XIII Encuentro
Congreso Eucarístico Nacional
EUCARISTÍA, DON PARA LA MISIÓN“Ite Missa est” y su significado en nuestro tiempo |
Congreso de ARPUOviedo, 14 de septiembre de 2005 José Cristo Rey García Paredes, cmf
Sin embargo, el “Instrumento de trabajo” para el Sínodo sobre la Eucaristía -que tendrá lugar el próximo mes de octubre- sí le dedica la cuarta parte al tema de la misión; lleva por título “La Eucaristía en la misión de la Iglesia”; pero cuando aborda directamente la cuestión es en el segundo capítulo, pues el primero está dedicado a la espiritualidad eucarística. Allí se afirma que la Eucaristía es fuente de la evangelización, impulso para el compromiso con una sociedad diferente, fuente de una caridad que se muestra especialmente compasiva con los pobres, como vínculo de unidad en la Iglesia y sacramento de la paz. La organización de este XIII Encuentro-Congreso Eucarístico Nacional sí le ha dado una gran importancia a la contemplación del misterio eucarístico desde la perspectiva de la Misión: “La Eucaristía, don para la Misión”. Voy a intentar desarrollarlo ante ustedes. Vamos a dar varios pasos: 1) La Eucaristía nace de la Misión que viene de Dios. 2) La Eucaristía es fuente y estímulo para la Misión. 3) La Misión conduce hacia la Eucaristía. 4) Conclusiones prácticas. I. La Eucaristía en la Misión que viene de Dios¿Qué es la misión? ¿Cómo entenderla, para descubrir la conexión que existe entre ella y la Eucaristía? Vamos a hacer una breves reflexiones previas. 1. La misión que viene de Dios Dios: El Hijo enviadoCuando en la Iglesia hablamos de misión nos referimos, ante todo, a un atributo divino. La misión la encontramos en Dios, en la Santísima Trinidad. La misión, como dice bellamente Marcelino Legido, “nace de las entrañas del Padre”. Sí. Porque es el Padre quien, movido por su celo misionero, por su amor al mundo, “envía” a su Hijo. La Encarnación, la Vida y la Pasión y Muerte de Jesús son las diversas etapas de la Misión que viene de Dios. Jesús es el Misionero por excelencia, el Enviado del Padre. Jesús no vino a “hacer” cosas, a ser un trabajador incesante a favor del mundo: vino a cumplir la voluntad del Abbá y a trabajar en la medida en que su Abbá se lo pedía. El hizo en todo momento “las obras del Padre” y ellas dan testimonio de su misión. Jesús fue, ante todo, un testigo permanente de la voluntad del Padre: ¡que todos tengan vida y la tengan abundante! Y a esa misión entregó todo su ser. Al final de la vida, en la cruz, pudo exclamar: Consummatum est! Es decir, cumplí la misión que me confiaste. En la cruz Jesús –imposibilitado para hablar y para hacer- se convierte en el Misionero del Padre por excelencia, en el Testigo sufriente y mártir de su Amor. Manifiesta que es misión en grado sumo dar la vida por quienes se ama. La Eucaristía es, en este sentido, el gran Sacramento de la Misión de Jesús: de su entrega a la voluntad del Padre que es “que todos tengan vida”: “Mi carne para la vida del mundo”. Hemos sido elegidos en Cristo Jesús, el Hijo, para ser hijos de Dios. El Abbá nos ha adoptado por hijos suyos. Y nos ha agraciado para que reproduzcamos en nosotros los rasgos de Jesús, el Hijo. Somos, pues, “hijos en el Hijo”. De aquí se deriva que nuestra misión no es otra que la misión misma de Jesús, prolongada en su Cuerpo que es la Iglesia. No hemos de preocuparnos en exceso por realizar la misión. Más hemos de preocuparnos por identificarnos con el Señor Jesús, nuestra cabeza, de quien somos su Cuerpo. A través de su Cuerpo su misión resulta infalible. Todo lo podemos en aquel que es nuestra fuerza. Qué fantástico es tener la experiencia de que en la misión nunca estamos solos, sino que el Señor está con nosotros: “¡Estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo!”. La mística de la misión consiste precisamente en eso, en sentirse prolongación mística de Jesús, saberse sus miembros y sentir cómo a través de nosotros es Él quien actúa, quien ama, quien habla. También nosotros somos en la misión “vicarios de Cristo”. 2. El envío del Espíritu Santo sobre toda carne: “Missio Spiritus”Cuando en la Iglesia hablamos de misión nos referimos también al Espíritu Santo. A él clamamos frecuentemente: “Veni, Sancte Spiritus!”. La verdad es que el Espíritu Santo viene, porque es enviado. El Abbá lo envió en el Antiguo Testamento y por medio del Espíritu fueron creadas todas las cosas; el Espíritu “habló por medio de los profetas”, inspiró a los autores de las Escrituras santas, actuó en los líderes carismáticos que fueron dóciles a su acción. El Espíritu también fue enviado sobre María para que engendrara a Jesús y sobre ella descendió como una sombra; también fue enviado a Jesús en el bautismo, como paloma y en la Transfiguración como nube luminosa. Jesús promete que tras su glorificación enviará juntamente con el Padre el Espíritu. Así el Espíritu se convierte en la Pascua en el Enviado del Padre y del Hijo (Filioque). Es enviado sobre toda carne, sobre toda la humanidad, y de una manera muy especial sobre la Iglesia. En la cruz, cuando Jesús está rodeado de su madre, de la hermana de su madre, María de Cleofás y María Magdalena, además del discípulo amado, Jesús “entrega el Espíritu”. En Pentecostés el Espíritu es enviado y comunicado a cada uno de los que allí están. La misión del Espíritu que entonces, el día de Pentecostés se inició, no ha concluido. Estamos en la era del Espíritu, en el tiempo de su misión “invisible” sobre toda carne, sobre la humanidad, sobre la Iglesia. El Espíritu actúa secretamente en el corazón de la historia: derrama sus carismas, activa la buena voluntad y la creatividad humana, diversifica y hace entrar en comunión. El Espíritu hace memoria de Jesús. Lleva sus obras a plenitud. Gracias al Espíritu los dones se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Gracias al Espíritu la comunidad se torna “Cuerpo de Cristo”. Gracias al Espíritu tenemos vivencia de nuestra filiación divina. Gracias al Espíritu todo está llamado a la resurrección. Así entendida, vemos que resultaría presuntuoso entender que la misión es, ante todo, nuestra e identificarla con nuestras iniciativas o trabajos pastorales. La misión es un atributo divino, una iniciativa trinitaria. Es “missio Dei”. Dios mismo es misión. Y compartimos las misiones divinas. La Iglesia y nosotros en ella, somos llamados a participar en la Misión de Dios. Es más: positivamente Dios ha querido que la misión de su Hijo se realice en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Por eso, la cabeza realiza la misión en unión con todos sus miembros, dentro de la lógica diferencia entre cada uno de ellos. Dios ha querido que la misión del Espíritu se realice en la comunidad del Espíritu, donde los carismas del Espíritu son concedidos a todos y a cada uno, a su manera, según la voluntad de Dios, dentro de una diferencia impresionante. Misión del Espíritu es la diversificación carismática y también la comunión de las diferencias. El Espíritu es fuente de biodiversidad eclesial, pero al mismo tiempo lleva la variedad hacia la comunión. 