PARROQUIA SANTA MARÍA LA REAL DE LA CORTE

 

XIII Encuentro

Congreso Eucarístico Nacional

PONENCIAS DEL CONGRESO 2005

EUCARISTÍA, DON RECIBIDO DE MARÍA

“MUÉSTRANOS Y DANOS A JESÚS”

 

María de la Palabra, del Cuerpo y de la Sangre Eucarísticos

Congreso de ARPU

Oviedo, 14 de septiembre de 2005

José Cristo Rey García Paredes, cmf


El título de mi ponencia es “La Eucaristía, don recibido de María”. Yo he querido añadirle la invocación, tomada de la Salve Regina, y tantas veces por nosotros repetida: “Muéstranos – y danos - a Jesús, fruto bendito de tu vientre, oh clementísima, oh piadosa, oh dulce virgen María”.

I. Las dos manos del Abbá que nos entregan a Jesús: El Espíritu y María

Vamos a contemplar el misterio de la entrega del Hijo de Dios, desde esta perspectiva. Afirmamos ya desde el principio, que quien entrega el Cuerpo, quien derrama la sangre, quien pronuncia su Palabra o Logos eterno en nuestra historia es el Abbá. A Él la gloria y el poder por siempre. Tanto amó el Abbá al mundo que le “entregó” a su Hijo; tanto amó el Abbá al mundo que derramó sobre nosotros la sangre del Hijo para remisión de los pecados.

Pero el Abbá, en su inmensa y admirable discreción y humildad, pone en el gesto de su entrega dos mediaciones: una trascendente, divina y otra inmanente, humana. Lo confesamos con esta fórmula: “De Spiritu Sancto ex Maria virgine”. Son el Espíritu Santo y María. Si la entrega y donación del Hijo Palabra e Hijo encarnado acontece por obra del Espíritu Santo y de María virgen, ¿por qué no decir que también en el misterio de la entrega eucarística, la Palabra comunicada abundantemente en la Mesa, el Pan-Cuerpo entregado y el Vino-Sangre derramada acontecen gracias a la acción del Espíritu y a María?

Le pedimos a María que nos muestre hoy, en nuestro tiempo a Jesús Eucaristía. Queremos que Ella sea el ostensorio, la Custodia en los cuales podamos contemplar a Jesús Eucaristía y adorarlo. Y ella, que fue entregada al discípulo amado –es decir, a aquel que a todos nosotros representaba en el acontecimiento de la Inmolación suprema de Jesús- como madre, nos entrega a nosotros el “Fruto bendito de su vientre, pero ya en el acontecimiento del sacrificio y el Espíritu”. Así se convierte en nuestra “madre espiritual”. Y es que en la auténtica maternidad espiritual siempre se produce un maravilloso contagio de vida.

La Eucaristía es el Sacramento de la Palabra, del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Para la Iglesia este gran don, recibido de Jesús -en la Cena del Adiós, en su ministerio prepascual y en su presencia pospascual-, es el centro de su espiritualidad, de su liturgia. Cada día celebramos el Sacramento del Cuerpo y la Sangre del Señor. Cada día permanece en nuestros sagrarios, para ser adorado, contemplado, para entrar en comunión espiritual con nosotros.

María es la madre de Jesús. Ella fue madre virgen; auténticamente madre por obra del Espíritu, mas no por obra de otro ser humano. A través de María Dios Padre puso, expuso a su Hijo en nuestra historia, lo hizo ser humano, lo encarnó, le dio un cuerpo y una sangre. María gestó en su seno el cuerpo de Jesús. María lo dio a luz. Lo alimentó. Lo cuidó. Lo educó. María estuvo también presente en el momento culminante del Calvario. Allá fue testigo de su muerte y lo acogió muerto en sus brazos: mater dolorossa o La Pietà Y lo acogió en la fe, ya resucitado y ascendido al cielo, viviendo en Él, con Él y para Él .

En esta conferencia que tiene como subtítulo “María de la Palabra, del Cuerpo y Sangre eucarísticos” deseo presentar cómo en ella y desde ella Jesús se mostró a nosotros y se nos entregó. Y yo me atrevería a modificar un poco la invocación a María que precede a la que nos sirve de título: “Muéstranos y danos a Jesús, fruto bendito de tu vientre”. En lugar de “Y después de este destierro...”, creo que María ya nos está mostrando y dando a Jesús, anticipándose al “después de este destierro”. ¿No es verdad? Ella es el mejor ostensorio y custodia que puede mostrarnos y darnos la Palabra, el Cuerpo y la Sangre. El Espíritu Santo y Ella son las manos del Abbá que nos entrega la Palabra, el Cuerpo y la Sangre.

II . “Muéstranos y Danos a Jesús, Palabra de Dios”

Durante mucho tiempo la cele­bración eucarística se ha centrado en la liturgia del pan y del vino consa­grados. La liturgia de la Palabra resultaba inaccesible al Pueblo de Dios. La utilización de la lengua latina impedía que el pueblo pudiera comprender las lecturas. Muchos pensa­ban que la Palabra no era un elemento esencial de la celebración eucarística, sino un adorno del que se podía prescindir. De hecho, los moralistas afirma­ban que llegando a la celebración euca­rística en el momento del ofertorio se cumplía con el precepto de ir a misa los domingos. Gracias a Dios, las cosas no son así después del Concilio Vaticano II. El afirmó y reafirmó que media una estrechísima relación entre la Palabra y la Eucaristía de los dones.

