza abstracta, sino una esperanza generadora de compromiso y que es a la vez la mejor impulsora para una nueva evangelización.


2.-Que en las iniciativas litúrgicas y pastorales que desarrollen los laicos esté presente, de alguna manera, Jesús sacramentado.

Muchos pueblos que carecen de sacerdotes, ¿no convendrían que tuvieran a Jesús sacramentado, no sólo en los templos parroquiales, sino también en alguna de sus capillas? Por supuesto, que los fieles deben de comprometerse a visitarle y a realizar algún acto litúrgico ante el sagrario.



3.-Que se formen equipos de laicos que lleven la Comunión a enfermos y ancianos.

Sería una lástima que durante el tiempo de una enfermedad, aunque sea breve, las personas que más lo necesitan, se vean privadas de la ayuda que puede darles la Eucaristía.


POR QUÉ ADORAR AL SANTISIMO SACRAMENTO




















EL DON DE DIOS

"Si conocieras el don de Dios" dice Jesús a la Samaritana Jn 4, 10)


Queremos presentar algunos aspectos de ese don de Dios a la luz de los escritos de san Juan. Pretendemos concluir recordando algunos filones y venas de esa mina inagotable, la mina del amor divino, que nos ha aportado D. Domingo Muñoz León:

­

- El don de Dios amor es, dentro del Misterio trinitario, la donación eterna del Padre al engendrar al Hijo, su Verbo, su Imagen, una imagen (o retrato) tan viva que es el mismo y único Dios (en relación eterna de filiación por generación intelectual).


-El don de Dios Amor es, todavía dentro del misterio trinitario, en forma de espiración eterna, del amor mutuo del Padre y del Hijo. Esa espiración es una persona divina, el Espíritu Santo, el Espíritu de Amor, el Espíritu de la Verdad. Es una espiración tan viva que es el mismo y único Dios (en relación eterna de Amor mutuo de Padre e Hijo).


- El don de Dios Amor es, en el orden de la intervención histórica que se nos ha revelado, la creación del Universo con vistas a la formación del hombre y a la Encarnación del Hijo. EI don radical y fundamental de Dios, al exterior del misterio Trinitario, es la creación del ser espiritual y material, la creación de la vida (y en especial del hombre a imagen de Dios) por un acto libre de amor divino comunicativo. Esta creación del ser y de la vida se hace por el Verbo y en vistas a la comunicación definitiva del Verbo: La Encarnación.


-El don supremo de Dios Amor es la donación del Hijo (Jn 3,16). La culminación de la obra creadora y de la Historia de Salvación es la Encarnación del Hijo: "El Verbo se hizo carne" (Jn 1,14). Es la venida del Hijo en forma de Encarnación redento­ra dando su vida por el pecado (1 In 3,16; Jn 1,29.36). Es la persona divino-humana de Jesucristo (In 4,10: "Si conocieras el don de Dios"). El es la luz del mundo (Jn 8,12). El es el Salvador del mundo (Jn 4,42).


-El don de Dios Amor es la comunicación de la vida divina a la humanidad en forma de filiación (gracia) (Jn 1,13; 1 Jn 2,29-31).


-El don del Dios amor son los ojos de la fe para ver al Padre en el Hijo (Mt 11,27; Jn 14,9). Los creyentes son don del Padre a Cristo (Jn 6,37.43).


-El don de Dios Amor es la donación del Espíritu a los creyentes gracias a la glorificación de Cristo (Jn 7,37-39;1 Jn 3,24;4,10).


-El don de Dios Amor es la Iglesia nacida del costado de Cristo traspasado en la Cruz y del que brotan agua y sangre (Jn 19,34).


-El don de Dios Amor es el Bautismo que limpia del pecado en virtud de la sangre de Cristo (Jn 3,3.5; 19,34;1 Jn 1,7).


-El don de Dios Amor es la Eucaristía, es el pan de vida, el pan de Dios (Jn 6,32): la donación de la persona de Cristo en la fe y en la comida sacramental de su Cuerpo y de su Sangre sacrifica­dos por la vida del mundo: "Y el pan que yo os daré es mi carne por la vida del mundo" (Jn 6,51).



-El don de Dios Amor es la Mujer que trae al mundo al Mesías (l Apc 12) y es dada como Madre al Discípulo Amado (In 19,25-27). Es la Virgen-Madre (Mt 1,23; cf Is 7,14).


-El don de Dios Amor es el sacerdocio que hace posible la Eucaristia y prosigue la misión de Cristo en el Pueblo Sacerdotal (In 17,17-19).



-El don de Dios Amor es la llamada a seguir..a Jesús en la vocación de vida consagrada (Mt19,21; Jn 1,36-51). Es un don (Mt 19,11) que transforma la vida en transparencia del Reino. Es el "sí" total a Dios y a los hermanos, en compañía-y seguimiento de Cristo.


-El don de Dios Amor es la familia, hogar de amor matri­monial y fuente de la vida humana, centro de amor donde la persona es acogida con amor y donde aprende el lenguaje del amor La familia se fundamenta en la Institución divina del matri­monio (Mt 19,4-5; Gen 1,27;2,24; Ef. 5,31) Y ha sido dotada por Cristo con la gracia de un sacramento. La patria, como su mismo nombre indica, es de alguna manera una extensión de la familia.


-El don de Dios Amor es el Universo creado por el Verbo: cielo y tierra. La Escritura llama al Universo obra de las manos de Dios: El cielo proclama la gloria de Dios (Sal 19,2). Es el desplie­gue de su Sabiduría eterna. Como cumbre de esa creación, el hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios (Gen 1,26-27), es el destinatario del don de Dios.


- El don de Dios Amor es la vida eterna (1 Jn 2,25). Es la culminación de todo el designio de Dios para con el hombre. Ese don se recibe mediante la fe en el Hijo y traduciendo éste en amor fraterno (1 In 3,23-24). Ese don se recibe en el sacramento eucarístico "Y el pan que yo daré, es mi carne por la vida del mundo" (In 6,51).







A MODO DE EPÍLOGO



SALUDO A LOS PARTICIPANTES EN EL XII CONGRESO DE ARPU EN SANTIAGO DE COMPOSTELA


Arzobispo

de Santiago de Compostela

Congreso de Santiago. Septiembre de 2004

La Iglesia que peregrina en Santiago saluda con afecto a los participantes en este Congreso de la Adoración Real Perpetua Universal. Han llegado como peregrinos a Santiago de Compostela. Y con este espíritu desean reflexionar en un clima de oración sobre la Eucaristía, teniendo como referencia las raíces apostólicas, garantía de la Traditio católica, que fundamenta nuestra fe.

El marco de este encuentro es la ciudad del Apóstol Santiago, ciudad espiritual «desde el mismo momento en que el Apóstol la eligió como sepultura», ciudad histórica y terrena donde «los hombres, un año y otro, entre dolores y alegrías, fueron realizando en piedra y en gracias espirituales, los esquemas divinos». El momento histórico es el comienzo del tercer milenio, lleno de esperanzas y sobrado de incertidumbres. El contexto es la celebraci6n del Año Santo Compostelano. Todo ello como alfombra tejida con la urdimbre de la historia de la salvación para arrodillarnos ante la presencia real y verdadera de Cristo en la Eucaristía.

Al abrir este Congreso, la Iglesia compostelana les ofrece su hospitalidad: una hospitalidad que no es simple acogida al forastero, sino que es la hospitalidad domestica del hogar. Mucho ha crecido la Iglesia en veinte siglos. El pregón del Evangelio ha resonado pronunciado en innumerables idiomas. Sin embargo no olvidamos que nuestras raíces están plantadas en la mesa íntima del cenáculo, en la cena común y familiar que nos hace sentir hermanos. Desde la fraternidad que brota del único Padre, desde la entrañable familiaridad que nos reúne alrededor de un único pan compartido, podemos decir: «Bienvenidos a casa».


La Archidiócesis de Santiago quiere ser para todos mensajera de gracia, y sale a vuestro encuentro, gozosa de vuestra presencia aquí en este Año Santo Compostelano, Año de gracia, Año de la «Gran Perdonanza» en el que «por medio de la conversión continua y la predicación asidua de la Palabra de Dios se favorece la fe y el testimonio de los cristianos; por medio de la oración y la caridad se promueve la santidad de los fieles; y por medio de la esperanza en los bienes futuros se anima la evangelización continua de la sociedad, lo cual puede ser el gran fruto espiritual y apostólico de ese Año Jubilar en consonancia con la tradición precedente».

En esta ocasión nos congrega de nuevo la Eucaristía, alimento del pueblo peregrino. En la inmediatez de un Congreso Eucarístico Internacional a celebrar en la Ciudad de Guadalajara (Méjico) y en los prolegómenos del comienzo del año dedicado a la Eucaristía, este congreso es una esplendida ocasión para meditar, reflexionar, ahondar en nuestra fe sobre Cristo-Eucaristía. Si inabarcable es el corazón del hombre, cuanto más inagotable será el misterio de Dios. No se trata de ociosos juegos de palabras, sino de comunicar una experiencia de fe que se manifiesta también en la ponderada meditación teológica, en la madura reflexión pastoral, en las adecuadas iniciativas litúrgicas, en la proyección personal y publica que tiene sobre nuestras vidas aquello que creemos y celebramos.

El Concilio Vaticano II ha contemplado la Eucaristía como fuente, centro y cumbre de la vida cristiana. Fuente porque en ella se representa y se realiza el "amor más grande" del que hemos nacido; ese amor insuperable de Aquel que da la vida por sus amigos y que brota de "la entrañable misericordia de nuestro Dios". "Cristo instituyo este sacramento como memorial perenne de su pasión, como el cumplimiento de las antiguas figuras y la mas maravillosa de sus obras, y lo dejo a los suyos como singular consuelo en las tristezas de su ausencia". Sin el amor de Dios derramado en nuestros corazones, todas nuestras obras restantes pueden ser grandiosas, pero inútiles.

La Eucaristía es también centro ya que en ella recalan los gozos y las fatigas de la jornada, y de ella brotan nuevas fuerzas para continuar nuestro camino. La imagen del centro invita a considerar este doble movimiento: la atracción y la irradiación. En este sentido, si se permite la expresión, la eucaristía es centrípeta y centrifuga. "Centrípeta", porque atrae todo hacia si: en ella el cristiano presenta su propia vida y la asocia a la ofrenda que Cristo hizo de si mismo; es como la "colecta", la recolecci6n de los frutos de sus trabajos, simbolizados por el pan y por el vino. El pan y el vino no son productos directos de la naturaleza, sino que provienen de una recolecci6n. Como nos recuerda la Didajé, el pan "estaba disperso por los montes, y reunido se hizo uno". Pero la Eucaristía es también "centrífuga", porque ese pan sobre el que se pronuncia la acción de gracias es después partido y repartido. De este modo, el creyente, después de llevar su vida al altar, sale enriquecido para llevar a su vida el don del Espíritu.

La Eucaristía es, también, cumbre de la vida cristiana, ya que prefigura, si bien sacramentalmente, el encuentro definitivo, la mesa del reino, donde lo que ahora celebramos "como en un espejo" nos será revelado cara a cara. Cada vez que celebramos la eucaristía, estamos pregustando el encuentro definitivo con el Señor de la vida. Estas cumbres parciales de nuestro itinerario no nos hacen olvidar lo mucho que queda por andar, pero alimentan nuestra esperanza al hacemos atisbar la meta final de nuestro peregrinaje.

El culto de adoración ha sido una constante práctica de la Iglesia, deber y obligación, agradeciendo la condescendencia de permanecer Cristo entre nosotros. El Papa Pablo VI en el Credo del Pueblo de Dios nos dejaba escrito: "Estamos obligados por obligación ciertamente suavísima a honrar y a adorar la Hostia Santa que nuestros ojos ven, al mismo Verbo encarnado que estos no pueden ver y que sin embargo se ha hecho presente delante de nosotros sin haber dejado los cielos". Juan Pablo II nos recuerda que este culto se expresa en diversas formas: plegarias personales ante el santísimo, horas de adoración, exposiciones breves o prolongadas. .. "La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las graves faltas y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración". "No hay nada que engrandezca tanto al hombre como ponerse de rodillas delante del Sagrario. Es la verdad que escandaliza y la verdad que salva".

La peregrinación ha sido metáfora privilegiada para hablar de la duración de nuestra vida. Escribe bellamente san Agustín, refiriéndose a Abel: "Peregrino en el siglo, y perteneciente a la ciudad de Dios, predestinado y elegido por gracia, por gracia peregrino aquí abajo; por gracia ciudadano allá arriba". La condición itinerante del hombre, de la que es un signo la peregrinación a Santiago de Compostela, nos ha llevado a hablar del "homo viator". Y, en consonancia con esta imagen, la eucaristía fue llamada viático, un término que hoy evoca la última etapa del trayecto, pero que significa originariamente la provisión que el viajero lleva consigo para el camino. Peregrinar hacia el sepulcro de un apóstol quiere decir recorrer los espacios espirituales que nos conducen hacia los orígenes de nuestra fe. Ciertamente, no son los apóstoles la raíz última del evangelio, pues esta se encuentra en la misión que Cristo ha recibido del Padre; pero fueron ellos quienes se hicieron los primeros portavoces, los mensajeros originarios que establecieron universalmente la Iglesia. Por otra parte, si peregrinamos hacia nuestro pasado mas intimo, no lo hacemos con la nostalgia de lo que fue, sino con la esperanza puesta en las promesas. No es un caminar hacia atrás, sino hacia delante.