3. La Eucaristía forma parte de la misión del Hijo y de la Misión del EspírituLa Eucaristía forma parte del movimiento de misión que viene de Dios, de las entrañas del Padre. ¿No nos amó tanto Dios Padre que no envió a su Hijo Unigénito al mundo y nos lo entregó “para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16)? ¿No es la Eucaristía un momento culminante dentro de la entrega del Hijo a cada uno de nosotros? ¿No es el momento en que llega a nosotros, corporalmente, la Vida? Por eso, la Eucaristía debe ser comprendida dentro del dinamismo de la Misión que viene de Dios, de la Misión del Hijo. Por eso, también nuestra participación en la Eucaristía nos introduce en ese dinamismo que nos identifica con Jesús, el Misionero del Padre. Comulgamos con Él para ser enviados con Él al mundo: “tanto amó Dios al mundo, que nos unió a Jesús para entregarnos con Él y para que todos tengan vida”. También la Eucaristía forma parte de la misión del Espíritu. Sin el Espíritu Santo, sin su presencia que hace memoria de la Palabra de Jesús y la interioriza, que convierte las Escrituras en Palabra de Dios, sin su presencia que consagrada los Dones (primera epíclesis 7 ) y consagra la comunidad como cuerpo de Cristo (segunda epíclesis 8 ) no habría Eucaristía. La celebración Eucarística, en la cual todo el protagonismo recae sobre Jesús y su Espíritu es el Sacramento de la “Missio Dei” por excelencia. La Eucaristía nace de ese movimiento misionero que viene de Dios hacia el mundo y tiene como objetivo transformar y deificar nuestro mundo, hacer posible que este mundo responda al proyecto Creador, sea auténtico reino de Dios. En la Eucaristía esa transformación deificante alcanza a toda la comunidad cristiana, a través de ella llega a la humanidad e implica sorprendentemente hasta los mismos elementos materiales de pan y de vino. II. La Eucaristía, fuente y estímulo para la Misión de la IglesiaLa Eucaristía no es punto de llegada. No concluye en sí misma. Las últimas palabras de la celebración, a pesar de la oscuridad de su significado, son sumamente elocuentes a este respecto: “Ite, missa est”. El significado literal de esta expresión no es “Podéis ir en paz” tal como han sido traducidas por la liturgia en español, sino: “¡Iros! ¡Ha sido enviada!”. Se trata de un imperativo, de un mandato dirigido a la comunidad cristiana, reunida en Asamblea, al concluir su celebración eucarística. “Ite, missa est!”. La comunidad no es invitada ni a venir, ni a quedarse dando gracias por la comunión; a la comunidad no se le dirige un último saludo de despedida que signifique: “¡hasta mañana!, ¡hasta el próximo domingo! La expresión utilizada tiene la forma del imperativo, de un mandato que hay que cumplir:¡Iros! ¡Que ha sido enviada! Así concluye la celebración eucarística desde hace muchos siglos. Pero la cuestión pendiente es: ¿a qué realidad se refiere la expresión “missa est”? ¿Quién, qué “ha sido enviada”? Parece ser que el significado primero de estas palabras tenía mucho que ver con una práctica eucarística muy genuina en las iglesias de los primeros siglos 9 . Después ha sobrevenido otro significado que tiene ya mucho que ver con el envío, la misión de la comunidad. 1. El primer sentido del “Ite Missa est!”: dimensión eclesiológica y comunitaria de la Eucaristíaa) La celebración eucarística en los primeros siglosAl principio no era así. No se multiplicaban las eucaristías en diversos altares, no se celebraban muchas misas en un templo, no eran presididas por diferentes presbíteros. Al principio se afirmaba “la unicidad originaria de la Eucaristía episcopo-céntrica” en expresión de teólogo ortodoxo y metropolita de Pérgamo Jean Zizioulas 10 . Las Eucaristías de los primeros siglos tenían lugar en un solo día, el domingo, en un solo altar –el de la Iglesia principal-, con un solo presidente –el obispo-. Un solo día, el domingo : En las fuentes de la fe cristiana vemos cómo muy pronto se instaura la costumbre de celebrar la eucaristía todos los domingos: la eucaristía celebrada por Pablo en Troade tiene lugar “el primer día de la semana” (Hech 20,7). El capítulo 14 de uno de los libros más antiguos de la Iglesia, la Didaché, se dice: “El día del Señor reuníos para partir el pan y dar gracias” 11 . A esta práctica dominical se añade la celebración de la Eucaristía el día del aniversario de la muerte de los mártires. Así se comienza a celebrar la Eucaristía entre semana. Y así se inicia el culto a los santos, que dará lugar posteriormente a nuestro santoral. Un solo presidente, el obispo: San Ignacio de Antioquia pide que sólo sea reconocida como legítima aquella eucaristía que es presidida por el Obispo, o por la persona a la que él encargue 12 . Y se pide a los cristianos que sólo participen en esa eucaristía: “porque sólo hay una carne de nuestro Señor Jesucristo, y un solo cáliz para unirnos en su sangre, un solo altar, como un solo obispo con el presbiterio y los diáconos” 13 . La razón de esta forma de celebrar la Eucaristía es la de expresar y fortalecer en la Eucaristía la unidad de la Iglesia. Cuando la Eucaristía comienza a celebrarse entre semana, para conmemorar el aniversario del martirio de algún mártir, se puede suponer que eran los presbíteros los encargados de presidir estas eucaristías. En principio, por lo tanto, la Eucaristía era siempre presidida por el Obispo, porque él es el Pastor. Pero estaba asistido por los presbíteros y los diáconos. En todo caso, se ponía de relieve que quien presidía la Eucaristía, era aquella persona que presidía la comunidad. Un solo altar: Eso pedía san Ignacio de Antioquia: ¡un solo altar! 