XIII Encuentro
Congreso Eucarístico Nacional
LA EUCARISTÍA, UN DON PARA CELEBRAR |
D. José A. Sánchez Cabezas, profesor del Seminario de Oviedo Congreso de ARPU Oviedo, 13 de septiembre de 2005 Mi intención es mostrar de manera resumida la evolución histórica de la eucaristía en su aspecto litúrgico, con la esperanza de que esto nos ayude a comprender mejor este don de Dios. Partimos de la Escritura y luego recorreremos la tradición hasta nuestros días.
La última cena es una comida festiva. La comida tiene para los judíos un sentido sagrado pues expresan en ella la comunión con Dios y la comunión entre los diversos participantes. Por eso el hecho de que Jesús comiera con los pecadores ya era una novedad impactante e incluso escandalosa. Si es indiscutible el hecho histórico de la última cena de Jesús con sus discípulos, es discutible si esta cena fue propiamente la cena pascual -en la que una vez al año el pueblo de Israel hace memorial, en su sentido de memoria y actualización de la liberación de la esclavitud en Egipto-, o más bien sólo una cena de despedida. La duda viene por un problema cronológico hasta hoy sin resolver. Mientras en los sinópticos la última cena es la cena pascual (recordad que Jesús dice: “He deseado comer esta pascua con vosotros”), en el evangelio de san Juan es imposible situar esta cena en el marco de la cena pascual porque cuando Jesús está en la cruz se están sacrificando los corderos pascuales que se comerán en la cena (Jn 18,28). De todas maneras es posible afirmar la cercanía, el contexto, y la intención pascual de la cena de Jesús. La comunidad primera atribuyó a la eucaristía desde un principio un carácter pascual, como memorial de la nueva alianza, en la que el definitivo cordero pascual se inmola por la salvación de todos los hombres. De todos modos, también es verdad que hay unas características muy semejantes entre la cena pascual y otras comidas festivas de Israel. A pesar de las diferencias, vemos en los cuatro relatos de institución la misma estructura, articulada por la sucesión de cuatro verbos que realiza Jesús: tomar, dar gracias, partir y dar. Ha sido la secuencia de esos cuatro verbos lo que ha determinado el desarrollo de la segunda parte de la misa: presentación de los dones (tomar), la plegaria eucarística (dar gracias), la fracción del pan (partir) y la comunión (dar). El relato de Lucas parece el más conforme al desarrollo de los banquetes festivos y al banquete pascual entre los judíos. En ellos hay una primera copa de vino que van a beber todos los comensales con una oración en la que Dios es bendecido por habernos dado el fruto de la viña. La liturgia de la mesa empieza de verdad cuando el cabeza de familia parte el pan ácimo que será distribuido entre los comensales, diciendo una fórmula apropiada. Este pan hay que interpretarlo en la cena pascual como recuerdo simbólico de la aflicción, de la esclavitud, y de la precipitación en la salida de Egipto. Más tarde, cuando la cena termina, se toma una copa nuevamente llena de vino (que representa los dones de la tierra prometida, es símbolo de la alegría -sobre todo escatológica-, y de la idea que conlleva de sacrificio y sangre) y se hace una oración más larga que constituye un elemento importante del ceremonial. En la pascua esa oración es la Beraká, la gran Bendición que se dirige a Dios. Así aparece el ritual que hace Jesús en Lucas. Es sin duda en esos dos momentos, al principio de la cena con el pan ácimo y después de haber cenado con la copa de vino donde hay que situar las nuevas y trascendentales palabras de Jesús: “Esto es mi cuerpo…Esta es mi sangre”. Jesús añade: “Haced esto como memorial mío”, que ciertamente responde al contexto de la cena pascual, memorial de otra liberación salvadora. La eucaristía hunde sus raíces en el AT, aunque sea algo nuevo al mismo