En esta mañana nuestra preocupación es decir como los discípulos de Emaús a Cristo: "Quedaos con nosotros, porque anochece y declina el día", seguro de que el Señor tomara el pan y el vino que podamos ofrecerle, los bendecirá, los partirá y nos los dará, convertidos en su cuerpo y en su sangre. Nuestros ojos se abrirán y le reconoceremos. Entonces comprenderemos mejor el valor de la comunidad eclesial, pueblo de Dios peregrinante, en la que tenemos que reavivar nuestra esperanza y dar testimonio del misterio de nuestra fe, un cuerpo entregado y una sangre derramada por la salvación de todos los hombres. "En el Sacramento de la Eucaristía el Salvador, encarnado en el seno de María hace veinte siglos, continua ofreciéndose a la humanidad como fuente de vida divina". Es la hora de recoger el testigo de una tradición, la más valiosa y sacrosanta de nuestra fe cristiana. Una tradición que viene del mismo Cristo, en cumplimiento del mandato y de la función transmitida a los apóstoles y a quienes hemos recibido el orden sacerdotal: "Haced esto en memoria mía". "La Eucaristía es el pico mas alto de la benevolencia salvífica de Dios y la fuente de todas las gracias comunitarias y personales en la Iglesia". Nos alegra que la gloria de Dios ilumine la ciudad y su lámpara sea el Cordero Inmolado. "Adorad postrados este Sacramento. Cesa el viejo rito, se establece el nuevo. Dudan los sentidos y el entendimiento: que la fe lo supla con asentimiento. Himnos de alabanza, bendición y obsequio; por igual la gloria y el poder y el reino al eterno Padre con el Hijo eterno y el divino Espíritu que procede de ellos".


+ Julián Barrio Barrio, Arzobispo de Santiago de Compostela.




I

LA EUCARISTÍA, ALIMENTO DE NUESTRA PEREGRINACIÓN Y DE NUESTRA FORMACIÓN

José Cristo Rey García Paredes, cmf

XII Congreso Eucarístico Nacional

Santiago de Compostela, 13 Septiembre 2004


La Iglesia, en su peregrinación, acude a ella, «fuente y cima de toda la vida cristiana», encontrando la fuente de toda esperanza. En efecto, la Eucaristía «da impulso a nuestro camino histórico, poniendo una semilla de viva esperanza en la dedicación cotidiana de cada uno a sus propias tareas» (EiE, n. 75).



El hecho de celebrar este Encuentro-Congreso Eucarístico Nacional en Santiago de Compostela y en el contexto del año jubilar compostelano nos invita a hablar de la Eucaristía como Alimento del Camino, de nuestra peregrinación. Quizá sea éste, junto con Jerusalén, el marco ideal para hacerlo.

Santiago de Compostela, como Jerusalén, es meta del Camino, de la Peregrinación cristiana. Es un lugar simbólico que permite hacer una experiencia de peregrinación que, es, a su vez, parábola de nuestra propia vida.

Hombres y mujeres, de diferentes credos y condiciones, han realizado y siguen realizando esta experiencia de la peregrinación, que tiene su punto culminante en la llegada a esta ciudad y la veneración del sepulcro del Apóstol Santiago, después de traspasar el pórtico de la Gloria..

También nosotros hemos venido a Santiago de Compostela en peregrinación, en el contexto de este año jubilar. No hemos realizado la peregrinación material de recorrer a pie el camino, pero sí estamos intentando realizar la experiencia de la peregrinación en la medida de nuestras posibilidades: ¡una peregrinación en la que queremos meditar y contemplar toda nuestra vida como camino, como peregrinación, y ésta sustentada por el Misterio de la Eucaristía!

El título de mi Ponencia es “La Eucaristía, alimento de nuestra peregrinación y de nuestra formación”. En ella quiero contemplar nuestra vida como una peregrinación, en la cual -como el pueblo de Israel en el desierto -¡y mucho más!- nos sentimos protegidos por la presencia permanente de nuestro Dios y Señor Jesús y agraciados con el alimento del Camino, el nuevo Maná, la Eucaristía, palabra de Dios y Cuerpo de Jesús. Reconocemos que el Señor es nuestro Pastor y nos guía; no tememos aunque atravesemos el valle de la muerte. Nuestro Señor dispone para nosotros una mesa delante de nuestros enemigos” y “nuestra copa rebosa” (Sal 22).

Mi reflexión se divide en cinco partes:

I. Cuando la Eucaristía no forma parte del Camino

Quisiera responder ahora a la siguiente pregunta: ¿qué incidencia tienen en la vida cotidiana elementos fundamentales como la Palabra de Dios y la Eucaristía? Voy a centrar mi intervención en la Eucaristía, a la que denomino “metáfora de la vida cotidiana”.

Parto de un hecho fácilmente constatable y comprensible: hay una falta grave de sintonía entre el mandato de la iglesia que nos pide participar todos los domingos en la celebración eucarística19 -e incluso desea que esa participación sea diaria-, y la actitud de muchos bautizados que la consideran como un rito oficialmente importante pero vitalmente -¡para ellos!- poco incidente en su forma de vivir y de comportarse. Para no pocos, la celebración eucarística dominical es un mero trámite y no el eje en torno al cual gravita su vida: un paréntesis dentro de sus actividades o una obligación que hay que cumplir, pero sin más consecuencias. Incluso quienes participamos diariamente en la Eucaristía podemos dejarnos llevar por la monotonía, la costumbre hasta bloquear los dinamismos transformadores que de esta celebración derivan, según nuestra fe. No es nuestro alimento esencial.

Esta falta de incidencia vital tiene también sus motivos. Solo apunto algunos: a) la persistencia de una fe “infantil” en la Eucaristía, que no ha dado paso a una fe-experiencia adulta; b) la celebración ritual de la Eucaristía es –muchas veces- tan ajena a la vida cotidiana de los fieles, que se convierte en un mero acto de devoción, o en el cumplimiento de una obligación; c) la reducción de las formas litúrgicas a la liturgia romana –universalizada- impide que en las celebraciones se exprese un mundo multicultural y pluricéntrico. ¡La cultura sí alimenta la vida!

La disociación entre las afirmaciones oficiales sobre la centralidad de la Eucaristía y la experiencia cotidiana de muchos cristianos es notable. Esto me hace preguntarme: ¿es la celebración eucarística dominical el lugar en el que los fieles cristianos renuevan su experiencia religiosa, su seguimiento de Jesús y alimentan el sentido de su vida, su peregrinación? ¿Cambia la vida cotidiana de signo, cuando un creyente participa regularmente en la celebración eucarística? Hubo un tiempo en que se recomendaba a ciertas personas, como profundos creyentes y católicos, diciendo de ellos que eran hombres o mujeres de “comunión diaria”. ¿Cuál era el perfil que se esperaba de personas así? ¿Alimenta la Eucaristía un modelo de ciudadano o ciudadana conservador, apocado, casi monje en la ciudad? Sabemos que en ciertos movimientos se favorece mucho entre el laicado la celebración diaria de la Eucaristía. ¿Se traduce esa celebración en un modelo de cristianismo alternativo, o un modelo de cristianismo devocional y socialmente alienado?


Decía Ernst Bloch que “toda cosa tiene su estrella utópica en la sangre… Sólo en nosotros brilla todavía la luz”20. Misión del ser humano es encender esa estrella en cada cosa, hacerla brillar, ser la conciencia utópica del mundo. La realidad no es la que es, sino la que debe todavía ser. Para quienes se contentan con el realismo del mero presente, la celebración de lo utópico, los ritos anticipatorios o preliminares son alienación. Para los utópicos, son anticipación de la auténtica realidad.

Así, creo que la Eucaristía –bien acogida y celebrada- puede encender la estrella utópica que se oculta en la sangre de las cosas: en el pan, en el vino, en una comunidad de seres humanos. Ella misma es la “estrella utópica que todo lo ilumina y nos guía hacia el futuro de Dios”, que para nosotros es Adviento, es decir, regalo, don –sobre todo-.

No pocas veces la Eucaristía se entiende y se vive como un rito religioso cíclico, repetido regularmente. Entra en la ruta de la vida como “rutina”: bien sea la misa de cada domingo, o de las fiestas de guardar, o la misa de cada día o comunión diaria. En tales circunstancias la Eucaristía se entiende como obligación, imposición, e incluso ritualidad neurótica. En esa comprensión de la Eucaristía siempre se repite lo mismo, se acude a la misma ritualidad. Nada hay en la celebración eucarística de imprevisible, de novedoso.

La comprensión de la Eucaristía como Eucaristía del Camino, de la Peregrinación de los creyentes, sin embargo, nos ayuda a pasar de una concepción estática de la ritualidad religiosa a una celebración de la presencia misteriosa y transformadora de Jesús en nuestra propia historia. De la Eucaristía como obligación religiosa se pasa a una Eucaristía como inspiración permanente, alimento del camino, garantía de nuestra esperanza, transformación del presente y profecía del futuro, sacramento de la Presencia del Señor y anticipación del Banquete celestial. En cada Eucaristía el Señor se hace presente en su Espíritu y actúa en la vida de la Iglesia, en los acontecimientos humanos y en cada uno de nosotros..

Las características del cristianismo de la Eucaristía como repetición cíclica y regular son las siguientes:

II. Eucaristía en la Peregrinación del Pueblo de Dios

Veamos, ante todo, la sensibilidad de la Iglesia ante el tema de la Eucaristía como alimento de la peregrinación. Esta sensibilidad orientará también nuestra reflexión contemplativa.

1. La eucaristía acompaña nuestra peregrinación: expresiones litúrgicas

La Iglesia, pueblo peregrino, encuentra en la Eucaristía el alimento de vida que la sostiene en su caminar, pues sabe que va rumbo a la patria definitiva (cfr. Hb 11,13-16). La Iglesia

"celebra el memorial del Señor resucitado, mientras espera el domingo sin ocaso en el que la humanidad entera entrará en tu descanso" (Prefacio Dominical X).

Haciendo presente el pasado, el memorial nos lanza al futuro, en la esperanza del retorno del Señor:

"Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas" (Aclamación 2 después de la consagración).

"Así, pues, Padre, al celebrar el memorial de la pasión salvadora de tu Hijo, de su admirable resurrección y ascensión al cielo, mientras esperamos su venida gloriosa, te ofrecemos en esta acción de gracias, el sacrificio vivo y santo" (Plegaria Eucarística III).

La condición de la Eucaristía, como el alimento del peregrino, la recoge, de una manera poética, la secuencia de la solemnidad de Corpus Christi:

"Ecce panis angelorum, factus cibus viatorum": "He aquí el pan de los ángeles, hecho alimento de los peregrinos" (Secuencia "Lauda, Sion").

El pan de la Eucaristía es fuerza de los débiles:

"En efecto, cuando comemos su carne, inmolada por nosotros, quedamos fortalecidos" (Prefacio de la Eucaristía I).

La Eucaristía es consuelo de los enfermos, viático de los moribundos, en el cual Cristo

"se hace comida y bebida espiritual, para alimentarnos en nuestro viaje hacia la pascua eterna" (Prefacio de la Eucaristía III).

La Eucaristía es el alimento sustancial que sostiene a tantos cristianos en el testimonio que han de dar, en los diversos ambientes, a favor de la verdad del Evangelio.

La Iglesia tiene en la Eucaristía el alimento que la sostiene y transforma interiormente. A este respecto, afirma san León Magno:

"Nuestra participación en el Cuerpo y la Sangre de Cristo no tiende a otra cosa que a convertirnos en aquello que comemos".

La vida nueva que Cristo nos da en la Eucaristía se convierte para nosotros en

"medicina de inmortalidad, antídoto contra la muerte y alimento para vivir siempre en Jesucristo".

2. La Eucaristía en todos los días de la Iglesia (Juan Pablo II: “Ecclesia de Eucaristía”)

Comencemos diciendo que nuestro Papa Juan Pablo II en su encíclica “Ecclesia de Eucaristía) hace referencia en diversas ocasiones al tema de esta conferencia. En ella nos habla de la Eucaristía como Presencia permanente en el camino de la Historia, como tesoro y alimento para el camino, como “pre-gustatio” de la Jerusalén celestial y como alimento en el arduo camino hacia la unidad.

III. Ser en Camino u “Homo Viator” (reflexión antropológica)

La idea del camino, del viaje, de la peregrinación, sólo la aplicamos a los seres humanos. Ni los planetas, ni las plantas, ni los animales, ni siquiera los simios u homínidos, viajan, ni tienen caminos. Si tienen órbitas, trayectorias, rutas o rutinas, pero no caminos propiamente dichos, ni tampoco realizan viajes o peregrinaciones, a no ser que hablemos metafóricamente.

El camino y el viaje son conceptos que sólo tienen vigencia en nosotros, los seres humanos. Por eso, se denomina al ser humano -en la medida en que viaja por caminos, o vías- homo viator. Pero, dando un salto metafórico, hay quienes dicen que no solo somos viajeros, sino que nuestra misma vida personal es un viaje, una peregrinación. Ese es el sentido más profundo de la expresión: homo viator! Así lo entendía el gran filósofo francés Gabriel Marcel, o san Juan de la Cruz cuando decía que somos ave que “va de vuelo”.

1. El ser humano como viajero

La condición viajera del ser humano ha sido uno de los temas más importantes de la literatura. Recordemos los «viajes de Colón», el «viaje al Parnaso» de Cervantes, el Viaje del alma de Lope de Vega, el Viaje a la Luna de Cyrano de Bergerac (1620-1655), el «viaje a Icaria» de Cabet, el Viaje alrededor de mi cuarto (1795) de Javier De Maestre, cuya segunda parte fue Expedición nocturna alrededor de mi cuarto o incluso el «viaje a la Alcarria» de Cela, o finalmente los viajes psicodélicos determinados por la ingestión del LSD.

Que el ser humano es viajero significa, ante todo, que se desplaza; es decir, que abandona un espacio físico y se encamina hacia un destino o espacio diferente a través de un itinerario espacial preciso y durante un tiempo determinado. No todo desplazamiento es viaje: no llamamos viaje el desplazamiento dentro de la propia casa, el paseo por la propia ciudad, la ida al lugar de trabajo. El desplazamiento propio del viaje tiene que ver con el abandono del lugar de referencia, de la propia posada, casa o patria para establecerse, aunque sea brevemente en otra posada o patria o casa. En el viaje se abandona un lugar al que se debe volver.