14 . No tenía sentido para él que presbíteros celebraran eucaristías en diversos lugares, con diferentes comunidades cristianas. b) Cambio pastoral: la reiteraciónCuando el cristianismo se convierte en religión oficial del imperio, y comienzan a entrar en la Iglesia auténticas masas de convertidos, cambian las estructuras eclesiales y pastorales. Y esto afecta a la Eucaristía. ¿Qué hacer en celebraciones en las cuales la multitud no cabe en el templo? ¿qué hacer si por diversas razones justificadas todos no pueden asistir a la celebración que tiene lugar a una sola hora? Si solo estuviera permitida la celebración de una sola Eucaristía (“si unius tantum misae more servato” 15 ) un buen grupo de cristianos quedaría excluido de la celebración. Por eso, el Papa León Magno justificaba que las eucaristías puedan reiterarse, precisamente por esta razón 16 . El número de cristianos en la Roma del siglo IV debió oscilar entre 70.000 y 80.000; y en el siglo V de 130.000 a 150.00. Se hizo necesaria una estructura pastoral diferente. En Roma se establecieron diferentes lugares de culto cristiano en los diferentes barrios; estaban dedicados a algún santo; se llamaban títulos; y los presbíteros que se encargaban de cada circunscripción o lugar de culto, se llamaban “titulares”. No eran parroquias, sino “sucursales” de la única iglesia, presidida por el Obispo. El Papa, Obispo de Roma, solía reunir a la comunidad cristiana en diversos lugares o “estaciones”. A la Eucaristía episcopal asistían todos los presbíteros titulares. Así se ponía de relieve que no había diferentes eucaristías, sino una sola, que después se extendían por toda la ciudad. Para hacer ver que existía una profunda continuidad entre la Eucaristía episcopal y las eucaristías titulares, los Papas Milcíades (311-314) y Silicio (384-399) establecieron el rito del “fermentum”: consistía en que unas partículas de la Eucaristía episcopal, consagradas por el obispo, fueran posteriormente llevadas por los presbíteros a sus respectivas iglesias y que esta partícula se mezclara después con el pan eucarístico consagrado por los presbíteros en la celebración eucarística de aquel templo. De ese modo, se ponía de relieve la absoluta dependencia de esa Eucaristía con la Eucaristía episcopal. Se llamaba a esta partícula eucarística “fermentum”, o levadura que hace fermentar toda la masa. En la conclusión de la Eucaristía episcopal, diversas partículas eucarísticas eran entregadas a los presbíteros titulares. A través de ellos, la Eucaristía era enviada a las diversas Iglesias. Cuando ellos habían abandonado la Asamblea eucarística, el Obispo despedía a la gente con las palabras conclusivas: “Ite, missa est”; “¡iros, pues ya la Eucaristía ha sido enviada” 17 . En los siglos posteriores se perdió esa costumbre y sólo quedó un vestigio de ella, cuando después del Padrenuestro, el ministro ordenado, parte la Sagrada Forma y deposita en el cáliz una partícula extraída de uno de los trozos de la Sagrada Forma. 2. El segundo sentido del “Ite Missa est!”: dimensión misioneraLa fórmula “ite missa est” se ha mantenido. A ella recurren los documentos eclesiales actuales para resaltar la dimensión misionera de la Eucaristía o el mandato misionero con la que cada Eucaristía concluye. El Instrumentum Laboris del próximo Sínodo sobre la Eucaristía, ofrece la siguiente interpretación del “Ite missa est”: “Las palabras con las cuales termina la celebración de la Eucaristía, Ite missa est, recuerdan el mandato misionero del Señor resucitado a los discípulos antes de su Ascensión al cielo: «Id, pues, y haced discípulos a todas la gentes» (Mt 28,19). En efecto, la conclusión de cada Santa Misa se relaciona inmediatamente con el envío a la misión. En ésta están comprometidos todos los bautizados, cada uno según su propia vocación dentro del Pueblo de Dios: los obispos, los sacerdotes, los diáconos, los miembros de la vida consagrada y de los movimientos eclesiales, los laicos” (IL, 88). a) Los envíos de Jesús: ¡Iros! ¡Vete!Es curioso constatar cómo el Jesús de los Evangelios no solo llama con las palabras “¡ven!”, “¡sígueme!”, sino que también -en no pocas ocasiones-, despide, manda imperiosamente que alguien se vaya, envía: ¡iros!, ¡vete! Lo expresa muy bien el cuarto evangélico, cuando nos ofrece las palabras de Jesús en la última Cena, en las que habla de la elección de los discípulos: “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca” (Jn 15,16). Jesús ha llamado a sus discípulos “para que vayan”. Este “ir” tiene mucho que ver con la misión y una misión a la que se le promete el éxito, el fruto abundante y consolidado. No pasarán la noche pescando inútilmente, sino que la red se llenará de peces, serán pescadores de hombres, pero con pesca abundante. Los ángeles de la Resurrección y el mismo Señor Resucitado les dirigen a las mujeres este mismo mandato imperativo: ¡Id! Seguido de un mandato misionero después: “Y ahora id enseguida a decir a sus discípulos: "Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis." …» Ellas partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos. En esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: « ¡Dios os guarde! » Y ellas, acercándose, se asieron de sus pies y le adoraron. Entonces les dice Jesús: «No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán. » (Mt 28, 7-10) También el Señor Resucitado les pidió a sus Once discípulos-apóstoles que fueran por todo el mundo anunciando el Evangelio Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: « Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. » (Mt 28, 17-20) Este imperativo “¡id” tiene siempre un significado misionero. Después de la experiencia del Señor resucitado, las mujeres discípulas o María Magdalena son enviadas a anunciar su experiencia. Después de contemplar al Señor resucitado, los Once son enviados a anunciar el Evangelio a todas las gentes. Después de la experiencia del Señor resucitado en cada Eucaristía, la comunidad cristiana es enviada a anunciar su experiencia de comunión con Jesús: “lo que ha visto y oído, lo que ha palpado respecto al Verbo de la Vida”. b) La Eucaristía como envíoLa Eucaristía ha recogido en su ritualidad este mandato imperativo del Señor: ¡Id! Y hace que con esas palabras concluya toda celebración eucarística en la Iglesia. La densidad de ese mandato misionero depende de la densidad de la misma celebración. La Eucaristía es ante todo el Sacramento de la Presencia. En ella se cumple el primer objetivo de la vocación apostólica: “instituyó Doce, para que estuvieran con él , y para enviarlos a predicar ” (Mc 3,14): En la celebración eucarística la comunidad, instituida por Jesús, está reunida en torno a Él, está con Él, entra en comunión íntima con Él. La comunidad escucha las Palabras de Jesús y las Escrituras que dan testimonio de Él. La Liturgia de la