tiempo. Además de las referencias a la cena pascual hay otras referencias al AT: “cuerpo entregado por vosotros”, recuerda al Siervo de Yahvé de Is 53; “Nueva alianza en mi sangre”: remite a las palabras de Jer 31,31 cuando el profeta anuncia la nueva alianza mesiánica, o también a Ex 24,8 donde Moisés sella con sangre la alianza del Sinaí; “Sangre derramada por muchos”, alude a Is 53,11-12. En estos textos vemos también referencias sacrificiales, de tanta importancia en el AT. Pero no olvidemos que la resurrección del Señor es la fuente última de donde dimana la eucaristía de la Iglesia posterior. Sin la resurrección la eucaristía no llegaría a existir pues sólo la resurrección puede generar la presencia de Cristo en la eucaristía. Queremos rastrear en el NT elementos que nos ayuden a vislumbrar al menos como eran las primeras eucaristías. En el relato de la aparición de Cristo Resucitado a los discípulos que se iban camino de Emaús encontramos la fracción del pan precedida por la Palabra de Dios: Jesús comenzando por Moisés y continuando por todos los profetas fue interpretando todos los pasajes de la Escritura referentes a él. Después parte el pan y le reconocen. Este texto es una catequesis para mostrar que en la eucaristía podemos encontrar al Resucitado. Aquí la eucaristía se entiende formando unidad con la Palabra, con la Comunidad y con la Misión. Gracias a la Eucaristía entramos en comunión con Cristo Resucitado, como se desprende de 1 Cor 10: podemos ser todos uno en Cristo porque participamos del mismo pan partido. “Fracción del pan” es uno de los nombres de la eucaristía en el NT, y este gesto litúrgico encuentra su sentido espiritual en este texto de san Pablo. Tampoco puede celebrarse la eucaristía sin un contexto previo de amor fraterno, como enseña 1 Cor 11: Pablo denuncia que se come indignamente y sin discernir el Cuerpo del Señor cuando no se ayuda a los hermanos necesitados de la asamblea. Lo que se celebra ya no es entonces la verdadera cena del Señor (otro nombre de la eucaristía en el NT). Los Hechos de los Apóstoles también nos dan noticia de una comunidad que expresa su nueva vida “acudiendo asiduamente (en su reunión por las casas) a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones” (2,42). En Hech 20,7-12 la comunidad cristiana de Tróade se reúne el primer día de la semana (el domingo, el día que Cristo resucitó) para la fracción del pan. La celebración se tiene al principio en conexión con una comida. En Corinto parece que primero tenía lugar la cena comunitaria y al final todo lo específico de la eucaristía. En la evolución posterior, no tardará mucho en desaparecer la comida. Del conjunto de testimonios del NT se puede deducir el orden de las secuencias de la eucaristía: reunión y encuentro de la comunidad el primer día de la semana (el día de la resurrección de Jesucristo); lectura de la Escritura y la enseñanza de los apóstoles; la fracción del pan para la participación del cuerpo y la sangre de Cristo, como memorial del Señor muerto y resucitado; unión de esta fracción del pan con la comunicación de bienes; relación de la eucaristía con la vida entera y con la misión. Aparece el carácter alegre y gozoso de la celebración; su llamada imperiosa a la unidad eclesial (para ser un solo cuerpo) y a la mutua acogida sin discriminación; y también su dimensión escatológica, pues se celebra en la espera del Señor Jesús (maranatha: 1 Cor 16,22; Ap 22,20). 2. TRADICION
Como es lógico este período comienza con todo lo dicho ya del NT, a lo que se añaden otros documentos importantes.
Se usa el término eucaristía. Se habla de asamblea en el día del Señor. Se hace fracción del pan y se da gracias. Es necesario participar con corazón limpio y reconciliado, sin contiendas con los demás, para no profanar el sacrificio. El pan expresa la comunión eclesial.
