XIII Encuentro
Congreso Eucarístico Nacional
PRÓLOGO |
El libro que presentamos es fruto de una petición generalizada por los participantes en el Congreso Eucarístico del año 2005. ¡Qué aportación tan espléndida el poder presentar la Eucaristía como un Don, el mejor de los regalos, Cristo mismo. Es un Don del Dios-Amor, el ABBÁ; es un Don salido del corazón de Cristo; es un Don del que es, entre todos los dones, “Don espléndido”. En septiembre de 1992, el Movimiento Eucarístico de adoración Perpetua ( A.R.P.U.) presentó, por mediación del autorizado especialista en Sagrada Escritura, D. Domingo Muñoz León, el tema: La Eucaristía, don de Dios Amor , como aportación previa al XLV Congreso Eucarístico Internacional que se celebró en Sevilla del 7 al 13 de junio de 1993. Ahora, en septiembre de 2005, en la recta final del Año de la Eucaristía, próximo ya el Sínodo sobre la Eucaristía, queremos presentar nuestra modesta aportación, que pretende ser continuidad del anterior y que, sin dilación, enviamos a la Secretaría del Sínodo sobre la Eucaristía.
La Eucaristía, un don para comprender y acoger La Eucaristía, un don para celebrar La Eucaristía, un don recibido de María, La Eucaristía, un don para la misión La Eucaristía, un don para adorar Presentamos, a modo de epílogo, algunas ponencias del anterior Congreso Eucarístico de A.R.P.U, celebrado en Santiago de Compostela en Septiembre de 2004 como antesala del año de la Eucaristía que fue abierto en Octubre del mismo año por el Papa Juan Pablo II. También ofrecemos, a modo de manifiesto, final unas propuestas de compromiso y alguna de las diapositivas proyectadas durante el transcurso del Congreso. Esperamos que esta aportación sea del agrado de quienes la han solicitado, y de cuantos quieran acceder a estas tan extraordinarias vivencias. Los frutos del Congreso vayan dedicados humilde y devotísimamente a la Santísima Virgen, Reina, Señora y Madre del Santísimo Sacramento, bajo la advocación de Nuestra Señora de Covadonga.
Excmo. y Rvdmo. D. Carlos Osoro Sierra, Arzobispo de Oviedo. Excmo. Y Rvdmo. D. Raúl Berzosa, Obispo Auxiliar de Oviedo. Excmo y Rvdmo. D. Julián Barrio Barrio, Arzobispo de Santiago de Compostela Rvdo. José Antonio Sánchez Cabezas, profesor de teología del Seminario Metropolitano de Oviedo. Rvdo. P. José Cristo Rey García-Paredes, teólogo. Excmo. y Rvdmo. D. Gabino Díaz Merchán, Arzobispo emérito de Oviedo .
Cuando D. Laurentino me pidió realizar una presentación de lo que son las Actas del Congreso de ARPU, lo acogí muy a gusto y con mucho cariño. Dejando lo que otros autores expusieron en su momento, y que queda reflejado en las presentes Actas, quisiera escribir estas letras desde las dos realidades que hemos estado celebrando en este año de 2005: la Eucaristía y la conmemoración del Dogma de la Inmaculada . Tartaré de unir María y la Eucaristía. Y más que hablar de Ella, quiero hablarle a Ella. Porque María está aquí, presente, entre nosotros. Es el misterio de la Comunión de los Santos. Permíteme, pues, Madre eche mano de lo que el Papa Juan Pablo II nos expresó en ese bello y actual documento: La Iglesia que vive de la Eucaristía . En él se afirma que la Iglesia ha recibido la Eucaristía como el don por excelencia, porque en ella tu Hijo se hace presente, realmente presente. Recuerdo, Madre, que ya en el año 2000, el Papa subrayaba que tu hijo no nos dejó en herencia templos construidos, ni siquiera libros escritos, ni tesoros materiales a custodiar, sino que su herencia y testamento fue algo mucho más maravilloso: se quedó con nosotros para siempre; no en el recuerdo, sino con su presencia real, hasta el final de los tiempos, precisamente en el sacramento de la Eucaristía. Pues bien, el Papa, como si se tratara de un nuevo misterio del Rosario, nos ha dejado cinco fotografías tuyas en relación a la Eucaristía. Con una sugerente afirmación como punto de partida: toda tu existencia, María, se puede calificar como Eucarística; tú fuiste como una eucaristía viviente ( Mane nobiscum Domine, 31) . Vamos a desarrollarlo. En un primer momento el Papa afirma que tu vida estuvo enraizada en la Eucaristía (Ecclesia de Eucharistía, 53) . Se atreve a subrayar el Papa que, aunque nada se dice de tu presencia expresamente el día de Jueves Santo, ni de tu participación directa en esa primera cena pascual, es lógico pensar que tú estabas allí con los discípulos y que, supiste, en toda tu