Palabra es la primera forma de “estar con Él”, de experimentar su presencia viva, de sentir que las palabras de Jesús hacen arder el corazón. La Eucaristía tiene como objetivo alimentar una presencia permanente de Jesús en nosotros, de modo que “permanezcamos en Él”, como los sarmientos en la vid, como los miembros en el Cuerpo, que la Palabra habite abundantemente en nosotros. La presencia eucarística no es un fin en sí misma. Es la mediación sublime que nos permite vivir “en Cristo”, de modo que no vivamos ya nosotros, sino que sea Cristo quien vive en nosotros. Y Jesús alimenta su presencia en nosotros a través de la Palabra y el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. Pero esta mutua inmanencia de Jesús en nosotros y de nosotros en Jesús, llamados todos a formar un solo Cuerpo, tiene también otro objetivo: “para enviarlos a predicar”, para que den testimonio: “Lo que hemos visto y oído, lo que tocaron y palparon nuestras manos respecto al Verbo de la Vida, eso os lo anunciamos para que entréis en comunión con nosotros”. La experiencia aboca necesariamente al testimonio, a la proclamación, a la misión. Por eso, la Eucaristía concluye en el Ite Missa est! La comunidad que tiene la experiencia de la Revelación del Señor y de la autodonación de Dios está destinada a ir, a anunciar, a curar, a dar vida, a expulsar demonios. Ha sido habilitada por la comunión con el Señor y su Espíritu para ello. François-Xavier Durrwell decía, y con mucho acierto, que cada Eucaristía es una especie de “experiencia de aparición pascual” 18 . El Señor resucitado se aparece en la Palabra, en la especies de Pan y Vino, en la comunidad y en sus ministros. Su presencia y manifestación es acogida en la fe y genera comunidad-cuerpo de Cristo. c) Ser testigos de la experiencia eucarísticaQuienes han tenido la experiencia de la aparición del Señor resucitado en la celebración eucarística, se sienten llamados a ser testigos de ella. El testimonio es la primera tarea misionera de cada cristiano enviado al mundo: « a éste, Dios le resucitó al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos. » (Hech 10,40-41). La misión tiene como objetivo la introducción en el misterio de Cristo de todos los llamados a la fe: el hacer posible el encuentro personal de cada ser humano con Jesús. Este encuentro adquiere su máxima intensidad en la celebración eucarística: “Jesús invita a su mesa a todos los hombres de buena voluntad, sin distinciones ni prejuicios (cf. Mt 22,1-13; Lc 14,16-24) y ofrece su sacrificio por la salvación de todos (cf. Mt 26,26-29; Lc 22,15-20; Mc 14,22-25; 1 Co 11, 23-25). La Eucaristía, por lo tanto, es la cumbre a la cual tiende naturalmente toda la actividad misionera de la Iglesia, también aquella específicamente ad gentes. En efecto, ¿qué sentido podría tener anunciar el Evangelio si no llevar a cada uno a la comunión con Cristo y con los hermanos, de la cual la Santa Misa, anticipación del Banquete eterno, es la expresión litúrgico-sacramental más alta? (IL, 89) En la Eucaristía se anticipa sacramentalmente aquella mesa del Reino de Dios a la que todos, sin excepción, son invitados. La celebración eucarística enciende en nosotros los motores de la misión: “Esto vale para los cristianos que viven en un mundo secularizado, donde la mayoría de los que se encuentran alejados de la fe realizan un continuo esfuerzo espiritual para encontrar a Dios, el cual de todos modos permanece siempre cerca de ellos. Este celo pastoral acompaña a los misioneros que, llevados por el amor a Dios, proponen el primer anuncio de la Buena Noticia a las personas que hasta ahora no conocen el Evangelio de Jesucristo, o no lo conocen en modo adecuado y profundo” (IL, 89). El Señor, que después de resucitado prometió a los enviados que estaría con ellos todos los días, hasta el fin del mundo, cumple su promesa en la celebración eucarística. Ésta es centro y punto de partida, pero también de llegada, del envío misionero. Por eso, la Eucaristía explicita este envío misionero en la conclusión de la reunión de la Asamblea. La Eucaristía misionera es enviada a través de la Comunidad misionera, que es Cuerpo de Cristo en actividad permanente. Si Jesús y el Espíritu quieren compartir su misión con nosotros, el espacio más adecuado para este compartir es la celebración eucarística. 3. Ite! Para compartir la PalabraDecir “Eucaristía” es, en primer lugar, decir Proclamación y Celebración de la Palabra de Dios. Lo primero que se extiende en la celebración es la Mesa de la Palabra. ¡Esto no se debe olvidar! Por eso, el envío misionero post-eucarístico no es sólo llevar a Cristo Jesús, llevar su Cuerpo, sino, también llevar su Palabra, aquella que ha sido antes comulgada. Pues bien, la Palabra de Dios del Nuevo Testamento surgió en un contexto auténticamente misionero. ¿Qué son las cartas de Pablo, sino cartas de Misión? ¿Qué son los Evangelios sino relatos preparados para poder realizar la misión? Fuera de un contexto misionero es imposible entender adecuadamente e interpretar el sentido de los Escritos del Nuevo Testamento. En ellos se descubre inmediatamente la intencionalidad misionera; la orientación para defender la fe, descubrir el Misterio de Dios en los diferentes contextos culturales, exhortar y consolar en medio de las enormes dificultades que la misión tenía que afrontar. También en ese contexto de misión fue releído todo el Antiguo Testamento como manifestación o epifanía de Cristo Jesús: “las Escrituras dan testimonio de Él”. Se afirma que el Espíritu Santo habla a través de los profetas. Y es que en la misión, la Palabra se descubre en toda su virtualidad y sus tonos. Pues bien, cuando hoy celebramos la primera parte de la Eucaristía, la liturgia o la mesa de la Palabra, no debemos prescindir en ningún caso de su contexto vital “misionero”, so pena de perdernos sus mejores significados y enseñanzas. Pero, al mismo tiempo, ¿cómo proclamar la Palabra en ese contexto sin que la Palabra se convierta para la comunidad en estímulo, en don para la Misión? ¿Qué hacer para que la Palabra no quede en nosotros, quienes participamos en la Eucaristía, sino que se convierta en chispa que encienda a todo el mundo, después de celebrada la Eucaristía? En la Eucaristía muchos descubren su misión de evangelizadores. Saben que no pueden reservarse para sí mismos la revelación y que tienen que hacer todo lo posible por transmitir la noticia. Así como las mujeres de la Pascua difundieron por todas partes el rumor de la Resurrección, así