1. El Misterio de la Palabra

a) La Palabra de Dios en el misterio de la Iglesia 01

Dios Padre ha querido revelarse a sí mismo y dar a conocer su mis­te­rio. Nos ha hablado como amigo, movido por su gran amor. Se ha acerca­do a nosotros. Mora con nosotros para invitarnos a la comunicación consigo y reci­birnos en su compañía. Dios Padre se nos ha revelado con gestos y palabras. Nos habló muchas veces y de muchas maneras por medio de los pro­fetas. Sobre todo, se nos ha revelado a través de Jesús, mediador y plenitud de toda revela­ción, que habla palabras de Dios (Jn 3,34). La Iglesia es el lugar de la revelación de Dios. En la Asamblea de los creyentes Dios habla como amigo, expresa su amor, se acerca a nosotros. Se dirige a la Esposa de su Hijo por medio de El y de su Voz que es el Espíri­tu:

«Dios que habló en otro tiempo, habla sin intermisión con la Esposa de su amado Hijo. El Espíritu Santo, por quien la voz del Evangelio resuena viva en la Iglesia y por ella en el mundo, va induciendo a los creyentes en la verdad entra y hace que la Palabra de Cristo habite en ellos abun­dante­men­te» (DV,8).

La Iglesia, según la fe apostólica, tiene por santos y canónicos los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento con todas sus partes. Ella cree que estos libros han sido escritos bajo la inspiración del Espí­ritu Santo y tie­nen a Dios como autor. Como tales le han sido entrega­dos. Dios actuó en y por los hombres a los que eligió como escrito­res. Escri­bieron “todo y sólo lo que El quería”. Por eso, todo lo que los autores inspi­rados afirman, debe tenerse como afirmado por el Espíritu Santo. Los libros de la Sagrada Escri­tura ense­ñan la verdad que Dios quiso consignar para nues­tra salvación. Esta verdad se propone y expre­sa de mane­ras diversas: en textos de géne­ro histórico, profético, poético o en otras formas de hablar. La Sagra­da Escritura debe ser leída e in­terpretada con el mismo Espíritu con que fue escrita para obtener el sentido exacto de los textos sagrados. Hay que aten­der a la unidad de toda la Sagrada Escri­tura, que forma como un admi­rable conjunto sinfónico, policromáti­co. Sólo la totalidad ofrece el sentido completo. Sólo descubriendo los efectos que esa totalidad produce en los creyen­tes se puede entender el sentido de la Palabra.

b) Eucaristía y Palabra de Dios 02

Los santos Padres estaban convencidos de que abrir la Biblia era encontrar­se con Cristo. Las Escrituras son la carne y la sangre de Cristo:

“Yo creo -decía Jerónimo- que el Evangelio es el cuerpo de Cristo... Y aunque las palabras "quien no comiere mi carne y bebiere mi sangre" pueden entenderse también del misterio [de la eucaristía], con todo, las Escritu­ras, la doctrina divina, son verdaderamente el cuerpo y la sangre de Cristo” 1 .

Y Gregorio Magno decía al pueblo:

“Vosotros que tenéis la costumbre de asistir a los divinos misterios, sabéis bien que es necesario conservar con sumo cuidado y respeto el cuerpo de nuestro Señor que recibís, para no perder de él ninguna partícula, a fin de que nada de lo que ha sido consagrado caiga en tierra. )Pensáis vosotros acaso que sea un delito menor tratar con negligencia la palabra de Dios que es su cuerpo?” 2 .

Hay que reconocer que

«para los Padres la Biblia es Cristo, pues cada una de sus palabras nos conduce hacia el que las ha pronunciado y nos pone en su presencia... Se consume "eucarísticamen­te" la "palabra misteriosamente partida" con miras a la comunión con Cristo... Al leer la Biblia los Padres no leían los textos, sino a Cristo vivo, y Cristo les hablaba; consumían la palabra como el pan y vino eucarísticos, y la palabra se ofrecía con la profundi­dad de Cristo».

A partir del Vaticano II la Iglesia ha vuelto a colocar la Palabra de Dios dentro de su vida y experiencia. La Palabra ha recobrado también su puesto central dentro de la celebración eucarística. El Concilio ha pensado que es necesario restituir a la Palabra su impor­tancia suma; en la celebración litúrgica las lecturas y salmos proceden de la Escrituras; las preces, oraciones e himnos están penetrados de su espíritu; de ella reciben su signi­ficado las acciones y los signos.

La eucaristía no es únicamente la “mesa del pan y del vino consagrados”. Es la “mesa de la Palabra”. Así lo reconoce el Concilio Vaticano II. Es ésta una mesa en la que también hay que comulgar. Para ello pide que esta mesa se prepare con más abundancia, y quede surtida con los tesoros de la Biblia, de modo que en un período determinados de años el pueblo pueda escuchar y meditar las partes más significativas de la Sagrada Escritu­ra. La eucaristía es misterio de escucha de la Pala­bra.

La iglesia ha celebrado, desde sus orígenes, el misterio pascual: leyendo cuanto se refiere a Jesús en toda la Escritura, celebrando la eucaristía y dando gracias a Dios al mismo tiempo por el don de Cristo Jesús. El Concilio no quiere que se desequilibre el conjunto eucarístico, poniendo todo el énfasis en la segunda parte de la celebración:

«Las dos partes de que consta la misa, a saber, la liturgia de la pala­bra y la eucaristía, están tan íntimamente unidas que constitu­yen un solo acto de culto. Por eso el Sagrado Sínodo exhorta vehe­mente­mente a los pastores de almas para que, en la catequesis, instruyan cuidadosa­mente a los fieles acerca de la participación en toda la misa» 3 .