existencia, como perfecta discípula, unir las dos dimensiones más importantes de la eucaristía: la escucha y puesta en práctica de la Palabra de Dios y el entrar en comunión perfecta con tu Hijo. Por eso, Madre, el Papa, en un segundo momento o segundo misterio, te llama, a la luz de la Eucaristía, la mujer de la escucha y del “sí” (Ecclesia de Eucharistía, 55) . De nuevo se atreve a afirmar el Papa, que tú, María has viviste la Eucaristía incluso antes de que fuera instituida, por el hecho mismo de haber llevado en tu seno al Hijo encarnado, centro y sentido de la Eucaristía. Y, lo más importante, el “fiat”, el sí que diste al ángel Gabriel para poder recibir el cuerpo de tu Hijo recuerda y es signo del sí, en forma de Amén, que cada día decimos a Cristo antes de recibirle en comunión. El tercer misterio o tercer momento de tu relación con la Eucaristía, María, el Papa lo relaciona con el hecho maravilloso de haber sido para tu Hijo el primer “tabernáculo, el primer sagrario andante” (Ecclesia de Eucharistía, 55) . En tu seno, el Hijo de Dios, todavía invisible a los ojos de los hombres, se hizo presente. No se ha dado mayor cercanía de la presencia de Dios en la historia y mayor unión entre la humanidad y la divinidad. ¡Qué bien lo entendió tu prima Isabel cuando, en gesto de adoración sincera, exclamó: ¿Cómo es posible que me visite la madre de mi Señor? Y, Juan mismo en el seno de Isabel, saltó de alegría confirmando este misterio. Pero, según el Papa, hay algo más: cuando tu hijo nace en Belén, en ese abrazo materno que le otorgaste, ¿no se refleja la forma en que tenemos que acoger la comunión eucarística? Y, ampliando el pensamiento del Papa, me atrevo a pedirte: Como tú, María, haz que todo nuestro ser sea tabernáculo de la presencia de tu hijo al que comulgamos, y, que a la vez, sepamos abrazar a nuestros hermanos, sobre todo a los más necesitados, como tú abrazaste el cuerpo frágil y tierno de tu Hijo. El cuarto misterio o cuarto momento en esta relación tuya con la Eucaristía, nos lleva a contemplarte al pie de la cruz (Ecclesia de Eucharistía, 57) . Sin repetir lo que habla el evangelio de San Juan, añadimos que la Eucaristía es también presencia y memorial de la pasión, muerte y resurrección de tu hijo. Los jóvenes me repiten que es difícil vivir la Eucaristía, que a veces no les dice nada. Yo les respondo que es lógico: que para vivir en profundidad la eucaristía hay que estar entrenado en el misterio, conocer a Jesús de verdad, y haber madurado en la fe. Y, como si el Papa, hubiera escuchado esta conversación, y haciendo las cosas sencillas, insiste en que tú, María, al pie de la cruz, te has convertido también en la maestra que sabe desentrañarnos los misterios de tu Hijo. ¡Madre, haznos discípulos de tus enseñanzas; haznos, como tú, aprendices del único maestro que merece la pena: de Jesucristo! Y, finalmente, el Papa, en un quinto misterio o quinto momento nos invita a llegar a ser, como tú, Eucaristías vivientes (Ecclesia de Eucharistía, 58) , sacramentos existenciales de la presencia de tu Hijo, hasta poder exclamar como san Pablo: “Ya no soy yo quien vive; es Cristo quien vive en mí”. Esto lo hiciste realidad tú, María. No me canso de repetir a mis hermanos y hermanas que ser cristiano no es sólo seguir a Cristo, sino configurarnos con El, ser otros Cristo hoy y aquí. El Papa recuerda que Eucaristía significa acción de gracias y que tú, maría, con el canto del Magníficat, fuiste modelo, una vez más, de lo que significa agradecer los dones recibidos. Concluye el Papa Juan Pablo que la Eucaristía se nos dado para que nuestra vida, como la tuya, María, sea toda ella un cántico del Magnificat. Me recuerda unas palabras del Papa Pablo VI: todo cristiano está llamado a ser María, viviendo tres “m” en su vida: cada día reconocer su miseria, para pedir a Dios misericordia y poder entonar así el Magnificat. Miseria-misericordia-Magnificat, tres palabras que tú, madre, supiste unir como nadie. Concédenos hacerlas nuestras. Finalizo con una breve oración: Oh Dios, que en el admirable sacramento de la Eucaristía nos has dejado el memorial de tu Pascua, haz que adoremos con fe viva este misterio de la presencia de tu cuerpo y de tu sangre, para que nuestras existencias se transformen en eucarísticas y aumente nuestro amor y nuestra esperanza. Tú que vives y reinas con el Padre y el Espíritu por los siglos de los siglos. Gracias, D. Laurentino, por esta maravillosa iniciativa. ¡Que el Señor de la Eucaristía haga fecunda esta obra tan necesaria para la Iglesia de hoy: ARPU! + Raúl Berzosa, Obispo Auxiliar de Oviedo