quienes participan en cada Eucaristía deberían salir de ella con deseos irrefrenables de transmitir la Buena Noticia, de ser testigos de lo que han experimentado. Esa es la fuente del ministerio apostólico. En ninguna parte como en la celebración Eucaristía la Palabra tiene tanta fuerza transformadora, sacramental, eficaz. La participación en la mesa de la Palabra es el mejor equipamiento para la misión cristiana. En la celebración de la Palabra, Jesús, el Señor, habla a sus misioneros y misioneras. A través de su Palabra y su Espíritu los forma y configura y los prepara para la misión. Jesús les habla a través de toda la Sagrada Escritura, que da testimonio de Él. La primera parte de la Eucaristía no es solamente una escuela, en la que el Señor enseña doctrina a sus discípulos y discípulas. Es, ante todo, el momento en el que su comunidad participa del Pan de la Palabra, pan bajado del cielo. Este pan es asimilado en la fe. Hay una identificación creciente entre Jesús y quien come de su Pan, quien cree en su Palabra. Así el Señor se hace dueño de la interioridad del discípulo. De modo que a quien ellos oye, a Jesús oye, quien a ellos recibe a Jesús recibe. La liturgia de la Palabra es aquel momento en que el Señor nos da su poder, nos entrega su Palabra poderosa. Con este arma de la Palabra el discípulo o la discípula pueden realizar las obras del Abbá, como Jesús, y aun mayores. La liturgia de la Palabra está de tal manera configurada que en los diversos ciclos litúrgicos, el pueblo de Dios es alimentado con casi todos los libros de la Escritura. Eso quiere decir, que quienes participan en la Eucaristía de la Palabra, reciben la fuerza de todos los libros de la Escritura 4. Para entregarse en el Cuerpo y Sangre de CristoLa celebración eucarística extiende a la vez una segunda mesa: la mesa del Pan y del Vino, del Cuerpo y de la Sangre. Quien pone el Cuerpo y la Sangre sobre la Mesa es el Abbá, Dios que tanto amó al mundo que le entregó a su Hijo unigénito. Y lo pone para que tengamos vida y vida abundante. Y Jesús se entrega también, se da a sí mismo sin reservas. Lo expresa muy bien, según el cuarto evangelio, cuando se despoja de sus vestiduras y lava los pies de los discípulos, les da ejemplo y les pide que ellos hagan lo mismo. Se instaura así en el mundo una cadena de servicio desinteresado –“servitium caritatis”-, porque nadie tiene amor mayor que el que da la vida por sus amigos. Quien así sirve, expresa después su entrega, ofreciendo su Carne como Comida y su Sangre como Bebida. En esta oblación, sin reservas, Jesús lleva a cabo la voluntad del Padre y consuma la misión recibida. No solo vino a enseñarnos como Maestro, ni a guiarnos como Buen-Bello Pastor, ni siquiera a establecer un Reino, como Hijo de Dios y de David, sino también a perderse, a entregarse sin reservas, a dar su Vida, su Cuerpo y su Sangre, como Hijo del Hombre. Cada Eucaristía apunta a ese momento culminante de la Misión y lo hace presente. Las reticencias muy fuertes de los discípulos de Jesús a “comer la carne del Hijo del Hombre y beber su sangre” indican que este tipo de comunión no era ningún “plato de gusto para ellos”. “¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?”, les preguntaba Jesús a los Zebedeos. “Abbá, si es posible haz que pase de mí este cáliz”, clamaba Jesús en Getsemaní. Muchos discípulos abandonaron a Jesús al acabar de escuchar el discurso del Pan de Vida. Aquella forma de hablar -¡comunión con la entrega del Hijo del Hombre- les parecía intolerable. Comulgar el Cuerpo y la Sangre de Jesús es, por lo tanto, una inclusión audaz en la misma Misión sacrificial de Jesús: “¡Anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas!”. Es comprensible, entonces, que la celebración eucarística haya sido la fuente espiritual del Martirio en la Iglesia. Que haya sido la escuela de los mártires, el impulso para las misiones más arriesgadas, la fuerza para afrontar todas las fuerzas de la muerte y del mal. Comulgar con demasiada facilidad sin captar el compromiso sacrificial que implica es una veleidad, una irresponsabilidad. Ponemos quizá demasiado énfasis en comulgar después de confesar nuestros pecados, y no ponemos suficiente énfasis en comulgar con disposición de entrega absoluta a la misión. 5. La Eucaristía, irremplazableLa Eucaristía no es reemplazada por nada. Ella es la cumbre, la cima. Una celebración de la comunión, un tiempo de adoración al Santísimo Sacramento no remplazan la Eucaristía. Comulgar durante la celebración Eucarística y fuera de la Celebración Eucarística no es lo mismo. La Eucaristía es ¡la fuente y la cumbre! (Sacrosanctum Concilium). Su lugar es único. Ella es, por excelencia, el don de Dios que hay que recibir. La Eucaristía es un acontecimiento progresivo de encuentro y reunión de la Asamblea. Es ámbito en el cual Dios habla a su Pueblo y le transmite su Ley, su Evangelio y el Pueblo responde a la oferta permanente de Alianza y amor. La Eucaristía es súplica a Dios para que envíe su Espíritu. El presbítero impone las manos sobre los dones, proclama el relato de la Institución, invoca al Espíritu Santo sobre la asamblea; por la mediación del ministerio ordenado y de la acción litúrgica, acontece algo único: ¡los dones y la asamblea son transformados y se convierten en Cuerpo de Cristo. La Eucaristía transforma el mundo, ella es fuerza de salvación para nosotros que somos transformados al mismo tiempo que los dones. La Eucaristía es el momento por excelencia en el que nosotros quedamos unidos a Cristo que se ofrece el Padre. En ausencia de ministro ordenado, la epíclesis y su poder transformador faltan. Se da una auténtica “falta” real, una ausencia que nada puede remplazar. Es de la liturgia, y en primer lugar de la Eucaristía que, como fuente, dimana la gracia hacia nosotros (SC, 7) El summum de la participación en la acción eucarística es la recepción de la comunión; pero está ordenada a comulgar con la vida del Resucitado y con el misterio trinitario, para “pasar con Él” de las tinieblas a la luz admirable. Recibir el sacramento del Cuerpo de Cristo, en la fe, es movimiento. Es para la remisión de la pecados. La entrega de Jesús al Padre es el espacio en el que nosotros encontramos alegría para vivir y también nosotros volvemos al Padre. IV. Conclusiones PrácticasParticipar en la Mesa de la Palabra y en la Mesa del Cuerpo y de la Sangre es entrar en el espacio misterioso y electrizante de la “Missio Dei”. La misión de Jesús y del Espíritu se muestran “in misterio”. Esa