Subraya así la unidad entre la eucaristía de la Palabra y la eucaris­tía del Pan y Vino.

«Para realizar una obra tan grande, Cristo está siempre presente a su iglesia, sobre todo en la acción litúrgica... Está presente en su palabra, pues cuando se lee en la iglesia la Sagrada Escritura, es El quien habla» (SC,7).

La Palabra de Dios es, pues, un admirable y misterioso lugar de pre­sen­cia de Dios. Por eso, la Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escri­tu­ras al igual que el mismo Cuerpo del Señor. La Iglesia no ha dejado de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, sobre todo en la liturgia. En la Iglesia hay una doble mesa: la mesa de la Palabra, la mesa del Pan. La Euca­ristía es el lugar en el que la Palabra y el Pan se entre­gan y distribuyen. Es el lugar de la doble comunión: comunión con Cristo a través de la Palabra y del Pan y Vino eucarístico. La sagrada liturgia está “llena del len­guaje de Dios”.

Las Sagradas Escrituras comunican la pala­bra del mismo Dios y hacen resonar la voz del Espíritu Santo en las palabras de los profetas y apósto­les. En la Sagrada Escritura el Padre, que está en los cie­los se dirige con amor a sus hijos y habla con ellos. Es tanta la eficacia que radica en la pala­bra de Dios, que es apoyo y vigor de la Iglesia y forta­leza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida espiri­tual. La Palabra de Dios es viva y eficaz, puede edificar y dar la herencia a todos los que han sido santifi­ca­dos.

c) La Palabra de Dios en la celebración eucarística 03

Las modalidades de la lectura de la Palabra de Dios en la Eucaristía son dos: la “lectio continua” y la “lectio selectiva”. La primera fue común en la Iglesia primitiva; pero a partir del siglo IV determinados libros eran selec­cionados para un tiempo litúrgico concreto; en la iglesia de Milán, por ejem­plo, se reservaban para cuaresma Juan y Jonás. En la iglesia de África se leía el libro de los Hechos durante el tiempo pas­cual. Los días festivos, en todo caso, se interrumpía la lectio continua, para esco­ger los pasajes más apropiados al misterio.

«¡Evangelio! Libro extraño. Nunca se ha leído entero. Gusta leerlo, parece que siempre queda por terminar, que se ha omitido algo, que algo queda incomprendido. Se le vuelve a leer, y se siente la misma impre­sión. Y así una y otra vez. Igual que el cielo por la noche. A medida que se le contem­pla, se descubren nuevas estrellas» (Dimitri Marejkovsky)

En el ciclo de tres años de las misas dominicales se leen perícopas de casi todos los libros del Antiguo y Nuevo Testamento. No obstante, todos ellos, excepto el profeta Abdías, figuran en el leccionario ferial. La práctica totalidad de los libros bíblicos son proclamados en la liturgia.

En el responsorio a las lecturas, la iglesia hace suya la misma Pala­bra de Dios y con ella misma le responde. La antífona permite esta­ble­cer un mara­villoso diálogo entre Dios y su pueblo. Entre el Esposo y la Esposa.

2. María, la mujer que acogió, meditó y creyó en la Palabra

Hay, pues, una conexión profunda entre el fiat pronunciado por María a las palabras del Ángel y el amén que cada fiel pronuncia cuando recibe el cuerpo del Señor.

A María se le pidió creer que quien concibió «por obra del Espíritu Santo» era el «Hijo de Dios» (cf. Lc 1, 30.35). En continuidad con la fe de la Virgen, en el Misterio eucarístico se nos pide creer que el mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, se hace presente con todo su ser humano-divino en las especies del pan y del vino.

« Feliz la que ha creído » ( Lc 1, 45): María ha anticipado también en el misterio de la Encarnación la fe eucarística de la Iglesia. Cuando, en la Visitación, lleva en su seno el Verbo hecho carne, se convierte de algún modo en «tabernáculo» –el primer «tabernáculo» de la historia– donde el Hijo de Dios, todavía invisible a los ojos de los hombres, se ofrece a la adoración de Isabel. Jesús, oculto bajo la especie sacramental que es María irradia su luz a través de los ojos y la voz de María,m a través de su cuerpo de mujer habitado. Isabel responde con el primer himno eucarístico-mariano.

María acogió a Jesús. Lo acogió en todas sus dimensiones. Lo acogió, ante todo, como el gran regalo de Dios, el Abbá. Recibió la semilla del Espíritu en su cuerpo. El Hijo de Dios encontró en ella el amor más grande que los seres humanos podíamos ofrecer a Dios.

Jesús era para su madre, una expresión permanente de Dios, su forma mejor de expresión, su Palabra, su Verbo. Toda la relación materna que mantuvo María con él, su hijo, era relación con la Palabra. Ella meditaba todo lo que acontecía, se preguntaba por su significado. Trataba de entender todo lo que allá acontecía.

Cuando Jesús, como ser humano comenzó a expresarse, y cuando su expresión llegó al culmen, en la revelación que implicaba la profecía de Jesús, María acogió de manera excelente, hasta convertirse en la mejor discípula, la primera creyente.

En María se produjo una intensa comunión con la Palabra. No era ella una mujer que se caracterizaba por hablar a Jesús, sino por escucharlo. Y así lo recomendaba a los demás: ¡Haced lo que Él os diga!