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LA EUCARISTÍA, UN DON PARA COMPRENDER Y ACOGER |
Excmo. y Rvdo. Sr. D. Carlos Osoro Sierra, Arzobispo de Oviedo . Congreso de ARPU Oviedo, 13 de septiembre de 2005
I. Introducción: I. I. Cuestiones de fondo para entender que la Eucaristía es un don para comprender y acoger: La Eucaristía hace presente el sacrificio pascual de Jesucristo y abre a la humanidad el acceso a la vida eterna: Debemos plantearnos una serie de cuestiones de fondo para entender que la Eucaristía es un don para comprender y acoger. Dos textos entresacados de la Sagrada Escritura Mt 26, 26-29 y 1Cor 11, 23-26 nos revelan cómo en la Eucaristía se presencializa de forma perenne el sacrificio pascual de Jesucristo, sacrificio que abre a todos los hombres el camino hacia la vida sin fin, a la vida eterna. Como nos narra ese capítulo 11 de la primera carta de S. Pablo a los fieles de Corinto, diferentes problemas – desórdenes, malhumores...- empezaron a abrirse frente en las primitivas comunidades cristianas. Para aclarar todas estas disensiones, San Pablo se remite a una tradición antigua, el primer testimonio sobre la celebración de la Eucaristía. En su exposición podemos atisbar tres dimensiones fundamentales y diáfanamente distinguidas:
La nueva Alianza del Señor, se establece ahora reforzando la relación hombre-Dios como afiliación y amistad. Toda la historia humana se concentra en la Eucaristía. Pero como habíamos expuesto anteriormente, la Eucaristía también proclama el futuro del hombre y, por extensión, de la humanidad. En su raíz más profunda, prefigura ya en la tierra el día en que todos nos sentaremos en la mesa fraternal del cielo y en el que viviremos con Dios desde una familiaridad inmediata. En el aquí y en el ahora, en la celebración de la Eucaristía, ya estamos viviendo esta familiaridad. La Eucaristía es, por tanto, obediencia, fidelidad, comunión del hombre con Dios, prenda y signo de la vida futura... I. II. Significado de la Eucaristía: Hay dos expresiones comunes a los dos relatos a los que nos hemos referido anteriormente: “La Sangre de la Alianza”. Se presenta de forma análoga a la alianza que Dios hizo con el pueblo de Israel, la alianza que el mismo Dios Padre hizo en Jesucristo a favor de toda la humanidad. Dios quiso por la Sangre de Cristo crear un nuevo pueblo, no circunscrito a ninguna nación o territorio, a ninguna raza, sino a toda la humanidad. En su incansable Amor desde la creación, Dios ha querido tratar al hombre como un amigo, y le ha prometido una salvación integral, envolverlo radicalmente en su Amor. La encarnación de su Hijo es el momento dentro de la historia de la salvación en que Dios demuestra su Amor más profundo, su alianza más estrecha, Es el movimiento del amor misericordioso de Dios hasta que Cristo venga y recapitule todas las cosas en Él. Considerando estas cosas, el hombre ya no vive igual en esta tierra, entra en el ámbito de una vida singular. En 1Cor, aparece la expresión: “... la noche que iba a ser entregado...”. Esta expresión nos concierne a todos nosotros. El Señor entrega su Cuerpo y su Sangre a aquellos que van a traicionarle, a aquellos que van a negarle. Nuestras traiciones, nuestras huidas e infidelidades dejan traslucir tras ellas la magnitud del Amor de Dios, su profundidad para con todos nosotros. La desmedida del amor de Dios es lo que se nos entrega en la Eucaristía. Es en su misericordia donde somos, y en donde la miseria se convierte en el recipiente y medida donde Dios derrama su misericordia. Este amor no es un don para unos elegidos perfectos. Se ofrece a unos hombres imperfectos, pecadores, para que envueltos por el amor de Dios vivan de otra manera desde este mismo amor. “... Mi Sangre derramada por vosotros...”. Esta Sangre es derramada por todos los hombres de todos los tiempos, por el perdón de los pescadores. Nuestro Dios es un Dios que se ha revelado lleno de ternura y de compasión por la criatura. I. III La Eucaristía fundamento para la vida de los cristianos:
