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Según testimonio de personas que le conocieron, se distinguió, desde muy niño, por su amor a la vocación sacerdotal, su aplicación al estudio y su amor a la Eucaristía.
Durante el servicio militar conservó la vida fervorosa del Seminario.
Su ocupación era el estudio y la compañía a Jesús Sacramentado. Asistía diariamente a la Misa y recibía la comunión cuando estaba en el pueblo.
De sacerdote fue exacto cumplidor de sus deberes sacerdotales, sacrificando por ello incluso su salud.
Madrugaba para hacer la meditación. Luego se sentaba en el confesionario.
Nunca dejaba la predicación en todos los días festivos. Si le decían que los otros no hacían lo que él hacía, contestaba que los otros no le tenían que llevar a él al cielo, y que él tenía que llevar al cielo a todas las ovejas que Dios le había confiado.
En las primeras horas de la noche, cuando los de su casa dormían, iba a la iglesia. Cuando se encontraba con alguien que venía del café o del cine y le preguntaba qué es lo que pasa que viene de la iglesia, les respondía: “nada hijos, vengo de hacer compañía a Jesús Sacramentado, que allí está solo noche y día.” Algunos le juzgaban por ello de loco y otros decían que tenía mucha fe. Cuando su hermano le reprendía por ir de noche, le contestaba que no le importaba que la gente lo criticase, que lo que sí le importaba era que, si los reyes tenían guardia día y noche, el rey de reyes solía estar solo. Pasaba horas ante Jesús Sacramentado.
Otra ocupación asidua suya eran las continuas visitas a los enfermos. Si alguien le decía, no entre que puede asustar al enfermo. El decía: “¡Caramba!, ¿tan feo soy que se espante de mí?”
Sus conversaciones eran una continua predicación de las cosas de Dios.
Todos estos datos fueron facilitados por su cuñada Raimunda Plá, viuda de su hermano José Llés. |