Pero bastaba verla a ella, escuchar su voz, sentir su presencia, para sentirse cerca de la Palabra. El “hágase en mi según tu Palabra” la convertía en un permanente Fiat, en una referencia constante a Ella. El Magnificat expresa muy bien cómo sería María, totalmente empapada en la Palabra de Dios.

Es interesante adoptar esta actitud de María a la hora de comprender en qué consiste la auténtica adoración del Cuerpo y Sangre del Señor. El requisito previo es no hacer del encuentro un continuado hablar y subseguirse de rezos. Es, ante todo, escuchar al Verbo, a la Palabra de Dios. Contemplarlo. Oir su Palabra. Meditarla. Comerla en el espíritu, como María. Y... después, ¡exponerla! con las propias palabras y con la vida.

II. ¡Muéstranos el Cuerpo de Jesús! María de Nazaret, de Belén y del Cenáculo

Dios Padre quiso disponer de María, de su cuerpo, para hacer de ella la madre de su Hijo. Dios predispuso que su Hijo naciera de mujer (Gal 4,5) y para ello eligió a María. Dios quiso que su Hijo perteneciera a una raza, a un pueblo, a una cultura. Quiso que perteneciera al pueblo de la Alianza. Para ello eligió a María. María es la única portadora de la maternidad mesiánica. Ella es el único punto de enlace físico entre el Mesías y el Pueblo de Dios; y lo fue sin José su esposo.

1. El misterio del Cuerpo

a) María y el Cuerpo de Jesús

Del realismo de la maternidad de María no cabe dudar. Jesús nació de mujer. María lo concibió, lo gestó, lo dio a luz, le puso el nombre. Fue realmente engendrado por ella y posteriormente educado y atendido por ella.

La maternidad conlleva el establecimiento de relaciones personales y vitales muy significativas entre la madre y el hijo. Abarca desde la identidad entre sus dos cuerpos hasta su separación y la hominización social y espiritual del hijo. Como dice un texto abisinio:

“La mujer concibe. Como madre, es distinta de la mujer que aún no es madre. Durante nueve meses lleva en su cuerpo las consecuencias de una noche. Y algo crece. Algo crece en su cuerpo y de su cuerpo ya no va a desaparecer. Porque ella es madre. Y sigue siendo madre aunque el niño muera o mueran todos los niños, porque ella ha llevado al niño bajo su corazón. Y después, cuando el niño nace, ella sigue llevándolo en su corazón. Y de su corazón jamás desaparecerá, aun cuando haya muerto el niño, Todo esto no lo conoce el hombre. No tiene ni idea de ello. No conoce la diferencia entre el antes y el después del amor. Sólo la mujer lo sabe, puede hablar de ello y dar testimonio” 4 .

En la maternidad toda la apertura del ser humano, que va desde la célula biológica hasta la persona libre, se convierte en relación personal.

María quedó profundamente modificada por su maternidad. A través de ella se convirtió para siempre en la “madre de Jesús”. Lo llevó siempre en su corazón y nunca desapareció de él. Experimentó cómo quien de ella nació, iba poco a poco desprendiéndose de su cuerpo, aunque a veces sentía necesidad de volver a él para sentir protección, amor cobijo. María alimentó con su pecho a Jesús. Lo estrechó entre sus brazos. Lo besó innumerables veces. Se sintió prolongada en él, dibujada en los rasgos de su rostro, en el talante de su alma. Su maternidad la habilitó para comprender mejor, para ponerse más fácilmente de su parte, para hacer causa en todo con él, que además era su “hijo único”.

María contemplaba el cuerpo de Jesús hasta en el último detalle. Como madre, había recibido el ministerio del cuerpo de Jesús.

Un 25 de marzo escribí estas líneas, pensando en María, en su maternidad misteriosa y trascendente.

Amar es despertar tu cuerpo

consagrar tu cuerpo

preparar tu cuerpo

para la maternidad.

Todo en ti

está dormido

o en vela

hasta que llega Amor

y remeda

un nacimiento previo.

Amarte es nacer de ti,

ir desprendiéndose

de cada uno de tus miembros.

Amor es consagración,

unción

que llega e invade

hasta los límites de tu ser.

Esa es la verdadera consagración,

ser madre,

ser madre del padre y del hijo.


Y tú, María,

enciendes tu morada,

una a una,

todas sus dependencias

de tu ser.

Primavera, amanecer,

inspiración, agraciamiento.


Y tú, María,

más mujer que nunca,

más cuerpo y alma que nadie,

percibes el milagro,

la semillita que llega a casa,

y la seduce,

la convulsiona,

la activa.

Todo en ti

adquiere sentido.

Todo tu cuerpo

y tu alma

se enamora.

dice el ángel que

¡es de Dios!

¡de Espíritu Santo!

que ¡es santo!

¿Porqué parecerá

pecado o demonio

lo que “santo”

fue concebido?

¡No temas!

Los ojos iluminados,

todo lo ven,

el cuerpo encendido

ya lo sabe!

Jaire,kejaritomene!

¡Alégrate, agraciada!

b) Madre desde el amor, la fe b y el desprendimiento

María realizó la maternidad en libertad, con un admirable espíritu de reflexión, de acogida consciente, de fe. Así la presenta el relato de Lucas. Acoge la Palabra. Medita los acontecimientos en su corazón y los correlaciona. María realiza la maternidad desde el amor y la fe. María concibió a Cristo en un acto teologal de fe, por medio de su fe, como dice el famoso texto de san Agustín: "María concibió en su espíritu antes que en su seno". María fue llamada a transparentar a través de su maternidad física la acogida de los hombres de buena voluntad a Aquel que sería llamado hijo de Dios.