El Sí total e incondicional de Jesús al Padre y a los hombres significa también, cuando celebramos la Eucaristía o permanecemos en una auténtica adoración, el sí al Padre y el sí a todos los hermanos sin exclusión, incluso a los propios enemigos. “...Haced esto en memoria mía...”: No son palabras mágicas. Dios quiere que junto a Él nos ofrezcamos y ofrezcamos nuestras vidas en ofrenda al Padre. II. La eucaristía en la vida de los cristianos :
María es la mujer del sí a Dios y a los hombres, del fiat en la fe, en la esperanza y en la caridad. Es paradigma de la nueva estirpe elegida por Dios, del nuevo pueblo fundado por el Señor, que se dejó envolver por el mismo amor del Padre. En la Eucaristía se invoca la intercesión materna y gloriosa de la Virgen María que aparece en la historia de la salvación como la mujer que, con su respuesta afirmativa a la voluntad de Dios, introdujo la salvación en esta historia. II. III Gestos de amor y ternura provocadores en el ser humano por la Eucaristía:
El amor de Dios, su solicitud por los abandonados, por compartir la condición humana, por comprender el mal del hombre y perdonarle, su entrega y donación en la Cruz, es lo que vivimos en la Eucaristía. La Eucaristía brota del amor del Padre de quien Jesucristo se siente Hijo, por el cual vino al mundo y al cual intenta obedecer y glorificar atendiendo a su voluntad. Es el poseedor el Espíritu que le hace saltar de gozo.
Jesús, con frecuencia, se retira a orar, casi siempre antes y después de alguna acción salvadora, y de forma solitaria. La ternura y el amor que demuestra Cristo al hombre es fruto de su relación con Dios Padre. Jesús ora sin palabras inútiles, sin ostentaciones, con confianza, con afecto, no se deja vencer por el desánimo, ora en Espíritu y en verdad. Jesús no se pone ante su Padre como un mendigo. Posee una mirada filial franca, sin recelos y entra en relación con el Padre con una natural e íntima comunión personal: Tú y Yo. En la pasión su oración se caracteriza por un tono filial y de confianza ante Dios que no deja solo a su Hijo querido y predilecto. GOZO INCESANTE El Señor tiene un estilo de vida festivo. Combate a ultranza el rigorismo, detesta en todo momento el masoquismo de otras sectas religiosas de la época. Propone una forma de relacionarse con Dios muy clara: de forma confiada, orientada hacia él, cuyo atributo principal es el de ser un Dios solidario con el hombre, hasta tal punto de encarnarse en el tiempo y en la historia.
asumiéndola hasta divinizarla de tal modo que, la aspiración más sublime del hombre es llegar a vivir la vida en Dios y con Dios. DIMENSIONES DEL AMOR DE DIOS: EL SER-CON Y SER-PARA. La ternura y el amor de Dios pertenece al ser y no al tener, y exige una máxima transparencia: asumir y estar al lado de los hombres. Este amor de Dios se rinde ante el hombre y, éste, pecador. Toda la actuación salvífica de Dios va encaminada a restituir en el hombre esa Gracia primera que de él había recibida. Podemos contemplar 5 actitudes de Cristo para con el hombre:
El amor de Dios y su intención de salvar al hombre, va encaminado siempre a salvar la integridad de la persona, en sus dimensiones, psíquica, física y moral. Restituye la vida del enfermo y del pecador liberándolo del origen de todo mal. El Señor no va a los síntomas sino a las causas. Va al fondo de las cuestiones. El sí a Dios y el sí a los hombres de Jesucristo pasa necesariamente por el perdón de los enemigos y malhechores. Todo, por su acción salvadora, comienza de nuevo. Deja entrever en el horizonte de la vida del hombre un futuro nuevo, una vida nueva. Dios en su Hijo no sólo está siendo con los hombres, sino también para los hombres. En el tiempo histórico en que Jesús irrumpe, la mujer era objeto de desprecio y apenas contaba en una sociedad idiosincrásicamente patriarcal. Jesús acoge a la mujer y la realza de una manera singular. Son los primeros testigos de la resurrección del Señor y los primeras enviadas a anunciar la Buena Nueva del Señor. También el Señor mostró una inmensa ternura por los niños, hasta tal punto de proponerlos como modelo de forma de vida para entrar en el Reino de Dios. Para Jesús, los más pequeños son los más importantes en el Reino de los Cielos. Por último, cabe señalar el mandato de Jesús: “Amad a los que os odian”. Jesús siempre mostró su perdón y su misericordia a pecadores y malhechores. Esta es la gran locura del amor de Dios que no hace distinciones y cuya misericordia se derrama sin medida en el recipiente de las miserias de los hombres pecadores.
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A.M.G.D.