Para que haya viaje es necesario que haya camino, que conduzca al destino prefijado. No hay viajes fuera de los caminos, o sin referencia a un camino; porque o bien el viaje tiene lugar por un camino ya hecho, o bien el viaje hace el camino en la medida en que este puede ser recorrido. Ya en este sentido el camino es público. El viaje no se entiende como un acto individual, que no se repite, sino como acto público, repetible y conocido por otros. Sólo puede ser llamado camino una vía o calzada que ha sido transitada o recorrida en un lapso de tiempo más o menos definido por los caminantes.

El viaje que nos aleja del punto de partida y de la relación con quienes allá moran, nos conduce a un punto de llegada donde tomamos contacto con otros grupos humanos. El viaje, con todo, sólo concluye, cuando regresamos al punto de partida, cuando recuperamos el contacto con quienes permanecieron en la posada, en el reposo. Pero ya traemos con nosotros una experiencia nueva que modificará la relación con los otros. El viajero, al volver, ha de contar su viaje; y el contar o el relatar es tan importante o más que el retorno físico.

Los viajes sin retorno, aquellos en los que el viajero no ha vuelto o no puede volver no son propiamente viajes, sino viajes truncados. La salida de la propia patria sin retorno es más bien emigración que viaje.

También decimos que viaja, aunque se trate de un viaje inmóvil, quien interrumpe durante un intervalo de tiempo el contacto con sus convecinos, para más tarde volver a reanudarlo. Podría decirse que los demás también se han alejado de él: es un viaje virtual que equivale al viaje del solitario, del monje o del místico que, sin necesidad de ir al desierto, «desciende al fondo de su alma» o asciende al castillo interior para después relatar a sus compatriotas sus experiencias o viajes (como hemos dicho, «experiencia» es término que tiene que ver con viaje). El luto de reclusión (el duelo que implica permanecer encerrado durante determinado tiempo a raíz de la muerte de alguien querido) es una suerte de viaje negativo; como lo es el cubrir estatuas o edificios para que los ciudadanos pierdan el contacto con ellos hasta su nuevo des-cubrimiento o re-torno.

Entendiendo así la condición de “homo viator” bien podemos decir que existe entre los seres humanos muchas diferencias. Hay pueblos y gentes que tienden a ser muy sedentarios y permanecen casi siempre en “lo propio”, renunciando al viaje, al encuentro con “lo otro”, los distintos. Gracias a esta falta de contacto con lo diferente, con lo extraño, esos grupos mantienen una fuerte identidad, pero se privan de la correlación, del enriquecimiento con lo diferente. Renuncian a los estímulos que los harían cuestionarse, ponerse en crisis, buscar nuevos conceptos y vivencias, abrirse a lo diferente. También hay pueblos y personas que viajan, e incluso quienes tienen como forma de vida el ser nómadas. Se trata en este caso de comunidades abiertas, receptivas, dialogantes con lo diverso. El riesgo que tienen es el de perder la propia identidad, y diluirse en lo ajeno.

2. … como viajero religioso

Lo que determina un viaje religioso es el punto de destino: suele ser un espacio en el que se cree que habita algún numen divino.

Estos viajes religiosos han sido institucionalizados por las grandes religiones como el judaísmo, el cristianismo, el islamismo, el budismo, el hinduismo. El judaísmo es una religión esencialmente viajera, que tiene como elemento central de su Credo el mandato de Yahvé Dios que ordena a su pueblo abandonar su tierra originaria, después Egipto, más tarde Babilonia, de modo que el Pueblo es “judío errante”, pueblo peregrino en búsqueda de la tierra que se le promete. El cristianismo trae también un mandato de viaje religioso en su entraña: Jesús envió a sus discípulos y discípulas (los Doce y los Setenta y dos) a predicar la llegada del Reino –la misión galilea-, antes de su muerte y resurrección; los envió después a predicar el Evangelio a todas las etnias del mundo –misión universal-. Jesús mismo había hecho de su vida ministerial y profética un permanente camino por las rutas de Palestina y de toda su vida un camino de este mundo hacia el Padre. El cristianismo ha favorecido a lo largo de sus dos milenios de historia romerías, peregrinaciones (Jerusalén, Roma, Santiago), procesiones. E las procesiones religiosas los fieles se desplazan acompañando a un dios o a un santo, de un lugar a otro. También los musulmanes tienen la obligación de viajar a La Meca una vez en su vida, por lo menos.

Los viajes poéticos que Dante nos describe en La divina comedia, el viaje a los infiernos o el viaje a los cielos, son viajes imaginarios pero intencionalmente religiosos.

En el viaje religioso se intenta realizar una experiencia trascendente, metafísica, que esté más allá de aquello que se vive ordinariamente en el ámbito físico, visible, interhumano. Los peregrinos desean tener una experiencia “totalmente diferente”; desean encontrarse con aquella realidad trascendente, interior o exterior, con la cual no entran en contacto durante la vida ordinaria.

Toda peregrinación ritual, simbólica, intenta ser un icono de la peregrinación de la vida que comienza en el nacimiento y concluye en la muerte que abre las puertas al paraíso soñado. En las peregrinaciones hay una serie de normas que son importantes para que la peregrinación lo sea realmente:

3. El ser humano como “homo viator”

La teología cristiana ha utilizado la imagen del viaje y del viaje religioso como icono preferente de la existencia humana. Afirma que nos encontramos “in statu viae“, en estado de camino, “siempre en camino”. Esa es nuestra identidad permanente, incluso cuando reposamos en nuestra posada: ¡reposo y posada forman parte del camino! «Vale más camino que posada», decía don Quijote. El reposo y la posada son únicamente un momento necesario dentro del viaje, del camino: “no tenemos aquí posada permanente”.

Caminamos sin descanso desde nuestra condición de seres humanos terrenos hacia nuestra condición celeste en el seno de Dios. Venimos de Dios y hacia Dios vamos. ¡Ese es nuestro viaje!

Sí, es verdad, que vivir es caminar. Es un camino incesante, sin pausa alguna. Estamos siempre de viaje. Vamos hacia alguna parte. Nadie se baña en el mismo río, suele decirse. Nuestras vidas son los ríos, que van a dar a la mar, que es morir. El río está siempre en movimiento, sea de día, sea de noche. También nosotros lo estamos. Nuestro cuerpo, aunque parezca quieto, tranquilo, lleva por dentro una actividad desbordante, impresionante. Es un hormigueo constante de movimientos en todas las direcciones. El corazón, nuestro corazón siempre está en camino, y ¡ay de aquel día en que se detenga! También nuestro mundo mental y sentimental. Las ideas, los sentimientos llegan y se van. Comenzábamos casi como una tábula rassa; van tomando asiento en nosotros, después se modifican, se transforman, algunos se van, otros siguen el camino pero con la condición de dejarse transformar por los que vendrán.

Durante el camino de nuestra vida establecemos un haz grande y complejo de relaciones. Somos un complejísimo mundo de relaciones que va hacia delante.

Pasan los días, los meses, los años. Miramos atrás y nos parece que ya hemos recorrido mucho. Entonces decimos: “Si fue ayer!”. Vivir es caminar, caminar. Es una aventura que no sabemos cuánto tiempo durará, ni qué nos sorprenderá, ni hacia dónde nos llevará.

Dicen que cada siete años se mudan todas las células de nuestro cuerpo. También es cierto que no somos los mismos en la infancia, en la juventud, en la edad adulta, en la edad tercera. Quienes tienen la buena costumbre de escribir sus diarios, o sus memorias, suelen tener archivadas las fechas más importantes de su vida, los encuentros más significativos, las ideas más sorprendentes, las emociones más estimulantes, los sufrimientos más dolorosos etc. Es un buen recurso, porque también la verdad es que nuestra memoria se gasta, y no pocos recuerdos se pierden y diluyen. Podemos llegar a nuestra ancianidad con una mínima parte de recuerdos almacenados y disponibles.

Por eso, también nuestro camino vital es a veces como una trama que se teje y al poco tiempo se desteje, como le ocurría a Penélope, la cual tejía y destejía mientras esperaba la llegada de su esposo Ulises. La vida es trama, pero es también olvido, desgaste, desilusión, desencanto.

No hemos de ser demasiado románticos al hablar del “camino de la vida”. Porque a todo ello se añade, que no pocos seres humanos no saben a dónde van. Es como un camino a ninguna parte, o tal vez como un dar vueltas en torno a lo mismo, sin que sea todo siempre igual.

Hablar de la vida como peregrinación supone algo mucho más profundo. Es saber hacia dónde se va. Es tener las claves de la propia existencia. Es conocer nuestro destino, o nuestra destinación.

Cuando se entiende la muerte como el único destino, cuando uno se siente ser para la muerte, entonces el camino que lleva hacia ella es triste, es caída, ocaso, pérdida progresiva, desesperanza, pérdida. Cuando se entiende que hay un destino posterior a la muerte, cuando se cree y confía que después Alguien nos espera, entonces el camino está marcado por esa meta, esa sorpresa esperada.

Damos sentido al camino cuando conocemos bien el destino. En nuestro caso, en el camino de la vida, el destino es incierto, oscuro, meramente imaginado, ofrecido como posibilidad a nuestra fe. No es evidente. ¿Quién ha conocido la mente de Dios? ¿Quién sabe lo que Dios prepara a los que le aman? Sólo podemos vivir imaginando, creyendo. Nadie ha vuelto desde la otra orilla. El mundo del más allá de la muerte está lleno de hermetismo. Es silencio, no respuesta.

La fe ayuda a nuestra imaginación. La fe, cuando es mística y se incrusta de verdad en nosotros, es incluso experiencia cierta. Por eso, peregrina de verdad únicamente el que cree, el que tiene la fe, la esperanza, quien cree en el Dios que le espera.

Nuestra revelación cristiana afirma que lo que nos espera es la Nueva Jerusalén, que caminamos no solo hacia la muerte, sino también hacia la superación de la muerte, o la resurrección de los Muertos. Si no hay resurrección vana es nuestra esperanza, nuestra fe. La fe y la esperanza nos hacen caminar hacia delante y hacen más comprensible nuestro camino.

Pues bien, el contexto de la fe cristiana, nos dice que la vida es una peregrinación hacia la nueva Jerusalén, hacia la Gloria del Cielo, hacia la comunión de los Santos. La vida cristiana se configura entonces, como peregrinación. Recordamos aquí el famoso texto de la carta a Diogneto, en los inicios del cristianismo, que decía cómo eran los cristianos:

Residen en sus propios países, pero sólo como transeúntes; comparten lo que les corresponde en todas las cosas como ciudadanos, y soportan todas las opresiones como los forasteros. Todo país extranjero les es patria, y toda patria les es extraña. Se casan como todos los demás hombres y engendran hijos; pero no se desembarazan de su descendencia (abortos). Celebran las comidas en común, pero cada uno tiene su esposa. Se hallan en la carne, y, con todo, no viven según la carne. Su existencia es en la tierra, pero su ciudadanía es en el cielo. Obedecen las leyes establecidas, y sobrepasan las leyes en sus propias vidas. Aman a todos los hombres, y son perseguidos por todos. No se hace caso de ellos, y, pese a todo, se les condena. Se les da muerte, y aun así están revestidos de vida. Piden limosna, y, con todo, hacen ricos a muchos. Se les deshonra, y, pese a todo, son glorificados en su deshonor. Se habla mal de ellos, y aún así son reivindicados. Son escarnecidos, y ellos bendicen; son insultados, y ellos respetan. Al hacer lo bueno son castigados como malhechores; siendo castigados se regocijan, como si con ello se les reavivara. Los judíos hacen guerra contra ellos como extraños, y los griegos los persiguen, y, pese a todo, los que los aborrecen no pueden dar la razón de su hostilidad” (Epístola a Diogneto, n.5).

En este mismo contexto, la Eucaristía es entendida como el Alimento del Camino. A eso quiero hacer referencia seguidamente.

Entender la vida como camino y al ser humano como homo viator, ¿no lleva a desvalorizar totalmente la vida aquí en la tierra? Y, por otra parte, ¿no perdería sentido la vida humana, como viaje, si no tuviéramos en cuenta hacia dónde vamos o hacia dónde nos encaminamos? ¿No sería nuestra vida un extravío en el mismo momento en que dejáramos de mirar hacia nuestro destino? ¿Debemos estar continuamente pensando en la meta para no descarriarnos? ¿Podemos exigirnos estar todos los días, hora a hora, minuto a minuto, segundo a segundo, pensando en el destino trascendente de nuestro viaje? Si sólo de este modo cobra la vida sentido, ¿qué vida humana, salvo la de un místico demente, tendría sentido? ¿No es exigir demasiado?

Santo Tomás respondió muy acertadamente a esta cuestión cuando escribió:

«Tampoco en el viaje ordinario, el viajero está pensando en cada uno de sus pasos sobre el fin de la vía; ni siquiera necesita hacerlo, porque el camino emprendido ya tiene grabado en su estructura un destgino (Summa Theologiae, I-II, qq.1, 6, ad. 3)

El camino de Santiago nos conduce a quienes lo recorremos a nuestro destino, es decir, a Compostela. No hace falta que el peregrino esté constantemente pensando en su fin; ni conviene que así lo haga, pues de otro modo acaso no podría prestar atención a las cosas que le salen al paso; el peregrino debe confiar en que, una vez tomado el camino, y siguiendo las reglas del caminar, el mismo camino le llevará al «Campo de las estrellas».

Somos “homo viator” cuando confiamos en el camino y en el destino hacia el cual nos conduce. Sólo hay camino si hay esperanza en su destino. Gabriel Marcel tituló la obra que en 1944 dedicó al “homo viator” Prolegómenos a una metafísica de la esperanza. Concebía al ser humano, ante todo, como un caminante, como un ser que «se desplaza en el tiempo» y así actuando en consecuencia, traza en el terreno de las cosas terrestres un camino viable y con sentido: quod vitae sectabor iter? “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”, escribía también por aquellos años Antonio Machado.


La anábasis o movimiento ascendente para la contemplación de los misterios celestiales que culmina en la Essa forte componen. Es un viaje de iniciación en lo divino. En este sentid, es portador de transformación espiritual, como las peregrinaciones a lugares santos, monasterios, o la peregrinación interior del “homo viator” en su anábasis para la morada celestial. En los romances de caballería la anábasis hacia lo divino está implícita.