La misión a la maternidad mesiánica estuvo llamada a trascenderse y a asumir un nuevo rostro a partir del ministerio de Jesús. María hubo de desprenderse del Hijo.. La misión de María no quedó totalmente redactada con las palabras que el ángel le dirigió. Ella tuvo que negar su propia apetencia para ser fiel. La voluntad de Dios, leída en los acontecimientos de la historia de Jesús, pidió a María que se entregase a su hijo, que aceptara desprenderse de él. Es como si volviera Dios a dirigirle aquellas palabras dirigidas antaño a Abraham: “toma a tu hijo, a tu único, al que amas; vete al país de Moria y ofrécele en holocausto” (Gen 22,2). Y María, “esclava del Señor”, accedió en todo momento a su voluntad. No interfirió en el ministerio de Jesús. No reaccionó negativamente ante el despego familiar mostrado por su Hijo. Durante el ministerio de Jesús, María supo responder a una nueva llamada del Padre, situándose allí donde se situaban los auténticos seguidores de Jesús, lo que creían en él. Apareció entonces como la “mujer creyente”, más que como la “madre bienaventurada”.

En el momento del sacrificio de su Hijo en la cruz, María recibió otra misión: hacerse presenta en la comunidad cristiana como testigo silencioso de la auténtica humanidad de Jesús, como compañera inseparable de Jesús desde su origen hasta su final, como fuente de revelación, como memoria viva de su Hijo. Cuando Lucas presenta en los Hechos la asamblea constituyente de la Iglesia, allí está María en medio de la comunidad, abierta y disponible para recibir el Espíritu, para convertirse en profetisa de Cristo en medio de una Iglesia profética, en portadora de la palabra y de su admirable poder.

María, pues, fue llamada por Jesús, su hijo, a trascender su maternidad mesiánica. Fue convocada, con muchos otros, a establecer con Jesús un nuevo tipo de relación. Fue llamada al seguimiento y al discipulado. Ese fue el momento en que Jesús formuló aquella inquietante pregunta: “¿Quién es mi madre?” (Mc 3,33), o aquella otra: “¿Qué hay entre mí y ti, mujer?” (Jn 2,4). En ese momento María recibió como una segunda vocación.

2. 0Theotokos, Madre de Dios20

El origen humano de Jesús no se reduce únicamente a María. El antiguo testamento, el pueblo de Dios es origen de Jesús. Al pueblo le cabe una cierta maternidad sobre Jesús de Nazaret, que fue judío, hijo del pueblo. Jesús nació de Israel, de su historia y cultura. Con Jesús la historia de Israel, el pueblo de Dios, no es simplemente la historia de un pueblo más. Jesús revela el sentido de todo el antiguo testamento. Lo llena de trascendencia, de simbolismo, de significado. Tras Jesús, bajo la perspectiva de Jesús se leen de otra forma los salmos, las profecías, los hechos antiguos.

Lo mismo ocurre con María. Ella, mujer, fue origen personal de Jesús. Ella lo engendró, de ella nació. Conocido Jesús, reconocido como Mesías, como hijo de Dios, la figura de María, su maternidad, quedan revestidas de trascenden­cia. Todo en María adquiere un nuevo significado. Tras la experiencia de la Pascua su figura recibe como una trans-significación. Su maternidad se llena de trascendencia. José no queda inserto en el significado trascendente que Jesús concede, porque Jesús no es “hijo de José”.

La trascendencia de la maternidad de María se expresa en su aspecto virginal, pero sobre todo en su aspecto “divino”. María es la madre del hijo unigénito de Dios (Jn 1,18). La que ha engendrado a un hombre que es Dios es Theo-tokos. Hablar en estos términos es emplear una formulación hiperbólica, que indica que, a través de la maternidad de María la humanidad ha recibido la máxima autocomunicación de Dios; indica que una mujer ha sido de hecho madre de aquel que es llamado “hijo de Dios” (Lc 1,32). Esto es lo que se ha verificado en la maternidad histórica de María.

III. Muéstranos la Sangre de Jesús. María de Caná y del Calvario

1. La Sangre de Jesús

La eucaristía no fue una genialidad de Jesús, desconectada del proyecto fundamental de su vida. Jesús no dijo “tomad y comed esto es mi cuerpo”, “tomad y bebed esto es la copa de la alianza en mi sangre” por una ocurrencia del momento. Cuando lo dijo y lo realizó, algo importante había llegado a madurez en El, en su persona y en su proyecto.

a) La perspectiva del “sacrificio” y la “obediencia”01

La perspectiva del sacrificio nos da la clave. Jesús hizo de su vida una oblación, una entrega sin reservas. Y esa entrega no era sino el sacramento del amor que el Padre nos tiene: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo”. El Padre se volcó sobre la humanidad, derramó sobre ella su vida, su solicitud, su amor. Para ello se sirvió de un pueblo con vocación universal, envió a su Hijo y posteriormente envió a su Espíritu como don permanente en la humanidad. Jesús respondió perfectamente a este proyecto del Padre, y se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Ya, al entrar en este mundo, dijo (Hb 10,5-7):

“Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo ( ????????????????????????? ). Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo - pues de mí está escrito en el rollo del libro - a hacer, oh Dios, tu voluntad!” (Hb 10,5-7).