Texto de gran importancia porque la misa aparece con la estructura fundamental que se ha perpetuado hasta nuestros días y que la Iglesia ha sacado hoy a la luz gracias a testimonios como éste. Se distinguen los siguientes elementos: reunión en domingo bajo la presidencia del obispo o del presbítero, lecturas de la Palabra de Dios (la Biblia fue el primer libro litúrgico y el único durante cerca de tres siglos), homilía, oración universal (que constituye un privilegio de los fieles, lo cual subraya su carácter sacerdotal o intercesor por la humanidad; gracias a otros testimonios posteriores sabemos que los catecúmenos y los penitentes tenían que abandonar la asamblea antes de que empezase la oración de los fieles), el beso de la paz (recordemos la exhortación del Señor en Mt 5,23-24: “Si al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano”, este texto sirve con toda naturalidad de soporte y catequesis a esta tradición), luego la presentación con gran sencillez del pan y el vino mezclado con agua (esta mezcla con agua que en un principio serviría para rebajar un vino fuerte en graduación, tendrá con el tiempo un sentido espiritual de unión de los fieles con Cristo); una gran alabanza y acción de gracias dirigida al Padre, improvisada por el presidente, y con Cristo como motivo central, que culmina en el Amén de la asamblea. Comunión de los presentes con las dos especies, que también se lleva a los ausentes. Es una comunidad participante y activa, que vive la asamblea eucarística dominical como el lugar gozoso de encuentro con Cristo y donde los cristianos lo comparten todo, también los bienes materiales, especialmente con los necesitados. -La “Tradición Apostólica” de Hipólito (III) Recoge la primera anáfora o plegaria eucarística escrita que se conoce. La estructura de esta plegaria es la que seguirá la Iglesia en la incorporación de nuevas plegarias en el Misal después del Vaticano II. Corresponde sobre todo a nuestra plegaria eucarística 2ª, que es la que más utilizamos los sacerdotes. La estructura de la anáfora de Hipólito consiste en: diálogo inicial entre el presidente y la asamblea, acción de gracias dirigida al Padre y centrada en Cristo por su obra creadora y redentora, por su muerte y resurrección, con la que se ha formado un pueblo santo (es lo que ahora llamamos prefacio), el relato de la institución, la anámnesis o memorial de la muerte y resurrección de Cristo (tomando pie de su orden: “haced esto como memorial mío”), la ofrenda por la que se presenta a Dios el sacrificio de su Señor hecho presente en el sacramento; después viene la súplica por la que se pide el Espíritu Santo para que una a la Iglesia (epíclesis de comunión) y haga crecer a todos los participantes en la fe y en la alabanza; y finalmente la doxología o glorificación a la Trinidad con el Amén del pueblo con el que hace suya toda esta oración del presidente. Esta plegaria no se concibe como formulario invariable. Se sigue el principio de la improvisación sobre un esquema. La raíz está en las bendiciones judías, que contienen también una parte de acción de gracias y otra de súplica. Para elaborar nuestra Plegaria 2ª se añadió a este texto el Santo y las llamadas intercesiones, en las que se expresa la comunión con toda la Iglesia, celeste y terrena, y la súplica por la misma Iglesia, por sus ministros y por los difuntos. B. Siglos IV-VIII La liturgia de la misa tenía que adaptarse al crecimiento de las asambleas que se veía favorecido con el final de las persecuciones en el siglo IV y con los espacios más amplios en los que se celebraba, como eran las basílicas. Esa evolución adoptará formas diversas según la cultura propia de las diversas regiones del imperio romano y de las comarcas orientales. Se constituirán las grandes familias litúrgicas (sobre todo la familia oriental y la familia occidental, a la que pertenece la liturgia romana y la liturgia hispana o mozárabe, entre otras), con una pluralidad de aspectos sin renegar de la herencia de los primeros siglos que sigue asegurando su unidad fundamental. En esta exposición el recorrido histórico lo hacemos del rito romano, al que pertenecemos. Las oraciones, transmitidas hasta ahora sobre todo por la tradición oral, empiezan a ponerse por escrito y a circular de una comunidad a otra, lo cual provoca la vigilancia de los concilios locales. Se hace necesario un control de calidad y de verdad por una natural tendencia a elegir lo mejor y lo más ortodoxo. Estamos en el tiempo del paso del griego al latín como lengua litúrgica. Un elemento novedoso que aparece a lo largo del siglo IV es el rito de entrada del celebrante en la basílica, que adquiere muy pronto el tono de un cortejo solemne.También cobra importancia