La catábasis o descenso al infierno intratelúrico; la anábasis hacia el Paraíso para la visión directa de Dios, después de haber atravesado el Purgatorio. Catábasis y anábasis tienen relación con la metáfora del laberinto, la noción de monstruo y de metamorfosis.

El itinerarium mentis

El homo viator aparece tanto en los poemas del Gilgamesh, la Odisea y la Envida, la Divina Comedia, las Os Lusiadas de Camoes.

Petrarca concibió su Canzoniere como un viaje interior perfecto, marcado por la tristeza y la ausencia. Es un viaje de amor y experiencia del homo viator.

La mística también habla del viaje interior, espiritual, religioso y místico. Es un viaje a la “patria verdadera”.. El viaje inmóvil de la mística de Juan de la Cruz, en el Cántico espiritual, es un viaje “al centro del alma”, en el Castillo interior o las Moradas de santa Teresa.

IV. El Pan del Camino: la Eucaristía de nuestra Peregrinación

“La Eucaristía acompaña nuestra peregrinación”. Ese es el título de la primera parte del capítulo III del documento de trabajo del próximo 48 Congreso Eucarístico Internacional que tendrá lugar en Méjico, Guadalajara-Jalisco en el próximo mes de octubre. El capítulo III trata sobre “La Eucaristía, luz y vida del nuevo milenio: luces y sombras del mundo actual. La Eucaristía, fuente y cumbre de la vida cristiana (LG, 11)”. Pues bien, en ese contexto, reflexionará el Congreso sobre la “Eucaristía de nuestra peregrinación”.

1. Prefiguraciones: “con la fuerza del alimento, caminó hasta el monte del Señor” (1 Rey 19, 4-8)

El cordero pascual y los panes ázimos son figura, anticipación de la Eucaristía como alimento (cfr. Ex 12,1-28). Antes de la liberación del Pueblo de la esclavitud Dios le pidió a su Pueblo que realizara esta comida en el cual:

También es figura de la Eucaristía el banquete que celebró Moisés con los setenta ancianos, después del sacrificio con que se ratificó la alianza:

Moisés subió con Aarón, Nadab y Abihú y setenta de los ancianos de Israel, y vieron al Dios de Israel. Bajo sus pies había como un pavimento de zafiro tan puro como el mismo cielo. No extendió él su mano contra los notables de Israel, que vieron a Dios, comieron y bebieron. (cfr. Ex 24,9-11).

Durante la travesía del desierto Dios alimentó a su pueblo con pan del cielo, con el maná (cfr. Ex 16,1-35; Dt 8,3). El maná fue la respuesta de Dios a las quejas y murmuraciones del pueblo, que desesperado decía:

«¡Ojala hubiéramos muerto a manos de Yahvé en la tierra de Egipto cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta hartarnos! Vosotros nos habéis traído a este desierto para matar de hambre a toda esta asamblea» (Ex 16, 3).

Entonces Dios le dijo a Moisés lo siguiente, para que se lo transmitiera al pueblo:

«Mira, yo haré llover sobre vosotros pan del cielo; el pueblo saldrá a recoger cada día la porción diaria» (Ex 16,4);

En el salmo 78 se hace referencia a este alimento que Dios concedió a su Pueblo con estas palabras:

Hizo llover sobre ellos maná para comer,

les dio el trigo de los cielos;

pan de Fuertes comió el hombre,

les mandó provisión hasta la hartura.(Sal 78, 24-25).

Con el Pan de los fuertes el pueblo de Dios pudo subsistir en su peregrinación hacia la tierra prometida.

En su interpretación de este hecho, Jesús dice que no fue Moisés quien dio a los padres del Israel el pan de los cielos, sino el Abbá de Jesús:

porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo” (Jn 6,33).

Ese pan de Dios, bajado del cielo es el mismo Jesús, es su Palabra, es su Cuerpo entregado y su Sangre derramada. Dios Padre ofrece a su pueblo peregrino la mesa de la Palabra y la Mesa del Pan.

También encontramos otra prefiguración de la Eucaristía en el relato de la actividad profética de Elías. Nos cuenta el primer libro de los Reyes en el capítulo 19, que Elías se encontraba muy deprimido, a causa de la oposición que suscitaba su profecía por todas partes. Caminó un día entero por el desierto. Al final se sentó bajo un árbol de retama, deseó morir y así se lo pidió a Dios con vehemencia. Se quedó dormido, cuando se le apareció un ángel que le puso sobre la cabecera “un pan cocido en las brasas y un jarro de agua”. Elías comió, bebió, se volvió a recostar y se durmió. El ángel se le apareció de nuevo diciéndole:

Levántate y come, porque aún te queda un largo camino”.

Elías se levantó, comió y bebió y con la fuerza de aquel alimento caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios (1Re 19,5-8).

También el pueblo de la nueva Alianza, la Iglesia y sus profetas son alimentados por Dios. La Eucaristía es para ellos la nueva Pascua, el sacramento del auténtico Cordero pascual, el auténtico maná, el pan del largo camino.

2. Eucaristía, o el “pan nuestro de cada día”

La Eucaristía está entrelazada y vinculada con la vida ordinaria de los creyentes. No es un elemento extraño que se incrusta en la experiencia de cada día. Jesús nos enseñó a suplicar al Abbá el pan de cada día. Ese Pan de cada día alimenta la vida de cada día.

a) El Pan Nuestro de cada Día, en la oración de Jesús

El loco siempre tiene planes para el día siguiente, y como estos planes nunca pueden hacerse realidad completamente, él se vuelve cada vez más loco. Con esto los planes se hacen cada vez más detallados y anticipan cada vez más días, y el loco se vuelve cada vez más y más loco… Cuando vuelve en sí después de la locura del pensamiento, vuelve a darse alcance a sí mismo, es como si regresara a su nave espacial después de un involuntario pender sobre sus bordes” (Peter Kandke, Historia del lápiz. Materiales sobre el Presente, Península, Barcelona 1991, p. 60).

La oración más popular, más entrañable y cercana a cualquier creyente, es, al mismo tiempo, la síntesis del misterio que Jesús nos reveló. En ella se asoma –de forma densa- todo el mensaje evangélico. En su sencillez, es una oración enormemennte compleja (¡mucho se ha escrito sobre ella desde el punto de vista exegético!21).Ya en la misma iglesia apostólica hubo diversas versiones e interpretaciones, que se plasman en las dos versiones, de Mateo y Lucas.

Vamos a fijar nuestra atención en la primera de estas tres últimas peticiones: “¡Danos hoy nuestro pan de cada día!”.

Al suplicar “danos hoy nuestro pan” nos situamos en el “hoy” de nuestro mundo y constatamos estremecidamente cómo hay millones de seres humanos que están pidiendo pan, con una necesidad perentoria, inaplazable; para ellas y la búsqueda de sentido etc. También como trasfondo está la necesidad que tenemos los seres humanos de Presencia, de sentido, ante la precariedad de la vida.

Mientras el evangelista Mateo nos ofrece la versión más larga del padrenuestro (¡seis peticiones! Mt 6,9-13), Lucas, la versión más breve (¡cinco peticiones simplificadas! Lc 11,2-4). En la petición del pan hay coincidencia entre ellos, aunque con dos variantes en el verbo y en el adverbio de tiempo: Mateo pide sólo el pan para el día de hoy; Lucas pide el pan para cada día. Lo más probable es que la versión mateana sea la más antigua.

Mt 6,9ss

Lc 11,2ss

 Padre nuestro

- que estás en los cielos

-el pan nuestro

- ¿?

-dánoslo hoy

 Padre.




- el pan nuestro

- ¿?

- dánoslo de día en día

Con todo, el punto más problemático, está en el término griego que se ha convertido en una auténtica crux interpretum, desde los primeros siglos de la Iglesia hasta hoy. Es un término único, que no se encuentra ni en la literatura sagrada del Antiguo Testamento25 ni del Nuevo Testamento, ni en la literatura profana de aquel tiempo. Para unos debe traducirse: “el pan de cada día”; para otros “el pan del mañana”. Si el término  se entiende como derivado de la expresión “( significa “sustancia” y  “sobre”) entonces la traducción exacta sería “pan super-sustancial (panem nostrum super-substantialem)”, como tradujo Jerónimo en la Vulgata26. Ya desde Orígenes le dieron a el significado de “suficiente” para subsistir cada día (cf. Prov 30,8; Ex 16,4), o pan “cotidiano”. En esta petición se le pide –entonces- a Dios Padre que conceda diariamente a sus hijos el pan o alimento que necesitan para vivir. Si el término  se hace derivar de “”, entonces significa“venidero”, “futuro”, “de mañana”, “del día que llega”27. Entendido así el término referido al pan, indicaría el pan futuro, venidero, el pan del mañana. Según el judaísmo tardío, la palabra “mañana” no significa sólo el día siguiente, sino el “gran mañana” de la escatología. Se trataría del “pan del Reino”28.

En la actualidad los autores siguen divididos El exegeta alemán Gerhard Schneider defiende que esta petición habla del “pan que nos es necesario” (“für uns notwendige Brot”), para alimentarnos aquí abajo. Según la versión de Mateo se pide el pan necesario para “el hoy”; según la versión de Lucas se pide que el pan sea dado “día tras día”29. Dolores Aleixandre, tras un excelente y documentadísimo artículo, traduce por el “pan de mañana”, “pan venidero”, que evoca el maná como del alimento del tiempo escatológico: un pan que es don de Dios y alcanza su significado pleno al ser comido en común, en el banquete escatológico30. No sabemos tampoco qué término hebreo o arameo pudo haber detrás de la traducción griega 

Está bien que la exégesis y la teología se hagan preguntas de este tipo; pero no podemos depender de sus conclusiones, siempre provisorias y, tal vez, polémicas. Es claro que Dios en su providencia, o el Espíritu Santo, no han querido responder –en este caso- a nuestra curiosidad exegética. Tal vez no sea necesario. Estamos autorizados para entender esta petición del padrenuestro en cualquiera de sus sentidos y en otros que nos puedan sugerir el Espíritu. Cada uno de nosotros debe introducir en esa petición su necesidad de pan, entendida tanto en su sentido real como simbólico, en su sentido temporal como escatológico. Todo puede y debe ser pedido y suplicado, al Dios y Padre que cuida de sus hijos. Por otra parte, a ello nos lleva el mismo Jesús, cuando tanto en los Sinópticos como en el cuarto Evangelio, se refiere al pan.

b) La petición del pan en el contexto evangélico

Según el evangelio de Mateo, Jesús pide a sus discípulos que al orar no empleen muchas palabras, tal como solían hacer los paganos (polylogia); el Padre conoce todas sus necesidades y no necesita ser informado. En ese comentario al padre nuestro que es Mt 6,19 – 7,12, y en especial los dichos sobre el agobio (Mt 6,25-34), Jesús dice que el Abbá cuida de la alimentación de sus hijos e hijas31, y también de vestido, con más cuidado aún que a los pajarillos o a las flores del campo (Mt 6, 26). Los discípulos no tienen que preocuparse de qué comerán o qué beberán, ni cómo se vestirán. De lo único que deben preocuparse es de buscar ante todo el reino de Dios y su justicia. Todo lo demás les será dado por añadidura” (Mt 6,33).

Los discípulos de Jesús no tienen que preocuparse del pan. Ahí tienen el ejemplo de David, que encontró pan en la casa de Dios, cuando pasó necesidad (Mt 12,4; Mc 2,26). Cuando los discípulos de Jesús vayan en misión no deben llevar pan, tampoco alforja, ni dinero; lo recibirán del Abbá.

Esa confianza tan absoluta en el Padre era una nota carismática de Jesús, pero no de los discípulos. No pocas veces expresaban su desconfianza. Les parecía que debían proporcionarse a sí mismos el pan. Por eso, se preguntaban, ante la masa de gente en el desierto: “¿Dónde encontraremos pan suficiente para tantos?” (Mt 15,33; Mc 6,37). Por eso también, inmediatamente después de las multiplicaciones de los panes, cuando los discípulos se habían olvidado de llevar panes consigo, se inquietaron porque no tenían pan en la barca32.

Jesús enseñó a sus discípulos a pedir al Abbá todos los días el pan. Él mismo lo hizo en nombre de ellos –cuando la multiplicación- y agradeció al Padre su regalo superabundante. Jesús les inculcaba en la parábola del hijo pródigo que quienes están en la “casa del padre” no pasan hambre, tienen pan en abundancia (Lc 15,17); que quienes se sientan a la mesa de Dios reciben “el pan de los hijos”, y no solo migajas.

Jesús aparece como el servidor del pan que el Abbá a sus hijos. El pan que Jesús concede no tiene la mala levadura de los fariseos, ni de Herodes. Es pan de vida. Es pan bajado del cielo, como el maná. Dios es quien da pan del cielo (Jn 6,31) y ¡no Moisés! (Jn 6,32). El Abbá es el que da el verdadero pan del cielo (Jn 6,32).

En todos estos textos que hemos analizado, la referencia al pan es referencia al alimento diario, al sustento tan esencial para la vida. Pero, poco a poco, se va dando en el nuevo testamento un desplazamiento simbólico. Se trata del paso del pan de la tierra al pan bajado del cielo. Jesús es el dador de ese pan. Jesús mismo es el pan bajado del cielo. El mismo se entregará como pan. Aquí se abre la cuarta petición del padrenuestro al simbolismo eucarístico. Podríamos entonces concluir, que el pan que se pide al Abbá para el día de hoy es el pan del cielo, el pan del mañana escatológico. Bien podríamos, entonces traducir, “el pan escatológico, el pan del mañana, dánoslo hoy”, “dánoslo a través de Jesús, de la entrega y sacrificio de Jesús por nosotros”.

