ARPU
ADORACIÓN REAL PERPETUA Y UNIVERSAL AL SANTÍSIMO SACRAMENTO
DESBLOQUEAR LA CLAUSURA DE LOS TEMPLOS
Por Alberto Fdez. García-Argüelles
* Vosotros, a quienes el Señor ha concedido el carisma de valorar y practicar la adoración al Santísimo Sacramento: debéis asumir el reto de convertir en práctica habitual en vuestras comunidades cristianas esta sublime expresión de la fe cristiana y católica. Si este Movimiento fuera capaz de influir con la fuerza debida para fomentar en el pueblo cristiano la adoración eucarística, no cabe la menor duda de que se acrecentaría muy notablemente el vigor espiritual y apostólico de nuestras comunidades eclesiales. Situar la Eucaristía en el corazón de los cristianos y en el centro de nuestras parroquias significa ir a la fuente de donde mana toda la vida y actividad apostólica de la Iglesia.
* Una Iglesia sin Eucaristía no sería la Iglesia de Jesucristo. Por eso, recuperar el valor y la estima por este sacramento principal supone volver a las raíces más profundas de la identidad del cristiano en particular y de la Iglesia en general. No dudo en afirmar que a vosotros el Señor os ha concedido uno de los carismas más valiosos, uno de los carismas de los que hoy está más necesitada la Iglesia.
* Qué pena produce cuando en algunas parroquias el número de participantes que celebran la Eucaristía no sólo no aumenta, sino que incluso disminuye. Qué pena produce cuando uno comprueba cómo un buen número de cristianos acude a misa sólo con el simple deseo de cumplir con el precepto dominical. Qué pena cuando uno advierte cómo los participantes cronometran el tiempo que dura una celebración; cómo son pocos los que acuden unos minutos antes para prepararse debidamente; cómo después de la despedida («podéis ir en paz») casi nadie permanece en el templo, dedicando al Señor unos breves minutos de acción de gracias; y cómo, si a alguno le da por quedarse, en seguida vendrá el responsable de turno, indicándole que tiene que marcharse, porque hay que cerrar el templo.
* La sociedad y la cultura contemporáneas parece que no educan para el cultivo los sentidos interiores. Por eso el hombre de hoy está particularmente propenso a vivir «hacia fuera», siempre extrovertido y disipado. Sólo cuando el cansancio, la frustración o el dolor le afectan, algunos sí sienten la necesidad de volverse eventualmente a los valores del espíritu, pero no pocas veces acaban aparcados en los sucedáneos de la verdadera religión, que acaban produciendo desengaños, decepciones y nuevas huidas hacia adelante.
* Este condicionamiento social y cultural, que predispone al hombre de nuestro tiempo para vivir bajo el imperativo de la razón instrumental, y que le hace especialmente sensible por lo que es útil o práctico, es uno de los principales retos que todos vosotros habéis de asumir a la hora de comprometernos en la empresa de promover la adoración eucarística en vuestras parroquias.
* Intentar desbloquear la clausura de los templos. Es de lamentar el hecho de que la mayor parte de nuestros templos estén cerrados a la oración de los fieles buena parte del día. ¿No es signo de una ciudad excesivamente secularizada pasar por delante de un templo y no encontrarle abierto más que para los horarios de las celebraciones? Con este comportamiento ¿no estamos los propios responsables del culto contribuyendo a que los fieles sólo asistan a las celebraciones litúrgicas e impidiendo en la práctica la adoración eucarística?
* Facilitar la apertura de los templos. Habrá que buscar el modo y manera de que buenos cristianos (quizás pensionistas y jubilados) no sólo hagan turnos para la adoración de la Eucaristía, sino también para cuidarse de que los templos se queden la mayor parte del día abiertos, de modo que quien desee entrar y ponerse en oración pueda hacerlo. Si realmente estamos convencidos de la importancia y necesidad de la adoración eucarística, habrá que buscar caminos de solución que, sin gravar económicamente los presupuestos parroquiales o diocesanos, permita que la Eucaristía siga siendo lo que el Señor ha querido desde el principio que fuera: una gracia permanentemente ofrecida a todos, como expresión del amor de Jesús que, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo.
A.M.G.D.