ahora la procesión de las ofrendas. Los cristianos aportan el pan y el vino y de este modo quieren destacar su participación en los frutos de la eucaristía. El sacrificio siempre se ofrece por la salvación del mundo, pero cada cual puede de esta manera recoger sus frutos para aplicarlos a sus propias intenciones, muchas veces por personas difuntas. Hay que señalar también las ofrendas que se hacen como ayuda a los necesitados y a la Iglesia. El sacrificio eucarístico y el sacrificio de amor a los hermanos siempre irán unidos como si fueran uno solo. Los siglos IV y V son un período de creación intensa en materia de plegarias eucarísticas. La época de la tradición oral ha terminado ya. De la Iglesia en África, que fue la primera en hablar latín, no nos ha llegado ningún texto. Sólo sabemos por el concilio de Hipona del siglo IV que cuando se está junto al altar la plegaria debe dirigirse siempre al Padre. San Agustín se muestra preocupado por la participación del pueblo en la anáfora, sobre todo por la calidad de su actitud interior en ese momento de la celebración. San Ambrosio de Milán cita todo un pasaje que se parece mucho a la parte central del canon romano de la misa. El canon romano, en la actualidad plegaria 1ª, será durante siglos la única plegaria eucarística en el Rito Romano. Ha llegado hasta hoy el gesto de unir el Cuerpo y la Sangre de Cristo en el cáliz después de la fracción del pan, gesto que ha tenido significaciones diversas. Recuerda por ejemplo el rito del fermentum en la Iglesia de Roma, por el que el Papa envía un trozo de pan consagrado a las comunidades en las que el presbítero no ha podido participar como era costumbre en la Eucaristía presidida por el Papa, ese trozo era introducido en el cáliz, y así se quería expresar la unidad de todos con el Papa. Aunque no se imponga una explicación determinada, la más probable debe buscarse en el simbolismo de las dos especies. Presentar por separado el cuerpo y la sangre, como Cristo hizo en la cena, es, en la mentalidad judía o semítica evocar la muerte, pues entonces la vida que habita en la sangre ya no está en la carne. Para significar que hoy el Señor está vivo, es muy natural entonces expresarlo con la mezcla del pan y el vino, simbolizando así la unión de la carne y la sangre de Cristo Resucitado. Aparece también la presentación del Cuerpo y la Sangre de Cristo al comulgante y la respuesta de éste con el Amén. San Agustín comentará que con este Amén se está confesando que somos el misterio que recibimos, esto es, el Cuerpo de Cristo. Se vive intensamente en esta época la unidad que forman cuerpo de Cristo eucarístico y cuerpo de Cristo eclesial, Iglesia y Eucaristía. La comunión sigue siendo con las dos especies. Los pecadores graves tienen que acudir a la penitencia para poder acercarse a la mesa del Señor. Hasta el s. V la mayoría de los autores se refieren a la comunión como la forma más común de participar en la Eucaristía. A partir de este siglo hay un descenso de esta práctica debido al enfriamiento de las comunidades, por las conversiones interesadas (recordemos que el cristianismo es ya religión oficial del imperio), por la decadencia del catecumenado al entrar muchas personas de pronto en la Iglesia, por la insistencia en la pureza y en la sacralidad de la eucaristía. Ya San Juan Crisóstomo se lamenta de que sean pocos los que comulgan. En estos primeros siglos la participación del pueblo es activa y plena, poniéndose de manifiesto de diversas formas: en la existencia de gran diversidad de servicios y ministerios: lectores, acólitos, salmistas y cantores, ostiarios o porteros; el pueblo conoce la lengua; participar en la eucaristía del domingo no es visto como carga sino como posibilidad de ser cristiano. Tenemos el testimonio de los mártires de Abitinia, en el siglo IV, que decían a sus jueces: “No podemos ser cristianos sin celebrar el día del Señor”. Participar en la misa era pues para ellos un privilegio y un motivo de alegría. Hasta aquí, siglo VIII, podemos decir que se vive intensamente la asamblea dominical, la comunidad, el misterio pascual como presencia y dinamismo de muerte y resurrección con Cristo; los signos son significativos, la liturgia se entiende; Eucaristía e Iglesia están mutuamente implicados. Pero esto va a entrar en un tiempo de decadencia. C. Siglos IX-XIX Pipino el Breve decreta la adopción de la liturgia romana en todo el imperio franco. Se produce un enriquecimiento de la liturgia romana al adaptarse a las costumbres de otros pueblos. Los franciscanos fueron grandes propagadores de la liturgia romana. Las influencias franco-germánicas sobre la liturgia romana dieron lugar a acentuar aspectos sentimentales y penitenciales expresados