Y después añade la carta a los Hebreos:

“Y en virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo” (Hb 10,10).

He aquí que vengo, Padre, a cumplir tu voluntad. La voluntad del Abbá era que el Hijo se entregara a los hombres, que los amara hasta el extremo.

Las expresiones del amor de Jesús hacia los hombres fueron múltiples. No podrían reducirse a sus comidas con los pecadores. Su predicación, sus gestos simbólicos, sus acciones transformadores -milagros-, su estilo de vida, proclamaban el amor del Padre hacia la humanidad. Y todo ésto se condensa, sobre todo, en el significado de su cuerpo.

La obediencia y oblación de Jesús tenía esta finalidad: servir al reinado del Abbá en el mundo creando la gran familia de los hijos de Dios. Jesús tenía la misión de dar vida y darla en abundancia... la vida de Dios. Y en ello puso todo su interés, toda su vida; se entregó a la causa del Reino en cuerpo y alma .

b) El cuerpo entregado desde el principio

No es frecuente en quienes reflexionan sobre la eucaristía detenerse en el significado del cuerpo de Jesús. Creemos, sin embargo, que esa perspectiva es muy importante. ¿No es la eucaristía el sacramento del Cuerpo? Para entender el misterio del Cuerpo eucarístico de Cristo es, pues, necesario comprender cómo entendía Jesús su Cuerpo y qué razón de ser le asignaba en el contexto del Reino de Dios. Si la Eucaristía es el sacramento del Cuer­po de Cristo es importante pregun­tarse por ella a partir del cuerpo de Jesús.

Fue el Espíritu Santo quien posibilitó el nacimiento virginal de Jesús en el seno de María. En una acción única en la historia hizo surgir aquel cuerpo, que estaba en continuidad genealógica con el pueblo de Israel, pero que llevaba en sí mismo la marca de la filiación divina. Jesús no recibió un cuerpo celestial, sino un cuerpo en la carne (Col 1,22); es decir, un cuerpo a quien la carne hacía extremadamente cercano y vulnerable a las fuerzas del anti  Reino como la ley, el pecado y la muerte. El cuerpo de Jesús quedaba así anticipa­damente condenado a muerte; a esa muerte que infiere el Reino de la muerte. En este sentido la muerte para él no es solo una participación en el destino común sino una deci­sión.

Jesús, al acercarse, como mensaje­ro del Reino, a la condición humana pecadora se expuso y arriesgó a morir. Es más, en cierta manera decidió ofrecer su cuerpo a la muerte.

“Si alguno pregunta por el misterio se sentirá llevado a afir­mar más bien, que no fue su muerte una con­secuencia de su nacimiento, sino que él nació para poder morir".

En su cuerpo llevaba Jesús los signos de su decisión. Mientras la mayoría de los hombres desean arrebatarle a la muerte su poder y apro­ve­chan el espacio que les deja para vivir, engendrar y perpe­tuar de algún modo su exis­tencia, Jesús aparece como aquellos para quienes se ha acabado el tiempo. El celibato es para Jesús un signo de la cruz de su muerte que ya ha cargado anticipada­mente sobre sus hom­bros, la cruz de cada día.

c) Un veloz proceso de muerte en su cuerpo 04

Jesús sabía que su entrega hasta la muerte anticipaba el Reino. Por eso tenía prisa; su camino hacia la muerte fue ve­loz. Es muy extraño que en tan poco tiempo (apenas tres años) fuera condenado a muerte, siendo así que su mensaje era de amor, de paz. Proclamó el evan­gelio del Reino, como los anti­guos heral­dos, con una inusitada urgen­cia: Tengo que ir a otras ciuda­des... El celiba­to le permitió a Jesús una total disponibili­dad y movi­lidad itineran­te.

No es la muerte muerte, en cuanto tal la que inaugura el Reino. Es, más bien, el proceso de muerte que se va realizando velozmente en Jesús. Jesús muere en la medida en que se sacri­fica, se inmola por los hombres. Jesús renunció a la autoper­pe­tua­ción a través de la genera­ción sexual. Dejó que el amor hasta la muerte secara su cuerpo y lo hiciera incapaz de engendrar la vida. Pero ese era el paradójico camino a través del cual la Vida del Reino llega­ría hasta noso­tros.

El cuarto Evangelio entiende la existen­cia de Jesús como una existencia euca­rísti­ca: como un pan entregado, un vino derrama­do que, justa­mente en la oblatividad total, en la muerte vivifica. Jesús muriendo da vida y vida en abundancia. Jesús no se preocupó de sí mismo. No protegió, ni grati­ficó su cuerpo. Este fue siempre el cuerpo inmola­do, el cuerpo euca­rístico, entrega­do. La muerte en la cruz fue el momento supremo de ese sacri­ficio que se inició en la encarna­ción. Fue el momento culminante de su amor, expresado entonces dramáticamente en su cuerpo. Fue es el momento en el que el Reino del Padre rezumó y se vertió totalmen­te hacia nosotros a través de la Carne sacrifica­da del Hijo, glorifi­cada por el Espíritu y de la sangre-vida derramada..