En la cena del adiós Jesús desveló el sentido último de la petición del pan. El pan que pedimos al Abbá, nos viene a través de las manos de Jesús y la voz de Jesús. Es un pan que no podríamos imaginar: pan super-sustancial, pan corporal. Es un pan definido por estas palabras: “Esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros”.

c) Petición y acogida del pan: su significado

Ahora podemos preguntarnos si para recibir el regalo de Dios, el pan, son necesarias algunas condiciones o disposiciones. Podemos imaginar perfectamente que el pan regalado, entregado, sale de las manos de Dios hacia nosotros, pero ¿realmente nos llega? ¿Es preciso hacer algo para asegurar la llegada del don a nosotros? ¿Qué ocurre en aquellos casos en que parece que no llega?

Se trata de un tema teológico serio, que está detrás de la llamada oración de petición. Cuando el nuevo testamento la aborda, aparecen ciertas afirmaciones fundamentales junto con algunas zozobras. Afirmación categórica por parte de Jesús es que existe una conexión cierta entre petición y concesión, entre fe –que excluye toda duda- y gracia. Quien pide con fe, obtiene la gracia. En este sentido, cabe decir que la concesión es siempre dialogal, y requiere la fe. Los sinópticos ponen de relieve que la concesión del perdón -¿y por qué no también del pan?- tiene como requisito imprescindible el perdón a los hermanos, o tal vez como signo infalible, el perdón a los hermanos, o la entrega del pan a los hermanos.

El cuarto evangelio desarrolla más ampliamente las condiciones que han de matizar la petición y que garantizan la concesión. La condición es “pedir en nombre de Jesús”. Pide en nombre de Jesús quien cumple sus mandamientos, quien despliega en su vida una actitud de fe y de amor hacia el Hijo, quien cultiva una relación de amistad con él y proyecta hacia los demás ese amor. Todo eso es lo que garantiza, por parte de Dios, la concesión de la gracia, del pan. “Hasta ahora no habéis pedido en mi nombre” (Jn 16,23-26)33.

Cuando hablamos de que Dios concede el pan, nos estamos refiriendo a los discípulos. De lo que aquí se trata no es de la solución del hambre en el mundo, sino de cómo el Abbá cuida de la vida de aquellos que tienen conciencia de ser sus hijos en Cristo Jesús.

d) La imagen de Dios: Fuente de Vida y Alimento

Cuando Jesús nos habla de esta manera, ¿qué imagen de Dios está revelando?

3. La celebración eucarística, alimento de nuestra peregrinación

El pan que pedimos, es ante todo el pan de la Eucaristía. Y con este Pan nos llega la respuesta de Dios a todas nuestras necesidades. La Eucaristía introduce en el mundo la lógica de la donación, de la gratuidad, de la entrega mutua.

La Eucaristía responde a nuestra súplica del Pan, de dos formas: del Pan de la Palabra y del Pan del Cuerpo Eucarístico.

Distribución del Pan de la Palabra durante el “Año litúrgico”

El primer alimento que se nos concede cada día es el Pan de la Palabra de Dios. La Palabra es luz para nuestros pasos. En la Palabra encontramos claves para nuestra vida, nuestra peregrinación. Ella nos da el sentido de la vida y de la muerte, del gozo y del sufrimiento.

La Palabra se nos ofrece en esa maravilla que es el Año Litúrgico. A lo largo del año litúrgico y de los ciclos de los que está formado, se nos entrega a la comunidad cristiana el Pan de la Palabra en abundancia, sin que ningún libro de la Escritura quede excluido.

Podríamos decir que basta la Palabra para poder vivir con sentido la propia vida. Sobre todo, cuando uno la escucha e intenta hacerla vida en sí mismo. La comunión de la Palabra nos hace comprender que Jesús nos habla y hace que nos arda el corazón mientras vamos de camino.

El Año litúrgico nos ofrece un camino paradigmático de espiritualidad que ha de servir de clave para el camino real que cada uno de nosotros ha de recorrer en su vida. Nos ofrece claves para toda navidad, para todo adviento, o cuaresma, o pascua de muerte y resurrección, o para el tiempo ordinario.

b) El Pan del Cuerpo que alimenta el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia

También la celebración eucarística nos ofrece el Cuerpo y la Sangre del Hijo del Hombre. Este don nos resulta misterioso. Los que valoran mucho la gnosis, el conocimiento, descubren sin dudar el valor de la comunión en la Palabra. Lo entienden muy bien, como nuestros hermanos y hermanas de la Reforma protestante. No así, la comunión con Jesús a través del Pan y del Vino eucarísticos.

Sin embargo, nosotros, los católicos, estamos seguros de que los dones Eucarísticos de Pan y de Vino están asumidos como su propia apariencia y ser por Jesús, nuestro Señor Resucitado y que en ellos Él se nos da, se nos entrega y nos hace su Cuerpo.

Jesús nos prometió que “estaría con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28). Esta fue su promesa después de enviarnos a anunciar el Evangelio a toda criatura, a todas las etnias del mundo. Jesús está con nosotros, por antonomasia, en el Sacramento de la Eucaristía. Participar en ella es comulgar con el Cuerpo y la Sangre del Señor. Es participar en la nueva y eterna Alianza. Es participar en una maravillosa simbiosis, hacernos con-corpóreos y con-sanguíneos con el Señor. Participar de su Filiación divina, de su Consagración en el Espíritu, de su Misión, recibida del Abbá.

La Eucaristía nos hace Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. El Alimento para el Camino dijo que Él era el Camino. Jesús, que comparte con la Iglesia su camino, Él mismo es nuestro Camino. Vivir en Cristo Jesús es seguirlo, caminar, ser peregrino…. Hasta llegar con Él al Padre, al cielo, en el que nos ha preparado Morada.


II.




LA EUCARISTÍA, GARANTÍA DE ESPERANZA EN UN MUNDO SIN HORIZONTE

(Perspectiva apocalíptica: “Ecclesia in Europa”)


José Cristo Rey García Paredes, cmf

Santiago de Compostela, 15 septiembre 2004


«No les tengáis ningún miedo ni os turbéis. Al contrario, dad culto al Señor, Cristo, en vuestros corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza » (1 Ped 3, 14-15)

En este texto de la primera carta de san Pedro, que sirve de texto introductorio a la exhortación apostólica del Papa Juan Pablo II, encontramos también nosotros la mejor introducción al tercer tema de este Congreso: “La Eucaristía, garantía de esperanza en un mundo sin horizonte”. San Pedro les pide a los cristianos que no tengan miedo, ni se turben ante la situación del mundo. Les pide, ante todo, que den culto al Señor en sus corazones. Y de ahí resultará que podrán dar respuesta a quien les pida razón de su esperanza. Una de las dimensiones de la Eucaristía consiste en dar culto a Cristo en el propio corazón, y eso Ustedes, participantes en este Congreso, lo llevan muy a gala; es su gran carisma en la Iglesia: ser adoradores del Señor Jesús. Ese es el objetivo de la adoración permanente. Pero, también, añade el apóstol: “dad respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza”. Por eso, quiero dedicar esta Ponencia a reflexionar sobre “La Eucaristía, garantía de esperanza en un mundo sin horizonte”.

Yo sé que los políticos del mundo, quienes tienen en sus manos los destinos de los pueblos, confían en que la situación mejorará mucho bajo su mandato. Ese es el slogan que todos los partidos políticos o todos los políticos en el poder quieren transmitir a sus sociedades. Es propio de su marketing. Se presentan ante los ciudadanos como aquellos capaces de cambiar la situación regional, nacional e internacional. Sin embargo, la realidad es extremadamente terca y manifiesta cómo las cosas no mejoran. Nuestro mundo está en tensión. Hay varios índices que indican que no nos encontramos en la mejor de las sociedades. Todos nosotros somos testigos de algunos hechos:

Quienes ven la realidad con honestidad, descubren que vivimos en un mundo muy inseguro. Que por mucho que intentemos crear sistemas de seguridad, nunca son lo suficientemente eficaces como para eliminar la inseguridad. No se encuentran fáciles soluciones. Todos nos resignamos a morirnos sin que esta situación cambie. Muchas personas que soñaron un mundo diferentes, ven cómo los llega la ancianidad y se le acaban sus días y ¡las cosas no mejoran! No ven la tierra prometida, ni desde lejos.

Sabemos, no obstante, que en nuestro mundo hay muchas cosas positivas. No nos queremos reducir a una visión meramente catastrofista de la realidad. Pero tampoco hemos de vivir alienados a la triste realidad que afecta a millones de seres humanos. Por eso, hablamos de un “mundo sin horizonte”. Esa es la razón por la cual personas conscientes de la realidad y de sus responsabilidades van perdiendo la esperanza, se desencantan de sus sueños y al final… se resigna a vivir sin utopías y con un realismo conservador.

Nosotros queremos poner de relieve en esta reflexión cómo la Eucaristía, la presencia de Jesús entre nosotros en los dones de la Palabra, del Pan y del Vino, es garantía de nuestra esperanza. Para ello, daremos los siguientes pasos:

Perspectiva: Horizonte apocalíptico de la exhortación “Ecclesia in Europa” de Juan Pablo II.

Fundamento: Comprensión de la Eucaristía en clave apocalíptica: El Cordero Inmolado

Vivencia: Marana Tha! La espera de la Esposa.

I. Perspectiva: Horizonte apocalíptico de la exhortación “Ecclesia in Europa”

El Papa Juan Pablo II nos invita a asumir la perspectiva apocalíptica a la hora de contemplar la situación y la misión de la Iglesia en Europa. Es algo singular. Durante el Sínodo sobre Europa no se oyó nunca una voz que pusiera de relieve la dimensión apocalíptica. Ninguna referencia a ella se hacía en las Conclusiones sinodales que le fueron entregadas al Papa para que él elaborara después su Exhortación Apostólica. Sin embargo, en la exhortación “Ecclesia in Europa”, subtitulada también “Jesucristo vivo en su Iglesia y y fuente de esperanza para Europa”, firmada por el Papa Juan Pablo II, el 28 de junio del 2003, la perspectiva apocalíptica estructura todo el documento. Con ello, el Papa nos invita a profundizar en esta dimensión a la hora de abordar todos los temas que más conciernen a la fe en Europa. Uno de ellos es la Eucaristía. A este objetivo responde mi reflexión.

1. El mensaje global de la Exhortación “Ecclesia in Europa”

Veamos en primer lugar el contenido de la exhortación. Ésta tiene 6 capítulos, una introducción y una conclusión.

Introducción: resultado del segundo Sínodo de Europa

Capítulo 1: Jesucristo es nuestra esperanza

Capítulo 2: El Evangelio de la Esperanza confiado a la Iglesia del nuevo milenio

Capítulo 3: Anunciar el Evangelio de la Esperanza

Capítulo 4: Celebrar el Evangelio de la Esperanza

Capítulo 5: Servir el Evangelio de la Esperanza

Capítulo 6: El Evangelio de la Esperanza para una nueva Europa

Conclusión: Consagración a María

Como se puede apreciar, toda la exhortación está centrada en el tema del Evangelio de la Esperanza que:

es Jesucristo,

es confiado a la Iglesia

debe ser anunciado, celebrado y servido para una nueva Europa.

Pero además, el Papa escogió un icono, especialmente importante, que inspira toda la reflexión sobre el tema de la Esperanza, es el icono del Apocalipsis (EiE, n,.5):

Al anunciar a Europa el Evangelio de la esperanza, sigo como guía el libro del Apocalipsis, «revelación profética» que desvela a la comunidad creyente el sentido escondido y profundo de los acontecimientos (cf. Ap 1, 1).

La exhortación “Ecclesia in Europa” quiere escuchar la llamada que el Espíritu dirige a las Iglesias en Europa en este momento histórico. «El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias » (Ap 2, 7). Este icono ofrece los subtítulos de cada uno de los Capítulos:

Capítulo 1: “No temas, yo soy el primero y el último, el que vive” (Apc 1,17-18): Jesucristo

Capítulo 2: “Ponte en vela, reanima lo que te queda y está a punto de morir “ (Ap 3, 2): el Evangelio de la Esperanza confiado a la Iglesia

Capítulo 3: “Toma el librito que está abierto [...] devóralo” (Ap 10, 8.9): Anunciar

Capítulo 4: “Al que está sentado en el trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y potencia
por los siglos de los siglos” (Ap 5, 13): Celebrar

Capítulo 5: “Conozco tu conducta: tu caridad, tu fe, tu espíritu de servicio, tu paciencia” (Ap 21, 2): Servir

Capítulo 6: “Vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo » (Ap 21, 2): para una nueva Europa

Conclusión: Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol » (Ap 12, 1)

Podemos decir, que la exhortación es planteada como un gran comentario existencial al Apocalipsis. Y dentro de este contexto, la exhortación nos habla de la Eucaristía para las iglesias de Europa. Quiero en esta ponencia desarrollar esa perspectiva. Entender la Eucaristía y la espiritualidad eucarística en clave apocalíptica y dentro del contexto de Europa es una tarea que puede apasionarnos y ofrecernos perspectivas que nos saquen del sopor y la rutina.

El Papa Juan Pablo II nos da las siguientes claves en EiE, n.5:

2. La Eucaristía en contexto apocalíptico

Cuando la exhortación “Ecclessia in Europa” habla de la Eucaristía, sobre todo en el capítulo 4º, la enmarca dentro de esa visión apocalíptica de Jesús, a la que acabo de hacer referencia, y dentro del conjunto dinámico del Apocalipsis. Es verdad, que esa dimensión no aparece desarrollada en los mismos textos, pero sí forma parte de su contexto. Y es una responsabilidad nuestra hacerlo.

Para nosotros, en Europa, es nuclear confesar que Jesús está vivo en su Iglesia. Que es el que camina, invisible entre los Siete Candelabros, que es el que sostiene en su mano poderosa a su Iglesia. Así se dice en el n. 22 de la exhortación:

“Mirando a Cristo, los pueblos europeos podrán hallar la única esperanza que puede dar plenitud de sentido a la vida. También hoy lo pueden encontrar, porque Jesús está presente, vive y actúa en su Iglesia: Él está en la Iglesia y la Iglesia está en Él (cf. Jn 15, 1ss; Ga 3, 28; Ef 4, 15-16; Hch 9, 5). En ella, por el don del Espíritu Santo, continúa sin cesar su obra salvadora”..