en las oraciones privadas o apologías que estaban reservadas al sacerdote. Estas oraciones expresan sentimientos de devoción, de penitencia y de indignidad ante el misterio. Este privatismo sacerdotal eucarístico contribuyó a la separación del pueblo y a la pérdida de sentimiento comunitario. En este tiempo entra el Credo en la misa. Hasta ahora en occidente se usaba pan fermentado, como en oriente (recordemos que lo llevaban los fieles de sus casas). En el siglo XI se generalizó en Occidente el uso del pan ácimo (sin levadura, posiblemente por razones de orden práctico relativas sobre todo a la conservación de las especies, junto con motivaciones sacadas del evangelio donde la última cena está fijada en la semana de los ácimos). Se instaura la costumbre de recibir la comunión en la lengua, pues se entendía entonces como una forma más respetuosa que la tradicional comunión en la mano. Aparece el rito de la elevación del pan consagrado. Esto guarda relación con el hecho de que se comulga muy poco (los laicos se acercan muy raras veces a la santa mesa por miedo pues se acentúa el sentimiento de indignidad, de inaccesibilidad al misterio) pero se tiene gran deseo de ver el sacramento del cuerpo de Cristo. También guarda relación con el deseo de reaccionar frente a los que, como Berengario, dudaban de la presencia real de Cristo en la eucaristía. Se pasa de ver la eucaristía como memorial de la pascua de Cristo, a verla casi exclusivamente como la presencia real de Cristo. La eucaristía se hace más estática, más cosista, más centrada en la eficacia. Se oculta el sentido de presencia dinámica de Cristo Resucitado que viene a transformar la asamblea y sus miembros. Se insiste mucho en la pasión de Cristo, en su sacrificio, pero se deja de lado el aspecto de banquete pascual. La eucaristía es una buena gracia que Dios envía y de la que se participa por la consagración. Desde lejos se admira y se adora. El centro de atención se desplazará con el tiempo del altar al sagrario. La ceremonia de la elevación se potencia como cumbre de la celebración, se convierte en la práctica en lo esencial de la asistencia a misa. La visión de la sagrada hostia permite recibir los frutos de la Eucaristía. Este proceso derivó en la procesión solemne del Santísimo con la custodia, que dio lugar a la institución de la festividad del Corpus Christi en 1246. No estamos diciendo con ello que este proceso histórico fuera sólo negativo. Permitió desarrollar el culto de la eucaristía fuera de la misa. El Espíritu Santo se sirve de todo, incluso de acentos excesivos o desequilibrios como el abandono de la comunión, para ayudarnos a descubrir aspectos nuevos como la exposición del Santísimo. Hasta el siglo XIII los laicos que comulgan reciben generalmente una partícula de la hostia que el sacerdote ha partido. Sin embargo, esta costumbre desaparece con el empleo de formas preparadas de antemano y el sacerdote consume siempre él solo los dos fragmentos del pan que ha fraccionado. Se pierde pues el sentido que tenía la fracción del pan. Tampoco se dudó por razones de comodidad en tomar para la comunión de los laicos los panes consagrados con anterioridad y que estaban guardados en el Sagrario. Se pierde así el signo de participar del mismo sacrificio que se está celebrando. Se abandona la comunión del cáliz, por motivos prácticos y de higiene. La lengua litúrgica –el latín- cada vez se aparta más de la que habla el pueblo; el canto se convierte en coto cerrado de cantores y scholas. Los laicos dejan de desempeñar los ministerios litúrgicos que antes les correspondían, quedando asumidos por los clérigos. Estamos en el declive de la participación activa de los fieles. Con esta caída de los signos, los fieles tenían pocos medios para entrar en el misterio (los signos son precisamente los medios de acercarse al misterio), cuyo punto esencial era para ellos solamente la consideración de la presencia de Cristo en el altar y su culto fuera de la misa. Otra forma de participación de los fieles era presentar ofrendas para que el sacrificio se celebrara por ellos y por los suyos. A partir del s. XII-XIII se extienden las “misas privadas” en las que se busca la consecución de un favor. El centro es la necesidad humana, no la alabanza, y lo que cuenta es la celebración del rito por el sacerdote y no tanto la participación del pueblo. Ha quedado pues oscurecida la asamblea. Ya en la Edad Media se había iniciado un movimiento de protesta ante los abusos en la celebración de la Eucaristía. Lutero y los demás reformadores recogerán este movimiento centrándose en criticar la misa privada, la superstición e incomprensión del pueblo y el carácter sacrificial. En su afán reformador, Lutero llegará