En este contexto se puede entender la profundidad del celibato de Jesús. Fue el gran signo existencial de su misión al servicio de la llegada del Reino. Fue una pará­bola de su muerte, decidida por amor. Así se puede entender en toda su hondura la frase de Pablo: Me amó y se entregó por mí (Ef 5, 2 25; Gal 2,20).

d) El cuerpo resucitado con las marcas de la entrega 05

Según la carta a los Hebreos la resu­rrección y glorifica­ción del cuerpo de Cristo, en vez de abolir el sacrificio de su Cuerpo lo hacen presente, perenne. El Reino en su plenitud escatológica es el mundo del Cuerpo Resucita­do de Jesucristo en su nueva forma de existen­cia. En el Cuerpo Resucitado del Señor sí que aparecen las marcas de su celibato. Es un Cuerpo en perenne actitud de oblación. No es un Cuerpo que se reproduce, sino que todo lo incorpora a sí, el que todo lo atrae a sí. Y atrayéndolo lo resucita, da vida eterna. Por el Espíritu el árbol seco se convierte en árbol frondoso que da vida y que permanece para siempre. El Espíritu se ha apoderado por medio de la Resurrec­ción completamente de la corporei­dad virginal de Cristo y ha desatado en ella toda su riqueza y signi­ficado.

Solo en la comunión con este Cuerpo encuentra el hombre la salva­ción. Pero tam­bién el cosmos. Si este Cuerpo no fuera virginal, no estuviera penetrado por la fuerza totalmente extática del Espíritu, la salvación del Reino no llegaría a todos los hombres, al universo. Mas la realidad es diversa: es el Cuerpo que se entrega. La carta a los Efesios lo compa­ra al Cuerpo del Esposo que se entrega a la Esposa, la Iglesia, mien­tras todavía ésta peregrina en la historia, pero que espe­ra unirse definitivamente a ella en las bodas escato­lógicas en un éxtasis sin fin.

Se entiende entonces porqué Jesús pudo con toda credibilidad decir en la última Cena: Tomad y comed, ésto es mi cuerpo?

e) “Tomad y comed, esto es mi cuerpo” 02

Tras esta reflexión podemos entender más profundamente el sentido de las palabras de Jesús en la última Cena y de las palabras sacramentales de la iglesia en cada eucaristía: “Esto es mi cuerpo”.

La oferta de Jesús tiene sentido, es coherente con lo que él fue durante su vida. Aquel cuerpo que se hizo cercanía, regalo, amor desinteresado, oblación, podía ser dado simbólicamente en el pan sin ningún tipo de reserva. Aquel cuerpo que no se centraba en sí mismo, sino que sirvió a la persona de Jesús para amar sin calcular las consecuencias, ¿no tiene en el pan dado y entregado para ser comido, un excelente símbolo?, ¿o en la copa compartida de vino derramado, otro símbolo? ¿Qué credibilidad habría tenido el gesto de Jesús si las cosas hubieran sido de otra manera? ¿Si su cuerpo no se hubiera reservado en celibato por el Reino?

Este es el admirable símbolo de encuentro de la eucaristía. Es un encuentro que tiende simbólicamente a no estar limitado tal como la manducación y la bebida revelan. El autor de la carta a los efesios llega, por esto mismo, a evocar el texto del Génesis de la pareja primordial, aplicándolo al encuentro esponsalicio entre Jesús y la Iglesia:

“Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y a la Iglesia” (Ef 5,31-32).

2. María asociada al Sacrificio: en Caná y en el Calvario

En Caná le pide al Hijo el Vino-Sangre para la celebración de la Alianza: al tercer día, cuando se celebra el desposorio de Dios con su Pueblo falta el vino, falta la sangre de la Alianza. Jesús, a petición de su Madre transforma el agua en vino, ofrece su sangre por el perdón de los pecados y en Alianza eterna.

Jesús, derramando su sangre, como la madre cuando va a dar a luz, la sangre de su costado, se convierte en madre que da a luz la Iglesia.

IV. María, Mujer Eucarística (Juan Pablo lI y el Instrumentum Laboris del próximo Sínodo sobre la Eucaristía)

1. Mysterium fidei! El mandato de Institución

A primera vista, el Evangelio no habla de este tema. En el relato de la institución, la tarde del Jueves Santo, no se menciona a María. Se sabe, sin embargo, que estaba junto con los Apóstoles, «concordes en la oración» (cf. Hch 1, 14), en la primera comunidad reunida después de la Ascensión en espera de Pentecostés . Esta presencia suya no pudo faltar ciertamente en las celebraciones eucarísticas de los fieles de la primera generación cristiana, asiduos « en la fracción del pan » ( Hch 2, 42).

Pero, más allá de su participación en el Banquete eucarístico, la relación de María con la Eucaristía se puede delinear indirectamente a partir de su actitud interior. María es mujer «eucarística» con toda su vida . La Iglesia, tomando a María como modelo, ha de imitarla también en su relación con este santísimo Misterio.

La Eucaristía es misterio de fe, que supera nuestro entendimiento y nos lleva al más puro abandono en la palabra de Dios. Nadie como María puede ser apoyo y guía en una actitud como ésta.

Jesús nos dijo en la Última Cena: «¡Haced esto en conmemoración mía!». María también nos dice que le obedezcamos sin titubeos: «Haced lo que él os diga» ( Jn 2, 5). Con la solicitud materna que muestra en las bodas de Caná, María parece decirnos:

«no dudéis, fiaros de la Palabra de mi Hijo. Él, que fue capaz de transformar el agua en vino, es igualmente capaz de hacer del pan y del vino su cuerpo y su sangre, entregando a los creyentes en este misterio la memoria viva de su Pascua, para hacerse así “pan de vida”».