Jesús actúa misteriosamente en los signos diversos que nos ha dejado: la Sagrada Escritura, que habla de Él en todas sus páginas (cf. Lc 24, 27.44-47), las especies eucarísticas (¡presencia verdaderamente única!), otras acciones litúrgicas celebradas en nombre de Jesús, en sus discípulos, que, fieles al doble mandamiento de la caridad, adoran a Dios en espíritu y en verdad (cf. Jn 4, 24), y testimonian con la vida el amor fraterno que los distingue como seguidores del Señor (cf. Mt 25, 31-46; Jn 13, 35; 15, 1-17). Pero de la presencia de Jesús en la Eucaristía dice el Papa:

Esta «presencia se llama “real”, no por exclusión, como si las otras no fueran “reales”, sino por antonomasia, ya que es sustancial, ya que por ella ciertamente se hace presente Cristo, Dios y hombre, entero e íntegro». En efecto, en la Eucaristía «se contiene verdadera, real y sustancialmente, el Cuerpo y la Sangre, juntamente con el alma y la divinidad, de nuestro Señor Jesucristo y, por ende, Cristo entero».

«Verdaderamente la Eucaristía es mysterium fidei, misterio que supera nuestro pensamiento y puede ser acogido sólo en la fe »

En el capítulo 4º “Una Iglesia que celebra”, hace referencia el Papa a la tarea laboriosa y apasionante a la vez de descubrir el sentido del “misterio” –que se hace presente en la Eucaristía- ante una sociedad, frecuentemente cerrada a la trascendencia, sofocada por comportamientos consumistas, presa fácil de antiguas y nuevas idolatrías y, al mismo tiempo, sediente de algo que vaya más allá de lo inmediato. Esta tarea laboriosa y apasionante ha de tener como objetivo la “rennovación de las celebraciones litúrgivcas para que sean signos más elocuentes de la presencia de Cristo, el Señor”. Y el Papa sugiere que:

Y añade esta exhortación:

Por eso te dirijo a ti, Iglesia que vives en Europa, una invitación apremiante: sé una Iglesia que ora, alaba a Dios, reconoce su absoluta supremacía y lo exalta con fe gozosa. Descubre el sentido del misterio: vívelo con humilde gratitud; da testimonio de él con alegría sincera y contagiosa. Celebra la salvación de Cristo: acógela como don que te convierte en sacramento suyo y haz de tu vida un verdadero culto espiritual agradable a Dios (cf. Rm 12, 1).

El número 75 de la exhortación está dedicado a la celebración eucarística.

II. Fundamento: Comprensión de la Eucaristía en clave apocalíptica: El Cordero Inmolado, el Pan del “mañana” en el “hoy” de nuestra historia

Es la Eucaristía el momento en que se simboliza y celebra la entrega del don del Pan. El teólogo protestante Von Allmen escribía que es el lugar donde Dios Padre siempre responde -¡infaliblemente!- a la petición del pan35. Para evocar ahora el misterio de la Eucaristía creo necesario centrar nuestra reflexión en cuatro aspectos: a) la Eucaristía como utopía; b) la Eucaristía como proceso histórico; c) la Eucaristía como alimento; d) la Eucaristía como revelación.

1. El rostro “apocalíptico” de Jesús, el Señor

En el n. 6 de la exhortación el Papa nos presenta al Jesús, contemplado en el Apocalipsis. En tiempos de persecución, tribulación y desconcierto para la Iglesia (cf. Ap 1, 9), el vidente recibe una palabra de esperanza y una revelación:

«No temas, soy yo, el Primero y el Ultimo, el que vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la Muerte y del Hades » (Ap 1, 17-18).

Jesús se presenta como “Buena Nueva”, como Evangelio. Él es el Evangelio de la Esperanza. Los rasgos apocalípticos de Jesús son bien resaltados por la exhortación pontificia:

2. La Eucaristía como “utopía”: “panis angelicus fit panis hominum”

A la hora de explicar el Misterio eucarístico encontramos dos perspectivas fundamentales: la encarnación y la ascensión.

a) Las dos explicaciones de la Presencia

Para unos la Eucaristía es como la prolongación del misterio de la Encarnación. Podría expresarse esta perspectiva en el famoso canto medieval “Ave verum, Corpus natum ex Maria virgine”. La Eucaristía continúa y actualiza y re-presenta el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios en nuestro propio tiempo. El pan que Dios nos concede en el tiempo presente viene del pasado, es memoria, memorial, actualización del memorial.

Para otros la Eucaristía se explica desde la teología de la Ascensión de Jesús al cielo. Nuestro Señor resucitado, que se hace presente en el misterio eucarístico no está más en la tierra, sino en el cielo. Su existencia no se confunde con la existencia histórica terrestre. Su presencia, por consiguiente, debe ser explicada como una presencia que viene del futuro que nos espera, de la consumación, de la gloria. Podría expresarse esta perspectiva en el también famoso canto latino “Panus angelicus, fit panis hominum”.

Yo tiendo a identificarme más con la segunda perspectiva. Veo y descubro en la Eucaristía, no solo el memorial del pasado sino, ante todo, un pre-gustar aquí en la tierra del misterio definitivo. El Señor viene a nosotros desde el futuro: Marana Tha, decían los primeros cristianos. La Eucaristía es el Pan del Mañana que se nos da, anticipadamente, hoy.

b) El Señor del futuro

Propio de la Eucaristía es situarnos siempre en el horizonte del futuro: “anunciamos la muerte del Señor hasta que vuelva” Esperamos su venida definitiva, ahora que celebramos esa misma venida anticipadamente, prolépticamente, simbólicamente. Es cierto que el Señor resucitado es Jesús de Nazaret, el encarnado, el que padeció y murió. Pero Él llega a nosotros ahora desde el ámbito de su Ascensión.

Quien se hace presente en el pan y en el vino eucarístico, en la palabra que es proclamada, no es Jesús de Nazaret, sino Jesús Resucitado, Señor, a quien le ha sido concedido todo poder en cielo y tierra, a quien le ha sido dado el Espíritu sin medida. El Señor Resucitado no recibe el poder de su Iglesia. No es una realidad exterior a la realidad, sino el fundamento de todo, la meta de todo, el principio de todo. Jesús resucitado es el Alfa y la Omega, el centro y el fundamento de toda la creación. ¿Qué extraño entonces que pueda comunicarse personalmente a través de toda realidad creada, a través del pan y del vino eucarísticos, con la fuerza de su palabra y de su Espíritu?

Por esto, la celebración de la Eucaristía es como una aparición pascual, ofrecida a toda la comunidad, es como una invasión del futuro cierto y gozoso en la incertidumbre de nuestro presente, es la afirmación de la victoria cuando nos encontramos todavía en la batalla.

c) Presencia discreta y humor de Dios

La Eucaristía es una aparición pascual bajo mediaciones simbólica: se parece el Señor “bajo otra forma” (), tal como nos dice el Evangelio de Marcos (16,12). Nosotros hablamos de las “especies sacramentales”. ¡Es el Señor! pero la forma de aparecer no se parece a Él, nos remite a Él como parábola, como metáfora. La apariencia es pan partido, vino derramado. La presencia es del mismo Señor resucitado.

d) El “dies dominicus” como estructurador de la cotidianidad cristiana

Es muy interesante la exhortación de Juan Pablo II a recuperar el Domingo como “Dies Domini”, como experiencia apocalíptica

Renuevo, por tanto, la invitación a recuperar el sentido más profundo del día del Señor, para que sea santificado con la participación en la Eucaristía y con un descanso lleno de fraternidad y regocijo cristiano. Que se celebre como centro de todo el culto, preanuncio incesante de la vida sin fin, que reanima la esperanza y alienta en el camino. Por eso no se ha de tener miedo a defenderlo contra toda insidia y a esforzarse por salvaguardarlo en la organización del trabajo, de modo que sea un día para el hombre y ventajoso para toda la sociedad. En efecto, si se priva al domingo de su sentido originario y no es posible darle un espacio adecuado para la oración, el descanso, la comunión y la alegría, puede suceder que « el hombre quede cerrado en un horizonte tan restringido que no le permite ya ver el “cielo”. Entonces, aunque vestido de fiesta, interiormente es incapaz de “hacer fiesta” ». Y sin la dimensión de la fiesta, la esperanza no encontraría un hogar donde vivir.

III. Vivencia: El Abbá nos cuida y alimenta: Vida cristiana y Providencia

1. El pan de cada día

Cuando los cristianos decimos “Abbá, danos hoy nuestro pan de cada día”, o nuestro pan “” renunciamos a “las muchas palabras” de los paganos cuando oran (polylogia), y le pedimos por algo, que nos resulta esencial, de absoluta necesidad para vivir y para existir “hoy” y no mañana. Ponemos en sus manos “nuestro día”. Le pedimos el alimento; todo aquello que hace vivir y funcionar nuestro cuerpo; todo aquello que llena de vitalidad nuestra existencia corpóreo-espiritual y espíritual-corpórea. Le pedimos un alimento integral, capaz de mantener en la existencia esta maravillosa complejidad que nos constituye.

Pero analicemos con un poco más de profundidad esta petición. Si todo está interconectado, si vivimos en red, si todo está dirigido por el principio antrópico, y nada de lo que hay en el universo existe desconectado, eso quiere decir que pedir el pan nuestro, es pedir vida para todos, vida para el cosmos –según la expresión del cuarto evangelio- (Jn 6,33). En un universo interconectado la muerte de uno es muerte de todos, la vida de uno vivifica a todos. El hambre de muchos, convierte en famélicos a todos. El pan de vida, vivifica a todos. Se produce aquello que Theilhard de Chardin llamaba “misa sobre el mundo”

Es claro que si estamos interconectados con la humanidad, con el universo y si tenemos conciencia de ello, el hambre que sentimos adquirirá en nuestra vivencia unas dimensiones impresionantes: será el hambre de millones de hermanas y de hermanos, es el hambre de la humanidad, de la madre naturaleza, del cosmos. En el “Danos” resuena el universo.Hay un movimiento fuerte hacia la Fuente de la Vida pidiendo alimento, que en nosotros se hace consciente y se detecta:

Todos ellos de ti están esperando que les des a su tiempo su alimento; tú se lo das y ellos lo toman, abres tu mano y se sacian de bienes. Escondes tu rostro y se anonadan, les retiras su soplo, y expiran y a su polvo retornan. Envías tu soplo y son creados, y renuevas la faz de la tierra” (Sal 104, 27-30)

Dentro de la red de los vivientes, los cristianos formamos grupos, comunidades, parroquias, iglesias. Pedimos la vida para nosotros y el alimento de esta vida. Es cierto, que como los discípulos de Jesús, ordinariamente no nos falta el alimento diario. Quizá nos venga bien re-escuchar y reinterpretar la palabra de Señor “No os preocupéis por la comida”, en este sentido “no os preocupéis tanto por la salud...”, “no os preocupéis por el mañana”. Cuando la pasión apostólica y cristiana decrece, aumentan las preocupaciones por lo que no vale, o por el mañana. El enfriamiento de la confianza en el Abbá nos hace calculadores, hombres o mujeres de provisiones y previsiones. Nos preguntamos demasiado por el futuro. Programamos demasiado el futuro. Parece que no nos basta el “hoy”, como horizonte de nuestra preocupación, el horizonte en que el Abbá se manifiesta y nos cuida. El “carpe diem” nos enseña no sólo a pedir el pan de cada día, sino también a comerlo, a disfrutarlo y a vivir después, despreocupados, en las manos del Padre.

Jesús nos enseñó a pedirle al Abbá el pan de cada día. Jesús pensaba en el alimento efímero, que sólo dura un día y que mañana ya no sirve. Por eso era el pan “de cada día”.

Jesús pensaba también en un alimento no individual, sino “colectivo”, comunitario. Por eso decía: ¡el pan nuestro! Es un pan que se hace necesario para la subsistencia de una comunidad.

Quien da el pan es Dios, mas contemplado como Abbá, como Padre. Por consiguiente, es el “pan de los hijos” (Mc 7,27). Es el pan que necesita la familia. Es el pan de la fraternidad, de la sororidad. Es el pan que todos han de compartir como hermanos y hermanas y del que ninguno o ninguna puede o debe apropiarse. Y si es Dios quien concede el pan “cada día”, esto quiero decir que Dios es presentado como aquel que cuida de sus hijos e hijas, que los alimenta constantemente, diariamente. No hay razones para andar agobiados respecto a qué comeremos o beberemos. El Abbá nos dará todo lo que nosotros, sus hijos e hijas, necesitemos. Jesús, no obstante, nos insiste en una cosa: ¡Pedid! Hay que pedir el pan. No somos nosotros los que lo hacemos o compramos. Quien hace el pan, quien regala el pan es el Abbá. Sí, hay que pedir el regalo del pan, pero sin perder en absoluto la confianza. Porque si un amigo acude de noche pidiéndole a otro amigo tres panes, se levantará a dárselos, “al menos por su importunidad, y le dará cuanto necesite” (Lc 11,8). “Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!” (Lc 11,13).

Pide el pan colectivo cada día a Dios quien tiene conciencia de necesitarlo, quien sabe que cada día ha de mendigarlo, o recibirlo como regalo inmerecido. Vemos a veces en nuestra calle a personas que todos los días nos tienden la mano, pidiéndonos una ayuda. Alguien podría decir: ¡pero sí ya ayer estaba pidiendo y le dimos! Es verdad, pero lo que está pidiendo es ¡el pan de cada día!

2. El pan del mañana

El padrenuestro nos invita también a suplicar “el pan nuestro del mañana, dánoslo hoy”. Y aquí resuena aquella bienaventuranza que dice: “bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”.

El pan del mañana es el alimento del Reino, es el amor fiel y sin arrepentimiento ni traición, es la vida sin enfermedad ni limitaciones, es la comunión sin rupturas. El pan del mañana es la Palabra de Dios. Es el cuerpo resucitado de Jesús. Es, sobre todo, el cuerpo resucitado de Jesús.