a quitar demasiado: además de abolir las misas privadas, prohíbe la adoración al Santísimo Sacramento, suprime el carácter sacrificial y expiatorio, y reduce la plegaria eucarística a las palabras de la consagración. El Concilio de Trento aborda directamente el tema de los abusos en 1562 y confía la reforma del misal al Papa. No se consideró oportuno que la celebración fuese en lengua vulgar, aunque se insiste en la necesidad de hacer entender lo que se dice al pueblo. Este concilio representa un momento muy interesante de la historia de la eucaristía, tanto en lo que supuso de reflexión teológica como de pastoral. Entre otras cosas, defenderá el carácter sacrificial de la misa. En 1570 Pío V promulga el Misal Romano, que se impone como obligatorio para toda la Iglesia, con alguna excepción. Es una respuesta a la necesidad del momento, recoge lo más válido del misal que había, lo purifica, favorece la superación de abusos e insiste en la unidad. Es cierto que así se eliminaba el peligro de desviación en el culto esencial, pero a la vez va a suponer un condicionante para la vitalidad, la creatividad y la participación de los fieles, que va a provocar que la iniciativa del pueblo vaya por otros lugares: en forma de devociones particulares y funciones religiosas fuera de la misa. El pueblo cristiano asiste a la eucaristía, pero no entiende y por tanto no participa plenamente. Por eso buscará otros cauces en las devociones y en el culto fuera de la misa. D. El Movimiento litúrgico y la renovación del Vaticano II (siglos XIX-XX) Fue a fines del s. XIX cuando nació el llamado “Movimiento litúrgico” , que continuó en el siglo XX, con el estímulo de papas como Pío X y Pío XII, y que preparó el terreno para la gran renovación del Vaticano II. Este movimiento produjo entre otras cosas: aprecio de la comunión, extensión de la catequesis sobre la Eucaristía, necesidad de acercar la liturgia al pueblo para una participación activa, desarrollo del sentido comunitario, extensión del canto a todo el pueblo. Con la ayuda de los estudios bíblicos, patrísticos y ecuménicos, y sobre todo por los estudios litúrgicos y las decisiones de los papas, la Iglesia fue redescubriendo aspectos de la eucaristía que habían quedado oscurecidos o empobrecidos. Todo este movimiento desembocó en el Concilio Vaticano II que supuso la renovación del sacramento eucarístico por un verdadero retorno a las fuentes. Junto a la Constitución sobre la liturgia “Sacrosanctum Concilium” del Vaticano II (1963) se elaboran otros documentos: “Ordenación general del misal romano”( 1969), “Mysterium fidei” (1965), “Eucharisticum mysterium” (1967) de Pablo VI. En el concilio la renovación de la Iglesia va a ir ligada a una renovación litúrgica que quiere recuperar los signos litúrgicos, la Palabra de Dios, el memorial del misterio pascual, la lengua vernácula, el equilibrio entre sacrificio y banquete, los ministerios, la concelebración, y sobre todo la asamblea. Va pues mucho más allá de simples cambios de posición del altar o del sacerdote. Veamos algunas afirmaciones teológicas del concilio. En la eucaristía se actualiza el misterio pascual y se hace presente Cristo mismo. Por eso este sacramento es fuente y cumbre de toda la vida de la Iglesia. Es celebración de toda la Iglesia, y no de unos pocos. El concilio reclama la participación activa de todos los fieles en la eucaristía, que deben aprender, con la ayuda de la Iglesia, “a ofrecerse a sí mismos” en la eucaristía en virtud de su sacerdocio bautismal, para convertirse en la ofrenda o sacrificio de un único Pueblo unido a Cristo. En la celebración cada uno debe hacer “todo y solo aquello que le corresponde”. La principal manifestación de la Iglesia tiene lugar cuando el pueblo de Dios celebra la eucaristía con su Obispo, rodeado de su presbiterio y ministros. Las comunidades eucarísticas presididas por los presbíteros, que son colaboradores del obispo y que le hacen en cierto modo presente en cada asamblea, representan a la Iglesia universal. El Vaticano II ha redescubierto el profundo vínculo que hay entre eucaristía e Iglesia, recuperando la mejor tradición teológica y litúrgica que unía siempre cuerpo de Cristo eucarístico y cuerpo de Cristo eclesial. Hay que señalar también las posibilidades que brinda la renovación del Concilio Vaticano II para la adaptación e inculturación de la Eucaristía a las diversas culturas y pueblos. Nuestro Misal Romano actual fue promulgado por Pablo VI en 1969. Lo había pedido el Concilio. El nuevo Misal se ve enriquecido con toda la aportación del movimiento litúrgico, que culmina en la constitución Sacrosanctum Concilium . Un objetivo esencial del misal es la participación consciente y activa de todos