2. Eucaristía y misterio de la Encarnación por obra del Espíritu

María ofreció su seno virginal para la encarnación del Verbo de Dios . En la Eucaristía celebramos la pasión y la resurrección del Señor. Pero también remite al momento original en el que el Abbá nos entregó a su Hijo y quiso que se encarnara en el seno de María virgen, por obra del Espíritu Santo.

Contemplando el misterio de la Encarnación contemplamos también el origen de Cuerpo Eucarístico y de su entrega.

María concibió en la anunciación al Hijo divino, incluso en la realidad física de su cuerpo y su sangre, anticipando en sí lo que en cierta medida se realiza sacramentalmente en todo creyente que recibe, en las especies del pan y del vino, el cuerpo y la sangre del Señor.


Y la mirada embelesada de María al contemplar el rostro de Cristo recién nacido y al estrecharlo en sus brazos, ¿no es acaso el inigualable modelo de amor en el que ha de inspirarse cada comunión eucarística?

3. Eucaristía-Oblación y la entrega continuada

María, con toda su vida junto a Cristo y no solamente en el Calvario, hizo suya la dimensión sacrificial de la Eucaristía .

Cuando llevó al niño Jesús al templo de Jerusalén «para presentarle al Señor» ( Lc 2, 22), oyó anunciar al anciano Simeón que aquel niño sería «señal de contradicción» y también que una «espada» atravesaría su propia alma (cf. Lc 2, 34.35). Se preanunciaba así el drama del Hijo crucificado y, en cierto modo, se prefiguraba el «stabat Mater» de la Virgen al pie de la Cruz, como la madre que siente en sí misma la espada del juicio sobre una humanidad dividida, que no acepta la Palabra.

a) El cuerpo “que será entregado por vosotros”

Preparándose día a día para el Calvario, María vive una especie de «Eucaristía anticipada» se podría decir, una «comunión espiritual» de deseo y ofrecimiento, que culminará en la unión con el Hijo en la pasión y se manifestará después, en el período postpascual, en su participación en la celebración eucarística, presidida por los Apóstoles, como «memorial» de la pasión.

¿Cómo imaginar los sentimientos de María al escuchar de la boca de Pedro, Juan, Santiago y los otros Apóstoles, las palabras de la Última Cena: «Éste es mi cuerpo que es entregado por vosotros» ( Lc 22, 19)? Aquel cuerpo entregado como sacrificio y presente en los signos sacramentales, ¡era el mismo cuerpo concebido en su seno! Recibir la Eucaristía debía significar para María como si acogiera de nuevo en su seno el corazón que había latido al unísono con el suyo y revivir lo que había experimentado en primera persona al pie de la Cruz.

b) «Haced esto en recuerdo mío» (Lc 22, 19)

En el «memorial» del Calvario está presente todo lo que Cristo ha llevado a cabo en su pasión y muerte. Y en el Calvario Jesús nos entregó a nosotros, simbolizados en el discípulo amado, a su Madre y al Espíritu: «!He aquí a tu hijo¡». Igualmente dice también a todos nosotros: « ¡He aquí a tu madre! » (cf. Jn 19, 26.27). Y también en la cruz y desde la cruz “entregó el Espíritu”.

Vivir en la Eucaristía el memorial de la muerte de Cristo implica también recibir continuamente este don. Significa tomar con nosotros –a ejemplo de Juan– a quien una vez nos fue entregada como Madre. Significa asumir, al mismo tiempo, el compromiso de conformarnos a Cristo, aprendiendo de su Madre y dejándonos acompañar por ella. María está presente con la Iglesia, y como Madre de la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas. Así como Iglesia y Eucaristía son un binomio inseparable, lo mismo se puede decir del binomio María y Eucaristía. Por eso, el recuerdo de María en el celebración eucarística es unánime, ya desde la antigüedad, en las Iglesias de Oriente y Occidente.

4. El Magnificat en perspectiva eucarística

En la Eucaristía, la Iglesia se une plenamente a Cristo y a su sacrificio, haciendo suyo el espíritu de María.

Por eso, se puede releer el Magnificat en perspectiva eucarística . La Eucaristía, en efecto, como el canto de María, es ante todo alabanza y acción de gracias. Cuando María exclama «mi alma engrandece al Señor, mi espíritu exulta en Dios, mi Salvador», lleva a Jesús en su seno. Alaba al Padre «por» Jesús, pero también lo alaba «en» Jesús y «con» Jesús. Esto es precisamente la verdadera «actitud eucarística».

Al mismo tiempo, María rememora las maravillas que Dios ha hecho en la historia de la salvación, según la promesa hecha a nuestros padres (cf. Lc 1, 55), anunciando la que supera a todas ellas, la encarnación redentora. En el Magnificat , en fin, está presente la tensión escatológica de la Eucaristía. Cada vez que el Hijo de Dios se presenta bajo la «pobreza» de las especies sacramentales, pan y vino, se pone en el mundo el germen de la nueva historia, en la que se «derriba del trono a los poderosos» y se «enaltece a los humildes» (cf. Lc 1, 52). María canta el «cielo nuevo» y la «tierra nueva» que se anticipan en la Eucaristía y, en cierto sentido, deja entrever su 'diseño' programático. Puesto que el Magnificat expresa la espiritualidad de María, nada nos ayuda a vivir mejor el Misterio eucarístico que esta espiritualidad. ¡La Eucaristía se nos ha dado para que nuestra vida sea, como la de María, toda ella un magnificat!

 A.M.G.D.