El pan del mañana no es concedido “hoy”. Cada “hoy” recibimos el pan de la Palabra, el Pan eucarístico. Cada “hoy” nos sentamos a la mesa.

La comunidad cristiana se constituye en torno al Pan del mañana..Esta forma de vida es conciencia permanente de comunión con Jesús, el Hijo del Abbá, el Pan de vida. Es interesante la expresión “¡de comunión diaria!”. Podemos recuperarla en su sentido más integral. Y, porque el mañana viene a nosotros, no nos preocupemos del mañana.

Somos grupos de seguidores y seguidoras de Jesús que tenemos hambre. “Venid a mi todos los que tenéis hambre y yo os saciaré”. Cuanto más en éxodo entramos, más expedrimentamos el hambre. Nuestro compromiso bautismal nos hacen seres hambrientos. Participamos en carencias importantes. Esa vida cristiana que de forma callada se hace presente entre los más pobres, que es compasiva, siente cada vez más el hambre de los demás. Pero junto con el hambre tenemos el Pan.

Si hablamos del pan de la espiritualidad, de la Palabra de Dios, de la Eucaristía, también es verdad que todos los días tenemos la mesa puesta. Participamos de la mesa diariamente. Cada uno de nosotros sabrá responder al grado e intensidad de su participación y de su agradecimiento.

3. La gracia del pan

Cuando decimos “danos hoy nuestro pan de cada día”, reconocemos que lo más esencial para nosotros es gracia, regalo y no resultado de nuestro compromiso. Y que quien nos regala el alimento es fiel y cada día nos tiene presentes. La vida religiosa vive a veces muy estresada y sometida a imperativos cada vez más fuertes. Sin darnos cuenta nos vamos exigiendo y exigiendo, apretando y apretando el cinturón, hasta ya casi no poder respirar. Basta enumerar las veces en que nos decimos “debemos”, “tenemos que”, “hemos de”, “si no hacemos...”, “si no....”. Antes vivíamos, tal vez bajo el imperio de la ley, ahora bajo el imperio de las opciones, que frecuentemente aparecen como irrealizables y que nos cargan con complejos de culpabilidad. Es mejor y más evangélico vivir bajo el imperio de la Gracia, de la energía carismática, de la ilusión e imaginación profética, del arte de vivir.

Supongamos que por un accidente sufrido has perdido la movilidad de las piernas. Se hace necesaria una intervención quirúrgica. Entras en el quirófano. Pierdes la conciencia. Sales de él, te despiertas. Se acerca a ti el cirujano, que te dice: ¡Estás muy bien! Tú no has hecho nada para estar bien. Has sido un paciente. Pero una paciente de esa gracia. Nadie te ha exigido que te cures a ti mismo. Todos han comprendido que otro debería curarte. Sin embargo, ahora el médico abre un nuevo capítulo y te prescribe un régimen de vida, una serie de ejercicios de recuperación y de controles regulares. Sólo así llegarás a la salud completa. Los imperativos, los mandatos, nacen de la nueva situación, de la gracia que te ha sido concedida.

Lo mismo debe ocurrir en nuestras parroquias y comunidades cristianas. Hemos de pedir el pan del carisma, el pan de la vida. Cuando esa gracia es acogida y agradecida, entonces se convierte en nosotros en un agradable mandato y nos lanza hacia un nuevo modo de ser y de actuar.

Conclusión

Nos encontramos en un mundo en el que millones de seres humanos piden pan, símbolo del alimento material, símbolo del sentido existencial. Nos encontramos en un mundo en el que se levantan millones de manos suplicando y en el que millones de cuerpos se desploman, desfallecidos.

La voz de Jesús resuena en medio de sus discípulos y discípulas: “¡Dadles vosotros de comer!”. A nosotros se nos ha concedido el pan super-sustancial, el pan de cada día y el pan del mañana. No se trata de un privilegio. Es un pan que nos identifica con él y que permite la multiplicación de los panes. Cada uno de nosotros es como Jesús, pan eucarístico, para la vida del mundo. Es necesario que este pan sea entregado y comido por todos. “¡Dadles de comer!”, significa: “¡Haceos eucaristía, pan eucarístico!”. “¡Entregad vuestra vida como pan de hoy y del mañana!”. En esto consiste, en última instancia, el proyecto de nuestra preciosa vocación: dar el cuerpo, entregarlo, y ser panes para la vida de los demás.





















Eucaristía en Europa

Alimento de nuestra Peregrinación





























Lema:

Eucaristía en Europa

Alimento de nuestra Peregrinación


Promueve y organiza:

El movimiento de Adoración perpetua ARPU con la colaboración de la diócesis de Santiago.

Comisión organizadora:

Diócesis de Santiago, presidida por el M I. Sr. Rector del Seminario de Santiago, D. Bartolomé Sánchez Canals en representación del Señor Arzobispo. Coordinadores: Diego y Severo seminaristas de Santiago.

Destinatarios e invitados:

Publico en general

Ponenecias

______

El misterio eucarístico y su celebración en el contexto de la exhortación apostólica "Ecclesia in Europa"

El Camino de Santiago, parábola de la existencia cristiana a comienzos de un nuevo siglo.

La Eucaristía, alimento de nuestra Peregrinación y nuestra Formación: como el Maná, el alimento de Elías, el Camino de Emaús, el Viático de los cristianos (la perspectiva de la espiritualidad cristiana):

La Eucaristía, garantía de esperanza, en un mundo sin horizonte (la perspectiva apocalíptica)

_______________

Las ponencias y actuaciones correrán a cargo de :



Lugar de Residencia: Seminario de Santiago de Compostela

Local:Caixa de Galicia

Septiembre, 13 noche, 14,
15 y 16 mediodía de 2004








PRESENTACIÓN DEL CONGRESO POR DON LAURENTINO GOMEZ MONTES

CONSILIARIO GENERAL-NACIONAL DE ARPU


Saludo agradecido al Apóstol Santiago

Hubo toda una tradición (tradere) de transmisores de la fe, que según pensamos por venerable tradición, aquí en España arranca de Santiago. En él comienzan los eslabones de esa cadena de transmisión que tiene como últimos eslabones que enlazaron conmigo a mis padres, al sacerdote que me dio catequesis…. Tenéis que perdonarme la alusión, pero es que no puedo obviar a quienes me facilitaron lo más importante, la fe. Menuda faena me hubieran hecho mis padres si me hubiesen traído a este mundo y no se hubiesen preocupado de mi fe; como hay tantos niños que crecen ateos –“infelices de Dios”-, hablo de ateismo en sentido privativo a- Theos. La Eucaristía lleva consigo el agradecimiento y vamos a vivir unos días de agradecimiento al Apóstol y a todos los que propiciaron nuestra fe. Decía el teólogo de Mondoñedo, D.Segundo. “Peregrinar hacia el sepulcro de un apóstol quiere decir recorrer los espacios espirituales que nos conduce hacia los orígenes de nuestra fe. Ciertamente no son los apóstoles la raíz última del evangelio, pues esta se encuentra en la misión que Cristo ha recibido del Padre, pero fueron ellos quienes se hicieron los primeros portavoces, los mensajeros originarios que establecieron universalmente la Iglesia”.

Bienvenida y Agradecimiento

Mi más cordial bienvenida a todos, pero cordial, de verdad..., no de estereotipia, no de palabra. Venís a hacer un viaje de negocios importantísimo, el negocio de los negocios, se trata de la clave de la vida para lo sucesivo, que conlleva la Eucaristía.

(Aquí, después de dar gracias a todos los que hicieron posible este Congreso, al Arzobispo de Santiago y demás... con nombres incluidos, así como a los organismos que autorizaron el uso de los locales, seminario etc recordó a los colaboradores y adoradores difuntos) enunció algunas circunstancias y realizaciones que tendrían lugar en el Congreso: información por el sacerdote responsable de la adoración en Cancelada (Málaga) con adoradores de gente de la calle, en horas del día y de la noche, asamblea sobre los nuevos estatutos, presentación-prueba de la adoración virtual, proyección de diapositivas etc, hizo la siguiente

Invitación

Hermanos os invito a hacer entonces unos ejercicios blancos, yo digo blancos por la Eucaristía. Porque tenemos que agradecerle a Dios la Eucaristía, ese don sublime por excelencia, don de dones. ¿Sabéis la fecha de vuestra primera comunión? Pues desde ese día que hemos empezado a comulgar tenemos que agradecerle todo este cúmulo de gracias que nos dio a través de nuestras eucaristías. Una misa es anticipo del cielo.

El otro día en la introducción de un libro el presentador hablaba de las misas en que había estado de monaguillo. Y él decía hace 47 años que fui monaguillo, yo pensaba: hace 57 años que fui también yo monaguillo, cuántas misas también tuvimos los monaguillos, ¡qué oportunidad nos dio el Señor!. Entonces ejercicios blancos en este momento.

Después presentó y explicó el logotipo del Congreso de Santiago

Tenemos Ahí el logotipo, a la vista, es una foto vía satélite, es un oscurecer en Europa, veis como oscurece primero por Oriente, va hacia Occidente, tiene luces en parte de Europa ya a oscuras, podemos ver aún el Sol en España. Eso es un simbolismo de ciertas cosas negras que hay hoy en Europa cara a la Iglesia, cara a la Eucaristía, Volverá a amanecer. Después de oscurecer viene el Sol y vendrá el sol y el amanecer. Sabemos que, por la Eucaristía, viene la luz. Tendrá que ser a través de la Eucaristía porque de la ausencia de la Eucaristía para mí vienen mucho las tinieblas. El mal de la gente viene de deficiencia de Eucaristía. Empiezan por perder la misa, van al agnosticismo, al ateísmo.

Invocación a la Santísima Virgen

Me encomiendo desde ahora a la patrona, Virgen de la Esperanza y aquello que decimos en la Salve, Vida dulzura y esperanza nuestra. – Acabamos de vivir en Asturias la novena de la patrona, de la Santina de Covadonga y el lema que Don Carlos, nuestro Arzobispo nos trazó fue la Esperanza. Es que hoy necesitamos una gran inyección de esperanza. Y es que el mundo si no tiene esperanza se derrumba y a pesar de que haya cosas raras... que a veces parece que algunos quieren pulverizar la fe... hay cosas muy esperanzadoras

Una iniciativa singular

Queremos en este congreso presentar algo específico, peculiar, que sería una nueva iniciativa, se trata de la adoración virtual al Santísimo Sacramento. Cada vez la gente que va a Internet, no podemos abandonar ese gran púlpito y ese gran medio, tenemos que utilizarlo. Yo tenía una idea, yo tenía la inquietud. Lo mismo que hay misa por televisión, lo mismo que una madre habla con su hija por el móvil viendo su imagen, ya sé que la presencia física es mucho mejor que a través de ese medio. Sería oportuno conectar en directo, de modo continuo, con un sagrario, en donde pueden desde todo el mundo estar adorando en todas y cada una de las veinticuatro horas del día en una especie de cadena ininterrumpida de adoración.

Ya sé que la misa de televisión es mejor estar presente. Ya sé que es mucho mejor, pero el que no podría ir porque la Iglesia estuviera cerrada o por que estuviera impedido o enfermo orará desde casa u oficina. También los fundadores de A.R.P.U. recomendaban la visita al sagrario desde casa. Me dijo un compañero mío que trabaja en la Universidad de Oviedo, pues mira yo visitaré el Sagrario cuatro veces al día cuando ahora no puedo visitarlo nunca. Hay que ser abiertos y aprovechar los medios actuales, yo se lo dije a mi Arzobispo y me autorizó pidiéndome que se lo comunicará al Secretario de la Conferencia Episcopal.

Otra iniciativa digna de encomio

Está entre nosotros un sacerdote de Cancelada en Málaga que tiene adoración perpetua, las veinticuatro horas al día y los adoradores son gente del arroyo. El nos explicará como vienen desde tantos Kilómetros para hacer la visita.

Asamblea de presentación de los nuevos estatutos de A.R.P.U para su corrección y envío a la Conferencia Episcopal para su aprobación

En este Congreso tendrá lugar una asamblea para ultimar correcciones y puntualizaciones y aprobación por parte de los miembros adoradores, si procede, de la reforma de estatutos de A.R.P.U. para su inmediato envío a la Conferencia Episcopal Española con el fin de que sean aprobados definitivamente, después de un largo periodo de elaboración y requerimientos por parte de la Sección Jurídica de la Conferencia. Nos prometieron someterlo a la aprobación de los Obispos, en el pleno del mes de Noviembre.

Conclusión

Para terminar, quiero hablaros de algunas cosas que los Obispos vivieron en la Conferencia Episcopal del Cardenal Poupard, el responsable de Cultura del Vaticano, inyectando esperanza. Decía en un discurso que tiene este final: “Nos equivocaríamos sin embargo si como decía Juan XXIII en la convocatoria del Concilio nos convirtiéramos en profetas de desgracias que quieren ver sólo males y ruinas en la situación de la sociedad actual”. Como el Papa Bueno, nosotros también opinamos de modo muy diferente y creemos ver en la hora actual de Europa, la hora de la esperanza. La Esperanza ha sido el hilo conductor de la exhortación apostólica postsinodal “Ecclessia in Europa”.

Decía mi Arzobispo Don Carlos en Covadonga hace unos días: “La Iglesia tiene que vivir el mismo dinamismo que tuvo en su comienzo cuando los apóstoles empezaron a predicar el Evangelio, Santiago en España, lo hicieron con tal fuerza y convicción que quienes les escuchaban respondían con profundo asentimiento. ¿Qué tenemos que hacer hermanos? Era la hora de los testigos como lo es el momento histórico que nos toca vivir. “

Debemos tener una vida eucaristizada, que toda nuestra vida sea un ofertorio, una consagración y una comunión, estas son las partes principales de la Misa, haciendo vida la Palabra de Dios. Que nuestra vida sea ante todo una ofrenda, decía San Pablo. “ que ofrezcamos nuestros cuerpos, como hostia viviente, grata a Dios”. Que sea toda una vida consagrada a Dios en este momento, dedicada a El, porque somos gente consagrada desde el bautismo, no sólo los religiosos sino todos los cristianos. Y que sea toda ella una comunión, que me coman como al pan consagrado...en esta hora nuestra. Es lo que necesitamos. Esto salva al mundo, y presentará un interrogante para tantos jóvenes y niños que quieren ver a Jesús.