misión de las personas divinas se actualiza y ofrece a la comunidad cristiana para que sea “compartida” por ella. La comunión tiene que ver con la Trinidad Santa: se comulga la Palabra y el Pan-Vino eucarísticos, se comulga con el Hijo y con el Espíritu, misioneros del Abbá. La Eucaristía se proyecta también como misión extendida, misión eclesial. La Eucaristía no concluye sin “Ite Missa est”, sin misión. Cuando no hay misión después de la Eucaristía, la Eucaristía queda frustrada. El Cuerpo misionero de Jesús queda paralizado. No basta centrarse en la Eucaristía como lugar de encuentro con Jesús, como lugar de adoración. Hay que preguntarse, si obtenemos de la Eucaristía todo el potencial misionero que ella encierra. A veces tenemos la impresión de que la Eucaristía se circunscribe a ese tiempo dominical que dedicamos a Dios cada semana, para después volver a nuestras tareas ordinarias. No es que queramos desvalorizar la participación dominical en la Eucaristía, ni mucho menos. Lo único que nos cuestionamos es: ¿porqué la Eucaristía no se traduce en manantial exuberante de misión, en rampa de lanzamiento misionero de toda la comunidad cristiana? ¿Decir mujer u hombre eucarístico, es lo mismo que decir “misionera”, “misionero” de Jesús? ¿Vivimos la Eucaristía como don para la Misión? ¿Es, de hecho, la Eucaristía, la fuente y el impulso de una vida entregada sin reservas a la Misión? La adoración al Santísimo Sacramento desata en nosotros el dinamismo misionero que la contemplación y adoración del Resucitado suscitó en los Apóstoles: ellos tras adorar al Señor resucitado, fueron lanzados a todos los caminos del mundo para anunciar el evangelio. ¿Sucede eso entre nosotros? ¿Es la Eucaristía un paréntesis en una vida que no es misionera? ¿O es más bien la fuente y cumbre de la misión? La verdad de la Eucaristía se expresa en la verdad de la Misión. Los proyectos de Misión tienen mucho que ver con la lógica eucarística. Pero con una Eucaristía celebrada en nuestro tiempo, en las circunstancias providenciales en las cuales Dios Padre nos concede celebrarla. El ritualismo le quita a la celebración eucarística su espontaneidad histórica, su relación misionera con los acontecimientos del mundo. La banalización de la Eucaristía la convierte en un mero encuentro comunitario de simpatizantes y amigos, pero niega la seriedad del momento presente, como momento de lucha por el Reino de Dios. Que el Espíritu Santo nos ilumine para que comprendamos el misterio que nos ha sido confiado y para que la experiencia de “estar con el Señor” nos lleve a descubrir que el mismo Señor y su Espíritu nos envían a anunciar el Reino de Dios, a curar enfermos, expulsar demonios y resucitar muertos, aunque tengamos que entregar nuestra vida en el empeño. La Eucaristía acogida y celebrada PRÓLOGO LA EUCARISTÍA, UN DON PARA COMPRENDER Y ACOGER B. Siglos IV-VIII Un elemento novedoso que aparece a lo largo del siglo IV es el rito de entrada del celebrante en la basílica, que adquiere muy pronto el tono de un cortejo solemne. EUCARISTÍA, DON RECIBIDO DE MARÍA “ MUÉSTRANOS Y DANOS A JESÚS” María de la Palabra, del Cuerpo y de la Sangre Eucarísticos I. Las dos manos del Abbá que nos entregan a Jesús: El Espíritu y María II . “Muéstranos y Danos a Jesús, Palabra de Dios” 1. El Misterio de la Palabra a) La Palabra de Dios en el misterio de la Iglesia01 b) Eucaristía y Palabra de Dios02 c) La Palabra de Dios en la celebración eucarística03 2. María, la mujer que acogió, meditó y creyó en la Palabra II. ¡Muéstranos el Cuerpo de Jesús! María de Nazaret, de Belén y del Cenáculo 1. El misterio del Cuerpo a) María y el Cuerpo de Jesús b) Madre desde el amor, la feb y el desprendimiento 2. 0Theotokos, Madre de Dios20 III. Muéstranos la Sangre de Jesús. María de Caná y del Calvario 1. La Sangre de Jesús a) La perspectiva del “sacrificio” y la “obediencia”01 b) El cuerpo entregado desde el principio c) Un veloz proceso de muerte en su cuerpo04 d) El cuerpo resucitado con las marcas de la entrega05 e) “Tomad y comed, esto es mi cuerpo”02 2. María asociada al Sacrificio: en Caná y en el Calvario IV. María, Mujer Eucarística (Juan Pablo lI y el Instrumentum Laboris del próximo Sínodo sobre la Eucaristía) 1. Mysterium fidei! El mandato de Institución 2. Eucaristía y misterio de la Encarnación por obra del Espíritu 3. Eucaristía-Oblación y la entrega continuada a) El cuerpo “que será entregado por vosotros” b) «Haced esto en recuerdo mío» (Lc 22, 19) 4. El Magnificat en perspectiva eucarística EUCARISTÍA, DON PARA LA MISIÓN “ Ite Missa est” y su significado en nuestro tiempo I. La Eucaristía en la Misión que viene de Dios 1. La misión que viene de Dios Dios: El Hijo enviado 2. El envío del Espíritu Santo sobre toda carne: “Missio Spiritus” 3. La Eucaristía forma parte de la misión del Hijo y de la Misión del Espíritu II. La Eucaristía, fuente y estímulo para la Misión de la Iglesia 1. El primer sentido del “Ite Missa est!”: dimensión eclesiológica y comunitaria de la Eucaristía a) La celebración eucarística en los primeros siglos b) Cambio pastoral: la reiteración 2. El segundo sentido del “Ite Missa est!”: dimensión misionera a) Los envíos de Jesús: ¡Iros! ¡Vete! b) La Eucaristía como envío c) Ser testigos de la experiencia eucarística 3. Ite! Para compartir la Palabra 4. Para entregarse en el Cuerpo y Sangre de Cristo 5. La Eucaristía, irremplazable IV. Conclusiones Prácticas EN EL XIII ENCUENTRO-CONGRESO EN LA ARCHIDICOESIS DE OVIEDO ALGO NOS FALTA… Algo falta a tantas parroquias, acaso con estructuras perfectas e impecables servicios litúrgicos. Pero más parecen fríos centros administrativos que fuentes de gracia y fragitas de santos. DESBLOQUEAR LA CLAUSURA DE LOS TEMPLOS TRES INQUIETUDES CONCRETAS PARA EL VIII ENCUENTRO-CONGRESO EL DON DE DIOS I LA EUCARISTÍA, ALIMENTO DE NUESTRA PEREGRINACIÓN Y DE NUESTRA FORMACIÓN I. Cuando la Eucaristía no forma parte del Camino II. Eucaristía en la Peregrinación del Pueblo de Dios 1. La eucaristía acompaña nuestra peregrinación: expresiones litúrgicas 2. La Eucaristía en todos los días de la Iglesia (Juan Pablo II: “Ecclesia de Eucaristía”) III. Ser en Camino u “Homo Viator” (reflexión antropológica) 1. El ser humano como viajero 2. … como viajero religioso 3. El ser humano como “homo viator” IV. El Pan del Camino: la Eucaristía de nuestra Peregrinación 1. Prefiguraciones: “con la fuerza del alimento, caminó hasta el monte del Señor” (1 Rey 19, 4-8) 2. Eucaristía, o el “pan nuestro de cada día” a) El Pan