los fieles, que supone una percepción clara de los diversos elementos del ritual y del vínculo que los une en el dinamismo de la celebración. Ya no se trata de una simple descripción de ritos. El espíritu del nuevo Misal se traduce de un modo muy especial en la preocupación constante y primordial por la asamblea entera, presentada como el primer actor de la celebración. La misa normal es aquella en que el pueblo está presente. No es una asamblea que oye la misa o asiste a misa, sino que celebra la misa. En adelante, son posibles muchas opciones que permiten adaptar mejor la liturgia al pueblo. Este papel primordial de la asamblea no se opone a las funciones de los ministros, más bien las exige para que se viva mejor el signo y la riqueza del cuerpo eclesial del Señor. Por su ordenación el presbítero fue hecho representante de Cristo cabeza y por eso preside la asamblea. Los demás ministros están previstos según las necesidades de la comunidad. Hay tres que parecen privilegiados ya que su presencia constituye la forma de la misa típica: el lector, que será habitualmente un laico, el cantor o salmista y por lo menos un ministro del altar. El nuevo Misal a menudo nos hace volver a las formas más antiguas. Pero no es una reconstrucción arqueológica: las restauraciones se hacen en la medida en que se estima conveniente o necesario para que la Iglesia celebre hoy mejor el misterio pascual. Las aportaciones positivas de las épocas posteriores, lejos de ser despreciadas, son aprovechadas en varios puntos. La liturgia de la Palabra no se trata de una simple preparación para el sacramento que viene después en la consagración. Es una parte integrante de la celebración, que realiza una presencia del Señor en medio de su pueblo pues es Dios quien habla cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, y los fieles son verdaderamente alimentados en esta mesa de la Palabra. Es esencial que aparezca con claridad la íntima conexión entre la palabra y el rito en la liturgia. La homilía es parte integrante de la liturgia de la misa. Explica los pasajes de la Escritura que han sido proclamados u otro texto de la Misa y constituye el punto de unión del misterio celebrado con la vida de los fieles que la escuchan. Luego el pueblo ejercita su oficio sacerdotal rogando por todos los hombres en la oración universal, que vuelve así a ocupar su lugar en la liturgia romana después de catorce siglos de abandono. Es de alabar que el pan y el vino lo presenten los mismos fieles. Se admite también la posibilidad de ofrecer otros dones, pero con la finalidad de ayudar a los pobres o a la Iglesia. No se habla de ofrecer otro tipo de cosas. La presentación del pan y del vino, junto con los dones destinados a la caridad, subraya el fuerte vínculo que existe entre la Eucaristía y el precepto del amor fraterno. Sin embargo, la liturgia dispone que el pan y el vino sean colocados directamente sobre el altar, mientras los otros dones no deben ser apoyados sobre la mesa eucarística, sino fuera de ella y en un lugar adecuado; tal disposición pretende expresar la debida veneración hacia los elementos que luego se convertirán en el cuerpo y sangre del Señor . La oración que pronuncia el sacerdote elevando un poco el pan y el vino está inspirada en el modelo de las bendiciones de la liturgia judía. Antes del concilio por un deseo legítimo de establecer un vínculo entre la misa y la vida, se había hecho del llamado entonces ofertorio el ofrecimiento de los esfuerzos de los hombres para convertirse, transformar el mundo y anunciar a Cristo, con el riesgo de ver en el mismo un sacrificio antes del Sacrificio con mayúsculas o un ofertorio antes del verdadero Ofertorio, que se hace en la anáfora a partir de la consagración entregándose la Iglesia con Cristo por él y en él a Dios Padre. Para evitar estos malentendidos se cambió el nombre de ofertorio por el de presentación de dones. Por eso, cuidado con ciertos excesos en la presentación de los dones. No está mal ahí un cierto sentido de ofrenda de nuestra vida, pero si se acentúa mucho parecerá que la iniciativa en el sacrificio eucarístico es nuestra, y esto desequilibrará la celebración. El Misal fue enriquecido con varias plegarias eucarísticas (una de ellas es la retocada de Hipólito, como ya comentamos), pues hasta ahora sólo se tenía en el Misal el Canon Romano. En el Misal la comunión aparece recuperada como meta de toda la celebración y cumbre de la participación de los fieles. Viene preparada por el Padrenuestro, la paz y la fracción. Se quiere volver a dar a este gesto de la fracción su sentido original, por eso conviene, en razón del signo, que algunas partes del pan eucarístico que resultan de la fracción del pan, se