Hoy pedimos a María que suscite en nosotros un nuevo dinamismo apostólico, ya se observan señales de esas nuevas energías en la Iglesia, las ganas cada día mayores en jóvenes y adultos de contemplar el rostro del Señor, la eliminación de los miedos, manteniendo una confianza apasionada e inquebrantable en Jesucristo que nos dice “rema mar adentro”, la comprobación real y cada día mas abundante de tantas personas en edades distintas y de maneras diversas nos dicen queremos ver a Jesús. A veces no somos sensibles para oírlo. ¡Nos lo dicen de tantas maneras...!

Las múltiples situaciones que afectan a la humanidad y que vividas en el desarraigo, la injusticia, la falta de paz y la incapacidad para la convivencia terminan por llevar a los hombres y a quienes formamos la iglesia a poner fija la mirada más que nunca en el rostro del Señor, vuelvo a repetirlo, mas que nunca en el rostro del Señor.

Gloriosa madre de Jesús que avanzas ante el pueblo de Dios en los caminos de la fe, del amor y de la unión con Cristo, te llaman bienaventurada todas las generaciones porque ha hecho en tu favor maravillas el poderoso, santo es su nombre, Amén.


Ponencias

El misterio eucarístico y su celebración en el contexto de la exhortación apostólica "Ecclesia in Europa"

El Camino de Santiago, parábola de la existencia cristiana a comienzos de un nuevo siglo.

La Eucaristía, alimento de nuestra Peregrinación y nuestra Formación: como el Maná, el alimento de Elías, el Camino de Emaús, el Viático de los cristianos (la perspectiva de la espiritualidad cristiana):

La Eucaristía, garantía de esperanza, en un mundo sin horizonte (la perspectiva apocalíptica)





Textos inspiradores Fuentes del Congreso

1 Eucaristía en Europa

Alimento de nuestra Peregrinación

"A la Iglesia en Europa le espera una tarea laboriosa y apasionante: renovar las celebraciones litúrgicas para que sean signos más elocuentes de la presencia de Cristo, el Señor; volver a los Sacramentos. especialmente la Eucaristía y la Penitencia, como fuente de libertad y de nueva esperanza” (Juan Pablo II, Iglesia en Europa, n. 69).


"La Iglesia, en su peregrinación, acude a ella, «fuente y cima de toda la vida cristiana, impulso a nuestro camino histórico, poniendo una semilla de viva esperanza en la dedicación cotidiana de cada uno a sus propias tareas. La comunión con Cristo, vivida ahora como peregrinos en la existencia terrena, anticipa el encuentro supremo del día en que «seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es» (1 Jn 3, 2). (Juan Pablo II, Iglesia en Europa, n. 75)


II.-Redemptionis Sacramentum

Instrucción sobre algunas cosas que se deben observar o evitar acerca de la Santísima Eucaristía.


135. «La visita al santísimo Sacramento». los fieles, «no dejen de hacerla durante el día, puesto que el Señor Jesucristo, presente en el mismo, como una muestra de gratitud, prueba de amor y un homenaje de la debida adoración». (231) La contemplación de Jesús, presente en el santísimo Sacramento, en cuanto es comunión espiritual, une fuertemente a los fieles con Cristo, como resplandece en el ejemplo de tantos Santos. (232) «La Iglesia en la que está reservada la santísima Eucaristía debe quedar abierta a los fieles, por lo menos algunas horas al día, a no ser que obste una razón grave, para que puedan hacer oración ante el santísimo Sacramento» (233)


136. El Ordinario promueva intensamente la adoración eucarística con asistencia del pueblo, ya sea breve, prolongada o perpetua. En los últimos

años, de hecho, en tantos «lugares la adoración del santísimo Sacramento tiene cotidianamente una importancia destacada y se convierte en fuente inagotable de santidad», aunque también hay «sitios donde se constata un abandono casi total del culto de adoración eucarística». (234)


137. La exposición de la santísima Eucaristía hágase siempre como se prescribe en los libros litúrgicos. (235) Además, no se excluya el rezo del rosario. admirable «en su sencillez y en su profundidad», (236) delante de la reserva eucarística o del santísimo Sacramento expuesto. Sin embargo especialmente cuando se hace la exposición, se evidencie el carácter de esta oración como contemplación de los misterios de la vida de Cristo Redentor y de los designios salvíficos del Padre omnipotente, sobre todo empleando lecturas sacadas de la sagrada Escritura. (237)


138. Sin embargo, el santísimo Sacramento nunca debe permanecer expuesto sin suficiente vigilancia, ni siquiera por un tiempo muy breve. Por lo tanto hágase de tal forma que, en momentos determinados siempre estén presentes algunos fieles, al menos por turno.


139. Donde el Obispo diocesano dispone de ministros sagrados u otros que puedan ser designados para esto, es un derecho de los fieles visitar frecuentemente el santísimo Sacramento de la Eucaristía para adorarlo y, al menos algunas veces en el transcurso de cada año, participar de la adoración ante la santísima Eucaristía expuesta.


140. Es muy recomendable que, en las ciudades o en los núcleos urbanos, al menos en los mayores, el Obispo diocesano designe una iglesia para la adoración perpetua (238)


141. El Obispo diocesano reconozca y. en la medida de lo posible. aliente a los fieles en su derecho a constituir hermandades o asociaciones para practicar la adoración, incluso perpetua. Cuando esta clase de asociaciones tenga carácter internacional, corresponde a la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos erigirlas o aprobar sus estatutos. (240)




SALUDO-CONFERENCIA DE DON JULIÁN BARRIO EN EL XII CONGRESO DE ARPU EN SANTIAGO DE COMPOSTELA


Arzobispo

de Santiago de Compostela

Congreso de Santiago. Septiembre de 2004


Querido Laurentino, querido Señor Viceconsiliario, miembros de la Mesa, queridos y queridas adoradores y adoradoras, Don Laurentino nos hablaba que es un momento para la esperanza, yo no podía menos de recordar aquellas palabras que pone Dante en la boca de Beatriz en la Divina Comedia en el canto del paraíso, unas palabras que dirige al apóstol Santiago por boca de Beatriz y Beatriz le dice: haz que desde aquí resuene la esperanza. Ciertamente un tema, una preocupación, una inquietud en este mundo que no le sobran incertidumbres, pero ciertamente esta cargado de grandes promesas y esto es lo que nos tiene que llevar a todos a esa esperanza.

La Iglesia que peregrina en Santiago saluda con afecto a los participantes en este Congreso de la Adoración Real Perpetua Universal. Han llegado como peregrinos a Santiago de Compostela. Y con este espíritu desean reflexionar en un clima de oración sobre la Eucaristía, teniendo como referencia las raíces apostólicas, garantía de la Traditio católica, que fundamenta nuestra fe.

El marco de este encuentro es la ciudad del Apóstol Santiago, ciudad espiritual «desde el mismo momento en que el Apóstol la eligió como sepultura», ciudad histórica y terrena donde «los hombres, un año y otro, entre dolores y alegrías, fueron realizando en piedra y en gracias espirituales, los esquemas divinos». El momento histórico es el comienzo del tercer milenio, lleno de esperanzas y sobrado de incertidumbres. El contexto es la celebraci6n del Año Santo Compostelano. Todo ello como alfombra tejida con la urdimbre de la historia de la salvación para arrodillarnos ante la presencia real y verdadera de Cristo en la Eucaristía.

Al abrir este Congreso, la Iglesia compostelana les ofrece su hospitalidad: una hospitalidad que no es simple acogida al forastero, sino que es la hospitalidad domestica del hogar. Mucho ha crecido la Iglesia en veinte siglos. El pregón del Evangelio ha resonado pronunciado en innumerables idiomas. Sin embargo no olvidamos que nuestras raíces están plantadas en la mesa íntima del cenáculo, en la cena común y familiar que nos hace sentir hermanos. Desde la fraternidad que brota del único Padre, desde la entrañable familiaridad que nos reúne alrededor de un único pan compartido, podemos decir: «Bienvenidos a casa».


La Archidiócesis de Santiago quiere ser para todos mensajera de gracia, y sale a vuestro encuentro, gozosa de vuestra presencia aquí en este Año Santo Compostelano, Año de gracia, Año de la «Gran Perdonanza» en el que «por medio de la conversión continua y la predicación asidua de la Palabra de Dios se favorece la fe y el testimonio de los cristianos; por medio de la oración y la caridad se promueve la santidad de los fieles; y por medio de la esperanza en los bienes futuros se anima la evangelización continua de la sociedad, lo cual puede ser el gran fruto espiritual y apostólico de ese Año Jubilar en consonancia con la tradición precedente».

En esta ocasión nos congrega de nuevo la Eucaristía, alimento del pueblo peregrino. En la inmediatez de un Congreso Eucarístico Internacional a celebrar en la Ciudad de Guadalajara (Méjico) y en los prolegómenos del comienzo del año dedicado a la Eucaristía, este congreso es una esplendida ocasión para meditar, reflexionar, ahondar en nuestra fe sobre Cristo-Eucaristía. Si inabarcable es el corazón del hombre, cuanto más inagotable será el misterio de Dios. No se trata de ociosos juegos de palabras, sino de comunicar una experiencia de fe que se manifiesta también en la ponderada meditación teológica, en la madura reflexión pastoral, en las adecuadas iniciativas litúrgicas, en la proyección personal y publica que tiene sobre nuestras vidas aquello que creemos y celebramos.

El Concilio Vaticano II ha contemplado la Eucaristía como fuente, centro y cumbre de la vida cristiana. Fuente porque en ella se representa y se realiza el "amor más grande" del que hemos nacido; ese amor insuperable de Aquel que da la vida por sus amigos y que brota de "la entrañable misericordia de nuestro Dios". "Cristo instituyo este sacramento como memorial perenne de su pasión, como el cumplimiento de las antiguas figuras y la mas maravillosa de sus obras, y lo dejo a los suyos como singular consuelo en las tristezas de su ausencia". Sin el amor de Dios derramado en nuestros corazones, todas nuestras obras restantes pueden ser grandiosas, pero inútiles.

La Eucaristía es también centro ya que en ella recalan los gozos y las fatigas de la jornada, y de ella brotan nuevas fuerzas para continuar nuestro camino. La imagen del centro invita a considerar este doble movimiento: la atracción y la irradiación. En este sentido, si se permite la expresión, la eucaristía es centrípeta y centrifuga. "Centrípeta", porque atrae todo hacia si: en ella el cristiano presenta su propia vida y la asocia a la ofrenda que Cristo hizo de si mismo; es como la "colecta", la recolecci6n de los frutos de sus trabajos, simbolizados por el pan y por el vino. El pan y el vino no son productos directos de la naturaleza, sino que provienen de una recolecci6n. Como nos recuerda la Didajé, el pan "estaba disperso por los montes, y reunido se hizo uno". Pero la Eucaristía es también "centrífuga", porque ese pan sobre el que se pronuncia la acción de gracias es después partido y repartido. De este modo, el creyente, después de llevar su vida al altar, sale enriquecido para llevar a su vida el don del Espíritu.

La Eucaristía es, también, cumbre de la vida cristiana, ya que prefigura, si bien sacramentalmente, el encuentro definitivo, la mesa del reino, donde lo que ahora celebramos "como en un espejo" nos será revelado cara a cara. Cada vez que celebramos la eucaristía, estamos pregustando el encuentro definitivo con el Señor de la vida. Estas cumbres parciales de nuestro itinerario no nos hacen olvidar lo mucho que queda por andar, pero alimentan nuestra esperanza al hacemos atisbar la meta final de nuestro peregrinaje.

El culto de adoración ha sido una constante práctica de la Iglesia, deber y obligación, agradeciendo la condescendencia de permanecer Cristo entre nosotros. El Papa Pablo VI en el Credo del Pueblo de Dios nos dejaba escrito: "Estamos obligados por obligación ciertamente suavísima a honrar y a adorar la Hostia Santa que nuestros ojos ven, al mismo Verbo encarnado que estos no pueden ver y que sin embargo se ha hecho presente delante de nosotros sin haber dejado los cielos". Juan Pablo II nos recuerda que este culto se expresa en diversas formas: plegarias personales ante el santísimo, horas de adoración, exposiciones breves o prolongadas. .. "La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las graves faltas y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración". "No hay nada que engrandezca tanto al hombre como ponerse de rodillas delante del Sagrario. Es la verdad que escandaliza y la verdad que salva".

La peregrinación ha sido metáfora privilegiada para hablar de la duración de nuestra vida. Escribe bellamente san Agustín, refiriéndose a Abel: "Peregrino en el siglo, y perteneciente a la ciudad de Dios, predestinado y elegido por gracia, por gracia peregrino aquí abajo; por gracia ciudadano allá arriba". La condición itinerante del hombre, de la que es un signo la peregrinación a Santiago de Compostela, nos ha llevado a hablar del "homo viator". Y, en consonancia con esta imagen, la eucaristía fue llamada viático, un término que hoy evoca la última etapa del trayecto, pero que significa originariamente la provisión que el viajero lleva consigo para el camino. Peregrinar hacia el sepulcro de un apóstol quiere decir recorrer los espacios espirituales que nos conducen hacia los orígenes de nuestra fe. Ciertamente, no son los apóstoles la raíz última del evangelio, pues esta se encuentra en la misión que Cristo ha recibido del Padre; pero fueron ellos quienes se hicieron los primeros portavoces, los mensajeros originarios que establecieron universalmente la Iglesia. Por otra parte, si peregrinamos hacia nuestro pasado mas intimo, no lo hacemos con la nostalgia de lo que fue, sino con la esperanza puesta en las promesas. No es un caminar hacia atrás, sino hacia delante.

En esta mañana nuestra preocupación es decir como los discípulos de Emaús a Cristo: "Quedaos con nosotro