Nuestro de cada Día, en la oración de Jesús Mt 6,9ss Lc 11,2ss b) La petición del pan en el contexto evangélico c) Petición y acogida del pan: su significado d) La imagen de Dios: Fuente de Vida y Alimento 3. La celebración eucarística, alimento de nuestra peregrinación Distribución del Pan de la Palabra durante el “Año litúrgico” b) El Pan del Cuerpo que alimenta el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia II. LA EUCARISTÍA, GARANTÍA DE ESPERANZA EN UN MUNDO SIN HORIZONTE (Perspectiva apocalíptica: “Ecclesia in Europa”) I. Perspectiva: Horizonte apocalíptico de la exhortación “Ecclesia in Europa” 1. El mensaje global de la Exhortación “Ecclesia in Europa” 2. La Eucaristía en contexto apocalíptico II. Fundamento: Comprensión de la Eucaristía en clave apocalíptica: El Cordero Inmolado, el Pan del “mañana” en el “hoy” de nuestra historia 1. El rostro “apocalíptico” de Jesús, el Señor 2. La Eucaristía como “utopía”: “panis angelicus fit panis hominum” a) Las dos explicaciones de la Presencia b) El Señor del futuro c) Presencia discreta y humor de Dios d) El “dies dominicus” como estructurador de la cotidianidad cristiana III. Vivencia: El Abbá nos cuida y alimenta: Vida cristiana y Providencia 1. El pan de cada día 2. El pan del mañana 3. La gracia del pan Conclusión Lema: Promueve y organiza: Comisión organizadora: Destinatarios e invitados: ______ Ponencias 1 Eucaristía en Europa II.-Redemptionis Sacramentum OFRENDA AL APÓSTOL, POR EL CONSILIARIO NACIONAL Y GENERAL Santiago de Compostela, 16 de Septiembre de 2004 AMEN El día 22 de agosto de 2004 TITULO II. ESPIRITUALIDAD Y PRACTICAS TITULO III. MIEMBROS TITULO IV. ORGANIZACION Y GOBIERNO A) ORGANIZACION PARROQUIAL B) ORGANIZACION INTERPARROQUIAL D) ORGANIZACION NACIONAL TITULO V. ADMINISTRACION DE LOS BIENES TITULO VI. REFORMA DE LOS ESTATUTOS
|
LA EUCARISTIA, DON PARA ADORAR. |
Conferencia al Congreso Nacional de ARPU Oviedo 15 septiembre 2005
La conversación de Jesús con la samaritana (In 4, 20-25) viene muy a propósito para introducimos en la reflexión sobre la adoración. Recordemos este pasaje del evangelio de san Juan: La samaritana dice a Jesús. "Nuestros padres adoraron a Dios en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén esta el lugar donde hay que adorarle. Dícele Jesús: Creeme, mujer, que viene la hora en que ni a ese monte ni a Jerusalén estará vinculada la adoración al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos; porque la salud viene de los judíos. Pero llega la hora, y es esta, en que los verdaderos adoradores adoraran al Padre en espíritu y en verdad, porque el Padre tales quiere que sean los que le adoren. Espíritu es Dios; y los que le adoran, en espíritu y en verdad le deben adorar. "
2.- La adoración es constitutiva de la verdadera oración. La adoración es parte integrante y fundamental de toda oración. Orar es establecer relación de amistad con Dios. La oración es posible porque Dios sale a nuestro encuentro y nos invita a establecer una intima relación con Él. Dios se revela a sí mismo cuando nos habla, aunque para nosotros su Ser permanezca siempre inabarcable e incomprensible. ¡Es el todopoderoso!. "La oración es un fenómeno presente siempre que el hombre entra en relación con Dios -utilizando el lenguaje bíblico-, cada vez que uno "cree". Oración y fe se apoyan en los mismos presupuestos: son posibles porque Dios ha abandonado su soledad y su ocultamiento, ha rota su silencio y con su palabra ha revelado su nombre y su voluntad al hombre, le ha hablado. ... La oración no es por lo tanto reflexión del hombre sobre sí mismo, sobre su naturaleza y sobre su fin, menos aún es replegarse en sí, en la profundidad de la propia alma: tampoco es, al menos primariamente, expresión de los lazos que nos unen con el prójimo, de pensar en el y por consiguiente signo de fraternidad (a través de la forma de intercesión); no, la oración es esencialmente un encuentro con un Dios personal y vivo, que escucha, ve y habla." (Dizionario dei concetti biblici del nuovo testamento, H Shonweiss, pag. 1403) En el AT Dios se manifestó muchas veces con signos de poder que hicieron temblar al pueblo. (Éxodo 19, 16 sigs.; Salmo 29 (28) "La voz del Señor sobre las aguas, el Dios de la gloria truena... ") Los israelitas prefirieron que Dios hablase a Moisés y este trasmitiera al pueblo sus mensajes. En el NT Dios se nos ha manifestado en plenitud en Jesús , el Hijo de Dios vivo hecho hombre en las entrañas de Maria. El es el Mesías, nuestro Salvador: "Muchas veces y de muchas maneras hab16 Dios en el pasado a nuestros padres, por medios los profetas. En estos últimos tempos nos ha hablado por el Hijo... " (Hbr 1, 1-2) 3.- Jesús oraba siempre adorando con profunda humildad al Padre y sometiéndose a su voluntad.
Jesús manifiesta la bondad del Padre que nos ama siempre y cuida de nosotros con solicitud y providencia. (Mt.5 sig) Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, es desde su encarnación en su misma persona la más perfecta revelación de Dios. Vive cercano a los hombres, revestido de humildad y del poder en el Espíritu . Anuncia la buena noticia de la salvación a los pobres y pequeños, nos manifiesta al Padre Dios, lleno de amor a sus criaturas y en especial a los alejados y desfigurados por el pecado. Jesús oraba con frecuencia y experimentó la tentación del demonio que le pedía apartarse de la adoración a su Padre, para rendir homenaje al mismo demonio y alcanzar así todos los bienes de la tierra. ¡Gran mentira del mundo, demonio y carne, que piden sometimiento a cambio de conseguir toda clase de bienes, de seguridades, de riquezas y de poderes de este mundo!. "Todo esto te daré si postrándote me adorares. " A lo que Jesús respondió: "Vete de aquí, Satanás; porque escrito esta: Al Señor, tu Dios adoraras y a el solo darás culto. " (Mt, 4., 9-10)
4.- Adorar en espíritu y en verdad . La adoración es reconociendo de la grandeza de Dios y de nuestra pequeñez como criaturas ante la presencia del Creador de todo cuanto existe y de nosotros mismos (proskunesis); es oración de alabanza y de glorificación de la Majestad de Dios; es oración que nos transforma convirtiéndonos a una vida nueva. (Metanoia). “ El pan es importante”, la libertad es aun más importante, pero lo más importante de todo es la adoración". (Alfred Delp SJ, asesinado por los nazis en 1945) (Citado por J. Ratzinger en una homilía preparatoria del Gran Jubileo de 1997 en la basílica de San Juan de Letrán a prop6sito de las tentaciones de Jesús.)