distribuyan al menos a algunos fieles en la Comunión. Es deseable también que los fieles puedan recibir la comunión con pan consagrado en la misma Misa para que aparezca mejor que la Comunión es participación en el Sacrificio que se está celebrando. En la comunión se experimenta más que en otras partes el deseo de volver a las fuentes, como atestigua el diálogo restaurado entre el ministro y el comulgante que profesa con el Amén su fe en la eucaristía. Y no es ésta la única novedad importante del rito. Ahora es posible recibir la comunión en la mano, como era el uso más antiguo. Se vuelve a valorar muy positivamente la comunión bajo las dos especies como la forma plena en cuanto signo pues aparece así más perfectamente el signo del banquete eucarístico, el signo de la nueva y eterna alianza en la sangre del Señor y el lazo entre el banquete eucarístico y el banquete escatológico en el reino del Padre. Siempre se trata, no sólo de salvar la validez teológica o la eficacia, sino de favorecer la expresividad de los signos. La eucaristía es instrumento de comunión, pues alimenta la unión de los hombres con Dios y entre sí. Pero también, en cuanto es el mayor signo de comunión, requiere una comunión previa tanto visible como invisible (la vida de la gracia) para poder celebrar verdaderamente la Cena del Señor (recordemos a san Pablo). Esto nos lo recordó hace poco Juan Pablo II en Ecclessia de Eucharistia . Por eso no se puede comulgar cuando hay conciencia de pecado grave y es posible la confesión, o cuando se ha quebrantado algún vínculo visible, como es por ejemplo el Credo o un sacramento. La tradición de la Iglesia es constante en la necesidad de acudir antes a la penitencia para poder acercarse a participar en la mesa del Señor. 3. CONCLUSIÓN La comunidad eclesial hace dos mil años que celebra la eucaristía. Somos herederos del NT y de las generaciones pasadas. No somos los dueños de la eucaristía, ni los primeros en celebrarla ni los últimos. Desde el Vaticano II estamos viviendo un proceso de reforma para el que nos ayuda mucho saber cómo actuaron nuestros antepasados con el objeto de discernir lo que es voluntad de Cristo y lo que sólo son adherencias históricas que podemos cambiar. Después de este recorrido tenemos que sentirnos muy contentos y muy agradecidos a Dios y a la Iglesia por entregarnos el tesoro de la eucaristía, purificado de adherencias que la ocultaban y adaptado al hombre de hoy. Pero también debemos sentirnos muy responsabilizados. Se ha mejorado mucho en la forma de celebrar, pero sabéis que también nos falta mucho para vivir en todo su alcance esta eucaristía renovada. Todos podemos hacer algo para vivirla mejor en las comunidades. Tenemos la tarea de transmitir a las generaciones siguientes este tesoro. Hay que seguir avanzando en la escucha de la Palabra de Dios, en los ministerios litúrgicos, en el canto, en la vivencia de la asamblea que se coloca como familia alrededor y cerca de la mesa del altar, avanzar en la participación activa de todos, en la comunión en el Cuerpo y la Sangre de Cristo con más discernimiento personal de la necesidad de comunión con Dios y con la Iglesia en su aspecto tanto visible como invisible, avanzar en la vivencia de la presencia transformadora de Cristo resucitado que nos pasa de muerte a vida, superar los desequilibrios actuales: el olvido de la dimensión sacrificial, comulgar mucho y adorar poco, y también confesar poco. Tenemos que aprender todos, pastores y fieles, a respetar las normas litúrgicas como signo de comunión y de amor a la Iglesia y a la Eucaristía, que nunca es una propiedad privada, pero con conocimiento de todas sus posibilidades tan ricas y de su flexibilidad para no caer en los defectos de antaño de ritualismo y para no pretender ser más papistas que el papa. El fruto de celebrar así será el amor y la unidad entre los cristianos. Esto será también una bendición para el ecumenismo, para la unidad de todos los cristianos. La unidad es la realidad última de toda eucaristía. El Señor se hace presente para hacernos crecer como Cuerpo suyo en la historia. Así la Iglesia podrá cumplir su misión de ser sacramento universal de salvación, pues viviendo el amor y la unidad, frutos de la misa, está dando los signos que el mismo Cristo quiso para que la Iglesia pueda iluminar y salar nuestro mundo y acercar a los hombres al Padre. La Iglesia, viviendo de verdad la eucaristía, puede continuar la misión del Siervo de Yahvé, Jesucristo, cargando con los pecados del mundo y dando la vida por sus enemigos, entregándose por amor a todos, hasta por el hombre más hundido, pecador, o pobre, para que éste pueda entrar ya en la vida eterna que Cristo nos regala en cada eucaristía. |
A.M.G.D.