Sed adoradores del Único y verdadero Dios, reconociéndole el primer puesto en vuestra existencia! La idolatría es una tentaci6n constante del hombre. Desgraciadamente hay gente que busca la soluci6n de los problemas en practicas religiosas incompatibles con la fe cristiana. Es fuerte el impulso de creer en los falsos mitos del éxito y del poder; es peligroso abrazar conceptos evanescentes de 10 sagrado que presentan a Dios bajo la forma de energía cósmica, 0 de otras maneras no concordes con la doctrina cat6lica.
En la autentica adoración nos guía el Espíritu Santo. (Rm 8, 15-17) Jesús oraba así: movido por el Espíritu. Su oración era reconocimiento de la grandeza de Dios, sometiéndose a la voluntad del Padre, confiando plenamente en su amor. La adoración tiene como necesarios ingredientes la fe, la confianza, el amor y la humildad. 5.- La Eucaristia es un regalo de Dios a la Iglesia. La institución de la Eucaristia, que celebramos de una manera singular en este año por disposición de Juan Pablo II, hace presente el misterio salvífico (muerte y resurrección) de Jesús en el Sacramento por excelencia que es la santa Misa. En la Eucaristia, la Iglesia da culto a Dios en Cristo y por Cristo: adoración, acción de gracias, propiciación por los pecados del mundo y petición de la gracia salvadora de la regeneración. Es un culto en el que Jesús, el sacerdote principal en cuyo nombre actuamos los ministros de la Iglesia, incorpora a su acción sacerdotal a toda la comunidad de los fieles y a cada uno de los creyentes. El culto eucarístico no se circunscribe a la celebración de la Misa, sino que se extiende en el tiempo y en el espacio por la real presencia de Jesús bajo las especies sacramentales. "Todos estos aspectos de la Eucaristia confluyen en 10 que mas pone a prueba nuestra fe: el misterio de la presencia 'real '. Junto con toda la tradición de la Iglesia, nosotros creemos que bajo las especies eucarísticas esta realmente presente Jesús. Una presencia -como explicó muy c1aramente el Papa Pablo VI que se llama 'real' no por exclusión, como si las otras formas de presencia no fueran reales, sino por antonomasia, porque por medio de ella Cristo se hace sustancialmente presente en la realidad de su cuerpo y de su sangre. Por esto la fe nos pide que, ante la Eucaristia, seamos conscientes de que estamos ante Cristo mismo . Precisamente su presencia da a los diversos aspectos - banquete, memorial de la Pascua, anticipación escatológica- un alcance que va mucho mas alza del puro simbolismo. La Eucaristia es misterio de presencia, a través del que se rea/iza de modo supremo la promesa de Jesús de estar con nosotros hasta el final del mundo. ¡Gran misterio la Eucaristia! Misterio que ante todo debe ser celebrado bien. ... La adoración eucarística fuera de la Misa debe ser durante este año un objetivo especial para las comunidades religiosas y parroquiales. Postrémonos largo rato ante Jesús presente en la Eucaristia, reparando con nuestra fe y nuestro amor los descuidos, los olvidos e incluso los ultrajes que nuestro Salvador padece en tantas partes del mundo. Profundicemos nuestra contemplación personal comunitaria en la adoración, con la ayuda de reflexiones y plegarias centradas siempre en la Palabra de Dios y en la experiencia de tantos místicos antiguos y recientes". (Juan Pablo II, Mane Nobiscum Domine, octubre 2004, nn. 16 y 17) La Eucaristia es el "lugar" mas adecuado para adorar a Dios en espíritu y en verdad. Es el lugar del encuentro con el Hijo de Dios, que siempre esta dispuesto a comunicarse, a hablarnos y a escucharnos. Es un don que nos facilita la proximidad al Hijo de Dios, abriéndonos una puerta siempre abierta para adorar al Señor. Importancia de la adoración en la nueva evangelización. La falta de adoración en la religiosidad de los cristianos y de las comunidades es una señal de que algo grave falla en la fe. En toda oración_debe ocupar un espacio importante la adoración (alabanza, glorificación, reconocimiento de la grandeza de Dios, aceptaci6n de su voluntad, reconocimiento de nuestros pecados y deficiencias, colaborar con la gracia de Dios que quiere ordenarnos interiormente según su proyecto de salvación para cada uno de nosotros, hacernos instrumentos de su gloria en el mundo por el amor, la justicia, la fraternidad. .. etc.) El principal resorte para la evangelización es el encuentro con Dios. Reconocer que es el quien salva y no nuestras fuerzas. Vivir en el momento presente buscando las necesidades profundas de gracia en los hermanos y lo que Dios quiere hacer en cada momento por nuestro medio en el apostolado. Dios sale a nuestro camino para denunciar nuestros pecados y nuestra vanidad y corregimos, para invitamos a convertimos a Él, a reconocerle como el único que puede darnos la plenitud de vida que todos buscarnos y que casi siempre esta lejos de nuestros proyectos. Dios es el Amigo fiel y todopoderoso, que quiere salvarnos por puro amor, porque nada podemos darle que nos lo haya dado Él antes. Es la fuente de donde podemos beber siempre el agua viva que quita la sed y hace nacer de nosotros surtidores de gracia para los hermanos. 6.- Las "Obras Eucarísticas" de la Iglesia.
La Liturgia nos ofrece modos diversos de adorar a Dios, en todos los actos del culto, especialmente en el culto eucarístico. - La Adoración Nocturna Española fomenta la adoración del Santísimo como objetivo primario de su actividad: "Adoremus in a eternum sanctissimum sacramentum. " - Los santos a lo largo de la historia del cristianismo dan testimonio de la adoración al Santísimo como fuente principal de su vida espiritual. - ARPU es, como bien sabéis una obra eucarística que fomenta la adoración real, perpetua y universal de la Eucaristía 7.- Jesús presente en la Eucaristia, humilde y silencioso.
|
MANIFIESTO DE PROPUESTAS DE LOS PARTICIPANTES EN EL XIII CONGRESO EUCARÍSTICO NACIONAL |
“ La Eucaristía, don para adorar” (5ª Ponencia) |
A.M.G.D.

